Vivo pared con pared con una iglesia, lo que en Roma no tiene ningún mérito, pero sí alguna ventaja: no perdono, por ejemplo, el chiste malo de decir que soy “vecino de Dios”, y los lunes por la mañana me llega un canto de los monjes que, al comenzar la semana, calma las irritaciones mejor que un after shave. En Londres, en cambio, vivía al lado de una biblioteca, la London Library, con la que la relación era aún más sosegada: allí no había ni monjes ni salmodias, sino un millón de libros refrendando el silencio. La biblioteca y mi cocina estaban separadas por un patio muy pequeño, de modo que a veces, mientras preparaba el café o cocía unos huevos, me sobresaltaba la aparición de un lector en uno de esos pasillos que, atestados de libros, eran dignos de una pesadilla claustrofóbica. Estos lectores parecían responder siempre a un mismo patrón humano: en el gesto, llevaban la mezcla de avidez y concentración de quien se ha entregado al placer solitario de la caza libresca; en el cuerpo, las formas propias de quien, efectivamente, ha pasado más tiempo en las bibliotecas que en los gimnasios. En definitiva, gentes solitarias, algo hurañas y muy suyas, como bien puede ocurrir con los lectores, y que quizá también dieran un respingo al ver a un señor español en batín en su cocina. Y esto son tonterías, pero lo que voy a decir ahora no, porque había un momento al año en que ocurría algo en verdad maravilloso. Cada verano, la biblioteca abría las ventanas para que los volúmenes respiraran y, cuando esto ocurría, toda mi casa se veía inundada del olor a libros viejos y, por unos días, quienes estábamos dentro del piso teníamos la sensación de vivir entre las páginas de un libro en pie de igualdad con Hamlet o Ana Ozores. Se ha escrito mucho sobre las bibliotecas como paraíso: pues bien, hay que decir que todo es verdad.
Vivo pared con pared con una iglesia, lo que en Roma no tiene ningún mérito, pero sí alguna ventaja: no perdono, por ejemplo, el chiste malo de decir que soy “vecino de Dios”, y los lunes por la mañana me llega un canto de los monjes que, al comenzar la semana, calma las irritaciones mejor que un after shave. En Londres, en cambio, vivía al lado de una biblioteca, la London Library, con la que la relación era aún más sosegada: allí no había ni monjes ni salmodias, sino un millón de libros refrendando el silencio. La biblioteca y mi cocina estaban separadas por un patio muy pequeño, de modo que a veces, mientras preparaba el café o cocía unos huevos, me sobresaltaba la aparición de un lector en uno de esos pasillos que, atestados de libros, eran dignos de una pesadilla claustrofóbica. Estos lectores parecían responder siempre a un mismo patrón humano: en el gesto, llevaban la mezcla de avidez y concentración de quien se ha entregado al placer solitario de la caza libresca; en el cuerpo, las formas propias de quien, efectivamente, ha pasado más tiempo en las bibliotecas que en los gimnasios. En definitiva, gentes solitarias, algo hurañas y muy suyas, como bien puede ocurrir con los lectores, y que quizá también dieran un respingo al ver a un señor español en batín en su cocina. Y esto son tonterías, pero lo que voy a decir ahora no, porque había un momento al año en que ocurría algo en verdad maravilloso. Cada verano, la biblioteca abría las ventanas para que los volúmenes respiraran y, cuando esto ocurría, toda mi casa se veía inundada del olor a libros viejos y, por unos días, quienes estábamos dentro del piso teníamos la sensación de vivir entre las páginas de un libro en pie de igualdad con Hamlet o Ana Ozores. Se ha escrito mucho sobre las bibliotecas como paraíso: pues bien, hay que decir que todo es verdad. Seguir leyendo
