Los automóviles, dice el ensayista francés Roland Barthes (1915-1980), son las nuevas “catedrales góticas”: obras colectivas y anónimas que los ciudadanos consideran “un objeto mágico”. Lo escribió en una serie de artículos, publicados en la revista Les Lettres Nouvelles, en los que se detenía en fenómenos en apariencia superficiales: del nuevo Citroën DS a los anuncios de detergentes, pasando por los juguetes de plástico y la coronación de Isabel II de Inglaterra.
En 2027 se cumplen 70 años de ‘Mitologías’, el libro que mostró que hay ideología y política en toda la sociedad contemporánea
Los automóviles, dice el ensayista francés Roland Barthes (1915-1980), son las nuevas “catedrales góticas”: obras colectivas y anónimas que los ciudadanos consideran “un objeto mágico”. Lo escribió en una serie de artículos, publicados en la revista Les Lettres Nouvelles, en los que se detenía en fenómenos en apariencia superficiales: del nuevo Citroën DS a los anuncios de detergentes, pasando por los juguetes de plástico y la coronación de Isabel II de Inglaterra.
Estos textos, recogidos en 1957 en el libro Mitologías, que Siglo XXI acaba de reeditar, no son solo comentarios más o menos divertidos (que también): Barthes quería identificar la ideología implícita en la cultura popular. Por ejemplo, describió el catch, la lucha libre guionizada, como “la escenificación de la justicia” y dijo de la astrología que era “la literatura del mundo pequeñoburgués”.
El libro es “una anatomía de la distorsión ideológica”, explica por videollamada Andy Stafford, profesor en la Universidad de Leeds y autor de Roland Barthes, una biografía publicada en 2023. El sociólogo francés parte del esquema del lingüista Ferdinand de Saussure, que propone que el signo lingüístico está compuesto por el significante (el sonido o la forma escrita de una palabra) y el significado (lo que evoca). Barthes añade un segundo nivel: el mito. Este mito es un conjunto de ideas y prácticas que promueven las estructuras existentes de poder, al defender los valores e intereses de los grupos dominantes, y que se presenta como si fuera un hecho despolitizado, natural.
Un mito no oculta nada, escribe Barthes: “Su función es la de deformar, no la de hacer desaparecer”. No niega realidades, pero las purifica, las muestra de forma inocente, las justifica, elimina cualquier complejidad y hace innecesaria cualquier explicación, como recuerda el sociólogo John Storey en Cultural Theory and Popular Culture (teoría cultural y cultura popular, 2024, sin edición en español). Uno de los ejemplos más famosos es la foto de un joven negro de uniforme en la portada de la revista Paris Match, que se convierte en un símbolo de la Francia acogedora y abierta a la que sirven “todos sus hijos, sin distinción de color”. Pero, como señala Barthes, con este mito se reescribe toda la historia del colonialismo, incluidos la opresión, el saqueo y el racismo.
El texto de Barthes “propone toda una metodología”, una forma de leer la cultura, añade en videollamada Carlos Scolari, profesor de Comunicación en la Universidad Pompeu Fabra y autor de Homo mediaticus (Ariel, 2026). Esta técnica se ha perfeccionado y se sigue aplicando en los estudios de semiología, en la crítica, en la divulgación y en el periodismo.
Scolari recuerda el trabajo de Umberto Eco, que dos años después de escribir en Obra abierta sobre las vanguardias literarias reunió en Apocalípticos e integrados (1964) sus ensayos sobre los cómics de superhéroes, la publicidad y la televisión, mostrando, por ejemplo, cómo Superman encarna los deseos de poder de los ciudadanos anónimos en las sociedades industriales. Otro ejemplo es Para leer al Pato Donald, que publicaron Ariel Dorfman y Armand Mattelart en 1972: en él muestran cómo el universo de Disney es un reflejo de la sociedad y los valores estadounidenses, en especial el individualismo y el dinero.
Podemos poner ejemplos más recientes, como cuando Mark Fisher escribe sobre Wall-E en Realismo capitalista (2009) y explica que la cinta de Pixar quiere ser una crítica al consumismo, pero no ofrece ni una sola llamada a la acción: “La película exhibe nuestro anticapitalismo frente a nosotros mismos y nos permite seguir consumiéndolo con impunidad”. O el artículo de David Graeber sobre la tercera entrega del Batman de Nolan, en la que ve propaganda contra el movimiento Occupy Wall Street.

