Los caminos académicos son más tortuosos que aquellos arcanos de la teología. Casi siempre el peregrino de la erudición patética retorna al más amargo purgatorio. No faltan extravagancias, aunque tengan carácter imprevisto. Así me encontré, en una rareza global, en un congreso en Ankara sobre la «historia de la toalla de playa» . Suena bastante friki e incluso puede parecer una mentira como un piano fluxus. Tengo documentación que no pienso aportar dado que, de momento, no se me acusa de nada, salvo de consumar delirios veraniegos en forma textual. El caso es que un preproyecto de Bienal ‘interconectiva’, término que no quise someter a pausada revisión, quería comenzar con una ‘dinámica artesanal’ y eso llevó a prestar atención micrológica a las toallas, en un momento de frenesí obtuso por lo «textiles» (palabra que sirve para consumar el postureo en museos y otros andurriales donde el artisteo flipa entre ‘afectos’ pasteleros) que sirven, entre otras cosas, para secar cuerpos de bañistas de toda clase y condición.Ignoraba la recóndita razón por la que me habían invitado a tan extraño simposio cuando mi relación con la toalla es absolutamente preconceptual. Aunque no carezco de dotes para ir de farol en el mus, fui incapaz de camuflar mi impostura. De forma sutil, como si estuvieran practicando la mayéutica con un esclavo platónico, mis anfitriones turcos me revelaron mis pertinentes competencias: resulta que algún becario en un centro de arte contemporáneo de Estambul había leído, sin saber apenas cuatro palabras de español como luego confesó sin rubor, un breve comentario que escribí hace mucho tiempo sobre una acción de Maider López con toallas en una playa del País Vasco. Supusieron que esa era mi especialidad: ‘ Performances post-situacionistas’ monocromático-textiles. Recordé los dilemas de Vila-Matas como conferenciante ocasional al ponerme a soltar toda clase de disparates sobre las toallas. Apenas llevaba cinco minutos cuando sentí que el escaso público comenzaba a sublevarse. Los primeros abucheos confirmaron la impresión de que estaba, como suele decirse, ‘metiendo la gamba’ . Ahora, desde Denia, justo después de que una medusa me haya masacrado el brazo, sin gambitas sublimes a la mano, puedo iniciar la anámnesis de mis desafueros en aquellas tierras que contempló el fulano aquel del «bajel pirata le llaman por su bravura el temido». PiscinasEl trauma turco, según me soltaron con muecas desencajadas, se generó al sugerir que la culpa de todo la tenían los romanos y su pasión por las saunas, las aguas termales y esas abluciones que algo tienen que ver con la ‘ilustratio’. No sabía que el grado cero de las toallas se encontraba en Turquía . Apelé, por pura pedantería, a los dispositivos pulsionales transfoucaultianos que disipan el «cuidado de sí» en una clave cuasihomoerótica. Pretendía componer una genealogía hídrica que, según compruebo ahora en mis apuntes con letra ilegible, tensarían el «magma» desde Tales de Mileto a Bachelard. Algún engrudo discursivo tenía que preparar para salir del paso si bien lo único que sensatamente podía era generar razonamientos contrafácticos.La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas». Mi alegato contra el mar adquirió proporciones de galerna. Sintetizo mi diatriba: el mar es atroz, aburrido o incluso deprimente. Solamente la estupidez universal ha podido llevar a masas semidesnudas a tumbarse bajo el cruel sol. Mis exploraciones etnográficas en repulsivas playas me han llevado a la certeza cartesiana: el personal goza torturándose, arriesgando incluso sus absurdas vidas entre las olas. Con mis sofisticados conocimientos pictóricos he visto demasiadas pieles enrojecidas o, para ser más preciso, ‘acangrejadas’. Mientras los niños comienzan a experimentar el fracaso de toda arquitectura con sus castillos de área y los ancianos deambulan como zombis, los responsables de esta ‘condena’ se cuecen en su propia salsa. La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas»Me preparaba con gesto pontificio para ofrecer los resultados de mi