Eran las siete en punto en todos los relojes. Un torero rubio de Espartinas envuelto en seda blanca, afrontaba la cita más crucial de su vida. Eran las siete en todos los relojes cuando Borja Jiménez, con el rictus irisado de responsabilidad, y a la vez atacado, dibujaba la señal de la cruz en la arena de Las Ventas. Eran las siete en sol y sombra cuando arrancaba un paseíllo en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías, sin Lorca para cantarlo, pero con más de veintitrés mil almas pendientes de un torero que merecía los honores de la ovación ya solo por atreverse con tan gigantesco reto. Una apuesta durísima y dificilísima, aunque tres toros embistieran, con sus distintos matices, y pinchara a dos de triunfo a los que tenía la oreja cortada. La cabeza, la suerte y el vértigo al triunfo. Todo importa en tardes así. Ahí está la memoria cruel de las encerronas, tan pocas veces coronadas con laureles y tantas sepultadas bajo el peso de la derrota. Pero el gesto, señores, el gesto permanece. Y hay que descubrirse ante aquellos que eligen el camino vertical, el de la cumbre o el abismo, en lugar de la prudencia. Aunque a veces sea a la desesperada por no encontrar en los carteles el sitio que uno se ha ganado el ruedo. Aunque luego salga cruz, aunque algunas voces griten ¡petardo!Había en esta corrida algo quijotesco y algo lorquiano: la locura cuerda de enfrentarse a media docena de rivales y la conciencia trágica del que sabe que la belleza taurina nace del riesgo mortal. De un hilo pendería la vida de un operario cuando no se cerró la puerta y acabó estampado con violencia: Dios quiso que los pitones se cebaran con la madera y no con el hombre que yacía en el suelo, inconsciente y magullado. Otro milagro más, esta vez en la in memoriam por Sánchez Mejías, el hombre que unió el estoque con la pluma, la arena con el verso. Aquel que Lorca inmortalizó en la más bella y desgarradora elegía de la literatura. Una tarde por Ignacio, ninguneado por ese ministro antitaurino que pretende borrar con su ideológica puntilla lo que la sangre y la tinta escribieron juntas. Como si la cultura se pudiera censurar con decretos. Urtasun pasará y el toreo permanecerá. Y ahí estaba Jiménez para refrendarlo cuando tiró de raza con el encastado cuarto bis y se ralentizó con el quinto bis, sin espada cuando más lo necesitaba. Se jugaba mucho este domingo en el que Madrid andaba hasta los topes por la visita del Papa. Horas antes, en la soledad del hotel, ahuyentaba fantasmas en el espejo de Ruiz Miguel: «Miedo, tú te quedas aquí.; te recojo cuando vuelva». Entonces pisó el ruedo. Solo. Con seis toros por delante (hasta nueve pararía). Y con toda la afición pendiente de su apuesta. Revolucionado desde que se marchó a la puerta de chiqueros para recibir al primero -como si no quedasen cinco más-, con el que tuvo que echar cuerpo a tierra y tomar el olivo mientras Capuchino le seguía los talones. A Julián Guerra, su apoderado, brindó una faena que prometió mucho en la estoica apertura por alto, en el trincherazo y el desdén, en esa derecha en redondo con el de Domingo Hernández embistiendo con sones para disfrutar. Dos naturales profundos elevaron aquello, pero el toro se echó y ya no remontó. En la paletilla picaron a Ebanista, lo que se sumó a su flojera. Y se desmoronó en un lance a contraestilo, por lo que hubo que apuntillarlo. Dispuesto, recibió frente al túnel negro a Bisonte. Malos augurios cuando en la expulsión del primer pase por alto el Victoriano se desplomó. Torcida seguía la cosa cuando el tercero, que no agradó ya de presencia, acusó su invalidez entre las protestas. Pañuelo verde para el de Domingo Hernández y sobrero del mismo hierro. Apostante se llamaba, de pobre remate y perfil. Ni las arrebatadas verónicas, con el remiendo descolgando, frenaron los «¡miaus!». Justo de poder y rebrincado, no servía para Madrid, ya a la contra. Sí para cualquier otro escenario, pues acudía con noble condición, pero otra vez se repitió la película: toro al suelo y a por la espada, con el colmo de que el animal se tragara lentamente la muerte. Corrida In Memoriam Sánchez Mejías Monumental de las Ventas Domingo, 7 de junio de 2026. Corrida In Memoriam Ignacio Sánchez Mejías. