Estaba destinado a convertirse en uno de los mejores guitarristas de la historia, pero de chaval Brian May no tenía dinero para comprarse una guitarra. Fue así como construyó, con 16 años y junto a su padre, la Red Special. Con ella compuso algunos de los temas más memorables de la historia del rock: We Will Rock You, Who Wants to Live Forever?, I Want it All o The Show Must Go On. Queen revolucionó la música. Freddie Mercury era un rockero con el repertorio vocal de un tenor. May hacía algo similar con su guitarra: a veces sonaba contundente y rasgada, otras conseguía los efectos de un violín o un chelo.
El componente de Queen aboga por la mezcla de ciencia y música en el festival Starmus
Estaba destinado a convertirse en uno de los mejores guitarristas de la historia, pero de chaval Brian May no tenía dinero para comprarse una guitarra. Fue así como construyó, con 16 años y junto a su padre, la Red Special. Con ella compuso algunos de los temas más memorables de la historia del rock: We Will Rock You, Who Wants to Live Forever?, I Want it All o The Show Must Go On. Queen revolucionó la música. Freddie Mercury era un rockero con el repertorio vocal de un tenor. May hacía algo similar con su guitarra: a veces sonaba contundente y rasgada, otras conseguía los efectos de un violín o un chelo.
La historia de la Red Special es bien conocida. Se sabe menos que May también construyó, con 24 años, su propio espectroscopio. Lo hizo en Tenerife, donde se encontraba para observar el polvo estelar que estaba estudiando para su tesis. Estas anécdotas hablan de las dos grandes pasiones que han guiado la vida de Brian May, pero también explican su filosofía. Esa idea de crear desde cero, de inventar y experimentar, como un cacharrero loco.
May dejó su tesis a medias porque estaba un poco ocupado convirtiéndose él mismo en una estrella. Fue 30 años después, 15 después de la muerte de Mercury, y con su carrera al ralentí, cuando la astrofísica volvió a su vida. Un profesor del Imperial College de Londres leyó una entrevista en la que May mencionaba aquella tesis incompleta. Le contactó ofreciéndose a ser su director. Él aceptó. Tenía entonces 60 años.
Caballero del Imperio británico, estrella de rock y astrofísico. Más que un currículum, lo de May parece la carta a los Reyes Magos. Él lo explica con una humildad que contrasta con el revuelo que genera a su paso y esos aires de rockero que no le abandonan con los años. A los 79 tiene una melena de gurú mesiánico, los dedos cuajados de anillos y una energía envidiable. Estos días se encuentra en Canarias, entre Tenerife y La Palma. Es el organizador y cara visible del Starmus, un festival que combina música con las charlas de astronautas, filósofos, antropólogas y premios Nobel. Es en Tenerife, donde todo empezó, donde se cita con EL PAÍS. Lo hace dispuesto a hablar de música, de cazadores de eclipses, rivalidades con sus compañeros de Queen y de por qué no hay ningún multimillonario bueno.
Pregunta. Esta es ya la octava edición de Starmus.
Respuesta. Sí, hemos estado por todo el mundo. En Armenia, en Suiza… Ahora hemos vuelto donde empezó todo; es un poco como cerrar el círculo.
P. Además, en Canarias. Su vínculo con las islas viene de largo…
R. Hice aquí mi doctorado: estudié el polvo zodiacal con un espectroscopio que construí yo mismo en Izaña, en la cresta volcánica, junto al Teide. Fue uno de los periodos más formativos de mi vida, no solo por la ciencia, sino por la gente que conocí. Fue en los años setenta. Así que mi corazón está aquí, en gran parte; sobre todo en el bosque de La Esperanza, a medio camino hacia Izaña. Siempre sentí que es el lugar más cercano a Dios, y eso que no soy una persona religiosa. Ahora mis hijos se han enamorado de este sitio, y anoche subieron allí mis nietos. Tengo una conexión espiritual muy fuerte con él, y además aquí es donde todo empezó para mí en la astronomía.