sofisticada ‘ arqueología de la toalla’ y entonces los alaridos en turco cobraron el rango de ‘arte sonoro’ catastrófico. Impidieron que ofreciera mi teoría rousseauniana de la propiedad horizontal playera que ajustaba a una reformulación de ciertos tópicos hobbesianos: el hombre es un bañista para el hombre. Como afronto el ridículo con entereza, tenía montado un power-point (la forma definitiva del ‘cogito interruptus’ en términos de Umberto Eco) en el que convertía el Mandylion en un prototoalla. Supongo que los herederos de Bizancio , si es que alguien puede pretender serlo, recibieron aquello como una provocación descabellada. Conforme a la filosofía de Pero Grullo, particularmente grata a nuestros contemporáneos: «lo que es, es». Ni arrancándome los ojos como Edipo conseguiría dejar de tener presente el paisaje toallero. Colorinchis, trapazos empapados, arena abrasiva, sillas plegables oxidadas, sombrillas volando y a punto de perforar el duodeno de un paisano de Riolobos que solamente soñaba con una cerveza fresquita. Todo un horror equiparable al del ‘corazón de las tinieblas’ solo que con ese ‘caloret faller’ que Rita Barberá convirtiera en meme. Hay que ser, lo digo a pesar de mis contratiempos turcos, muy memo para correr como un poseso por la playa a ‘pillar cacho’ acelerando la probable insolación. Los caminos académicos son más tortuosos que aquellos arcanos de la teología. Casi siempre el peregrino de la erudición patética retorna al más amargo purgatorio. No faltan extravagancias, aunque tengan carácter imprevisto. Así me encontré, en una rareza global, en un congreso en Ankara sobre la «historia de la toalla de playa» . Suena bastante friki e incluso puede parecer una mentira como un piano fluxus. Tengo documentación que no pienso aportar dado que, de momento, no se me acusa de nada, salvo de consumar delirios veraniegos en forma textual. El caso es que un preproyecto de Bienal ‘interconectiva’, término que no quise someter a pausada revisión, quería comenzar con una ‘dinámica artesanal’ y eso llevó a prestar atención micrológica a las toallas, en un momento de frenesí obtuso por lo «textiles» (palabra que sirve para consumar el postureo en museos y otros andurriales donde el artisteo flipa entre ‘afectos’ pasteleros) que sirven, entre otras cosas, para secar cuerpos de bañistas de toda clase y condición.Ignoraba la recóndita razón por la que me habían invitado a tan extraño simposio cuando mi relación con la toalla es absolutamente preconceptual. Aunque no carezco de dotes para ir de farol en el mus, fui incapaz de camuflar mi impostura. De forma sutil, como si estuvieran practicando la mayéutica con un esclavo platónico, mis anfitriones turcos me revelaron mis pertinentes competencias: resulta que algún becario en un centro de arte contemporáneo de Estambul había leído, sin saber apenas cuatro palabras de español como luego confesó sin rubor, un breve comentario que escribí hace mucho tiempo sobre una acción de Maider López con toallas en una playa del País Vasco. Supusieron que esa era mi especialidad: ‘ Performances post-situacionistas’ monocromático-textiles. Recordé los dilemas de Vila-Matas como conferenciante ocasional al ponerme a soltar toda clase de disparates sobre las toallas. Apenas llevaba cinco minutos cuando sentí que el escaso público comenzaba a sublevarse. Los primeros abucheos confirmaron la impresión de que estaba, como suele decirse, ‘metiendo la gamba’ . Ahora, desde Denia, justo después de que una medusa me haya masacrado el brazo, sin gambitas sublimes a la mano, puedo iniciar la anámnesis de mis desafueros en aquellas tierras que contempló el fulano aquel del «bajel pirata le llaman por su bravura el temido». PiscinasEl trauma turco, según me soltaron con muecas desencajadas, se generó al sugerir que la culpa de todo la tenían los romanos y su pasión por las saunas, las aguas termales y esas abluciones que algo tienen que ver con la ‘ilustratio’. No sabía que el grado cero de las toallas se encontraba en Turquía . Apelé, por pura pedantería, a los