Yo quería ver ‘El Castillo’, porque recién se estrenaba, pero reconozco que hay algo en la querencia contemporánea por el feísmo y el hiperrealismo (con especial regocijo en lo cutre) que me tira para atrás. Y es que, para realidad sin filtro Valencia ya tengo la vida. Con sus facturas, sus batallas cotidianas, mis vecinos normales, la insidiosa báscula. Si me pongo una peli no quiero realidad: quiero belleza y espectáculo. Y si me van a hablar de prostitutas, las quiero hermosas como nereidas.Quiero pasarme medio capítulo preguntándome por qué, pudiendo ser top model y desfilar en Milán por una millonada poniendo cara de fastidio, se encama por cuatro euros con un protodelincuente mal afeitado. Pero ‘El Castillo’ arranca con gente normal haciendo el mal, un mal cutre que apesta a Brumel, sudor y tabaco de liar, a sábanas que raspan y paredes con gotelé. El gotelé y la grasa alrededor de los interruptores son mi límite. Y ahí, en ese plano exacto, dejé ‘El Castillo’ para ver ‘El Marqués 1985’: porque soy una esteta. La decadencia de todo imperio empieza por el elogio a lo feo y yo no contribuiré a la de Occidente con mi mando a distancia. Para eso ya están los acampados en Sol y el nuevo outfit de Rufián.Por eso vi ‘El Marqués’. No hay que confundir ‘El Marqués 1985’ con ‘El Marqués’ a secas. Porque la segunda, que es la primera, es la del crimen de los Galindos y la primera, que es la segunda, es la de la desaparición y muerte del Nani. Lo único que las une es el periodista, un personaje carente de interés que sirve para que ambas sean la misma serie. Pues muy bien, tampoco molesta. No es como la grasa en los interruptores o el gotelé . Aquí no hay gotelé. Hay papel pintado y Duralex, porque estamos en los ochenta, que es la década en la que, recién estrenada la democracia, los quinquis y las droguitas eran al paisanaje lo que ahora los influencers y el té matcha.Lo que más me gustó, nunca pensé que diría esto, fue Fran Perea, que se nos ha hecho mayor y un pedazo de actor. Deja atrás, por fin, su etapa de eterno adolescente guaperas que, a la que te descuidas, saca la guitarra y da la turra poniendo ojillos (como el cantautor comprometido cuyo nombre no puedo pronunciar porque se pone triste y Dios no lo quiera). Está muy bien Fran Perea, digo, y también la serie. Tan bien está que la dejé a medias porque me dieron tremendas ganas de ver cine de quinquis de verdad. Como cuando lees en los diarios a esos columnistas dizque literarios imitando a Umbral y a Camba, como si no hubiésemos cambiado de siglo, y decides no seguir leyendo porque, para remedo, siempre es mejor acudir al original.Y así es como acabé viendo ‘Matar al Nani’, rodada en 1988, tan solo cinco años después de la desaparición de Santiago Corella, chorizo de infantería detenido (y desaparecido) por la Policía Judicial de Madrid tras el atraco con finado a una joyería. La peli está muy bien ambientada, claro, porque no hubo que simular nada. Los ochenta, con sus quinquis y sus droguitas, su escay, sus televisores de tubo y sus tapetes de ganchillo, estaban ahí. La historia, además, es fascinante. Dramática, sí, pero fascinante. Así que me vi la peli y dos documentales (‘Pacto de silencio’ y ‘El último golpe’). Y ahora estoy en condiciones de dar charlas y hacerles La ruta del Nani por el Madrid de hoy. Partiremos de la calle Tribulete 3, donde la joyería Payber, pasando por la calle Acentejo, donde vivía y fue detenido; Puerta del Sol (torturas y matarile) y acabaremos en Vicálvaro, en lo que fuera el descampado donde, dice una de las hipótesis, fue enterrado en cal viva. Historia canalla. Yo