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Domingo Hernández (1º, 3º , 3º bis y 5º), Toros de Cortés (2º, 4º y 6º), Victoriano del Río (2º bis) y El Torero (5º bis), desiguales, de mermado poder los devueltos; destacaron el bravo y temperamental 4º y la gran clase del 5º bis. Borja Jiménez, de blanco y oro: estocada desprendida atravesada (ovación); estocada (silencio); buena estocada (silencio); media muy tendida y descabello (petición y vuelta al ruedo); cuatro pinchazos, media y dos decabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio).Cerca de las ocho y media se colocaba otra vez en el umbral de toriles para saludar al cuarto, que era ya el sexto que pisaba la arena. Pintó hermosos lances rodilla en tierra, aunque la gente andaba entonces con la desilusión en lo alto y apenas le echaron cuentas. Tuvo el mérito de tornar las lanzas en cañas con este Soleares, de tan famosa reata, un toro de Cortés con fijeza, prontitud y temperamental bravura. Aunque faltó serenarse más, fue una faena con fibra y raza, con tremenda emoción, de esas que contienen premio, pero el acero lo traicionó, el palco no estimó suficiente la petición y dio la única vuelta al ruedo de la tarde. No enamoraba el quinto, que para colmo tampoco andaba sobrado de fuelle. El horror, la parca y los versos de Lorca revolotearon cuando el sobrero del Torero tuvo a merced a Paco, un operario. Solo un manto divino impidió que se cebara a cornadas. Muda se quedó la plaza, con el rostro pálido de los que habían sido testigos directos. Pero entonces Borja se topó con la buena condición de Miliciano y se ralentizó en una obra con momentos extraordinarios. In crescendo ahora, con la colocación sincera, aguantando las miradas del obediente animal y recreándose en muletazos reunidos, algunos con la embestida enroscada a la cintura. De cartel. Ahí se hallaba la llave del triunfo, con Madrid rendida ahora, pero se pasó algo de faena, no descolgó el toro en la hora final y pinchó. Y el cartucho de la gloria se esfumó. Caprichos de la diosa fortuna, sí cazó al sexto, con la cara a su aire y desentendido. Brotaron voces de exigencia y de intransigencia… Y el de Espartinas abandonó tocado la Monumental, que no hundido. Las derrotas pesan, pero pasan. Ahí está la Historia para recordarlo. Eran las nueve y treinta y siete de la noche en todos los relojes… Los del llanto por Borja Jiménez, un torero que lleva a sus espaldas una lucha monumental y cuya gesta merecía otro final. Eran las siete en punto en todos los relojes. Un torero rubio de Espartinas envuelto en seda blanca, afrontaba la cita más crucial de su vida. Eran las siete en todos los relojes cuando Borja Jiménez, con el rictus irisado de responsabilidad, y a la vez atacado, dibujaba la señal de la cruz en la arena de Las Ventas. Eran las siete en sol y sombra cuando arrancaba un paseíllo en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías, sin Lorca para cantarlo, pero con más de veintitrés mil almas pendientes de un torero que merecía los honores de la ovación ya solo por atreverse con tan gigantesco reto. Una apuesta durísima y dificilísima, aunque tres toros embistieran, con sus distintos matices, y pinchara a dos de triunfo a los que tenía la oreja cortada. La cabeza, la suerte y el vértigo al triunfo. Todo importa en tardes así. Ahí está la memoria cruel de las encerronas, tan pocas veces coronadas con laureles y tantas sepultadas bajo el peso de la derrota. Pero el gesto, señores, el gesto permanece. Y hay que descubrirse ante aquellos que eligen el camino vertical, el de la cumbre o el abismo, en lugar de la prudencia. Aunque a veces sea a la desesperada por