Pocas confesiones musicales hay tan incómodas como admitir que te gusta Muse. La banda británica lleva más de dos décadas llenando estadios y escribiendo algunos de los himnos más reconocibles del rock del siglo XXI, pero nunca ha conseguido algo que, sobre el papel, debería haber resultado mucho más sencillo: prestigio. En Muse, el éxito nunca ha servido como argumento a favor. Más bien al contrario. Cuanto más grande se ha hecho la banda, más fácil ha sido ridiculizarla.
Pocas confesiones musicales hay tan incómodas como admitir que te gusta Muse. La banda británica lleva más de dos décadas llenando estadios y escribiendo algunos de los himnos más reconocibles del rock del siglo XXI, pero nunca ha conseguido algo que, sobre el papel, debería haber resultado mucho más sencillo: prestigio. En Muse, el éxito nunca ha servido como argumento a favor. Más bien al contrario. Cuanto más grande se ha hecho la banda, más fácil ha sido ridiculizarla. Seguir leyendo
Pocas confesiones musicales hay tan incómodas como admitir que te gusta Muse. La banda británica lleva más de dos décadas llenando estadios y escribiendo algunos de los himnos más reconocibles del rock del siglo XXI, pero nunca ha conseguido algo que, sobre el papel, debería haber resultado mucho más sencillo: prestigio. En Muse, el éxito nunca ha servido como argumento a favor. Más bien al contrario. Cuanto más grande se ha hecho la banda, más fácil ha sido ridiculizarla.
Lo llamativo es que ese rechazo rara vez ha tenido que ver con el vocalista y líder de Muse, Matt Bellamy. A diferencia de otros grandes frontmen del rock de estadio, su figura apenas despierta animadversión fuera del escenario. Lo que incomoda de Muse es la propia naturaleza de la banda. Nunca ha sentido la necesidad de rebajar su ambición para resultar más respetable. Sus canciones son heroicas, teatrales y desmesuradas. Hablan de vigilancia, conspiraciones, inteligencia artificial o apocalipsis con una convicción que hoy resulta casi anacrónica. Mientras buena parte del rock ha aprendido a huir de la grandilocuencia, Muse nunca ha dejado de abrazarla.
Y, sin embargo, esa apuesta nunca le ha pasado factura. Casi tres décadas después de Showbiz, Muse sigue agotando entradas, encabezando festivales y colocando sus discos entre los más vendidos del Reino Unido. The Wow! Signal confirma que su capacidad de convocatoria permanece intacta. Lo excepcional es que ese éxito nunca ha ido acompañado de un consenso crítico. Cada nuevo disco reabre la misma discusión: para unos, Muse representa una de las propuestas más singulares del rock contemporáneo; para otros, reincide en los mismos excesos de siempre.

Esa división tiene algo de paradójico. Todo aquello por lo que Muse ha sido ridiculizado durante años -el falsete imposible de Bellamy, la influencia de Queen y Rachmaninov, la teatralidad o sus mesiánicas letras- es exactamente lo que sus seguidores consideran irrenunciable. Lo que unos despachan como ampuloso, otros lo viven como una experiencia casi catártica.
El problema nunca ha sido únicamente el contenido de sus canciones, sino la forma en que la banda se presenta. Bellamy está muy lejos del imaginario clásico del rock. Canta con un registro casi operístico y convierte cada tema en un pequeño espectáculo. A menudo da la impresión de que Muse se están parodiando a sí mismos, pero la realidad es que su propuesta no contiene un ápice de ironía, sino que va completamente en serio.
The Wow! Signal no rebaja ninguno de los rasgos que han convertido a Muse en una banda tan divisiva. Siguen ahí las guitarras mastodónticas, los falsetes imposibles, las melodías concebidas para estadios y un concepto que vuelve a mirar al cielo. El título hace referencia a la misteriosa señal de radio captada en 1977 que algunos interpretaron como un posible mensaje extraterrestre. A primera vista, The Wow! Signal parece otro ejercicio de ciencia ficción marca de la casa.
Esa elección no es casual. Bellamy lleva años describiendo Muse como un intento de encontrar sentido a emociones que ni él mismo terminaba de comprender. “Los momentos más difíciles de tu vida son aquellos en los que no tienes respuestas. Te sientes perdido, solo y sin saber qué va a pasar”, explicaba recientemente sobre el origen de The Wow! Signal. En otra entrevista recordaba que Muse “empezó siendo una expresión emocional de ansiedades desconocidas” y que, con el tiempo, ha intentado entender qué emociones había debajo de todo aquello. Antes que un discurso político o una colección de teorías conspirativas, Muse nació como un intento de dar nombre a una ansiedad que Bellamy todavía no sabía explicar.
Esa necesidad de encontrar explicaciones viene de lejos. Bellamy ha contado que su madre le recuerda a menudo que, cuando tenía cuatro o cinco años y aprendía a escribir, arrojaba el bolígrafo al suelo y preguntaba una y otra vez: “¿Pero por qué?“. Él mismo asegura que nunca ha dejado de hacerlo. ”Siempre he necesitado una explicación sobre los motivos de las cosas. Quiero descifrar las motivaciones y quién se beneficia de ellas».
Quizá sea esa necesidad de encontrar respuestas la que explique buena parte del imaginario de Muse. Las sociedades secretas, la vigilancia masiva, los gobiernos autoritarios o las señales extraterrestres funcionan menos como teorías conspirativas que como una forma de dar sentido a un mundo que Bellamy percibe confuso. Más que escribir sobre conspiraciones, escribe sobre la ansiedad utilizando el lenguaje de las conspiraciones.
