También las plazas tienen memoria. Y la Real Maestranza de Caballería de Sevilla llegó este viernes con el corazón todavía acelerado por lo vivido veinticuatro horas antes con Morante de la Puebla. La tarde histórica del jueves dejó una resaca emocional difícil de digerir, de esas que pesan como una losa sobre lo que viene después. Sevilla seguía mirando hacia atrás mientras intentaba atender lo que tenía delante. Y así es complicado empezar de cero.Se notó desde el primer toro. En el ambiente, en el pulso de los tendidos, en esa sensación de que faltaba una chispa imposible de fabricar. Para colmo, la corrida de Domingo Hernández tampoco acompañó. Desigual de presentación, escasa de raza y falta de transmisión en demasiados momentos, terminó por acentuar esa cuesta arriba que arrastraba la tarde desde antes del paseíllo. Solo el quinto ofreció algo más de movilidad y el sexto, dentro de sus dificultades, permitió entrever algo de emoción.Alejandro Talavante quedó preso del peor lote. Su primero apenas dijo nada y el cuarto confirmó el tono gris del envío. Quiso poner oficio, buscar teclas, insistir por ambos pitones, pero hay toros que no permiten ni siquiera el intento. La voluntad quedó sola en mitad del ruedo.Andrés Roca Rey volvió a ejercer de figura poderosa. A su primero le arrancó lo poco que tenía con exposición y entrega. Y al quinto, el mejor del encierro, lo llevó largo, sometido y por abajo, imponiendo mando donde otros hubieran visto alivio. No fue faena de perfume, sino de autoridad. La oreja premió al torero que, pese a la colocación de la espada, supo tirar de la tarde cuando la tarde venía cuesta abajo.Pero quien dejó el poso más fino fue Pablo Aguado. Con el capote, en sus toros o en los de quite, firmó lo más bello del festejo: verónicas de compás abierto, chicuelinas de cintura rota, delantales al quinto con sabor antiguo. Toreó como se torea en Sevilla cuando se tiene dentro.Y luego apareció algo todavía más importante: la capacidad. Su primero se rajó pronto. El sexto buscó refugio constante en tablas y lo volteó con violencia en plena faena. Aguado se levantó sereno y volvió a la cara del toro con más verdad aún. Lo bajó la mano, lo templó por el derecho, lo persiguió cuando quería irse. Por el izquierdo costó más, pero insistió sin perder la forma ni el sitio.Más que una faena de triunfo fue una demostración de momento. De madurez. De torero hecho en un concepto clásico, puro y sevillano, con un sentido del temple que enamora. Y lo mató como hay que matar.No hubo oreja pese a la petición. Él no tuvo culpa de la falta de fortuna del puntillero. Hubo vuelta al ruedo. Y hubo una certeza: incluso bajo la sombra inmensa de Morante de la Puebla, Pablo Aguado encontró la manera de hacerse ver.RevolerasLa losa de Morante: Lo vivido el día anterior pesó durante toda la corrida. La Maestranza seguía mirando al jueves y, para colmo, el ganado no acompañó para cambiar el paso de la tarde. Banderillas: El maestro de plata Iván García se desmonteró tras parar excepcionalmente al tercero de la tarde. El madrileño cuenta casi por saludos desde el tercio sus últimas comparecencias en el coso del Baratillo. El valor y la pureza: Los conceptos de Andrés Roca Rey y Pablo Aguado le vienen que ni pintados a la Fiesta. Distintos caminos que conviven en los carteles y dejan poso al buen aficionado, al que siempre le caben todos los toreros. También las plazas tienen memoria. Y la Real Maestranza de Caballería de Sevilla llegó este viernes con el corazón todavía acelerado por lo vivido veinticuatro horas antes con Morante de la Puebla. La tarde histórica del jueves dejó una resaca emocional difícil de digerir, de esas que pesan como una losa sobre lo que viene después. Sevilla seguía mirando hacia atrás mientras intentaba atender lo que tenía delante. Y así es complicado empezar de cero.Se notó desde el primer toro. En el ambiente, en el pulso de los tendidos, en esa sensación de que faltaba una chispa imposible de fabricar. Para colmo, la corrida de Domingo Hernández tampoco acompañó. Desigual de presentación, escasa de raza y falta de transmisión en demasiados momentos, terminó por acentuar esa cuesta arriba que arrastraba la tarde desde antes del paseíllo. Solo el quinto ofreció algo más de movilidad y el sexto, dentro de sus dificultades, permitió entrever algo de emoción.Alejandro Talavante quedó preso del peor lote. Su primero apenas dijo