Esta forma de analizar la cultura popular para identificar la ideología dominante es ahora habitual. Pero no lo era cuando Barthes escribía hace 70 años. Stafford cita como precursores los ensayos sobre la sociedad de masas de José Ortega y Gasset, o los análisis de las sociedades totalitarias de Walter Benjamin y Hannah Arendt, además de la publicación, en 1957, de The Hidden Persuaders (los persuasores ocultos), del estadounidense Vance Packard, centrado en las técnicas publicitarias.
Lo que diferencia a Barthes de otros críticos es que muestra que la ideología no es un tipo de discurso que tiene lugar en un espacio concreto, como el Parlamento o una columna de opinión, sino que está en todas partes. Y nadie puede escapar de ella: el propio Barthes reconoce esas contradicciones en sí mismo. Por ejemplo, cuando escribe sobre vino: “El vino es una sustancia hermosa y buena, pero no es menos cierto que su producción participa sólidamente del capitalismo burgués”. No solo participamos de estos mitos, sino que también damos un paso atrás y los criticamos, como hace el sociólogo. Pero esto, paradójicamente, nos vuelve más vulnerables, ya que el ataque tiene tanto de toma de conciencia como de excusa para no cambiar nada.
En Roland Barthes por Roland Barthes, el pensador llega a expresar su sueño de “trasladar a una sociedad socialista determinados encantos” de la vida burguesa. Y se pregunta: “¿No sería posible gozar de la cultura burguesa (deformada) como de un exotismo?”. Pero es pesimista: el capitalismo se apropia de los elementos críticos y combativos, los reempaqueta y los pone a su servicio. El ejemplo clásico, aunque posterior al libro, lo pone Stafford: la foto de Che Guevara convertida en póster y camiseta. Y hoy, a la venta, por supuesto, en Amazon.
¿Esto significa que el sistema es invencible? Stafford explica que Barthes ve una salida en la acción directa. De hecho, el francés lamenta que el mito nos anime a aspirar a una mejora social individual (e ilusoria) que nos lleva a renunciar a la lucha colectiva en el trabajo, en la calle y en los sindicatos.
Además del peligro de rendirnos al mito, existe el riesgo contrario, como vieron algunos semiólogos posteriores: la sobreinterpretación. Scolari explica que Umberto Eco advertía en Los límites de la interpretación (1987) que al leer un texto podemos ver más de lo que el texto quiere decirnos. Eco llevó esta idea a la ficción en El péndulo de Foucault(1988): los tres protagonistas de la novela inventan, a modo de juego, una gran conspiración que une todas las conspiraciones (el Plan) y que acaba convirtiéndose en una realidad.
Los estudiosos posteriores se fijan en los mensajes, pero también en el medio, que Barthes suele dejar de lado. No es lo mismo que una foto se publique en una revista de moda que en un fanzinealternativo. Por no hablar de la influencia de plataformas y tecnologías como las redes sociales y el móvil, que, apunta Scolari, “vienen cargadas siempre de un paquete ideológico”. En especial, “la inteligencia artificial, que es un nido de mitologías”, como, por ejemplo, el solucionismo tecnológico que promete un paraíso futuro para poder actuar sin trabas a corto plazo.
También ha cambiado el contexto político, recuerda Scolari: la ultraderecha avanza sin ninguna intención de ocultar o deformar sus creencias. Aunque algo de esto sí vio Barthes. Algunas páginas de Mitologías van dedicadas a Pierre Poujade, precursor del populismo en la Francia de los cincuenta y en cuyo Partido Popular Francés comenzó su carrera política Jean-Marie Le Pen. En las intervenciones públicas de Poujade, Barthes ve “el rechazo de la alteridad, la negación de lo diferente, el placer de la identidad y la exaltación de lo semejante”, además de la consideración de la cultura como una enfermedad, “lo que es el síntoma específico de los fascismos”.
Barthes nos enseña a identificar esos síntomas, a desenmascarar a los fabricantes de mitos y sus trucos. No solo en las declaraciones políticas y en las campañas electorales, sino también en anuncios, películas, juguetes y programas de televisión. Y nos advierte de que la contradicción y la ambivalencia son inevitables, al menos en parte: una copa de vino no es solo una copa de vino, y abrirse una botella tiene un punto de derrota. Pero también de placer.
EL PAÍS
