Los tiempos extraordinarios que vive Washington exigen medidas extraordinarias. Por ejemplo, la retransmisión en directo, a través de YouTube y de las webs de varios medios de comunicación, de la anodina operación de levantar un andamio para que unos obreros, subidos a él, retiren las letras de molde de una fachada.
Los tiempos extraordinarios que vive Washington exigen medidas extraordinarias. Por ejemplo, la retransmisión en directo, a través de YouTube y de las webs de varios medios de comunicación, de la anodina operación de levantar un andamio para que unos obreros, subidos a él, retiren las letras de molde de una fachada. Seguir leyendo
Los tiempos extraordinarios que vive Washington exigen medidas extraordinarias. Por ejemplo, la retransmisión en directo, a través de YouTube y de las webs de varios medios de comunicación, de la anodina operación de levantar un andamio para que unos obreros, subidos a él, retiren las letras de molde de una fachada.
Decenas de miles de personas se conectaron el viernes en directo durante horas por internet para asistir a un espectáculo con algo de Schadenfreude, palabra alemana para describir el placer de contemplar el sufrimiento ajeno. En este caso: el último revés a los devaneos autoritarios y las tendencias narcisistas de Donald Trump.
Las letras formaban el nombre del presidente de Estados Unidos. Y la fachada, a cuyos pies se concentraron decenas de personas con ganas de protestar, era la del Kennedy Center (KC), templo de la música y la ópera de la capital, cuyo patronato, nombrado a dedo por el inquilino de la Casa Blanca, aprobó rebautizarlo en honor a este. Fue una decisión sin precedentes que un juez acabó revirtiendo apenas seis meses después. Esta madrugada, la orden judicial se ha cumplido y el nombre de Trump ha sido eliminado de la fachada.
Eran más o menos las 16.00 del viernes, hora local (las 22.00 en la España peninsular), cuando una serie de fuertes tormentas de final de primavera en una tarde pegajosa obligó a los cinco trabajadores, que tenían muy avanzado el montaje del andamio, a abandonar por un rato su tarea por motivos de seguridad. Seis horas después la retomaron. La misión era sacar, una a una, las 18 letras y el punto (“The Donald J. Trump and”) añadidos en diciembre para que la institución pasase a llamarse The Donald J. Trump and the Kennedy Memorial Center for the Performing Arts.
Tenían hasta la medianoche para cumplir con la orden judicial, una vez quedó claro que el patronato, afín a Trump, no había logrado pararla. Llegó el nuevo día, y los obreros, tal vez siguiendo órdenes desafiantes, aún andaban dedicados a otras tareas, como asegurar aún más la estructura a la que estaban subidos, mientras los presentes gritaban “¡Quitadlo de una vez!”, escuchaban el himno de los derechos civiles Keep on Pushin’, de The Impressions, o aplaudían el más imperceptible de los avances.
La puesta en escena era el último capítulo de un proceso gradual. El nombre del actual presidente se esfumó primero de los rótulos de la web del KC, así como de sus redes sociales. Después, se cayó de los autobuses gratuitos que unen el complejo cultural con la estación de metro más cercana. Y al final, le llegó el turno a la fachada, horas después de que resultase infructuoso el último intento del patronato por impugnar la decisión judicial. Adoptada por un magistrado federal de Washington en mayo, obligaba a eliminar a Trump de la ecuación.

El juez se llama Christopher R. Cooper y fue nombrado por el presidente Barack Obama y confirmado por unanimidad en el Senado. Trump recibió el fallo con críticas furiosas y ataques personales. Cooper, que dio de plazo hasta este viernes, basó su decisión en lo que dice la ley de 1964 que sirvió para fundar el KC en honor a Kennedy, asesinado dos meses antes. Establece que la institución, fundada por orden del Congreso, con el que el actual presidente no contó para renombrarla, “constituirá el único monumento conmemorativo nacional al difunto JFK dentro de la ciudad de Washington y sus alrededores”.
Partiendo del texto de la norma, la congresista demócrata Joyce Beatty (Ohio) interpuso la demanda. Beatty reconoció en ella la conveniencia de una reforma de las instalaciones, pero no la necesidad de cerrarlas para acometer esa renovación, como decidió Trump, también unilateralmente, en febrero. Ahora no está del todo claro qué pasará con la institución a partir de julio, que es cuando el republicano fijó el principio del cierre. Está, eso sí, la certeza de que esta institución, como todas las de su naturaleza, trabaja con meses, o años, de anticipación.
Cuando Trump anunció la clausura para una “reconstrucción completa”, y la transformación de, escribió en Truth, “un centro deteriorado, obsoleto y en mal estado, tanto financiera como estructuralmente, en un bastión de las artes, la música y el entretenimiento de clase mundial, mucho mejor de lo que jamás haya sido”, el KC empezó a prepararse. Hubo despidos de trabajadores, que tal vez ya no serán necesarios, cancelaciones de compromisos artísticos y aplazamiento de programas. Estos se añadieron a las decenas de anuncios de músicos y compositores, como Philip Glass, que decidieron motu proprio romper sus contratos pendientes con el centro en vista de que este había quedado al servicio de los ideales MAGA (Make America Great Again).
Esa desbandada tuvo sus consecuencias también esta semana. La Washington National Opera, que cortó su relación de décadas con el KC en protesta por el acoso de Trump, presentó el jueves una demanda en la que exige el pago de más de 17 millones de dólares que, según calcula la compañía, se le deben en concepto de asignación presupuestaria, donaciones e ingresos recaudados por entradas.
Y entre tanto lío judicial, la impresión es que la institución, ya de nuevo el Kennedy Center, quedará en desuso por tiempo indefinido. Tal vez hasta el mes de noviembre, cuando los demócratas tienen las de ganar en las elecciones, en las que podrían retomar el Congreso y con él, la iniciativa de la oposición a las veleidades de Trump de ampliar su poder ejecutivo.
EL PAÍS
