Más de 350 casetas entre librerías, editoriales, asociaciones e instituciones. Todo junto, bajo el cielo madrileño del Retiro. El firmante, el feriante, el comediante, el trashumante y hasta el cesante, porque Galdós no prescribe. A la Feria del Libro de Madrid vienen todos. Desde visitantes como Víctor de Aldama —con quien me topé dos veces en un mismo fin de semana—, pasando por peregrinos lectores o lectores peregrinos, así como fieles letraheridos o noveles compra-libros, familias, curiosos y demás criaturas. Es la ley de la feria, que todo lo acerca: las firmas más potentes de los grandes sellos y de las editoriales independientes se baten por las filas de lectores que querrán, dependiendo de cuál personaje, hacerse con un ejemplar o un selfie. El teléfono también lee. Al menos en este siglo. Alza la vista, lector, porque el Apocalipsis sólo le sienta bien a quienes no tienen nada más que decir ni escuchar. Que la feria es la feria , con QR o sin él. La comparsa variopinta es otra: hemos pasado de los ‘booktubers’ a los ‘influencers’ —otrora cocineros—; de creadores de contenido a ‘bestsellers’. Al final, acaban todos travestidos en firmantes. El autor se vacía de un tipo de contenido para llenarse de otro. Y, sin embargo, no dejan nunca de venir los escritores. Ahí están: picando la piedra de su anonimato o su prestigio. A la feria se viene porque sí, y si en esa larga lista de propósitos se halla la lectura o la tertulia, pues entonces bienvenidos y bienvenidas quienes deseen ponerles rostro a sus desvelos. El encuentro es importante y si es el la lectura la que hace ls vecs de catalizador, todavía más. Cada cinco minutos se publica un libro en España. Según el ISBN de 2024, en nuestro país se produjeron 89.300 libros. A razón de 7.500 por mes, 1700 a la semana y 245 por día. A ese paso deberíamos todos insultarnos en verso o exclamar «Dejóme sin carta, sin recado y sin esperanza» en lugar de «hacer ghosting». Conviene entonces hacerse la idea de que mientras la feria tenga «caseta» en lugar de «casita», serán más divertidas las primaveras y más fértiles nuestras resacas. A la sombra de un libro se está mejor, digan lo que digan. Más de 350 casetas entre librerías, editoriales, asociaciones e instituciones. Todo junto, bajo el cielo madrileño del Retiro. El firmante, el feriante, el comediante, el trashumante y hasta el cesante, porque Galdós no prescribe. A la Feria del Libro de Madrid vienen todos. Desde visitantes como Víctor de Aldama —con quien me topé dos veces en un mismo fin de semana—, pasando por peregrinos lectores o lectores peregrinos, así como fieles letraheridos o noveles compra-libros, familias, curiosos y demás criaturas. Es la ley de la feria, que todo lo acerca: las firmas más potentes de los grandes sellos y de las editoriales independientes se baten por las filas de lectores que querrán, dependiendo de cuál personaje, hacerse con un ejemplar o un selfie. El teléfono también lee. Al menos en este siglo. Alza la vista, lector, porque el Apocalipsis sólo le sienta bien a quienes no tienen nada más que decir ni escuchar. Que la feria es la feria , con QR o sin él. La comparsa variopinta es otra: hemos pasado de los ‘booktubers’ a los ‘influencers’ —otrora cocineros—; de creadores de contenido a ‘bestsellers’. Al final, acaban todos travestidos en firmantes. El autor se vacía de un tipo de contenido para llenarse de otro. Y, sin embargo, no dejan nunca de venir los escritores. Ahí están: picando la piedra de su anonimato o su prestigio. A la feria se viene porque sí, y si en esa larga lista de propósitos se halla la lectura o la tertulia, pues entonces bienvenidos y bienvenidas quienes deseen ponerles rostro a sus desvelos. El encuentro es importante y si es el la lectura la que hace ls vecs de catalizador, todavía más. Cada cinco minutos se publica un libro en España. Según el ISBN de 2024, en nuestro país se produjeron 89.300 libros. A razón de 7.500 por mes, 1700 a la semana y 245 por día. A ese paso deberíamos todos insultarnos en verso o exclamar «Dejóme sin carta, sin recado y sin esperanza» en lugar de «hacer ghosting». Conviene entonces hacerse la idea de que mientras la feria tenga «caseta» en lugar de «casita», serán más divertidas las primaveras y más fértiles nuestras resacas. A la sombra de un libro se está mejor, digan lo que digan.

Más de 350 casetas entre librerías, editoriales, asociaciones e instituciones. Todo junto, bajo el cielo madrileño del Retiro. El firmante, el feriante, el comediante, el trashumante y hasta el cesante, porque Galdós no prescribe. A la Feria del Libro de Madrid vienen todos. Desde … visitantes como Víctor de Aldama —con quien me topé dos veces en un mismo fin de semana—, pasando por peregrinos lectores o lectores peregrinos, así como fieles letraheridos o noveles compra-libros, familias, curiosos y demás criaturas. Es la ley de la feria, que todo lo acerca: las firmas más potentes de los grandes sellos y de las editoriales independientes se baten por las filas de lectores que querrán, dependiendo de cuál personaje, hacerse con un ejemplar o un selfie. El teléfono también lee. Al menos en este siglo. Alza la vista, lector, porque el Apocalipsis sólo le sienta bien a quienes no tienen nada más que decir ni escuchar. Que la feria es la feria, con QR o sin él. La comparsa variopinta es otra: hemos pasado de los ‘booktubers’ a los ‘influencers’ —otrora cocineros—; de creadores de contenido a ‘bestsellers’. Al final, acaban todos travestidos en firmantes. El autor se vacía de un tipo de contenido para llenarse de otro. Y, sin embargo, no dejan nunca de venir los escritores. Ahí están: picando la piedra de su anonimato o su prestigio. A la feria se viene porque sí, y si en esa larga lista de propósitos se halla la lectura o la tertulia, pues entonces bienvenidos y bienvenidas quienes deseen ponerles rostro a sus desvelos. El encuentro es importante y si es el la lectura la que hace ls vecs de catalizador, todavía más. Cada cinco minutos se publica un libro en España. Según el ISBN de 2024, en nuestro país se produjeron 89.300 libros. A razón de 7.500 por mes, 1700 a la semana y 245 por día. A ese paso deberíamos todos insultarnos en verso o exclamar «Dejóme sin carta, sin recado y sin esperanza» en lugar de «hacer ghosting». Conviene entonces hacerse la idea de que mientras la feria tenga «caseta» en lugar de «casita», serán más divertidas las primaveras y más fértiles nuestras resacas. A la sombra de un libro se está mejor, digan lo que digan.
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