La banda sonora del verano ya no es una canción, ni mucho menos el himno de Shakira por el mundial, ni tampoco el chundachunda de la orquesta de pueblo que versiona a David Civera con devoción criminal. El sonido que revuelve todos los rincones del país, ya sea en las ciudades, en los valles o en los campos agrícolas es perturbador y, al toque, desolador. Se trata del clac, clac, clac de las chanclas . Y, desgraciadamente, eso conlleva demasiadas cosas que nos convierten en un país peor del que heredamos de los nuestros. Cuando alguien escucha un clac, clac, clac no solo adivina que hace calor, sino que hay un par de pies, generalmente con dedos peludos, que nos demuestran que las personas se han rendido. Cuando el clac, clac, clac es un solista, la cosa puede llegar a quedar en un simple agravio, pero, ¿qué me dicen del coro desacompasado de varias personas en chanclas caminando hacia un mismo sitio? Eso es una verdadera derrota. Las chanclas son el único calzado que parece pedir disculpas por existir. No sujetan el pie, no protegen del terreno o de darle una patada a una piedra escondida en la arena, no embellecen la figura del usuario y, sin embargo, ahí van, insólitas, avanzando con una soberbia impropia de un trozo de goma unido a una tira de plástico que uno se coloca entre los dedos del pie como si fuera una cadena atada al cuello. Son la prueba de que la comodidad y la pereza se parecen demasiado cuando las personas se rinden. «Las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología»Pero tratemos de salvar a alguien de la condena definitiva. Nadie discute de la utilidad de un paraguas bajo la lluvia, así que la chancla puede tener un uso legítimo, pero nunca recomendado, para ir a la playa. Aunque esta excepción debe tener en cuenta que sólo puede usarse si el usuario de chancla vive cerca de la playa. Si tiene que coger el coche para llegar hasta la costa debería ser multado por la Benemérita, casi tanto como en los controles de alcohol y drogas. Me ilusiono al pensar en los carteles luminosos de la carretera: «Campaña especial de controles de alcohol, drogas y chanclas». Qué España nos estamos perdiendo. Pero volviendo al tema de la playa. Nadie discute el uso de una bota en invierno, como tampoco debe cuestionarse el uso de la chancla en la arena. Es su ecosistema natural. El problema comenzó el día en que decidieron independizarse y colonizar el resto del planeta. Primero fue el paseo marítimo. Luego el supermercado para hacer un recado rápido. Más tarde las estaciones y los aeropuertos y hoy, en julio de este 2026, uno escucha el clac, clac, clac de las chanclas en cualquier centro comercial, restaurante, calle de Madrid o sede judicial, porque las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología. Luego está la arrogancia de quienes salen de su casa convencidos de que el mundo entero desea contemplar sus pies. Si hay una parte del cuerpo humano que rara vez mejora con los años, esa es el pie. Pero la chancla convence a cualquiera de que esos talones cuarteados por el paso del tiempo, esos dedos rebeldes y esas uñas de imposible fisiología merecen ser vistas. Pero además de la estética, que doy por hecho que ya no les importa, está el problema del sonido: ese clac, clac, clac que rebota en las aceras como un metrónomo olvidado. No existe instrumento musical capaz de generar tanta desolación con tan pocos recursos. Es un ruido que no anuncia la llegada de una persona sino el acercamiento de un enemigo natural, de un toro de Miura, de alguien que ha abandonado el rigor. No deja de ser significativo que las chanclas hayan conquistado precisamente una época obsesionada con la imagen. Nunca nos habíamos fotografiado tanto, nunca habíamos cuidado tanto el ángulo de un selfi, el filtro de una historia o el color de una camiseta. Y, sin embargo, miles de personas dedican veinte minutos a elegir las gafas de sol para terminar rematando el conjunto con un calzado que parece comprado de urgencia en una gasolinera camino del infierno. Es una incoherencia estética fascinante.«Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía»El aeropuerto merece un capítulo aparte . Existe una especie de pacto no escrito por el cual, en cuanto alguien cruza la puerta de la terminal, considera que ha quedado suspendido de sus obligaciones como ser civilizado. Como si el avión no fuera un medio de transporte, sino un balneario volador. Da igual que el destino sea Copenhague, Tokio o Buenos Aires. Hay quien despega vestido para una barbacoa. Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía según la cual cualquier esfuerzo relacionado con las formas constituye una frivolidad. Poco a poco hemos confundido la naturalidad con la dejadez y la comodidad con la absoluta falta de interés por el aspecto propio y ajeno. Quizá por eso el clac, clac, clac resulta tan inquietante. No es el sonido de unas suelas golpeando el suelo. Es el ruido de una rendición. El anuncio de que alguien ha decidido que ya no merece la pena esforzarse un poco más. Y las sociedades no suelen deteriorarse por grandes catástrofes. Lo hacen a base de pequeñas renuncias cotidianas que nadie considera importantes. Un día dejamos de escribir cartas. Otro dejamos de levantarnos para ceder el asiento y de repente, descubrimos que vivimos en un país donde el sonido más reconocible del verano ya no es el de las olas ni el de una canción pegadiza, sino el aplauso constante de unas chanclas celebrando, paso a paso, la victoria definitiva de la desgana. La banda sonora del verano ya no es una canción, ni mucho menos el himno de Shakira por el mundial, ni tampoco el chundachunda de la orquesta de pueblo que versiona a David Civera con devoción criminal. El sonido que revuelve todos los rincones del país, ya sea en las ciudades, en los valles o en los campos agrícolas es perturbador y, al toque, desolador. Se trata del clac, clac, clac de las chanclas . Y, desgraciadamente, eso conlleva demasiadas cosas que nos convierten en un país peor del que heredamos de los nuestros. Cuando alguien escucha un clac, clac, clac no solo adivina que hace calor, sino que hay un par de pies, generalmente con dedos peludos, que nos demuestran que las personas se han rendido. Cuando el clac, clac, clac es un solista, la cosa puede llegar a quedar en un simple agravio, pero, ¿qué me dicen del coro desacompasado de varias personas en chanclas caminando hacia un mismo sitio? Eso es una verdadera derrota. Las chanclas son el único calzado que parece pedir disculpas por existir. No sujetan el pie, no protegen del terreno o de darle una patada a una piedra escondida en la arena, no embellecen la figura del usuario y, sin embargo, ahí van, insólitas, avanzando con una soberbia impropia de un trozo de goma unido a una tira de plástico que uno se coloca entre los dedos del pie como si fuera una cadena atada al cuello. Son la prueba de que la comodidad y la pereza se parecen demasiado cuando las personas se rinden. «Las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología»Pero tratemos de salvar a alguien de la condena definitiva. Nadie discute de la utilidad de un paraguas bajo la lluvia, así que la chancla puede tener un uso legítimo, pero nunca recomendado, para ir a la playa. Aunque esta excepción debe tener en cuenta que sólo puede usarse si el usuario de chancla vive cerca de la playa. Si tiene que coger el coche para llegar hasta la costa debería ser multado por la Benemérita, casi tanto como en los controles de alcohol y drogas. Me ilusiono al pensar en los carteles luminosos de la carretera: «Campaña especial de controles de alcohol, drogas y chanclas». Qué España nos estamos perdiendo. Pero volviendo al tema de la playa. Nadie discute el uso de una bota en invierno, como tampoco debe cuestionarse el uso de la chancla en la arena. Es su ecosistema natural. El problema comenzó el día en que decidieron independizarse y colonizar el resto del planeta. Primero fue el paseo marítimo. Luego el supermercado para hacer un recado rápido. Más tarde las estaciones y los aeropuertos y hoy, en julio de este 2026, uno escucha el clac, clac, clac de las chanclas en cualquier centro comercial, restaurante, calle de Madrid o sede judicial, porque las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología. Luego está la arrogancia de quienes