dispositivos pulsionales transfoucaultianos que disipan el «cuidado de sí» en una clave cuasihomoerótica. Pretendía componer una genealogía hídrica que, según compruebo ahora en mis apuntes con letra ilegible, tensarían el «magma» desde Tales de Mileto a Bachelard. Algún engrudo discursivo tenía que preparar para salir del paso si bien lo único que sensatamente podía era generar razonamientos contrafácticos.La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas». Mi alegato contra el mar adquirió proporciones de galerna. Sintetizo mi diatriba: el mar es atroz, aburrido o incluso deprimente. Solamente la estupidez universal ha podido llevar a masas semidesnudas a tumbarse bajo el cruel sol. Mis exploraciones etnográficas en repulsivas playas me han llevado a la certeza cartesiana: el personal goza torturándose, arriesgando incluso sus absurdas vidas entre las olas. Con mis sofisticados conocimientos pictóricos he visto demasiadas pieles enrojecidas o, para ser más preciso, ‘acangrejadas’. Mientras los niños comienzan a experimentar el fracaso de toda arquitectura con sus castillos de área y los ancianos deambulan como zombis, los responsables de esta ‘condena’ se cuecen en su propia salsa. La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas»Me preparaba con gesto pontificio para ofrecer los resultados de mi sofisticada ‘ arqueología de la toalla’ y entonces los alaridos en turco cobraron el rango de ‘arte sonoro’ catastrófico. Impidieron que ofreciera mi teoría rousseauniana de la propiedad horizontal playera que ajustaba a una reformulación de ciertos tópicos hobbesianos: el hombre es un bañista para el hombre. Como afronto el ridículo con entereza, tenía montado un power-point (la forma definitiva del ‘cogito interruptus’ en términos de Umberto Eco) en el que convertía el Mandylion en un prototoalla. Supongo que los herederos de Bizancio , si es que alguien puede pretender serlo, recibieron aquello como una provocación descabellada. Conforme a la filosofía de Pero Grullo, particularmente grata a nuestros contemporáneos: «lo que es, es». Ni arrancándome los ojos como Edipo conseguiría dejar de tener presente el paisaje toallero. Colorinchis, trapazos empapados, arena abrasiva, sillas plegables oxidadas, sombrillas volando y a punto de perforar el duodeno de un paisano de Riolobos que solamente soñaba con una cerveza fresquita. Todo un horror equiparable al del ‘corazón de las tinieblas’ solo que con ese ‘caloret faller’ que Rita Barberá convirtiera en meme. Hay que ser, lo digo a pesar de mis contratiempos turcos, muy memo para correr como un poseso por la playa a ‘pillar cacho’ acelerando la probable insolación. Los caminos académicos son más tortuosos que aquellos arcanos de la teología. Casi siempre el peregrino de la erudición patética retorna al más amargo purgatorio. No faltan extravagancias, aunque tengan carácter imprevisto. Así me encontré, en una rareza global, en un congreso en Ankara sobre la «historia de la toalla de playa» . Suena bastante friki e incluso puede parecer una mentira como un piano fluxus. Tengo documentación que no pienso aportar dado que, de momento, no se me acusa de nada, salvo de consumar delirios veraniegos en forma textual. El caso es que un preproyecto de Bienal ‘interconectiva’, término que no quise someter a pausada revisión, quería comenzar con una ‘dinámica artesanal’ y eso llevó a prestar atención micrológica a las toallas, en un momento de frenesí obtuso por lo «textiles» (palabra que sirve para consumar el postureo en museos y otros andurriales donde el artisteo flipa entre ‘afectos’ pasteleros) que sirven, entre otras cosas, para secar cuerpos de bañistas de toda clase y condición.Ignoraba la recóndita razón por la que me habían invitado a tan extraño simposio cuando mi relación con la toalla es absolutamente preconceptual. Aunque no carezco de dotes para ir de farol en el mus, fui incapaz de camuflar mi impostura. De forma sutil, como si estuvieran practicando la mayéutica con un esclavo platónico, mis anfitriones turcos me revelaron mis pertinentes