Tras más de 30 años de actividad devota a la cultura y 8 premios Goya, Isabel Coixet sigue consolidándose como creadora total. Su sello está marcado por su sensibilidad literaria y la ambición narrativa. Hace tan solo unos días, la Asociación de Editores de Madrid (AEM) ha anunciado que recibirá el premio Antonio de Sancha 2026 el próximo 12 de noviembre. Además de sus aportaciones al séptimo arte, Coixet ha estado siempre íntimamente ligada a la palabra escrita. Su intensa promoción literaria ha catapultado que ahora su nombre aparezca como continuación de otros como Joan Manuel Serrat, Irene Vallejo o Mario Vargas Llosa. Además, hoy deja un legado en el Instituto Cervantes para que, el día de mañana, se conozca el presente de nuestra cultura.—Los editores madrileños le otorgan el Antonio de Sancha por su labor de transmisión literaria. ¿Cómo se siente por recibir este premio?—Cualquier premio es bienvenido y este me parece especial porque premia algo que normalmente pasa desapercibido, que es una labor que llevo haciendo toda mi vida: recomendar libros, descubrir autores y compartir textos que me parecen interesantes.—Resulta anecdótico que le den este reconocimiento y justo haya asistido hoy (ayer miércoles) al Instituto Cervantes a dejar su legado en esa cápsula del tiempo que es la Caja de las Letras. ¿Qué objeto ha elegido?—Un collage que he hecho, una cinta de casete con canciones y una carta.—¿Algún motivo especial por el que escogiera justo estas tres cosas tan personalizadas?—Porque está hecho con las manos. Algunos dejaron en su día una máquina de escribir o una pluma estilográfica. Yo quería dejar algo realmente personal, que me definiera y, como la idea es que la abran dentro de cincuenta años, dejar así un mensaje a las generaciones futuras.—Con respecto a su trayectoria, usted ha adaptado a Penelope Fitzgerald, a Sara Mesa, a Philip Roth… ¿Cómo afronta el proceso de pasar texto a imagen?—Creo que hay que tener muy claro cuál es la esencia de un libro para ti. Qué es lo que te ha tocado, emocionado, lo que te ha hecho preguntarte dónde está su misterio. Y a partir de ahí, hay que ser muy consciente de que el lenguaje cinematográfico, aunque emparentado con la literatura, es otra cosa. —Usted empezó en el mundo del periodismo escribiendo en ‘Fotogramas’. ¿Qué le aportó esa experiencia inicial en su carrera?—Me permitió conocer a grandes cineastas: Samuel Fuller, Nicholas Ray, Berlanga… Algo que me marcó fue estar en un rodaje de Berlanga. Yo ya había estado en otros rodajes, pero ver cómo de repente este hombre, de ese caos aparente, creaba algo realmente muy poco caótico… A pesar de eso, yo no era una gran periodista. Recuerdo que entrevisté a Eusebio Poncela y, bueno, él me contó muchas cosas, seguramente más de las que quiso. Luego se arrepintió, resultó ser una dosis de realidad porque yo pensaba que, como periodista, si alguien te contaba cosas tú podías contarlas.«A mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo»—Usted ha filmado en Tokio, Vancouver, Cataluña obviamente. La ciudad es un tema que está muy presente en su obra, no solo es el lugar en el que transcurre la acción, sino que marca la estética y el estado de ánimo. Estamos en un momento de gentrificación masiva, las ciudades europeas se homogeneizan y su identidad se disipa. ¿Qué busca hoy cuando llega con la cámara a un lugar nuevo y cómo sabe que una ciudad puede ser el refugio de sus personajes?—Acabo de hacer una gira por 15 ciudades francesas. Igual que en España, tú llegas a una ciudad de tamaño medio y ya ves exactamente las mismas franquicias en todas partes. Que si Sephora, Decathlon, nunca lo entenderé. Cada vez quieren ser más ricos. La gente, al final, acude a eso porque es lo seguro y ya sabe lo que va a encontrar, pero claro, ¿qué gracia tiene ir a Valladolid, Avilés, etc y encontrarte lo mismo? Por ejemplo, en ‘Tres adioses’, mi última película, he querido fotografiar una Roma no turística. La que existe fuera de los circuitos, una Roma muy cotidiana donde tú ves a señoras mayores con el carrito, paredes desconchadas donde crece la hierba… Porque a mí la Roma monumental de ruinas y Coliseo pero con megaapartamentos no es la que me interesaba, sino la humilde, más próxima a los romanos.