Antes de que su nombre se escuche en una plaza, el caballo torero lleva años aprendiendo su oficio. Campo, picadero, pruebas y una convivencia diaria hasta responder a una indicación del jinete junto a los pitones. El accidente de los caballos de Diego Ventura ha devuelto la mirada a ese trabajo que queda lejos del tendido. En una cuadra se guarda buena parte de una carrera. También los desvelos de quien la ha levantado.El rejoneo tiene sus raíces en el toreo caballeresco , que alcanzó su esplendor en el siglo XVII. Mientras en España ganaba terreno la lidia a pie, Portugal conservó su tradición ecuestre. Ya en el XX, el cordobés Antonio Cañero impulsó la recuperación española con traje corto y aire campero. Simão da Veiga, João Núncio y Conchita Cintrón forman parte de aquella historia de encuentros entre distintas maneras de montar y torear. Andalucía encontró dos referencias fundamentales en Álvaro Domecq y Díez, en Jerez, y los hermanos Ángel y Rafael Peralta , en La Puebla del Río. La saga de los Domecq, con Álvaro Domecq Romero y Luis y Antonio Domecq, junto a Fermín Bohórquez, prolongó una tradición nacida del trato cotidiano con caballos y reses. En familias como los Domecq y los Osborne, la pasión ecuestre convivió con el negocio bodeguero. El vino, el caballo y el campo formaban parte de la vida de aquellas casas.Javier Buendía llevó ese sabor del campo a las plazas con personalidad propia. Su garrocha a la puerta de chiqueros trasladaba al ruedo una herramienta ganadera y una forma de afrontar al toro. Junto a Manuel Vidrié , João Moura y otros nombres, compartió una época de estilos reconocibles, antes de la renovación que encarnarían Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura. La historia de Ventura empieza precisamente en la escuela de los Peralta. Su padre, João António, compraba caballos, los domaba y los mostraba toreando para venderlos a otros rejoneadores. Ángel Peralta le ofreció trasladarse a Sevilla para preparar sus caballos nuevos. El niño creció viendo montar a su padre y a los hermanos Ángel y Rafael. Su primera escuela fue Rancho Rocío.¿Cómo se forma una cuadra? La cría propia convive con la compra a ganaderos y preparadores de España y Portugal. Los Peralta seleccionaron familias que abastecieron a numerosos profesionales. Ventura también cría y combina sus productos con hierros ajenos: Bronce procede de Manuel Braga; Nazarí, de Arsenio Cordero. El trabajo comienza al elegir los reproductores o al descubrir en casa de otro unas condiciones que después habrá que confirmar frente a las reses. El lusitano ocupa un lugar esencial. La asociación portuguesa de criadores señala la selección para el toreo como una etapa decisiva en la evolución de la raza. Esa relación con la lidia viene de generaciones. Comparte las cuadras con lusoárabes, hispanoárabes y otros cruces. La sangre ayuda a orientar la búsqueda. Después manda cada animal: sus facultades , su respuesta y la manera de entender el toreo de quien lo monta. En la selección de un caballo torero pesan los antecedentes de padres y abuelos, además de la musculatura y el físico de atleta. Se sitúa en dos años la preparación inicial y se describe un recorrido progresivo : primero el carretón, después las becerras y finalmente el toro. Cada paso necesita tiempo para asentarse antes de aumentar la exigencia.En el picadero se construye ese lenguaje de riendas, piernas, voz y asiento. Los desplazamientos laterales y las piruetas preparan movimientos que tendrán una función en la lidia. Para ello se combinan diferentes recursos de la equitación. Luego llega la plaza, donde hay que sostener lo aprendido con el público alrededor y la embestida cerca. Cada ejemplar encuentra su cometido. Para recibir al toro hacen falta fuerza y agilidad para doblarse en corto; en banderillas, compromiso en el embroque y reacción para salir. El trabajo con las vacas