P. Polvo zodiacal… ¿Por qué se interesó en algo tan pequeño y concreto?
R. Como tantas cosas en la vida, fue por casualidad: entré en un departamento de astronomía como posgraduado y era una de las cosas que estudiaban. Pensé que sonaba bien, que era algo que podía apasionarme, y cuanto más me metía, más me enamoraba de la idea. Curiosamente, se convirtió en un tema olvidado: en los 30 años que estuve fuera tocando la guitarra, casi nadie hacía experimentos con polvo interplanetario. Pero cuando quise volver para terminar mi doctorado, de repente era algo que todo el mundo quería conocer, porque habíamos descubierto los exoplanetas y sus nubes de polvo. El estudio del polvo zodiacal se volvió muy actual e interesante para los astrónomos que buscan el origen del sistema solar y de la vida. En la vida he tenido mucha suerte: todo ha encajado de formas extrañas.

P. Ha tenido suerte, pero también mucha constancia. ¿Cómo pasa uno de ser una estrella del rock, girar con Queen y llenar estadios, a volver al laboratorio y la biblioteca y ponerse a estudiar?
R. Fue estupendo. Siento que pude dar sentido a mi vida. Siempre quise esa sinergia, esa fusión, porque creo que para ser un ser humano completo hacen falta arte y ciencia, música y astronomía, para entender de qué trata realmente la vida. No puedes limitarte a un rinconcito. La mayoría de la gente aquí, en Starmus, piensa igual: no basta con ser científico en tu parcela, hay que ser consciente de la vida en general.
P. En la exploración espacial hay ejemplos muy bonitos de cooperación, como la Estación Espacial Internacional, y de competición, como la carrera espacial que acabó con el hombre en la Luna o la competición actual de Estados Unidos y China. ¿Qué impulsa más el progreso: la cooperación o la competición?
R. Una de las mejores experiencias que viví en Starmus fue en la primera edición, cuando invitamos a Alexéi Leónov y a los astronautas estadounidenses. Cenaron todos juntos aquí, y yo vi a Leónov y a Neil Armstrong sentados, comentando sus experiencias en la carrera espacial; nunca lo habían hecho antes. Se notaba que se entendían muy bien: habían estado en feroz competencia y, sin embargo, compartían muchísimo, y lo pasaron estupendamente. Leónov habría sido el primer hombre en la Luna si hubieran ganado los rusos; en cambio, fue el primer hombre que caminó por el espacio. Casi no consigue volver a la cápsula, porque el traje se hinchó hasta casi reventar. Estuvo muy cerca de la muerte. Pero, bueno, intentando responder a tu pregunta: creo que las dos cosas. La competición te enciende, pero la cooperación nos beneficia enormemente a todos. Y creo que se beneficiaron mutuamente, aunque fuera a distancia. Sé que los astronautas rusos enviaban mensajes a los estadounidenses, pese a la enemistad, avisándoles de ciertos peligros. Había cooperación entre bambalinas, una especie de hermandad oculta.
P. ¿Y en la música? Usted estuvo 30 años en un grupo, imagino que también ha tenido rivalidad con otros guitarristas. ¿Qué le hizo evolucionar más como artista?
R. Las dos cosas. Recuerdo, en el colegio, ver lo que otros sabían tocar con la guitarra, y entonces era casi ilegal: no se podía tocar la guitarra eléctrica, no estaba bien visto. Pero pensaba: “Tú puedes hacer esto y yo no; tengo que aprenderlo”. La competencia te hace crecer y te enciende. Pero el compañerismo, lo que compartes, es lo que te hace fuerte. Y dentro de un grupo… madre mía, hubo muchísimo conflicto, porque éramos cuatro artistas con pinceles de distintos colores intentando pintar en el mismo lienzo. Puede ser muy difícil. Pero a la vez te das cuenta de que, como unidad, sois mucho más fuertes que la suma de las partes. Es un equilibrio. Roger [Taylor] y yo somos un ejemplo clásico: somos como hermanos y a la vez estamos en feroz competencia. Pero somos muy conscientes de que, cuando nos juntamos, la química nos convierte en algo más grande de lo que podemos ser por separado.
P. Ahora hay otra competición, en el espacio, entre Elon Musk y Jeff Bezos. Ya no es una cuestión de países y ciencia, sino de empresas privadas y multimillonarios.
