David Gallagher (Valparaíso, 1944) ha vivido muchas existencias. Chileno de origen inglés, se educó en Oxford donde estudió ruso y español, y fue profesor. Reclutado como crítico del famoso ‘Times Literary Supplement’ (TLS), llegó a ser jefe de literaturas foráneas. De pronto abandonó su brillante carrera y se dedicó a las finanzas en Chile con tanto talento como el que había mostrado en la literatura y la academia. Asesoró a bancos y creó fondos de inversión. Gallagher, además, es el descubridor para el mundo anglosajón del ‘boom’ latinoamericano al editar un número especial de TLS sobre el tema en 1967. De ahí nació su relación con Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Donoso y una singular amistad con Mario Vargas Llosa. Con el escritor peruano, Gallagher viajó mucho y vivieron peripecias. En recuerdo de esa amistad, elaboró ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’ (Centro de Estudios Públicos, 2025), un libro pensado para que lo lanzara el mismo Nobel, cosa que su muerte -en abril de 2025- impidió. Gallagher y su libro se presentarán en Madrid el próximo 15 de junio en Casa de América durante el XIX Foro Atlántico de la Fundación Internacional de la Libertad (FIL) que durante años presidió su gran amigo.–Conoció a Vargas Llosa en Londres en 1967. ¿Qué vio entonces en él que todavía no veía el mundo literario?–Ya había escrito dos tremendas novelas, ‘La ciudad y los perros’ y ‘La Casa Verde’, ¡y tenía solo 31 años! Yo las había leído maravillado. Estábamos en una época en que muchos decían que la novela estaba muerta y bueno, si yo vi algo fue que con novelas como las de él, no era así. Vargas Llosa junto a otros autores del ‘boom’ latinoamericano le dieron sangre nueva a la novela y desde entonces no se habla de su muerte.Noticia relacionada general No No Entrevista Sergio Ramírez: «Gracias a TikTok puedo escuchar el español de Nicaragua todos los días» Bruno Pardo Porto–El libro se titula ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’. ¿Qué huellas quiso seguir: las del escritor, las del amigo o las del intelectual público? –¡Las tres! Las del amigo por lo importante que fue su generosa amistad para los que lo conocimos de cerca. La del intelectual público por la apertura con que compartió su trayectoria intelectual. Transitaba de un socialismo sartreano al liberalismo clásico y lo hacía en sus ensayos como si estuviera reflexionando en voz alta, compartiendo con insólita honestidad sus dudas y cambios de ánimo. Y la del escritor por esas fabulosas novelas, radiografías del Perú y de la condición humana, escritas con prosa clara, exenta de trucos, pero de a la vez inconfundible estampa propia.–¿Se puede escribir con libertad crítica sobre un amigo tan admirado?–¡Ese es un temazo! Hacia 1968 perdí por un buen tiempo la amistad de Carlos Fuentes por una crítica negativa a su novela ‘Cambio de piel’. Con Vargas Llosa tuve la suerte de que nunca escribió una novela que no me gustara.–¿Cuál es, a su juicio, el Vargas Llosa más grande: el de ‘La ciudad y los perros’, el de ‘La casa verde’, el de ‘Conversación en La Catedral’ o el ensayista liberal?–El de las novelas sin duda. ‘La fiesta del chivo’ y ‘La Guerra del fin del mundo’ están también en ese nivel, por cierto, y hay muchas otras novelas que son solo un poco menores. Creo que sin las novelas sabríamos menos del ensayista liberal. Un caso similar: los magníficos ensayos de Octavio Paz los conoceríamos menos sin la poesía que los antecede. Creo que las obras de los grandes creadores les agregan una potencia muy especial cuando optan por ejercer también como pensadores.–Usted ha destacado su claridad. ¿Era para Vargas Llosa la claridad una forma de moral intelectual?