descubre las cualidades de cada caballo. Al preparador le corresponde reconocerlas y darles sitio. Ese acierto puede cambiar una historia. Ocurrió con Cagancho . Hermoso de Mendoza lo compró en Portugal, en 1990, por el equivalente a unos 1.700 euros. Los comienzos no anunciaban la leyenda: hubo que buscarle otra colocación frente al toro. En el otro extremo, Ventura estimó en 2011 que un caballo excepcional como Revuelo podía rondar los 400.000 o 500.000 euros. Aquella valoración ilustra el alcance de un ejemplar contrastado, aunque no permite fijar un precio medio actual. Entre ambas cifras caben años de trabajo . Comprar un caballo es apenas el principio. Después hay que conocer sus reacciones, descubrir sus virtudes y darle tiempo para encontrar su sitio delante del toro. De esa convivencia nace una confianza que se pone a prueba en cada embroque. Por eso el alcance de un percance como el sufrido por la cuadra de Ventura va mucho más allá de cualquier valoración económica. En cada caballo viajan madrugadas de campo, jornadas de entrenamiento y tardes que permanecen en la memoria del aficionado. Una parte de la vida del jinete que lo ha visto crecer y que, antes de escuchar su nombre entre los aplausos, aprendió a entenderlo y a quererlo en su finca. Antes de que su nombre se escuche en una plaza, el caballo torero lleva años aprendiendo su oficio. Campo, picadero, pruebas y una convivencia diaria hasta responder a una indicación del jinete junto a los pitones. El accidente de los caballos de Diego Ventura ha devuelto la mirada a ese trabajo que queda lejos del tendido. En una cuadra se guarda buena parte de una carrera. También los desvelos de quien la ha levantado.El rejoneo tiene sus raíces en el toreo caballeresco , que alcanzó su esplendor en el siglo XVII. Mientras en España ganaba terreno la lidia a pie, Portugal conservó su tradición ecuestre. Ya en el XX, el cordobés Antonio Cañero impulsó la recuperación española con traje corto y aire campero. Simão da Veiga, João Núncio y Conchita Cintrón forman parte de aquella historia de encuentros entre distintas maneras de montar y torear. Andalucía encontró dos referencias fundamentales en Álvaro Domecq y Díez, en Jerez, y los hermanos Ángel y Rafael Peralta , en La Puebla del Río. La saga de los Domecq, con Álvaro Domecq Romero y Luis y Antonio Domecq, junto a Fermín Bohórquez, prolongó una tradición nacida del trato cotidiano con caballos y reses. En familias como los Domecq y los Osborne, la pasión ecuestre convivió con el negocio bodeguero. El vino, el caballo y el campo formaban parte de la vida de aquellas casas.Javier Buendía llevó ese sabor del campo a las plazas con personalidad propia. Su garrocha a la puerta de chiqueros trasladaba al ruedo una herramienta ganadera y una forma de afrontar al toro. Junto a Manuel Vidrié , João Moura y otros nombres, compartió una época de estilos reconocibles, antes de la renovación que encarnarían Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura. La historia de Ventura empieza precisamente en la escuela de los Peralta. Su padre, João António, compraba caballos, los domaba y los mostraba toreando para venderlos a otros rejoneadores. Ángel Peralta le ofreció trasladarse a Sevilla para preparar sus caballos nuevos. El niño creció viendo montar a su padre y a los hermanos Ángel y Rafael. Su primera escuela fue Rancho Rocío.