no encontrar en los carteles el sitio que uno se ha ganado el ruedo. Aunque luego salga cruz, aunque algunas voces griten ¡petardo!Había en esta corrida algo quijotesco y algo lorquiano: la locura cuerda de enfrentarse a media docena de rivales y la conciencia trágica del que sabe que la belleza taurina nace del riesgo mortal. De un hilo pendería la vida de un operario cuando no se cerró la puerta y acabó estampado con violencia: Dios quiso que los pitones se cebaran con la madera y no con el hombre que yacía en el suelo, inconsciente y magullado. Otro milagro más, esta vez en la in memoriam por Sánchez Mejías, el hombre que unió el estoque con la pluma, la arena con el verso. Aquel que Lorca inmortalizó en la más bella y desgarradora elegía de la literatura. Una tarde por Ignacio, ninguneado por ese ministro antitaurino que pretende borrar con su ideológica puntilla lo que la sangre y la tinta escribieron juntas. Como si la cultura se pudiera censurar con decretos. Urtasun pasará y el toreo permanecerá. Y ahí estaba Jiménez para refrendarlo cuando tiró de raza con el encastado cuarto bis y se ralentizó con el quinto bis, sin espada cuando más lo necesitaba. Se jugaba mucho este domingo en el que Madrid andaba hasta los topes por la visita del Papa. Horas antes, en la soledad del hotel, ahuyentaba fantasmas en el espejo de Ruiz Miguel: «Miedo, tú te quedas aquí.; te recojo cuando vuelva». Entonces pisó el ruedo. Solo. Con seis toros por delante (hasta nueve pararía). Y con toda la afición pendiente de su apuesta. Revolucionado desde que se marchó a la puerta de chiqueros para recibir al primero -como si no quedasen cinco más-, con el que tuvo que echar cuerpo a tierra y tomar el olivo mientras Capuchino le seguía los talones. A Julián Guerra, su apoderado, brindó una faena que prometió mucho en la estoica apertura por alto, en el trincherazo y el desdén, en esa derecha en redondo con el de Domingo Hernández embistiendo con sones para disfrutar. Dos naturales profundos elevaron aquello, pero el toro se echó y ya no remontó. En la paletilla picaron a Ebanista, lo que se sumó a su flojera. Y se desmoronó en un lance a contraestilo, por lo que hubo que apuntillarlo. Dispuesto, recibió frente al túnel negro a Bisonte. Malos augurios cuando en la expulsión del primer pase por alto el Victoriano se desplomó. Torcida seguía la cosa cuando el tercero, que no agradó ya de presencia, acusó su invalidez entre las protestas. Pañuelo verde para el de Domingo Hernández y sobrero del mismo hierro. Apostante se llamaba, de pobre remate y perfil. Ni las arrebatadas verónicas, con el remiendo descolgando, frenaron los «¡miaus!». Justo de poder y rebrincado, no servía para Madrid, ya a la contra. Sí para cualquier otro escenario, pues acudía con noble condición, pero otra vez se repitió la película: toro al suelo y a por la espada, con el colmo de que el animal se tragara lentamente la muerte. Corrida In Memoriam Sánchez Mejías Monumental de las Ventas Domingo, 7 de junio de 2026. Corrida In Memoriam Ignacio Sánchez Mejías. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Domingo Hernández (1º, 3º , 3º bis y 5º), Toros de Cortés (2º, 4º y 6º), Victoriano del Río (2º bis) y El Torero (5º bis), desiguales, de mermado poder los devueltos; destacaron el bravo y temperamental 4º y la gran clase del 5º bis. Borja Jiménez, de blanco y oro: estocada desprendida atravesada (ovación); estocada (silencio); buena estocada (silencio); media muy tendida y descabello (petición y vuelta al ruedo); cuatro pinchazos, media y dos decabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio).Cerca de las ocho y media se colocaba otra vez en el umbral de toriles para saludar al cuarto, que era ya el sexto que pisaba la arena. Pintó hermosos lances rodilla en tierra, aunque la gente andaba entonces con la desilusión en lo alto y apenas le echaron cuentas. Tuvo el mérito de tornar las lanzas en cañas con este Soleares, de