R. Ojalá pudiera encontrar a un multimillonario que fuera buena persona. Todos parecen fomentar sus propios intereses egoístas mientras el mundo se desmorona: lo están destruyendo, la gente sufre. Eso es más importante que ir al espacio. La primera vez que di un discurso sobre por qué estamos en el espacio, venía a decir: “¿Por qué nos sentimos capaces, dignos, de llevar nuestra semilla al espacio cuando hemos hecho semejante desastre en nuestro propio planeta?” En el público estaba Neil Armstrong y otros cinco de los primeros hombres que pisaron la Luna. Yo estaba petrificado, nerviosísimo: pensaba que estaba diciendo que quizá no deberíamos ir al espacio, delante de quienes fueron pioneros en ello, y que me odiarían. Pero Armstrong se me acercó al bajar del escenario y me dijo: “Has dicho lo correcto”.
P. Este verano vino a España a ver el eclipse. ¿Cómo fue la experiencia?
R. Tuve la suerte de estar en un observatorio precioso, justo en la línea central de la totalidad, con mucha gente que sentía lo mismo que yo. Somos unos frikis, nos encanta este espectáculo. Y este momento te cambia la vida. De pronto estás de pie en la Tierra mirando hacia el Sol, que nos da la vida y nos sujeta con su gravedad, y ves que su luz queda bloqueada. Puedes ver todo alrededor: la atmósfera del Sol, su entorno, los planetas interiores, alguna estrella si hay suerte… y el mundo se oscurece, el mundo contiene la respiración y los animales empiezan a pensar que es de noche…
P. ¿Ha visto muchos? ¿Es usted un cazador de eclipses?
R. He intentado ver unos diez y de ellos creo que seis salieron bien, porque muy a menudo haces todo el viaje, toda la preparación, y te encuentras nubes o, como en Mongolia, una tormenta de nieve. Ver un eclipse es un poco como estar en el escenario: siempre sales pensando “tengo que repetirlo”, porque se te escapó algo, no estabas lo bastante concentrado. El gran error con los eclipses, es ponerte técnico e intentar capturar muchas cosas, porque te lo pierdes. La mayoría de la gente estaba grabando vídeos. Eso no capta la magia, no capta el pulso ni la sensación.
P. Hablando de cámaras y fotos, usted también es fotógrafo. Me impresiona cuántas aficiones tiene…
R. Y mis nietos, ellos son mi gran afición. Es que no estamos aquí mucho tiempo: hay que disfrutar de todo lo que se pueda. El tiempo es corto. Estoy ya hacia el final del camino, así que valoro cada momento que puedo.
P. ¿Se arrepiente de algo que no hizo?
R. Tengo arrepentimientos, pero no creo que nada fuera evitable. Tengo la extraña sensación de que, si volviera atrás, no podría hacerlo distinto, porque las limitaciones siempre estaban ahí. Hay cosas de mi vida que sí lamento: grandes tristezas, grandes oportunidades perdidas. Pero no sé si podría hacerlo de otra manera. He tenido muchísima suerte.
P. Puede que esta sea una pregunta tonta pero, ¿por qué no ha cambiado de peinado en todos estos años?
R. Tampoco es que haga mucho para peinarme, se me queda así solo [risas]. Y bueno, poco a poco va desapareciendo, es más gris.
P. Lo que quiero decir es que se ha mantenido fiel a un estilo. Con su música pasa algo parecido: sigue componiendo y colabora con artistas contemporáneos como Lady Gaga o My Chemical Romance. Pero ha sido muy fiel a su estilo, sin seguir las modas.
R. No me gustan las tendencias ni la moda. Parece que la gente siempre va siguiendo algo. Prefiero ser lo que soy, estoy contento con lo que soy. Siempre intento mejorar, pero estoy a gusto con el molde en el que me han puesto, y lo uso para explorar todas las vías posibles. No veo la necesidad de cambiar. Solo quiero mejorar.
P. ¿Aunque eso signifique vender menos?
R. No me preocupa vender. Eso ya lo hice. Solo me preocupa hacer cosas buenas. No es fácil: cuando ves lo mal que va todo, cuantos problemas hay… Pero me conformo con hacer las pequeñas cosas que pueda para que el mundo sea mejor.
EL PAÍS