quería ver ‘El Castillo’, porque recién se estrenaba, pero reconozco que hay algo en la querencia contemporánea por el feísmo y el hiperrealismo (con especial regocijo en lo cutre) que me tira para atrás. Y es que, para realidad sin filtro Valencia ya tengo la vida. Con sus facturas, sus batallas cotidianas, mis vecinos normales, la insidiosa báscula. Si me pongo una peli no quiero realidad: quiero belleza y espectáculo. Y si me van a hablar de prostitutas, las quiero hermosas como nereidas.Quiero pasarme medio capítulo preguntándome por qué, pudiendo ser top model y desfilar en Milán por una millonada poniendo cara de fastidio, se encama por cuatro euros con un protodelincuente mal afeitado. Pero ‘El Castillo’ arranca con gente normal haciendo el mal, un mal cutre que apesta a Brumel, sudor y tabaco de liar, a sábanas que raspan y paredes con gotelé. El gotelé y la grasa alrededor de los interruptores son mi límite. Y ahí, en ese plano exacto, dejé ‘El Castillo’ para ver ‘El Marqués 1985’: porque soy una esteta. La decadencia de todo imperio empieza por el elogio a lo feo y yo no contribuiré a la de Occidente con mi mando a distancia. Para eso ya están los acampados en Sol y el nuevo outfit de Rufián.Por eso vi ‘El Marqués’. No hay que confundir ‘El Marqués 1985’ con ‘El Marqués’ a secas. Porque la segunda, que es la primera, es la del crimen de los Galindos y la primera, que es la segunda, es la de la desaparición y muerte del Nani. Lo único que las une es el periodista, un personaje carente de interés que sirve para que ambas sean la misma serie. Pues muy bien, tampoco molesta. No es como la grasa en los interruptores o el gotelé . Aquí no hay gotelé. Hay papel pintado y Duralex, porque estamos en los ochenta, que es la década en la que, recién estrenada la democracia, los quinquis y las droguitas eran al paisanaje lo que ahora los influencers y el té matcha.Lo que más me gustó, nunca pensé que diría esto, fue Fran Perea, que se nos ha hecho mayor y un pedazo de actor. Deja atrás, por fin, su etapa de eterno adolescente guaperas que, a la que te descuidas, saca la guitarra y da la turra poniendo ojillos (como el cantautor comprometido cuyo nombre no puedo pronunciar porque se pone triste y Dios no lo quiera). Está muy bien Fran Perea, digo, y también la serie. Tan bien está que la dejé a medias porque me dieron tremendas ganas de ver cine de quinquis de verdad. Como cuando lees en los diarios a esos columnistas dizque literarios imitando a Umbral y a Camba, como si no hubiésemos cambiado de siglo, y decides no seguir leyendo porque, para remedo, siempre es mejor acudir al original.Y así es como acabé viendo ‘Matar al Nani’, rodada en 1988, tan solo cinco años después de la desaparición de Santiago Corella, chorizo de infantería detenido (y desaparecido) por la Policía Judicial de Madrid tras el atraco con finado a una joyería. La peli está muy bien ambientada, claro, porque no hubo que simular nada. Los ochenta, con sus quinquis y sus droguitas, su escay, sus televisores de tubo y sus tapetes de ganchillo, estaban ahí. La historia, además, es fascinante. Dramática, sí, pero fascinante. Así que me vi la peli y dos documentales (‘Pacto de silencio’ y ‘El último golpe’). Y ahora estoy en condiciones de dar charlas y hacerles La ruta del Nani por el Madrid de hoy. Partiremos de la calle Tribulete 3, donde la joyería Payber, pasando por la calle Acentejo, donde vivía y fue detenido; Puerta del Sol (torturas y matarile) y acabaremos en Vicálvaro, en lo que fuera el descampado donde, dice una de las hipótesis, fue enterrado en cal viva. Historia canalla.

