Seis toros, tres de Domingo Hernández y tres de Cortés (el segundo hierro de Victoriano del Río), en el límite de la presentación exigida, sin fuerzas, mansos y sosos; tres toros devueltos. Un guirigay de padre y muy señor mío en amplios sectores de la plaza en protesta por el ganado, hacia el palco presidencial y la empresa Plaza 1. El ambiente más impropio para pensar en el triunfo.
Seis toros, tres de Domingo Hernández y tres de Cortés (el segundo hierro de Victoriano del Río), en el límite de la presentación exigida, sin fuerzas, mansos y sosos; tres toros devueltos. Un guirigay de padre y muy señor mío en amplios sectores de la plaza en protesta por el ganado, hacia el palco presidencial y la empresa Plaza 1. El ambiente más impropio para pensar en el triunfo. Seguir leyendo
Seis toros, tres de Domingo Hernández y tres de Cortés (el segundo hierro de Victoriano del Río), en el límite de la presentación exigida, sin fuerzas, mansos y sosos; tres toros devueltos. Un guirigay de padre y muy señor mío en amplios sectores de la plaza en protesta por el ganado, hacia el palco presidencial y la empresa Plaza 1. El ambiente más impropio para pensar en el triunfo.
Ni a propósito podía salir peor la gesta de la encerrona de Borja Jiménez. ¿O es que ha sido con intención? Quién sabe… En este mundo del toro, tan cerrado, tan oscuro, plagado de silencios y secretos, todo parece posible. Es más, cualquiera puede pensar lo que considere.
Lo cierto es que la apuesta del torero sevillano ha estado fallida por el absoluto fiasco de un elemento fundamental como es el toro. El torero falló, es cierto, en la suerte suprema ante el cuarto y el quinto, pero la verdadera protagonista ha sido la invalidez manifiesta de los toros lidiados, y ya se sabe que sin toros nada tiene importancia.
Ha sido una pena porque hay que ser muy valiente para anunciarse en solitario en esta plaza y plantarse solo en la arena. Una papeleta muy gorda que solo pueden jugar los grandes, sea cual sea el resultado del gesto.
Borja Jiménez fue recibido con una gran ovación, y a modo de respuesta, tomó el capote y emprendió el camino hacia toriles para recibir de rodillas al primer toro de la tarde. Y ese inicio fue de un impacto brutal: el toro le robó el engaño en el encuentro, se volvió con fiereza buscando a su ‘enemigo’ y persiguió al torero con violencia hasta estrellarse contra las tablas. Por fortuna, Jiménez tuvo pies suficientes para saltar la barrera y ponerse a salvo. ¡Vaya comienzo!
Pero la emoción del peligro se diluyó con rapidez. Ese toro era un santo varón en la muleta, y tras unos naturales largos y bien trazados, se echó en la arena (¿enfermo, quizá?) y ahí se acabó si historia. Tullido también segundo, tan inválido como el tercero.
Cambió el panorama con el cuarto, del hierro de Cortés, al que Jiménez recibió también de rodillas en los medios, y lo veroniqueó con garbo con una rodilla en tierra. Brindó a la concurrencia, y de hinojos comenzó a muletearlo con redondos muy jaleados por los tendidos. La nobleza y la casta del animal le permitieron mostrarse incansable en las embestidas, de modo que a un par de aceleradas tandas con la mano derecha siguieron unos naturales largos, templadísimos y hermosos; pero Jiménez falló con la espada y la petición no pareció suficiente para que pasera la primera oreja de la tarde.
Se recuperó la esperanza con el sobrero de El Torero, lidiado en quinto lugar, con el que volvió a lucirse a la verónica. El toro derrochó nobleza y calidad, y el torero las aprovechó con un trasteo templado en el que sobresalieron un par de tanas con la mano derecha y otra con la zurda, en la que brotaron excelsos naturales. Pero tampoco hubo colofón; volvió a fallar con la espada. Y el sexto era muy descastado, y pasadas ya las nueve y media de la noche no iba a ser fácil remontar el fiasco vivido.
No se le puede negar a Borja Jiménez su entrega, su decisión, su pundonor y profesionalidad. Recibió a tres toros, primero, segundo y cuarto, de rodillas, intentó capotearlos a todos con desigual fortuna, trató de aislarse de las protestas que surgieron en los tendidos, y mató bien a los inválidos y mal a los que permitieron el lucimiento. Mala suerte por un lado, e imperfección por otra. Está claro que a las encerronas en Las Ventas las carga el diablo.
Por cierto, la corrida era In memoriam de Ignacio Sánchez Mejías, pero nadie se acordó de él. Ni siquiera un minuto de silencio. Otro fiasco.
Tres toros de Domingo Hernández, primero, tercero (devuelto) y quinto (devuelto), correcto de presentación, manso, noble y tullido. Primer sobrero, del hierro titular, chico, manso e inválido; segundo sobrero, de El Torero, bien presentado, cumplidor en varas, noble, con clase y escaso de fortaleza.
Y tres toros de Cortés -devuelto el segundo-, correctos de presentación, manso, muy noble el primero, y correcto, manso y soso el otro. Sobrero, de Victoriano del Río, bien presentado, manso y tullido.
Borja Jiménez: estocada baja (ovación); estocada y un descabello (silencio); estocada (silencio); media estocada tendida y atravesada y un descabello (petición y vuelta al ruedo); dos pinchazos _aviso_ dos pinchazos, media estocada y descabello (ovación); estocada (silencio).
Plaza de toros de Las Ventas. 7 de junio. Corrida In memoriam de Ignacio Sánchez Mejìas. Vigésimo séptimo y último de la Feria de San Isidro. Lleno de ‘no hay billetes’ (22.964 espectadores, según la empresa).
EL PAÍS