–Creo que sí. Vargas Llosa era un fanático de la claridad. «A Vargas Llosa nunca le nació atolondrar al lector con piruetas estilísticas, con chorros excesivos de palabras, con giros enigmáticos»–Lo conoció cuando miraba con simpatía la revolución cubana. ¿La ruptura con Cuba fue ideológica o, sobre todo, moral?–Al comienzo creo que fue moral porque sentía que las autoridades cubanas estaban mintiendo y él aborrecía la mentira. También como hombre justo le molestaba el maltrato que le propinaban a escritores disidentes como Cabrera Infante. Después fue descubriendo el pensamiento de hombre libre que ejercía un Albert Camus o de un Georges Bataille, y finalmente, lo que no es lo mismo, el pensamiento liberal de Popper y de Hayek.–Ha dicho que Vargas Llosa «no era para nada la típica persona de derecha». ¿Qué quería decir exactamente?–Me van a criticar algunos, pero yo lo veía más de centro, un liberal de centro. Le encantaba el partido Ciudadanos. Tenía mucha afinidad con socialdemócratas como Felipe González. En Estados Unidos se entusiasmaba con Obama. Siempre fue crítico de Trump. No compartía la agenda «valórica» de la derecha en temas como el divorcio, el aborto. Una vez en Chile se refirió a esa derecha como la «derecha cavernaria».–¿La derecha que lo celebraba entendió de verdad su alergia a las dictaduras, incluida la de Pinochet?–A lo mejor no. El admiraba las reformas económicas del gobierno de Pinochet, pero para él éstas en ningún caso justificaban los atropellos a los derechos humanos. Era profundamente demócrata. Por eso se volcó contra Fujimori el momento en que dio el autogolpe.–¿La aventura presidencial en Perú fue un error político o una prueba extrema de coherencia?–Prueba de coherencia sin duda. En cuanto a error, no creo que haya sido la aventura misma un error electoralmente, sino el hecho de que lo rodearan mediocres políticos de derecha que quisieron aprovecharse de su prestigio. Eso sí, la derrota electoral fue un triunfo para la literatura. Él era tanto o más que cualquier presidente del Perú. El cargo lo habría disminuido innecesariamente.–Cuando se apague el ruido ideológico, ¿qué Vargas Llosa cree que quedará: el novelista, el liberal o el hombre que defendió la verdad contra sus propias tribus?–Creo que los tres, pero yo siempre voy a privilegiar al novelista. La historia es efímera. El contexto en que se discuten las ideas también. Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’.«Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’»–¿Qué le hacía reír a Vargas Llosa?–Él tenía mucho humor, contaba cuentos cómicos. Una de las cosas que me impresionaba de Mario es que tú le contabas cualquier barbaridad y su primera reacción era una carcajada. Y sobre todo si le contabas alguna maldad de algún amigo en común. Le parecía cómica la maldad humana. Era una especie de empatía de novelista, porque Mario no juzgaba. Él tenía una moral muy estricta, sobre todo apego a la verdad, pero soltaba una carcajada cuando oía algo absurdo que había pasado. Era una carcajada absolutoria.–¿Era más severo con los demás o consigo mismo?–Creo que era muy severo consigo mismo. Tenía una tremenda disciplina como escritor. Y trabajaba mucho. Se levantaba muy temprano, salía a correr, después con los años a caminar, y se sentaba a escribir y no lo veías hasta la hora de almorzar.–¿Qué novela de Vargas Llosa recomendarías a un lector joven que solo lo conoce por la política?