salen de su casa convencidos de que el mundo entero desea contemplar sus pies. Si hay una parte del cuerpo humano que rara vez mejora con los años, esa es el pie. Pero la chancla convence a cualquiera de que esos talones cuarteados por el paso del tiempo, esos dedos rebeldes y esas uñas de imposible fisiología merecen ser vistas. Pero además de la estética, que doy por hecho que ya no les importa, está el problema del sonido: ese clac, clac, clac que rebota en las aceras como un metrónomo olvidado. No existe instrumento musical capaz de generar tanta desolación con tan pocos recursos. Es un ruido que no anuncia la llegada de una persona sino el acercamiento de un enemigo natural, de un toro de Miura, de alguien que ha abandonado el rigor. No deja de ser significativo que las chanclas hayan conquistado precisamente una época obsesionada con la imagen. Nunca nos habíamos fotografiado tanto, nunca habíamos cuidado tanto el ángulo de un selfi, el filtro de una historia o el color de una camiseta. Y, sin embargo, miles de personas dedican veinte minutos a elegir las gafas de sol para terminar rematando el conjunto con un calzado que parece comprado de urgencia en una gasolinera camino del infierno. Es una incoherencia estética fascinante.«Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía»El aeropuerto merece un capítulo aparte . Existe una especie de pacto no escrito por el cual, en cuanto alguien cruza la puerta de la terminal, considera que ha quedado suspendido de sus obligaciones como ser civilizado. Como si el avión no fuera un medio de transporte, sino un balneario volador. Da igual que el destino sea Copenhague, Tokio o Buenos Aires. Hay quien despega vestido para una barbacoa. Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía según la cual cualquier esfuerzo relacionado con las formas constituye una frivolidad. Poco a poco hemos confundido la naturalidad con la dejadez y la comodidad con la absoluta falta de interés por el aspecto propio y ajeno. Quizá por eso el clac, clac, clac resulta tan inquietante. No es el sonido de unas suelas golpeando el suelo. Es el ruido de una rendición. El anuncio de que alguien ha decidido que ya no merece la pena esforzarse un poco más. Y las sociedades no suelen deteriorarse por grandes catástrofes. Lo hacen a base de pequeñas renuncias cotidianas que nadie considera importantes. Un día dejamos de escribir cartas. Otro dejamos de levantarnos para ceder el asiento y de repente, descubrimos que vivimos en un país donde el sonido más reconocible del verano ya no es el de las olas ni el de una canción pegadiza, sino el aplauso constante de unas chanclas celebrando, paso a paso, la victoria definitiva de la desgana.
La banda sonora del verano ya no es una canción, ni mucho menos el himno de Shakira por el mundial, ni tampoco el chundachunda de la orquesta de pueblo que versiona a David Civera con devoción criminal. El sonido que revuelve todos los rincones del … país, ya sea en las ciudades, en los valles o en los campos agrícolas es perturbador y, al toque, desolador. Se trata del clac, clac, clac de las chanclas. Y, desgraciadamente, eso conlleva demasiadas cosas que nos convierten en un país peor del que heredamos de los nuestros.
Cuando alguien escucha un clac, clac, clac no solo adivina que hace calor, sino que hay un par de pies, generalmente con dedos peludos, que nos demuestran que las personas se han rendido. Cuando el clac, clac, clac es un solista, la cosa puede llegar a quedar en un simple agravio, pero, ¿qué me dicen del coro desacompasado de varias personas en chanclas caminando hacia un mismo sitio? Eso es una verdadera derrota. Las chanclas son el único calzado que parece pedir disculpas por existir. No sujetan el pie, no protegen del terreno o de darle una patada a una piedra escondida en la arena, no embellecen la figura del usuario y, sin embargo, ahí van, insólitas, avanzando con una soberbia impropia de un trozo de goma unido a una tira de plástico que uno se coloca entre los dedos del pie como si fuera una cadena atada al cuello. Son la prueba de que la comodidad y la pereza se parecen demasiado cuando las personas se rinden.
