Regresar a las canchas en las que jugamos durante la infancia tiene algo de reto emocional. El recuerdo que se guarda de ellas suele estar tamizado por el paso del tiempo y la memoria de una época en la que no había más preocupación que ir preguntando en casa si nos podíamos quedar un rato más. Como si buscáramos una prórroga infinita. Cuando volvemos a esos lugares —que pueden ser una pista de fútbol o de baloncesto, un patio entre dos bloques de edificios o un terreno en medio de la nada— nos enfrentamos al impacto de la realidad y a una cierta decepción. Toda la hemeroteca sentimental que durante años hemos ido construyendo alrededor de aquel recuerdo se planta de repente frente a un espacio que, por lo general, nos suele parecer mucho más pequeño de lo que recordábamos y, sobre todo, se presenta ante nosotros sin los sonidos, sin las sensaciones y sin la compañía de aquellos días. Aquel lugar seguro —en el que todo lo que nos rodeaba parecía hecho de certezas— parecía eterno. Y, sin embargo, era únicamente un tiempo de descanso antes de que empezara el tramo complicado de la vida. Pero eso, claro, solo se aprende después.
Benjamin Markovits, ex jugador de baloncesto, compone una interesante novela de formación autobiográfica
Regresar a las canchas en las que jugamos durante la infancia tiene algo de reto emocional. El recuerdo que se guarda de ellas suele estar tamizado por el paso del tiempo y la memoria de una época en la que no había más preocupación que ir preguntando en casa si nos podíamos quedar un rato más. Como si buscáramos una prórroga infinita. Cuando volvemos a esos lugares —que pueden ser una pista de fútbol o de baloncesto, un patio entre dos bloques de edificios o un terreno en medio de la nada— nos enfrentamos al impacto de la realidad y a una cierta decepción. Toda la hemeroteca sentimental que durante años hemos ido construyendo alrededor de aquel recuerdo se planta de repente frente a un espacio que, por lo general, nos suele parecer mucho más pequeño de lo que recordábamos y, sobre todo, se presenta ante nosotros sin los sonidos, sin las sensaciones y sin la compañía de aquellos días. Aquel lugar seguro —en el que todo lo que nos rodeaba parecía hecho de certezas— parecía eterno. Y, sin embargo, era únicamente un tiempo de descanso antes de que empezara el tramo complicado de la vida. Pero eso, claro, solo se aprende después.
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