–Tendría que hablar con el lector antes, pero si es un lector serio, que realmente le gusta la literatura, ‘Conversaciones en la catedral’. ‘La ciudad y los perros’ es bastante obvia y mucho más fácil. Pero ‘Conversaciones en la catedral’ es desafiante para el lector, por la estructura, el lenguaje. Y si no, ‘La fiesta del chivo’, una novela que lees con la lengua afuera, extraordinariamente bien narrada, y donde sientes que hay una pasión individual de Vargas Llosa procedente de su ira contra Fujimori. David Gallagher (Valparaíso, 1944) ha vivido muchas existencias. Chileno de origen inglés, se educó en Oxford donde estudió ruso y español, y fue profesor. Reclutado como crítico del famoso ‘Times Literary Supplement’ (TLS), llegó a ser jefe de literaturas foráneas. De pronto abandonó su brillante carrera y se dedicó a las finanzas en Chile con tanto talento como el que había mostrado en la literatura y la academia. Asesoró a bancos y creó fondos de inversión. Gallagher, además, es el descubridor para el mundo anglosajón del ‘boom’ latinoamericano al editar un número especial de TLS sobre el tema en 1967. De ahí nació su relación con Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Donoso y una singular amistad con Mario Vargas Llosa. Con el escritor peruano, Gallagher viajó mucho y vivieron peripecias. En recuerdo de esa amistad, elaboró ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’ (Centro de Estudios Públicos, 2025), un libro pensado para que lo lanzara el mismo Nobel, cosa que su muerte -en abril de 2025- impidió. Gallagher y su libro se presentarán en Madrid el próximo 15 de junio en Casa de América durante el XIX Foro Atlántico de la Fundación Internacional de la Libertad (FIL) que durante años presidió su gran amigo.–Conoció a Vargas Llosa en Londres en 1967. ¿Qué vio entonces en él que todavía no veía el mundo literario?–Ya había escrito dos tremendas novelas, ‘La ciudad y los perros’ y ‘La Casa Verde’, ¡y tenía solo 31 años! Yo las había leído maravillado. Estábamos en una época en que muchos decían que la novela estaba muerta y bueno, si yo vi algo fue que con novelas como las de él, no era así. Vargas Llosa junto a otros autores del ‘boom’ latinoamericano le dieron sangre nueva a la novela y desde entonces no se habla de su muerte.Noticia relacionada general No No Entrevista Sergio Ramírez: «Gracias a TikTok puedo escuchar el español de Nicaragua todos los días» Bruno Pardo Porto–El libro se titula ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’. ¿Qué huellas quiso seguir: las del escritor, las del amigo o las del intelectual público? –¡Las tres! Las del amigo por lo importante que fue su generosa amistad para los que lo conocimos de cerca. La del intelectual público por la apertura con que compartió su trayectoria intelectual. Transitaba de un socialismo sartreano al liberalismo clásico y lo hacía en sus ensayos como si estuviera reflexionando en voz alta, compartiendo con insólita honestidad sus dudas y cambios de ánimo. Y la del escritor por esas fabulosas novelas, radiografías del Perú y de la condición humana, escritas con prosa clara, exenta de trucos, pero de a la vez inconfundible estampa propia.–¿Se puede escribir con libertad crítica sobre un amigo tan admirado?–¡Ese es un temazo! Hacia 1968 perdí por un buen tiempo la amistad de Carlos Fuentes por una crítica negativa a su novela ‘Cambio de piel’. Con Vargas Llosa tuve la suerte de que nunca escribió una novela que no me gustara.–¿Cuál es, a su juicio, el Vargas Llosa más grande: el de ‘La ciudad y los perros’, el de ‘La casa verde’, el de ‘Conversación en La Catedral’ o el ensayista liberal?–El de las novelas sin duda. ‘La fiesta del chivo’ y ‘La Guerra del fin del mundo’ están también en ese nivel, por cierto, y hay muchas otras novelas que son solo un poco menores. Creo que sin las novelas sabríamos menos del ensayista liberal. Un caso similar: los magníficos ensayos de Octavio Paz los conoceríamos menos sin la poesía que los antecede. Creo que las obras de los grandes creadores les agregan una potencia muy especial cuando optan por ejercer también como pensadores.–Usted ha destacado su claridad. ¿Era para Vargas Llosa la claridad una forma de moral intelectual?