De hecho, una de sus confesiones más reveladoras apunta justo en esa dirección. “Suelo caer en la paranoia, en la ansiedad por la tecnología o por el futuro del mundo”, reconocía hace poco. “Creo que parte de todo eso nace de lo que la propia música me hace sentir cuando la escucho”. La emoción aparece antes que la historia. Primero está la sensación de urgencia, amenaza o incertidumbre; después llegan las conspiraciones, el lenguaje cósmico y todas las imágenes con las que Bellamy intenta dar forma a esas emociones y entenderlas.
Bellamy nunca toma distancia respecto a la ansiedad que describe. Se entrega por completo a ella. El resultado son canciones hiperbólicas y absolutamente paranoicas, pero nunca cínicas o irónicas. La paranoia, en las canciones de Muse, es nada más y nada menos que la verdad. Quizá por eso Muse nunca ha sido una banda especialmente cool.
Esa lectura tampoco es casual. Uprising, probablemente su himno más conocido, utiliza el lenguaje de la sublevación y la revolución social, pero la amenaza que describe nunca se identifica, sino que se mantiene abierta a interpretación. Esa ambigüedad permite que cada oyente proyecte sus propias obsesiones: gobiernos, corporaciones, medios o cualquier otra forma de poder. Más que un discurso político, la canción dibuja la sensación de que existen fuerzas demasiado grandes para comprenderlas del todo.
Basta, sin embargo, con detenerse un poco más en sus canciones para comprobar que rara vez hablan de aquello que parecen contar. Bellamy ha explicado que The Wow! Signal, un disco repleto de referencias extraterrestres, nace en realidad de la ruptura con la madre de sus hijos. “El amor fue nuestra rebelión fallida”, canta Matt en Hexagons. Lo mismo ocurre con Supermassive Black Hole: bajo una avalancha de imágenes astronómicas se esconde, sencillamente, una canción de amor. Incluso temas como Plug in Baby o Hysteria, que parecen hablar de manipulación, control o pérdida de libertad, nacen de emociones mucho más personales. Bellamy no aterriza sus sentimientos; los proyecta sobre el cosmos. Los convierte en planetas, invasiones alienígenas o agujeros negros. Es el mismo impulso emocional de cualquier compositor romántico, solo que expresado a escala cósmica.
Quizá ahí resida parte del rechazo que sigue despertando Muse. Sus canciones hablan de amor, miedo, deseo o pérdida como tantas otras. La diferencia es que Bellamy nunca expresa esas emociones en términos cotidianos: las convierte en películas de ciencia ficción. Esa elección estética, tan desmesurada como sincera, siempre ha ocupado un lugar incómodo en un canon del rock que ha tendido a valorar más la contención, la ironía o el realismo confesional.
Lejos de corregir esa tendencia, Muse ha decidido convertirla en su identidad.La grandilocuencia que asomaba en Origin of Symmetry ha ido creciendo con cada disco. Desde Black Holes and Revelations hasta The Resistance, el conceptual Drones o ese disco de Muse al cuadrado que es Will of the People, Bellamy nunca ha parecido preocupado por resultar excesivo. La banda ha preferido seguir ensanchando su universo antes que rebajar su ambición para ganar prestigio.
Ese choque estético tampoco es casual. Muse apareció cuando el rock caminaba justo en la dirección contraria. A comienzos de los 2000, mientras The Strokes o The White Stripes reivindicaban la autenticidad, la contención y las guitarras sin artificios, Bellamy miraba hacia el dramatismo exacerbado de Queen, Pink Floyd y la música clásica. Mientras el indie aspiraba a sonar como una banda de garaje, Muse soñaba en llenar estadios escribiendo canciones que parecían superproducciones cinematográficas.
Esa diferencia no se limitaba a la música. Bellamy tampoco ha encajado nunca en la iconografía del rock. No es un héroe maldito, un icono de estilo ni un sex symbol al uso. Sobre el escenario siempre ha transmitido la sensación de ser un músico fascinado por la física, los sintetizadores y la música clásica antes que un rockstar tradicional. Incluso cuando ejecuta uno de los falsetes más espectaculares del rock contemporáneo, parece menos interesado en seducir al público que en llevar una idea musical hasta el límite.
A diferencia de buena parte del rock, Muse nunca ha desconfiado del pop. En una misma discografía conviven riffs cercanos al metal con canciones tan melódicas como Starlight, Madness o Panic Station. Para Bellamy, una gran melodía siempre ha estado por encima de cualquier ortodoxia rockista. Quizá por eso Muse ha conseguido algo poco habitual: gustar al mismo tiempo a aficionados del rock duro y a oyentes de pop. Paradójicamente, esa misma facilidad para moverse entre ambos mundos ha alimentado durante años el recelo de una parte de la crítica, para la que sonar demasiado accesible siempre ha sido motivo de sospecha.
Es poco probable que The Wow! Signal cambie la opinión de quienes llevan dos décadas considerando a Muse una banda exagerada. Tampoco parece que Bellamy esté especialmente interesado en convencerlos. A estas alturas resulta evidente que Muse nunca ha querido corregir aquello que la hace reconocible. Sigue escribiendo pequeñas óperas para estadios. Sigue elevando las emociones al tamaño de un agujero negro. Y sigue haciéndolo con la misma convicción que hace veinte años.
Tal vez ahí resida el verdadero secreto de Muse. Durante años hemos discutido si sus canciones hablaban de conspiraciones, alienígenas o revoluciones, cuando en realidad siempre han hablado de lo mismo que habla el resto de la música popular: miedo, deseo, amor, incertidumbre o pérdida. La diferencia es que Bellamy ha decidido expresar esas emociones con el lenguaje de la ciencia ficción, la física y las distopías. Quizá por eso Muse sigue dividiendo tanto. O quizá, simplemente, porque el rock todavía no ha terminado de reconciliarse con quienes se atreven a sentir a lo grande.
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