—Hace más de veinte años, ‘Mi vida sin mí’ definió su universo al mostrar a una mujer joven a la que diagnostican de cáncer terminal y tiene que tomar el control de su vida. Viendo hoy su carrera en perspectiva, ¿en qué ha cambiado su forma de rodar la fragilidad física y qué le sigue enseñando el cuerpo humano ante el acecho de la muerte?—Yo no sé si ha cambiado fundamentalmente, las cosas que llevas en la mochila están ahí. Yo creo que la manera en la que toco cosas como la enfermedad, más que cambiar, ha evolucionado. Sobre todo, a mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo. La vida es caminar, respirar, comer, levantarse. ¿Es esto todo lo que hay? El otro día, una autora que me gusta muchísimo, Amélie Nothomb, hablaba de cuidar el alma y me di cuenta de que eso es lo que he querido reflejar en las películas. Quiénes son los personajes y sus peripecias vitales, dónde está su brújula moral. Qué aman, qué odian, qué les aterra, en todas esas cosas está el alma. Esa es mi aspiración: rescatar el alma de los personajes. Tras más de 30 años de actividad devota a la cultura y 8 premios Goya, Isabel Coixet sigue consolidándose como creadora total. Su sello está marcado por su sensibilidad literaria y la ambición narrativa. Hace tan solo unos días, la Asociación de Editores de Madrid (AEM) ha anunciado que recibirá el premio Antonio de Sancha 2026 el próximo 12 de noviembre. Además de sus aportaciones al séptimo arte, Coixet ha estado siempre íntimamente ligada a la palabra escrita. Su intensa promoción literaria ha catapultado que ahora su nombre aparezca como continuación de otros como Joan Manuel Serrat, Irene Vallejo o Mario Vargas Llosa. Además, hoy deja un legado en el Instituto Cervantes para que, el día de mañana, se conozca el presente de nuestra cultura.—Los editores madrileños le otorgan el Antonio de Sancha por su labor de transmisión literaria. ¿Cómo se siente por recibir este premio?—Cualquier premio es bienvenido y este me parece especial porque premia algo que normalmente pasa desapercibido, que es una labor que llevo haciendo toda mi vida: recomendar libros, descubrir autores y compartir textos que me parecen interesantes.—Resulta anecdótico que le den este reconocimiento y justo haya asistido hoy (ayer miércoles) al Instituto Cervantes a dejar su legado en esa cápsula del tiempo que es la Caja de las Letras. ¿Qué objeto ha elegido?—Un collage que he hecho, una cinta de casete con canciones y una carta.—¿Algún motivo especial por el que escogiera justo estas tres cosas tan personalizadas?—Porque está hecho con las manos. Algunos dejaron en su día una máquina de escribir o una pluma estilográfica. Yo quería dejar algo realmente personal, que me definiera y, como la idea es que la abran dentro de cincuenta años, dejar así un mensaje a las generaciones futuras.—Con respecto a su trayectoria, usted ha adaptado a Penelope Fitzgerald, a Sara Mesa, a Philip Roth… ¿Cómo afronta el proceso de pasar texto a imagen?—Creo que hay que tener muy claro cuál es la esencia de un libro para ti. Qué es lo que te ha tocado, emocionado, lo que te ha hecho preguntarte dónde está su misterio. Y a partir de ahí, hay que ser muy consciente de que el lenguaje cinematográfico, aunque emparentado con la literatura, es otra cosa. —Usted empezó en el mundo del periodismo escribiendo en ‘Fotogramas’. ¿Qué le aportó esa experiencia inicial en su carrera?—Me permitió conocer a grandes cineastas: Samuel Fuller, Nicholas Ray, Berlanga… Algo que me marcó fue estar en un rodaje de Berlanga. Yo ya había estado en otros rodajes, pero ver cómo de repente este hombre, de ese caos aparente, creaba algo realmente muy poco caótico… A pesar de eso, yo no era una gran periodista. Recuerdo que entrevisté a Eusebio Poncela y, bueno, él me contó muchas cosas, seguramente más de las que quiso. Luego se arrepintió, resultó ser una dosis de realidad porque yo pensaba que, como periodista, si alguien te contaba cosas tú podías contarlas.