–Creo que sí. Vargas Llosa era un fanático de la claridad. «A Vargas Llosa nunca le nació atolondrar al lector con piruetas estilísticas, con chorros excesivos de palabras, con giros enigmáticos»–Lo conoció cuando miraba con simpatía la revolución cubana. ¿La ruptura con Cuba fue ideológica o, sobre todo, moral?–Al comienzo creo que fue moral porque sentía que las autoridades cubanas estaban mintiendo y él aborrecía la mentira. También como hombre justo le molestaba el maltrato que le propinaban a escritores disidentes como Cabrera Infante. Después fue descubriendo el pensamiento de hombre libre que ejercía un Albert Camus o de un Georges Bataille, y finalmente, lo que no es lo mismo, el pensamiento liberal de Popper y de Hayek.–Ha dicho que Vargas Llosa «no era para nada la típica persona de derecha». ¿Qué quería decir exactamente?–Me van a criticar algunos, pero yo lo veía más de centro, un liberal de centro. Le encantaba el partido Ciudadanos. Tenía mucha afinidad con socialdemócratas como Felipe González. En Estados Unidos se entusiasmaba con Obama. Siempre fue crítico de Trump. No compartía la agenda «valórica» de la derecha en temas como el divorcio, el aborto. Una vez en Chile se refirió a esa derecha como la «derecha cavernaria».–¿La derecha que lo celebraba entendió de verdad su alergia a las dictaduras, incluida la de Pinochet?–A lo mejor no. El admiraba las reformas económicas del gobierno de Pinochet, pero para él éstas en ningún caso justificaban los atropellos a los derechos humanos. Era profundamente demócrata. Por eso se volcó contra Fujimori el momento en que dio el autogolpe.–¿La aventura presidencial en Perú fue un error político o una prueba extrema de coherencia?–Prueba de coherencia sin duda. En cuanto a error, no creo que haya sido la aventura misma un error electoralmente, sino el hecho de que lo rodearan mediocres políticos de derecha que quisieron aprovecharse de su prestigio. Eso sí, la derrota electoral fue un triunfo para la literatura. Él era tanto o más que cualquier presidente del Perú. El cargo lo habría disminuido innecesariamente.–Cuando se apague el ruido ideológico, ¿qué Vargas Llosa cree que quedará: el novelista, el liberal o el hombre que defendió la verdad contra sus propias tribus?–Creo que los tres, pero yo siempre voy a privilegiar al novelista. La historia es efímera. El contexto en que se discuten las ideas también. Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’.«Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’»–¿Qué le hacía reír a Vargas Llosa?–Él tenía mucho humor, contaba cuentos cómicos. Una de las cosas que me impresionaba de Mario es que tú le contabas cualquier barbaridad y su primera reacción era una carcajada. Y sobre todo si le contabas alguna maldad de algún amigo en común. Le parecía cómica la maldad humana. Era una especie de empatía de novelista, porque Mario no juzgaba. Él tenía una moral muy estricta, sobre todo apego a la verdad, pero soltaba una carcajada cuando oía algo absurdo que había pasado. Era una carcajada absolutoria.–¿Era más severo con los demás o consigo mismo?–Creo que era muy severo consigo mismo. Tenía una tremenda disciplina como escritor. Y trabajaba mucho. Se levantaba muy temprano, salía a correr, después con los años a caminar, y se sentaba a escribir y no lo veías hasta la hora de almorzar.–¿Qué novela de Vargas Llosa recomendarías a un lector joven que solo lo conoce por la política?–Tendría que hablar con el lector antes, pero si es un lector serio, que realmente le gusta la literatura, ‘Conversaciones en la catedral’. ‘La ciudad y los perros’ es bastante obvia y mucho más fácil. Pero ‘Conversaciones en la catedral’ es desafiante para el lector, por la estructura, el lenguaje. Y si no, ‘La fiesta del chivo’, una novela que lees con la lengua afuera, extraordinariamente bien narrada, y donde sientes que hay una pasión individual de Vargas Llosa procedente de su ira contra Fujimori.