Vivo pared con pared con una iglesia, lo que en Roma no tiene ningún mérito, pero sí alguna ventaja: no perdono, por ejemplo, el chiste malo de decir que soy “vecino de Dios”, y los lunes por la mañana me llega un canto de los monjes que, al comenzar la semana, calma las irritaciones mejor que un after shave. En Londres, en cambio, vivía al lado de una biblioteca, la London Library, con la que la relación era aún más sosegada: allí no había ni monjes ni salmodias, sino un millón de libros refrendando el silencio. La biblioteca y mi cocina estaban separadas por un patio muy pequeño, de modo que a veces, mientras preparaba el café o cocía unos huevos, me sobresaltaba la aparición de un lector en uno de esos pasillos que, atestados de libros, eran dignos de una pesadilla claustrofóbica. Estos lectores parecían responder siempre a un mismo patrón humano: en el gesto, llevaban la mezcla de avidez y concentración de quien se ha entregado al placer solitario de la caza libresca; en el cuerpo, las formas propias de quien, efectivamente, ha pasado más tiempo en las bibliotecas que en los gimnasios. En definitiva, gentes solitarias, algo hurañas y muy suyas, como bien puede ocurrir con los lectores, y que quizá también dieran un respingo al ver a un señor español en batín en su cocina. Y esto son tonterías, pero lo que voy a decir ahora no, porque había un momento al año en que ocurría algo en verdad maravilloso. Cada verano, la biblioteca abría las ventanas para que los volúmenes respiraran y, cuando esto ocurría, toda mi casa se veía inundada del olor a libros viejos y, por unos días, quienes estábamos dentro del piso teníamos la sensación de vivir entre las páginas de un libro en pie de igualdad con Hamlet o Ana Ozores. Se ha escrito mucho sobre las bibliotecas como paraíso: pues bien, hay que decir que todo es verdad.
En esta London Library estuvo activo William Jacques, el mayor ladrón de libros de nuestro tiempo, que los robaba de la manera más británica imaginable: escondiéndolos en su chaqueta de tweed. No en vano, Londres es la gran nación de las bibliotecas, y no había planes mucho mejores que echar la tarde con Wodehouse en la del Oxford and Cambridge, o incluso honrar una augusta tradición de cabezadas en algún diván discreto del Travellers Club, cuya biblioteca tiene fama de ser de los cuartos —dan ganas de decir, por una vez, “estancias”— en verdad elegantes de la ciudad. Y sí: algunos de los edificios más hermosos del mundo son bibliotecas, pero lo verdaderamente notable de las bibliotecas es cómo prueban que la modestia nunca impide la belleza. Los libros ya instauran de por sí un paisaje de civilización, y he visto bibliotecas no austeras sino pobres —una mesa, dos estantes de metal— en las que uno todo lo que quería era volver a tener 12 años y pasarse el verano leyendo a Stevenson. Algo parecido ocurre con las bibliotecas familiares, aquellas donde echamos los dientes con los libros: no es necesario tener incunables en casa, sino un padre, una madre, unos hermanos que amaran unos pocos títulos y que nos dijeran “léete este”. Familiar o personal, es llamativo cómo las bibliotecas van convirtiéndose en un autorretrato al paso de la vida: el autorretrato voluntario, con los libros que quisimos escoger, pero también el involuntario, con nuestros errores, nuestras obsesiones, con esos libros que no se explican y esos otros que quizá no debieran estar ahí. Queremos que nuestros libros sean una mejora o una enmienda de la vida: al final, son siempre su reflejo.
Hablo de las bibliotecas porque últimamente tengo la sensación de que estamos convirtiendo la cultura en una conspiración contra la lectura. Cada día tenemos ante nosotros festivales de literatura, festivales de pensamiento, jornadas, charlas, encuentros, paneles, presentaciones, mesas redondas, foros, conferencias, recitales. Tenemos de todo y en todos los formatos, pero el acto cultural supremo, el mayor gesto de nuestra soberanía, que es elegir un libro y leerlo, no tiene apenas quien lo cante, cuando es ese gesto y ese placer el que da el sentido a todo lo demás. El que nos hace parte de la familia del Tennyson que cerró los ojos con Shakespeare o del Petrarca que inclinó para siempre la cabeza mientras leía a Virgilio. “Que el sueño te sorprenda siempre con un libro”, escribe san Jerónimo, el patrón de los traductores, “y que tu cara, al caer dormida, sea recibida por una santa página”. A lo cual solo puedo añadir “amén”
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