¿Cómo se forma una cuadra? La cría propia convive con la compra a ganaderos y preparadores de España y Portugal. Los Peralta seleccionaron familias que abastecieron a numerosos profesionales. Ventura también cría y combina sus productos con hierros ajenos: Bronce procede de Manuel Braga; Nazarí, de Arsenio Cordero. El trabajo comienza al elegir los reproductores o al descubrir en casa de otro unas condiciones que después habrá que confirmar frente a las reses. El lusitano ocupa un lugar esencial. La asociación portuguesa de criadores señala la selección para el toreo como una etapa decisiva en la evolución de la raza. Esa relación con la lidia viene de generaciones. Comparte las cuadras con lusoárabes, hispanoárabes y otros cruces. La sangre ayuda a orientar la búsqueda. Después manda cada animal: sus facultades , su respuesta y la manera de entender el toreo de quien lo monta. En la selección de un caballo torero pesan los antecedentes de padres y abuelos, además de la musculatura y el físico de atleta. Se sitúa en dos años la preparación inicial y se describe un recorrido progresivo : primero el carretón, después las becerras y finalmente el toro. Cada paso necesita tiempo para asentarse antes de aumentar la exigencia.En el picadero se construye ese lenguaje de riendas, piernas, voz y asiento. Los desplazamientos laterales y las piruetas preparan movimientos que tendrán una función en la lidia. Para ello se combinan diferentes recursos de la equitación. Luego llega la plaza, donde hay que sostener lo aprendido con el público alrededor y la embestida cerca. Cada ejemplar encuentra su cometido. Para recibir al toro hacen falta fuerza y agilidad para doblarse en corto; en banderillas, compromiso en el embroque y reacción para salir. El trabajo con las vacas descubre las cualidades de cada caballo. Al preparador le corresponde reconocerlas y darles sitio. Ese acierto puede cambiar una historia. Ocurrió con Cagancho . Hermoso de Mendoza lo compró en Portugal, en 1990, por el equivalente a unos 1.700 euros. Los comienzos no anunciaban la leyenda: hubo que buscarle otra colocación frente al toro. En el otro extremo, Ventura estimó en 2011 que un caballo excepcional como Revuelo podía rondar los 400.000 o 500.000 euros. Aquella valoración ilustra el alcance de un ejemplar contrastado, aunque no permite fijar un precio medio actual. Entre ambas cifras caben años de trabajo . Comprar un caballo es apenas el principio. Después hay que conocer sus reacciones, descubrir sus virtudes y darle tiempo para encontrar su sitio delante del toro. De esa convivencia nace una confianza que se pone a prueba en cada embroque. Por eso el alcance de un percance como el sufrido por la cuadra de Ventura va mucho más allá de cualquier valoración económica. En cada caballo viajan madrugadas de campo, jornadas de entrenamiento y tardes que permanecen en la memoria del aficionado. Una parte de la vida del jinete que lo ha visto crecer y que, antes de escuchar su nombre entre los aplausos, aprendió a entenderlo y a quererlo en su finca.
Antes de que su nombre se escuche en una plaza, el caballo torero lleva años aprendiendo su oficio. Campo, picadero, pruebas y una convivencia diaria hasta responder a una indicación del jinete junto a los pitones. El accidente de los caballos de Diego Ventura … ha devuelto la mirada a ese trabajo que queda lejos del tendido. En una cuadra se guarda buena parte de una carrera. También los desvelos de quien la ha levantado.
El rejoneo tiene sus raíces en el toreo caballeresco, que alcanzó su esplendor en el siglo XVII. Mientras en España ganaba terreno la lidia a pie, Portugal conservó su tradición ecuestre. Ya en el XX, el cordobés Antonio Cañero impulsó la recuperación española con traje corto y aire campero. Simão da Veiga, João Núncio y Conchita Cintrón forman parte de aquella historia de encuentros entre distintas maneras de montar y torear.
Andalucía encontró dos referencias fundamentales en Álvaro Domecq y Díez, en Jerez, y los hermanos Ángel y Rafael Peralta, en La Puebla del Río. La saga de los Domecq, con Álvaro Domecq Romero y Luis y Antonio Domecq, junto a Fermín Bohórquez, prolongó una tradición nacida del trato cotidiano con caballos y reses. En familias como los Domecq y los Osborne, la pasión ecuestre convivió con el negocio bodeguero. El vino, el caballo y el campo formaban parte de la vida de aquellas casas.