David Gallagher (Valparaíso, 1944) ha vivido muchas existencias. Chileno de origen inglés, se educó en Oxford donde estudió ruso y español, y fue profesor. Reclutado como crítico del famoso ‘Times Literary Supplement’ (TLS), llegó a ser jefe de literaturas foráneas. De pronto abandonó su brillante … carrera y se dedicó a las finanzas en Chile con tanto talento como el que había mostrado en la literatura y la academia. Asesoró a bancos y creó fondos de inversión. Gallagher, además, es el descubridor para el mundo anglosajón del ‘boom’ latinoamericano al editar un número especial de TLS sobre el tema en 1967. De ahí nació su relación con Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Donoso y una singular amistad con Mario Vargas Llosa. Con el escritor peruano, Gallagher viajó mucho y vivieron peripecias. En recuerdo de esa amistad, elaboró ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’ (Centro de Estudios Públicos, 2025), un libro pensado para que lo lanzara el mismo Nobel, cosa que su muerte -en abril de 2025- impidió. Gallagher y su libro se presentarán en Madrid el próximo 15 de junio en Casa de América durante el XIX Foro Atlántico de la Fundación Internacional de la Libertad (FIL) que durante años presidió su gran amigo.
–Conoció a Vargas Llosa en Londres en 1967. ¿Qué vio entonces en él que todavía no veía el mundo literario?
–Ya había escrito dos tremendas novelas, ‘La ciudad y los perros’ y ‘La Casa Verde’, ¡y tenía solo 31 años! Yo las había leído maravillado. Estábamos en una época en que muchos decían que la novela estaba muerta y bueno, si yo vi algo fue que con novelas como las de él, no era así. Vargas Llosa junto a otros autores del ‘boom’ latinoamericano le dieron sangre nueva a la novela y desde entonces no se habla de su muerte.
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Entrevista
Bruno Pardo Porto
–El libro se titula ‘Tras las huellas de Vargas Llosa’. ¿Qué huellas quiso seguir: las del escritor, las del amigo o las del intelectual público?–¡Las tres! Las del amigo por lo importante que fue su generosa amistad para los que lo conocimos de cerca. La del intelectual público por la apertura con que compartió su trayectoria intelectual. Transitaba de un socialismo sartreano al liberalismo clásico y lo hacía en sus ensayos como si estuviera reflexionando en voz alta, compartiendo con insólita honestidad sus dudas y cambios de ánimo. Y la del escritor por esas fabulosas novelas, radiografías del Perú y de la condición humana, escritas con prosa clara, exenta de trucos, pero de a la vez inconfundible estampa propia.
–¿Se puede escribir con libertad crítica sobre un amigo tan admirado?
–¡Ese es un temazo! Hacia 1968 perdí por un buen tiempo la amistad de Carlos Fuentes por una crítica negativa a su novela ‘Cambio de piel’. Con Vargas Llosa tuve la suerte de que nunca escribió una novela que no me gustara.
–¿Cuál es, a su juicio, el Vargas Llosa más grande: el de ‘La ciudad y los perros’, el de ‘La casa verde’, el de ‘Conversación en La Catedral’ o el ensayista liberal?
–El de las novelas sin duda. ‘La fiesta del chivo’ y ‘La Guerra del fin del mundo’ están también en ese nivel, por cierto, y hay muchas otras novelas que son solo un poco menores. Creo que sin las novelas sabríamos menos del ensayista liberal. Un caso similar: los magníficos ensayos de Octavio Paz los conoceríamos menos sin la poesía que los antecede. Creo que las obras de los grandes creadores les agregan una potencia muy especial cuando optan por ejercer también como pensadores.
–Usted ha destacado su claridad. ¿Era para Vargas Llosa la claridad una forma de moral intelectual?
–Creo que sí. Vargas Llosa era un fanático de la claridad.
«A Vargas Llosa nunca le nació atolondrar al lector con piruetas estilísticas, con chorros excesivos de palabras, con giros enigmáticos»
–Lo conoció cuando miraba con simpatía la revolución cubana. ¿La ruptura con Cuba fue ideológica o, sobre todo, moral?