«Las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología»
Pero tratemos de salvar a alguien de la condena definitiva. Nadie discute de la utilidad de un paraguas bajo la lluvia, así que la chancla puede tener un uso legítimo, pero nunca recomendado, para ir a la playa. Aunque esta excepción debe tener en cuenta que sólo puede usarse si el usuario de chancla vive cerca de la playa. Si tiene que coger el coche para llegar hasta la costa debería ser multado por la Benemérita, casi tanto como en los controles de alcohol y drogas. Me ilusiono al pensar en los carteles luminosos de la carretera: «Campaña especial de controles de alcohol, drogas y chanclas». Qué España nos estamos perdiendo. Pero volviendo al tema de la playa. Nadie discute el uso de una bota en invierno, como tampoco debe cuestionarse el uso de la chancla en la arena. Es su ecosistema natural. El problema comenzó el día en que decidieron independizarse y colonizar el resto del planeta. Primero fue el paseo marítimo. Luego el supermercado para hacer un recado rápido. Más tarde las estaciones y los aeropuertos y hoy, en julio de este 2026, uno escucha el clac, clac, clac de las chanclas en cualquier centro comercial, restaurante, calle de Madrid o sede judicial, porque las chanclas más que unos accesorios se han convertido en una ideología.
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Alfonso J. Ussía
Luego está la arrogancia de quienes salen de su casa convencidos de que el mundo entero desea contemplar sus pies. Si hay una parte del cuerpo humano que rara vez mejora con los años, esa es el pie. Pero la chancla convence a cualquiera de que esos talones cuarteados por el paso del tiempo, esos dedos rebeldes y esas uñas de imposible fisiología merecen ser vistas. Pero además de la estética, que doy por hecho que ya no les importa, está el problema del sonido: ese clac, clac, clac que rebota en las aceras como un metrónomo olvidado. No existe instrumento musical capaz de generar tanta desolación con tan pocos recursos. Es un ruido que no anuncia la llegada de una persona sino el acercamiento de un enemigo natural, de un toro de Miura, de alguien que ha abandonado el rigor.
No deja de ser significativo que las chanclas hayan conquistado precisamente una época obsesionada con la imagen. Nunca nos habíamos fotografiado tanto, nunca habíamos cuidado tanto el ángulo de un selfi, el filtro de una historia o el color de una camiseta. Y, sin embargo, miles de personas dedican veinte minutos a elegir las gafas de sol para terminar rematando el conjunto con un calzado que parece comprado de urgencia en una gasolinera camino del infierno. Es una incoherencia estética fascinante.
«Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía»
El aeropuerto merece un capítulo aparte. Existe una especie de pacto no escrito por el cual, en cuanto alguien cruza la puerta de la terminal, considera que ha quedado suspendido de sus obligaciones como ser civilizado. Como si el avión no fuera un medio de transporte, sino un balneario volador. Da igual que el destino sea Copenhague, Tokio o Buenos Aires. Hay quien despega vestido para una barbacoa. Lo peor de las chanclas es que nunca vienen solas. Forman parte de una filosofía según la cual cualquier esfuerzo relacionado con las formas constituye una frivolidad. Poco a poco hemos confundido la naturalidad con la dejadez y la comodidad con la absoluta falta de interés por el aspecto propio y ajeno. Quizá por eso el clac, clac, clac resulta tan inquietante. No es el sonido de unas suelas golpeando el suelo. Es el ruido de una rendición. El anuncio de que alguien ha decidido que ya no merece la pena esforzarse un poco más. Y las sociedades no suelen deteriorarse por grandes catástrofes. Lo hacen a base de pequeñas renuncias cotidianas que nadie considera importantes. Un día dejamos de escribir cartas. Otro dejamos de levantarnos para ceder el asiento y de repente, descubrimos que vivimos en un país donde el sonido más reconocible del verano ya no es el de las olas ni el de una canción pegadiza, sino el aplauso constante de unas chanclas celebrando, paso a paso, la victoria definitiva de la desgana.
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