competencias: resulta que algún becario en un centro de arte contemporáneo de Estambul había leído, sin saber apenas cuatro palabras de español como luego confesó sin rubor, un breve comentario que escribí hace mucho tiempo sobre una acción de Maider López con toallas en una playa del País Vasco. Supusieron que esa era mi especialidad: ‘ Performances post-situacionistas’ monocromático-textiles. Recordé los dilemas de Vila-Matas como conferenciante ocasional al ponerme a soltar toda clase de disparates sobre las toallas. Apenas llevaba cinco minutos cuando sentí que el escaso público comenzaba a sublevarse. Los primeros abucheos confirmaron la impresión de que estaba, como suele decirse, ‘metiendo la gamba’ . Ahora, desde Denia, justo después de que una medusa me haya masacrado el brazo, sin gambitas sublimes a la mano, puedo iniciar la anámnesis de mis desafueros en aquellas tierras que contempló el fulano aquel del «bajel pirata le llaman por su bravura el temido». PiscinasEl trauma turco, según me soltaron con muecas desencajadas, se generó al sugerir que la culpa de todo la tenían los romanos y su pasión por las saunas, las aguas termales y esas abluciones que algo tienen que ver con la ‘ilustratio’. No sabía que el grado cero de las toallas se encontraba en Turquía . Apelé, por pura pedantería, a los dispositivos pulsionales transfoucaultianos que disipan el «cuidado de sí» en una clave cuasihomoerótica. Pretendía componer una genealogía hídrica que, según compruebo ahora en mis apuntes con letra ilegible, tensarían el «magma» desde Tales de Mileto a Bachelard. Algún engrudo discursivo tenía que preparar para salir del paso si bien lo único que sensatamente podía era generar razonamientos contrafácticos.La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas». Mi alegato contra el mar adquirió proporciones de galerna. Sintetizo mi diatriba: el mar es atroz, aburrido o incluso deprimente. Solamente la estupidez universal ha podido llevar a masas semidesnudas a tumbarse bajo el cruel sol. Mis exploraciones etnográficas en repulsivas playas me han llevado a la certeza cartesiana: el personal goza torturándose, arriesgando incluso sus absurdas vidas entre las olas. Con mis sofisticados conocimientos pictóricos he visto demasiadas pieles enrojecidas o, para ser más preciso, ‘acangrejadas’. Mientras los niños comienzan a experimentar el fracaso de toda arquitectura con sus castillos de área y los ancianos deambulan como zombis, los responsables de esta ‘condena’ se cuecen en su propia salsa. La traductora colapsó cuando dije, con voz senatorial, que «el hombre estaba hecho para las piscinas»Me preparaba con gesto pontificio para ofrecer los resultados de mi sofisticada ‘ arqueología de la toalla’ y entonces los alaridos en turco cobraron el rango de ‘arte sonoro’ catastrófico. Impidieron que ofreciera mi teoría rousseauniana de la propiedad horizontal playera que ajustaba a una reformulación de ciertos tópicos hobbesianos: el hombre es un bañista para el hombre. Como afronto el ridículo con entereza, tenía montado un power-point (la forma definitiva del ‘cogito interruptus’ en términos de Umberto Eco) en el que convertía el Mandylion en un prototoalla. Supongo que los herederos de Bizancio , si es que alguien puede pretender serlo, recibieron aquello como una provocación descabellada. Conforme a la filosofía de Pero Grullo, particularmente grata a nuestros contemporáneos: «lo que es, es». Ni arrancándome los ojos como Edipo conseguiría dejar de tener presente el paisaje toallero. Colorinchis, trapazos empapados, arena abrasiva, sillas plegables oxidadas, sombrillas volando y a punto de perforar el duodeno de un paisano de Riolobos que solamente soñaba con una cerveza fresquita. Todo un horror equiparable al del ‘corazón de las tinieblas’ solo que con ese ‘caloret faller’ que Rita Barberá convirtiera en meme. Hay que ser, lo digo a pesar de mis contratiempos turcos, muy memo para correr como un poseso por la playa a ‘pillar cacho’ acelerando la probable insolación. RSS de noticias de cultura