Yo quería ver ‘El Castillo’, porque recién se estrenaba, pero reconozco que hay algo en la querencia contemporánea por el feísmo y el hiperrealismo (con especial regocijo en lo cutre) que me tira para atrás. Y es que, para realidad sin filtro Valencia ya tengo la vida. Con sus facturas, sus batallas cotidianas, mis vecinos normales, la insidiosa báscula. Si me pongo una peli no quiero realidad: quiero belleza y espectáculo. Y si me van a hablar de prostitutas, las quiero hermosas como nereidas.
Quiero pasarme medio capítulo preguntándome por qué, pudiendo ser top model y desfilar en Milán por una millonada poniendo cara de fastidio, se encama por cuatro euros con un protodelincuente mal afeitado. Pero ‘El Castillo’ arranca con gente normal haciendo el mal, un mal cutre que apesta a Brumel, sudor y tabaco de liar, a sábanas que raspan y paredes con gotelé. El gotelé y la grasa alrededor de los interruptores son mi límite.
Y ahí, en ese plano exacto, dejé ‘El Castillo’ para ver ‘El Marqués 1985’: porque soy una esteta. La decadencia de todo imperio empieza por el elogio a lo feo y yo no contribuiré a la de Occidente con mi mando a distancia. Para eso ya están los acampados en Sol y el nuevo outfit de Rufián.
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Por eso vi ‘El Marqués’. No hay que confundir ‘El Marqués 1985’ con ‘El Marqués’ a secas. Porque la segunda, que es la primera, es la del crimen de los Galindos y la primera, que es la segunda, es la de la desaparición y muerte del Nani. Lo único que las une es el periodista, un personaje carente de interés que sirve para que ambas sean la misma serie. Pues muy bien, tampoco molesta. No es como la grasa en los interruptores o el gotelé. Aquí no hay gotelé. Hay papel pintado y Duralex, porque estamos en los ochenta, que es la década en la que, recién estrenada la democracia, los quinquis y las droguitas eran al paisanaje lo que ahora los influencers y el té matcha.
Lo que más me gustó, nunca pensé que diría esto, fue Fran Perea, que se nos ha hecho mayor y un pedazo de actor. Deja atrás, por fin, su etapa de eterno adolescente guaperas que, a la que te descuidas, saca la guitarra y da la turra poniendo ojillos (como el cantautor comprometido cuyo nombre no puedo pronunciar porque se pone triste y Dios no lo quiera). Está muy bien Fran Perea, digo, y también la serie. Tan bien está que la dejé a medias porque me dieron tremendas ganas de ver cine de quinquis de verdad. Como cuando lees en los diarios a esos columnistas dizque literarios imitando a Umbral y a Camba, como si no hubiésemos cambiado de siglo, y decides no seguir leyendo porque, para remedo, siempre es mejor acudir al original.
Y así es como acabé viendo ‘Matar al Nani’, rodada en 1988, tan solo cinco años después de la desaparición de Santiago Corella, chorizo de infantería detenido (y desaparecido) por la Policía Judicial de Madrid tras el atraco con finado a una joyería. La peli está muy bien ambientada, claro, porque no hubo que simular nada. Los ochenta, con sus quinquis y sus droguitas, su escay, sus televisores de tubo y sus tapetes de ganchillo, estaban ahí. La historia, además, es fascinante. Dramática, sí, pero fascinante. Así que me vi la peli y dos documentales (‘Pacto de silencio’ y ‘El último golpe’). Y ahora estoy en condiciones de dar charlas y hacerles La ruta del Nani por el Madrid de hoy. Partiremos de la calle Tribulete 3, donde la joyería Payber, pasando por la calle Acentejo, donde vivía y fue detenido; Puerta del Sol (torturas y matarile) y acabaremos en Vicálvaro, en lo que fuera el descampado donde, dice una de las hipótesis, fue enterrado en cal viva. Historia canalla.
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