«A mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo»—Usted ha filmado en Tokio, Vancouver, Cataluña obviamente. La ciudad es un tema que está muy presente en su obra, no solo es el lugar en el que transcurre la acción, sino que marca la estética y el estado de ánimo. Estamos en un momento de gentrificación masiva, las ciudades europeas se homogeneizan y su identidad se disipa. ¿Qué busca hoy cuando llega con la cámara a un lugar nuevo y cómo sabe que una ciudad puede ser el refugio de sus personajes?—Acabo de hacer una gira por 15 ciudades francesas. Igual que en España, tú llegas a una ciudad de tamaño medio y ya ves exactamente las mismas franquicias en todas partes. Que si Sephora, Decathlon, nunca lo entenderé. Cada vez quieren ser más ricos. La gente, al final, acude a eso porque es lo seguro y ya sabe lo que va a encontrar, pero claro, ¿qué gracia tiene ir a Valladolid, Avilés, etc y encontrarte lo mismo? Por ejemplo, en ‘Tres adioses’, mi última película, he querido fotografiar una Roma no turística. La que existe fuera de los circuitos, una Roma muy cotidiana donde tú ves a señoras mayores con el carrito, paredes desconchadas donde crece la hierba… Porque a mí la Roma monumental de ruinas y Coliseo pero con megaapartamentos no es la que me interesaba, sino la humilde, más próxima a los romanos.—Hace más de veinte años, ‘Mi vida sin mí’ definió su universo al mostrar a una mujer joven a la que diagnostican de cáncer terminal y tiene que tomar el control de su vida. Viendo hoy su carrera en perspectiva, ¿en qué ha cambiado su forma de rodar la fragilidad física y qué le sigue enseñando el cuerpo humano ante el acecho de la muerte?—Yo no sé si ha cambiado fundamentalmente, las cosas que llevas en la mochila están ahí. Yo creo que la manera en la que toco cosas como la enfermedad, más que cambiar, ha evolucionado. Sobre todo, a mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo. La vida es caminar, respirar, comer, levantarse. ¿Es esto todo lo que hay? El otro día, una autora que me gusta muchísimo, Amélie Nothomb, hablaba de cuidar el alma y me di cuenta de que eso es lo que he querido reflejar en las películas. Quiénes son los personajes y sus peripecias vitales, dónde está su brújula moral. Qué aman, qué odian, qué les aterra, en todas esas cosas está el alma. Esa es mi aspiración: rescatar el alma de los personajes.
Tras más de 30 años de actividad devota a la cultura y 8 premios Goya, Isabel Coixet sigue consolidándose como creadora total. Su sello está marcado por su sensibilidad literaria y la ambición narrativa. Hace tan solo unos días, la Asociación de Editores … de Madrid (AEM) ha anunciado que recibirá el premio Antonio de Sancha 2026 el próximo 12 de noviembre. Además de sus aportaciones al séptimo arte, Coixet ha estado siempre íntimamente ligada a la palabra escrita. Su intensa promoción literaria ha catapultado que ahora su nombre aparezca como continuación de otros como Joan Manuel Serrat, Irene Vallejo o Mario Vargas Llosa. Además, hoy deja un legado en el Instituto Cervantes para que, el día de mañana, se conozca el presente de nuestra cultura.
—Los editores madrileños le otorgan el Antonio de Sancha por su labor de transmisión literaria. ¿Cómo se siente por recibir este premio?
—Cualquier premio es bienvenido y este me parece especial porque premia algo que normalmente pasa desapercibido, que es una labor que llevo haciendo toda mi vida: recomendar libros, descubrir autores y compartir textos que me parecen interesantes.
—Resulta anecdótico que le den este reconocimiento y justo haya asistido hoy (ayer miércoles) al Instituto Cervantes a dejar su legado en esa cápsula del tiempo que es la Caja de las Letras. ¿Qué objeto ha elegido?
—Un collage que he hecho, una cinta de casete con canciones y una carta.
