Fantástico Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica) de Antony Beevor; fantástico incluso literalmente. Daban igual los mitos y leyendas alrededor del campesino analfabeto que llegó a la cima del poder en la Rusia de los zares: que el pueblo se las creyese era el poder de Rasputín. “Los rumores y las teorías sobre supuestas conspiraciones pueden producir efectos aún más poderosos que la realidad”, recuerda Beevor. Cuando Ayuso y Abascal avisan de que el resultado de las elecciones no valdrá si ellos no resultan ganadores (dan algunas vueltas toreras, pero en esencia es lo que dicen), lo que hacen es poner a prueba el nivel de degradación de la democracia, exclusivamente según ellos achacable a Sánchez. Recibo capturas de delicados españoles en grupos de whatsapp deshaciendo las maletas porque no se puede votar por correo, que lo ha dicho la lideresa en púlpitos diversos. Ingenuos esos turistas, cuanto menos. ¿De verdad creen que si el Gobierno pudiese manipular el voto por correo, no manipularía también el presencial para ahorrarse el susto? O aún peor: ¿de verdad creen los ayusers a los que han estropeado las tradicionales vacaciones de finales de noviembre que en caso de victoria socialista, Abascal y Ayuso van a señalar sólo a Correos teniendo tanto parapsicólogo cerca al que achacar la hipnosis colectiva de españoles decentes? Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, hasta dónde pueden creer, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar. Ponerlos a bailar para ver cuánto aguantan, en definitiva. Los aristócratas creyeron que matando a Rasputín sus problemas terminarían, como bien comprobó la familia Romanov en el sótano de la casa Ipátiev de Ekaterimburgo. España (el sistema y sus prioridades, que siempre se reducen a su pura supervivencia) tiene problemas más allá de los nombres. Y uno de ellos es la facilidad con la que cualquier ciudadano leído está dispuesto a creerse bulos insoportables: primero porque le interesaba, ahora ya porque se ha quedado pajarito y los cree de verdad. Como cuando uno empieza drogándose por las risas y acaba atracando farmacias.
Fantástico Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica) de Antony Beevor; fantástico incluso literalmente. Daban igual los mitos y leyendas alrededor del campesino analfabeto que llegó a la cima del poder en la Rusia de los zares: que el pueblo se las creyese era el poder de Rasputín. “Los rumores y las teorías sobre supuestas conspiraciones pueden producir efectos aún más poderosos que la realidad”, recuerda Beevor. Cuando Ayuso y Abascal avisan de que el resultado de las elecciones no valdrá si ellos no resultan ganadores (dan algunas vueltas toreras, pero en esencia es lo que dicen), lo que hacen es poner a prueba el nivel de degradación de la democracia, exclusivamente según ellos achacable a Sánchez. Recibo capturas de delicados españoles en grupos de whatsapp deshaciendo las maletas porque no se puede votar por correo, que lo ha dicho la lideresa en púlpitos diversos. Ingenuos esos turistas, cuanto menos. ¿De verdad creen que si el Gobierno pudiese manipular el voto por correo, no manipularía también el presencial para ahorrarse el susto? O aún peor: ¿de verdad creen los ayusers a los que han estropeado las tradicionales vacaciones de finales de noviembre que en caso de victoria socialista, Abascal y Ayuso van a señalar sólo a Correos teniendo tanto parapsicólogo cerca al que achacar la hipnosis colectiva de españoles decentes? Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, hasta dónde pueden creer, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar. Ponerlos a bailar para ver cuánto aguantan, en definitiva. Los aristócratas creyeron que matando a Rasputín sus problemas terminarían, como bien comprobó la familia Romanov en el sótano de la casa Ipátiev de Ekaterimburgo. España (el sistema y sus prioridades, que siempre se reducen a su pura supervivencia) tiene problemas más allá de los nombres. Y uno de ellos es la facilidad con la que cualquier ciudadano leído está dispuesto a creerse bulos insoportables: primero porque le interesaba, ahora ya porque se ha quedado pajarito y los cree de verdad. Como cuando uno empieza drogándose por las risas y acaba atracando farmacias. Seguir leyendo
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar
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Fantástico Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica) de Antony Beevor; fantástico incluso literalmente. Daban igual los mitos y leyendas alrededor del campesino analfabeto que llegó a la cima del poder en la Rusia de los zares: que el pueblo se las creyese era el poder de Rasputín. “Los rumores y las teorías sobre supuestas conspiraciones pueden producir efectos aún más poderosos que la realidad”, recuerda Beevor. Cuando Ayuso y Abascal avisan de que el resultado de las elecciones no valdrá si ellos no resultan ganadores (dan algunas vueltas toreras, pero en esencia es lo que dicen), lo que hacen es poner a prueba el nivel de degradación de la democracia, exclusivamente según ellos achacable a Sánchez. Recibo capturas de delicados españoles en grupos de whatsapp deshaciendo las maletas porque no se puede votar por correo, que lo ha dicho la lideresa en púlpitos diversos. Ingenuos esos turistas, cuanto menos. ¿De verdad creen que si el Gobierno pudiese manipular el voto por correo, no manipularía también el presencial para ahorrarse el susto? O aún peor: ¿de verdad creen los ayusers a los que han estropeado las tradicionales vacaciones de finales de noviembre que en caso de victoria socialista, Abascal y Ayuso van a señalar sólo a Correos teniendo tanto parapsicólogo cerca al que achacar la hipnosis colectiva de españoles decentes? Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, hasta dónde pueden creer, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar. Ponerlos a bailar para ver cuánto aguantan, en definitiva. Los aristócratas creyeron que matando a Rasputín sus problemas terminarían, como bien comprobó la familia Romanov en el sótano de la casa Ipátiev de Ekaterimburgo. España (el sistema y sus prioridades, que siempre es su pura supervivencia) tiene un problema más allá de los nombres. Y uno de ellos es la facilidad con la que cualquier ciudadano leído está dispuesto a creerse bulos insoportables: primero porque le interesaba, ahora ya porque se ha quedado pajarito y lo cree de verdad. Como cuando uno empieza drogándose por las risas y acaba atracando farmacias.
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