Javier Buendía llevó ese sabor del campo a las plazas con personalidad propia. Su garrocha a la puerta de chiqueros trasladaba al ruedo una herramienta ganadera y una forma de afrontar al toro. Junto a Manuel Vidrié, João Moura y otros nombres, compartió una época de estilos reconocibles, antes de la renovación que encarnarían Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura.
La historia de Ventura empieza precisamente en la escuela de los Peralta. Su padre, João António, compraba caballos, los domaba y los mostraba toreando para venderlos a otros rejoneadores. Ángel Peralta le ofreció trasladarse a Sevilla para preparar sus caballos nuevos. El niño creció viendo montar a su padre y a los hermanos Ángel y Rafael. Su primera escuela fue Rancho Rocío.
¿Cómo se forma una cuadra? La cría propia convive con la compra a ganaderos y preparadores de España y Portugal. Los Peralta seleccionaron familias que abastecieron a numerosos profesionales. Ventura también cría y combina sus productos con hierros ajenos: Bronce procede de Manuel Braga; Nazarí, de Arsenio Cordero. El trabajo comienza al elegir los reproductores o al descubrir en casa de otro unas condiciones que después habrá que confirmar frente a las reses.
El lusitano ocupa un lugar esencial. La asociación portuguesa de criadores señala la selección para el toreo como una etapa decisiva en la evolución de la raza. Esa relación con la lidia viene de generaciones. Comparte las cuadras con lusoárabes, hispanoárabes y otros cruces. La sangre ayuda a orientar la búsqueda. Después manda cada animal: sus facultades, su respuesta y la manera de entender el toreo de quien lo monta.
En la selección de un caballo torero pesan los antecedentes de padres y abuelos, además de la musculatura y el físico de atleta. Se sitúa en dos años la preparación inicial y se describe un recorrido progresivo: primero el carretón, después las becerras y finalmente el toro. Cada paso necesita tiempo para asentarse antes de aumentar la exigencia.
En el picadero se construye ese lenguaje de riendas, piernas, voz y asiento. Los desplazamientos laterales y las piruetas preparan movimientos que tendrán una función en la lidia. Para ello se combinan diferentes recursos de la equitación. Luego llega la plaza, donde hay que sostener lo aprendido con el público alrededor y la embestida cerca.
Cada ejemplar encuentra su cometido. Para recibir al toro hacen falta fuerza y agilidad para doblarse en corto; en banderillas, compromiso en el embroque y reacción para salir. El trabajo con las vacas descubre las cualidades de cada caballo. Al preparador le corresponde reconocerlas y darles sitio. Ese acierto puede cambiar una historia.
Ocurrió con Cagancho. Hermoso de Mendoza lo compró en Portugal, en 1990, por el equivalente a unos 1.700 euros. Los comienzos no anunciaban la leyenda: hubo que buscarle otra colocación frente al toro. En el otro extremo, Ventura estimó en 2011 que un caballo excepcional como Revuelo podía rondar los 400.000 o 500.000 euros. Aquella valoración ilustra el alcance de un ejemplar contrastado, aunque no permite fijar un precio medio actual.
Entre ambas cifras caben años de trabajo. Comprar un caballo es apenas el principio. Después hay que conocer sus reacciones, descubrir sus virtudes y darle tiempo para encontrar su sitio delante del toro. De esa convivencia nace una confianza que se pone a prueba en cada embroque. Por eso el alcance de un percance como el sufrido por la cuadra de Ventura va mucho más allá de cualquier valoración económica. En cada caballo viajan madrugadas de campo, jornadas de entrenamiento y tardes que permanecen en la memoria del aficionado. Una parte de la vida del jinete que lo ha visto crecer y que, antes de escuchar su nombre entre los aplausos, aprendió a entenderlo y a quererlo en su finca.
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