Con un par de asesinatos truculentos comienza Una tumba en Al Ándalus (Tusquets), la tercera entrega del escritor que, con el seudónimo de Lorenzo G. Acebedo, novela al poeta medieval Gonzalo de Berceo como investigador de crímenes y dotado de un humor sarcástico. Aparentemente, se trata de muertes perpetradas por gente de baja estofa, pero en realidad orbitan sobre ellas los más altos poderes de la época. Así sucedió ya en los títulos precedentes de esta serie, La taberna de Silos (2023) —un éxito de crítica y ventas—, y La Santa Compaña (2024). Dos thrillers que cuentan con el atractivo de retratar la vida de los monjes medievales peninsulares e ilustrar sobre el arte románico.
El escritor bajo el seudónimo de Lorenzo G. Acebedo divierte en ‘Una tumba en Al Ándalus’, tercer título sobre el poeta medieval reconvertido en detective aficionado al vino y a mujeres que le complican la vida
Con un par de asesinatos truculentos comienza Una tumba en Al Ándalus (Tusquets), la tercera entrega del escritor que, con el seudónimo de Lorenzo G. Acebedo, novela al poeta medieval Gonzalo de Berceo como investigador de crímenes y dotado de un humor sarcástico. Aparentemente, se trata de muertes perpetradas por gente de baja estofa, pero en realidad orbitan sobre ellas los más altos poderes de la época. Así sucedió ya en los títulos precedentes de esta serie, La taberna de Silos (2023) —un éxito de crítica y ventas—, y La Santa Compaña (2024). Dos thrillers que cuentan con el atractivo de retratar la vida de los monjes medievales peninsulares e ilustrar sobre el arte románico.
Sin embargo, en esta nueva aventura su misterioso autor ha preferido la baza aventurera del personaje, en numerosas pendencias de Berceo con aquellos que le quieren quitar de en medio. Esto va en detrimento de la aportación al lector de más claves sobre los azares monacales de la época y del arte medieval. Se echa en falta, pero hay que reconocer que en este título del Gonzalo de Berceo investigador —al que Acebedo creó como un cruce entre fray Guillermo de Baskerville y el Philip Marlowe interpretado por Humphrey Bogart— rebosa un humor que a veces provoca carcajadas. Juegos de palabras, equívocos y el chapurreo del idioma que no se domina por parte de algunos personajes causan numerosas situaciones hilarantes.
Quien plantea todo esto, Lorenzo G. Acebedo, anagrama de Gonzalo de Berceo, sigue oculto cómodamente en el anonimato. De él solo sabemos lo que él quiere y que podemos creer o no, “que abandonó en su juventud los estudios teológicos por el retiro monacal y, algún tiempo después, el retiro monacal por una mujer”. “En la actualidad reside en un pueblo de La Rioja”, se lee en la solapa de cada uno de sus libros. No se deja ver ni oír, ya que su editorial solo permite entrevistas por correo electrónico. Es sorprendente que en el mundillo literario alguien no quiera que se le conozca, con toda la repercusión en los medios que podría tener. Aunque visto por otro lado, no desear notoriedad puede ser lo más inteligente.

En cualquier caso, Acebedo, o como se llame realmente, traslada esta vez a su personaje a la Córdoba andalusí, cercada por las tropas cristianas del rey Fernando III el Santo (1201-1252), quien tomó la ciudad en 1236. Hay que recordar que el clérigo nacido en Berceo (La Rioja), de cuya biografía se sabe poco, nació en torno a 1196 y falleció alrededor de 1260. Así que ambas figuras fueron contemporáneas y en esta novela se cruzan.
Sin embargo, no hay demasiado interés por la recreación histórica, sino que el meollo del libro está en el encargo a Berceo por parte de sus superiores de la búsqueda, copia y traducción del árabe de un codiciado libro, el Códice Wallada, por el que, como se decía en El nombre de la rosa del manuscrito envenenado, hay personas que mueren o matan. El motivo oculto del valor de ese códice, que se encuentra en una grandiosa biblioteca con miles de volúmenes del saber antiguo, es que contiene un secreto vital para que los cristianos puedan derrotar a los musulmanes en la Reconquista de la Península.

Acompañado de un despiadado personaje, Alvar Colodro, al que tiene que obedecer por orden de su obispo, Berceo vivirá aventuras en un harén cordobés, se reencontrará con un antiguo maestro de Teología del que no guarda buen recuerdo, correrá peligros y tendrá el aliciente, como devoto de la bota que es, de trasegar vino de Jerez. Como en las anteriores entregas, su instinto, por el que se deja llevar en el amor, le traerá complicaciones ante una particular mujer, que tiene un solo ojo pero “unos senos como manzanas del Líbano”.
Mientras se suceden en esta entretenida novela las intrigas, los engaños y los cruces de caminos, con mercenarios dispuestos a todo por dinero, en una ciudad cuyos habitantes temen ser asaltados en cualquier momento por las tropas cristianas, Acebedo muestra su crítica acerba hacia los poderosos, como el rey y el alto clero, sobre todo por el desprecio a las vidas de los demás.

En el desenlace, como ya es seña del personaje, predomina el descreimiento en un Berceo que, a pesar de haber “presenciado cosas terroríficas”, reconoce, como si fuera el icónico replicante de Blade Runner, que al final todo en el tiempo se disuelve “como azúcar árabe en el vino”.
EL PAÍS