tan famosa reata, un toro de Cortés con fijeza, prontitud y temperamental bravura. Aunque faltó serenarse más, fue una faena con fibra y raza, con tremenda emoción, de esas que contienen premio, pero el acero lo traicionó, el palco no estimó suficiente la petición y dio la única vuelta al ruedo de la tarde. No enamoraba el quinto, que para colmo tampoco andaba sobrado de fuelle. El horror, la parca y los versos de Lorca revolotearon cuando el sobrero del Torero tuvo a merced a Paco, un operario. Solo un manto divino impidió que se cebara a cornadas. Muda se quedó la plaza, con el rostro pálido de los que habían sido testigos directos. Pero entonces Borja se topó con la buena condición de Miliciano y se ralentizó en una obra con momentos extraordinarios. In crescendo ahora, con la colocación sincera, aguantando las miradas del obediente animal y recreándose en muletazos reunidos, algunos con la embestida enroscada a la cintura. De cartel. Ahí se hallaba la llave del triunfo, con Madrid rendida ahora, pero se pasó algo de faena, no descolgó el toro en la hora final y pinchó. Y el cartucho de la gloria se esfumó. Caprichos de la diosa fortuna, sí cazó al sexto, con la cara a su aire y desentendido. Brotaron voces de exigencia y de intransigencia… Y el de Espartinas abandonó tocado la Monumental, que no hundido. Las derrotas pesan, pero pasan. Ahí está la Historia para recordarlo. Eran las nueve y treinta y siete de la noche en todos los relojes… Los del llanto por Borja Jiménez, un torero que lleva a sus espaldas una lucha monumental y cuya gesta merecía otro final.
Eran las siete en punto en todos los relojes. Un torero rubio de Espartinas envuelto en seda blanca, afrontaba la cita más crucial de su vida. Eran las siete en todos los relojes cuando Borja Jiménez, con el rictus irisado de responsabilidad, y a la … vez atacado, dibujaba la señal de la cruz en la arena de Las Ventas. Eran las siete en sol y sombra cuando arrancaba un paseíllo en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías, sin Lorca para cantarlo, pero con más de veintitrés mil almas pendientes de un torero que merecía los honores de la ovación ya solo por atreverse con tan gigantesco reto. Una apuesta durísima y dificilísima, aunque tres toros embistieran, con sus distintos matices, y pinchara a dos de triunfo a los que tenía la oreja cortada. La cabeza, la suerte y el vértigo al triunfo. Todo importa en tardes así. Ahí está la memoria cruel de las encerronas, tan pocas veces coronadas con laureles y tantas sepultadas bajo el peso de la derrota. Pero el gesto, señores, el gesto permanece. Y hay que descubrirse ante aquellos que eligen el camino vertical, el de la cumbre o el abismo, en lugar de la prudencia. Aunque a veces sea a la desesperada por no encontrar en los carteles el sitio que uno se ha ganado el ruedo. Aunque luego salga cruz, aunque algunas voces griten ¡petardo!
Había en esta corrida algo quijotesco y algo lorquiano: la locura cuerda de enfrentarse a media docena de rivales y la conciencia trágica del que sabe que la belleza taurina nace del riesgo mortal. De un hilo pendería la vida de un operario cuando no se cerró la puerta y acabó estampado con violencia: Dios quiso que los pitones se cebaran con la madera y no con el hombre que yacía en el suelo, inconsciente y magullado. Otro milagro más, esta vez en la in memoriam por Sánchez Mejías, el hombre que unió el estoque con la pluma, la arena con el verso. Aquel que Lorca inmortalizó en la más bella y desgarradora elegía de la literatura. Una tarde por Ignacio, ninguneado por ese ministro antitaurino que pretende borrar con su ideológica puntilla lo que la sangre y la tinta escribieron juntas. Como si la cultura se pudiera censurar con decretos. Urtasun pasará y el toreo permanecerá. Y ahí estaba Jiménez para refrendarlo cuando tiró de raza con el encastado cuarto bis y se ralentizó con el quinto bis, sin espada cuando más lo necesitaba.