–Al comienzo creo que fue moral porque sentía que las autoridades cubanas estaban mintiendo y él aborrecía la mentira. También como hombre justo le molestaba el maltrato que le propinaban a escritores disidentes como Cabrera Infante. Después fue descubriendo el pensamiento de hombre libre que ejercía un Albert Camus o de un Georges Bataille, y finalmente, lo que no es lo mismo, el pensamiento liberal de Popper y de Hayek.
–Ha dicho que Vargas Llosa «no era para nada la típica persona de derecha». ¿Qué quería decir exactamente?
–Me van a criticar algunos, pero yo lo veía más de centro, un liberal de centro. Le encantaba el partido Ciudadanos. Tenía mucha afinidad con socialdemócratas como Felipe González. En Estados Unidos se entusiasmaba con Obama. Siempre fue crítico de Trump. No compartía la agenda «valórica» de la derecha en temas como el divorcio, el aborto. Una vez en Chile se refirió a esa derecha como la «derecha cavernaria».
–¿La derecha que lo celebraba entendió de verdad su alergia a las dictaduras, incluida la de Pinochet?
–A lo mejor no. El admiraba las reformas económicas del gobierno de Pinochet, pero para él éstas en ningún caso justificaban los atropellos a los derechos humanos. Era profundamente demócrata. Por eso se volcó contra Fujimori el momento en que dio el autogolpe.
–¿La aventura presidencial en Perú fue un error político o una prueba extrema de coherencia?
–Prueba de coherencia sin duda. En cuanto a error, no creo que haya sido la aventura misma un error electoralmente, sino el hecho de que lo rodearan mediocres políticos de derecha que quisieron aprovecharse de su prestigio. Eso sí, la derrota electoral fue un triunfo para la literatura. Él era tanto o más que cualquier presidente del Perú. El cargo lo habría disminuido innecesariamente.
–Cuando se apague el ruido ideológico, ¿qué Vargas Llosa cree que quedará: el novelista, el liberal o el hombre que defendió la verdad contra sus propias tribus?
–Creo que los tres, pero yo siempre voy a privilegiar al novelista. La historia es efímera. El contexto en que se discuten las ideas también. Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’.
«Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como ‘Don Quijote’, ‘Madame Bovary’ o ‘Conversación en la Catedral’»
–¿Qué le hacía reír a Vargas Llosa?
–Él tenía mucho humor, contaba cuentos cómicos. Una de las cosas que me impresionaba de Mario es que tú le contabas cualquier barbaridad y su primera reacción era una carcajada. Y sobre todo si le contabas alguna maldad de algún amigo en común. Le parecía cómica la maldad humana. Era una especie de empatía de novelista, porque Mario no juzgaba. Él tenía una moral muy estricta, sobre todo apego a la verdad, pero soltaba una carcajada cuando oía algo absurdo que había pasado. Era una carcajada absolutoria.
–¿Era más severo con los demás o consigo mismo?
–Creo que era muy severo consigo mismo. Tenía una tremenda disciplina como escritor. Y trabajaba mucho. Se levantaba muy temprano, salía a correr, después con los años a caminar, y se sentaba a escribir y no lo veías hasta la hora de almorzar.
–¿Qué novela de Vargas Llosa recomendarías a un lector joven que solo lo conoce por la política?
–Tendría que hablar con el lector antes, pero si es un lector serio, que realmente le gusta la literatura, ‘Conversaciones en la catedral’. ‘La ciudad y los perros’ es bastante obvia y mucho más fácil. Pero ‘Conversaciones en la catedral’ es desafiante para el lector, por la estructura, el lenguaje. Y si no, ‘La fiesta del chivo’, una novela que lees con la lengua afuera, extraordinariamente bien narrada, y donde sientes que hay una pasión individual de Vargas llosa procedente de su ira contra Fujimori.
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