—¿Algún motivo especial por el que escogiera justo estas tres cosas tan personalizadas?
—Porque está hecho con las manos. Algunos dejaron en su día una máquina de escribir o una pluma estilográfica. Yo quería dejar algo realmente personal, que me definiera y, como la idea es que la abran dentro de cincuenta años, dejar así un mensaje a las generaciones futuras.
—Con respecto a su trayectoria, usted ha adaptado a Penelope Fitzgerald, a Sara Mesa, a Philip Roth… ¿Cómo afronta el proceso de pasar texto a imagen?
—Creo que hay que tener muy claro cuál es la esencia de un libro para ti. Qué es lo que te ha tocado, emocionado, lo que te ha hecho preguntarte dónde está su misterio. Y a partir de ahí, hay que ser muy consciente de que el lenguaje cinematográfico, aunque emparentado con la literatura, es otra cosa.
—Usted empezó en el mundo del periodismo escribiendo en ‘Fotogramas’. ¿Qué le aportó esa experiencia inicial en su carrera?
—Me permitió conocer a grandes cineastas: Samuel Fuller, Nicholas Ray, Berlanga… Algo que me marcó fue estar en un rodaje de Berlanga. Yo ya había estado en otros rodajes, pero ver cómo de repente este hombre, de ese caos aparente, creaba algo realmente muy poco caótico… A pesar de eso, yo no era una gran periodista. Recuerdo que entrevisté a Eusebio Poncela y, bueno, él me contó muchas cosas, seguramente más de las que quiso. Luego se arrepintió, resultó ser una dosis de realidad porque yo pensaba que, como periodista, si alguien te contaba cosas tú podías contarlas.
«A mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo»
—Usted ha filmado en Tokio, Vancouver, Cataluña obviamente. La ciudad es un tema que está muy presente en su obra, no solo es el lugar en el que transcurre la acción, sino que marca la estética y el estado de ánimo. Estamos en un momento de gentrificación masiva, las ciudades europeas se homogeneizan y su identidad se disipa. ¿Qué busca hoy cuando llega con la cámara a un lugar nuevo y cómo sabe que una ciudad puede ser el refugio de sus personajes?
—Acabo de hacer una gira por 15 ciudades francesas. Igual que en España, tú llegas a una ciudad de tamaño medio y ya ves exactamente las mismas franquicias en todas partes. Que si Sephora, Decathlon, nunca lo entenderé. Cada vez quieren ser más ricos. La gente, al final, acude a eso porque es lo seguro y ya sabe lo que va a encontrar, pero claro, ¿qué gracia tiene ir a Valladolid, Avilés, etc y encontrarte lo mismo? Por ejemplo, en ‘Tres adioses’, mi última película, he querido fotografiar una Roma no turística. La que existe fuera de los circuitos, una Roma muy cotidiana donde tú ves a señoras mayores con el carrito, paredes desconchadas donde crece la hierba… Porque a mí la Roma monumental de ruinas y Coliseo pero con megaapartamentos no es la que me interesaba, sino la humilde, más próxima a los romanos.
—Hace más de veinte años, ‘Mi vida sin mí’ definió su universo al mostrar a una mujer joven a la que diagnostican de cáncer terminal y tiene que tomar el control de su vida. Viendo hoy su carrera en perspectiva, ¿en qué ha cambiado su forma de rodar la fragilidad física y qué le sigue enseñando el cuerpo humano ante el acecho de la muerte?
—Yo no sé si ha cambiado fundamentalmente, las cosas que llevas en la mochila están ahí. Yo creo que la manera en la que toco cosas como la enfermedad, más que cambiar, ha evolucionado. Sobre todo, a mí lo que me interesa es qué es eso de estar vivo. La vida es caminar, respirar, comer, levantarse. ¿Es esto todo lo que hay? El otro día, una autora que me gusta muchísimo, Amélie Nothomb, hablaba de cuidar el alma y me di cuenta de que eso es lo que he querido reflejar en las películas. Quiénes son los personajes y sus peripecias vitales, dónde está su brújula moral. Qué aman, qué odian, qué les aterra, en todas esas cosas está el alma. Esa es mi aspiración: rescatar el alma de los personajes.
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