Se jugaba mucho este domingo en el que Madrid andaba hasta los topes por la visita del Papa. Horas antes, en la soledad del hotel, ahuyentaba fantasmas en el espejo de Ruiz Miguel: «Miedo, tú te quedas aquí.; te recojo cuando vuelva». Entonces pisó el ruedo. Solo. Con seis toros por delante (hasta nueve pararía). Y con toda la afición pendiente de su apuesta. Revolucionado desde que se marchó a la puerta de chiqueros para recibir al primero -como si no quedasen cinco más-, con el que tuvo que echar cuerpo a tierra y tomar el olivo mientras Capuchino le seguía los talones. A Julián Guerra, su apoderado, brindó una faena que prometió mucho en la estoica apertura por alto, en el trincherazo y el desdén, en esa derecha en redondo con el de Domingo Hernández embistiendo con sones para disfrutar. Dos naturales profundos elevaron aquello, pero el toro se echó y ya no remontó.
En la paletilla picaron a Ebanista, lo que se sumó a su flojera. Y se desmoronó en un lance a contraestilo, por lo que hubo que apuntillarlo. Dispuesto, recibió frente al túnel negro a Bisonte. Malos augurios cuando en la expulsión del primer pase por alto el Victoriano se desplomó.
Torcida seguía la cosa cuando el tercero, que no agradó ya de presencia, acusó su invalidez entre las protestas. Pañuelo verde para el de Domingo Hernández y sobrero del mismo hierro. Apostante se llamaba, de pobre remate y perfil. Ni las arrebatadas verónicas, con el remiendo descolgando, frenaron los «¡miaus!». Justo de poder y rebrincado, no servía para Madrid, ya a la contra. Sí para cualquier otro escenario, pues acudía con noble condición, pero otra vez se repitió la película: toro al suelo y a por la espada, con el colmo de que el animal se tragara lentamente la muerte.
Corrida In Memoriam Sánchez Mejías
-
Monumental de las Ventas
Domingo, 7 de junio de 2026. Corrida In Memoriam Ignacio Sánchez Mejías. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Domingo Hernández (1º, 3º , 3º bis y 5º), Toros de Cortés (2º, 4º y 6º), Victoriano del Río (2º bis) y El Torero (5º bis), desiguales, de mermado poder los devueltos; destacaron el bravo y temperamental 4º y la gran clase del 5º bis.
-
Borja Jiménez,
de blanco y oro: estocada desprendida atravesada (ovación); estocada (silencio); buena estocada (silencio); media muy tendida y descabello (petición y vuelta al ruedo); cuatro pinchazos, media y dos decabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio).
-
Cerca de las ocho y media se colocaba otra vez en el umbral de toriles para saludar al cuarto, que era ya el sexto que pisaba la arena. Pintó hermosos lances rodilla en tierra, aunque la gente andaba entonces con la desilusión en lo alto y apenas le echaron cuentas. Tuvo el mérito de tornar las lanzas en cañas con este Soleares, de tan famosa reata, un toro de Cortés con fijeza, prontitud y temperamental bravura. Aunque faltó serenarse más, fue una faena con fibra y raza, con tremenda emoción, de esas que contienen premio, pero el acero lo traicionó, el palco no estimó suficiente la petición y dio la única vuelta al ruedo de la tarde.
No enamoraba el quinto, que para colmo tampoco andaba sobrado de fuelle. El horror, la parca y los versos de Lorca revolotearon cuando el sobrero del Torero tuvo a merced a Paco, un operario. Solo un manto divino impidió que se cebara a cornadas. Muda se quedó la plaza, con el rostro pálido de los que habían sido testigos directos. Pero entonces Borja se topó con la buena condición de Miliciano y se ralentizó en una obra con momentos extraordinarios. In crescendo ahora, con la colocación sincera, aguantando las miradas del obediente animal y recreándose en muletazos reunidos, algunos con la embestida enroscada a la cintura. De cartel. Ahí se hallaba la llave del triunfo, con Madrid rendida ahora, pero se pasó algo de faena, no descolgó el toro en la hora final y pinchó. Y el cartucho de la gloria se esfumó.
Caprichos de la diosa fortuna, sí cazó al sexto, con la cara a su aire y desentendido. Brotaron voces de exigencia y de intransigencia… Y el de Espartinas abandonó tocado la Monumental, que no hundido. Las derrotas pesan, pero pasan. Ahí está la Historia para recordarlo. Eran las nueve y treinta y siete de la noche en todos los relojes… Los del llanto por Borja Jiménez, un torero que lleva a sus espaldas una lucha monumental y cuya gesta merecía otro final.
RSS de noticias de cultura