nada y el cuarto confirmó el tono gris del envío. Quiso poner oficio, buscar teclas, insistir por ambos pitones, pero hay toros que no permiten ni siquiera el intento. La voluntad quedó sola en mitad del ruedo.Andrés Roca Rey volvió a ejercer de figura poderosa. A su primero le arrancó lo poco que tenía con exposición y entrega. Y al quinto, el mejor del encierro, lo llevó largo, sometido y por abajo, imponiendo mando donde otros hubieran visto alivio. No fue faena de perfume, sino de autoridad. La oreja premió al torero que, pese a la colocación de la espada, supo tirar de la tarde cuando la tarde venía cuesta abajo.Pero quien dejó el poso más fino fue Pablo Aguado. Con el capote, en sus toros o en los de quite, firmó lo más bello del festejo: verónicas de compás abierto, chicuelinas de cintura rota, delantales al quinto con sabor antiguo. Toreó como se torea en Sevilla cuando se tiene dentro.Y luego apareció algo todavía más importante: la capacidad. Su primero se rajó pronto. El sexto buscó refugio constante en tablas y lo volteó con violencia en plena faena. Aguado se levantó sereno y volvió a la cara del toro con más verdad aún. Lo bajó la mano, lo templó por el derecho, lo persiguió cuando quería irse. Por el izquierdo costó más, pero insistió sin perder la forma ni el sitio.Más que una faena de triunfo fue una demostración de momento. De madurez. De torero hecho en un concepto clásico, puro y sevillano, con un sentido del temple que enamora. Y lo mató como hay que matar.No hubo oreja pese a la petición. Él no tuvo culpa de la falta de fortuna del puntillero. Hubo vuelta al ruedo. Y hubo una certeza: incluso bajo la sombra inmensa de Morante de la Puebla, Pablo Aguado encontró la manera de hacerse ver.RevolerasLa losa de Morante: Lo vivido el día anterior pesó durante toda la corrida. La Maestranza seguía mirando al jueves y, para colmo, el ganado no acompañó para cambiar el paso de la tarde. Banderillas: El maestro de plata Iván García se desmonteró tras parar excepcionalmente al tercero de la tarde. El madrileño cuenta casi por saludos desde el tercio sus últimas comparecencias en el coso del Baratillo. El valor y la pureza: Los conceptos de Andrés Roca Rey y Pablo Aguado le vienen que ni pintados a la Fiesta. Distintos caminos que conviven en los carteles y dejan poso al buen aficionado, al que siempre le caben todos los toreros.
También las plazas tienen memoria. Y la Real Maestranza de Caballería de Sevilla llegó este viernes con el corazón todavía acelerado por lo vivido veinticuatro horas antes con Morante de la Puebla. La tarde histórica del jueves dejó una resaca emocional difícil de digerir, de … esas que pesan como una losa sobre lo que viene después. Sevilla seguía mirando hacia atrás mientras intentaba atender lo que tenía delante. Y así es complicado empezar de cero.
Se notó desde el primer toro. En el ambiente, en el pulso de los tendidos, en esa sensación de que faltaba una chispa imposible de fabricar. Para colmo, la corrida de Domingo Hernández tampoco acompañó. Desigual de presentación, escasa de raza y falta de transmisión en demasiados momentos, terminó por acentuar esa cuesta arriba que arrastraba la tarde desde antes del paseíllo. Solo el quinto ofreció algo más de movilidad y el sexto, dentro de sus dificultades, permitió entrever algo de emoción.
Alejandro Talavante quedó preso del peor lote. Su primero apenas dijo nada y el cuarto confirmó el tono gris del envío. Quiso poner oficio, buscar teclas, insistir por ambos pitones, pero hay toros que no permiten ni siquiera el intento. La voluntad quedó sola en mitad del ruedo.
Andrés Roca Rey volvió a ejercer de figura poderosa. A su primero le arrancó lo poco que tenía con exposición y entrega. Y al quinto, el mejor del encierro, lo llevó largo, sometido y por abajo, imponiendo mando donde otros hubieran visto alivio. No fue faena de perfume, sino de autoridad. La oreja premió al torero que, pese a la colocación de la espada, supo tirar de la tarde cuando la tarde venía cuesta abajo.
Pero quien dejó el poso más fino fue Pablo Aguado. Con el capote, en sus toros o en los de quite, firmó lo más bello del festejo: verónicas de compás abierto, chicuelinas de cintura rota, delantales al quinto con sabor antiguo. Toreó como se torea en Sevilla cuando se tiene dentro.
Y luego apareció algo todavía más importante: la capacidad. Su primero se rajó pronto. El sexto buscó refugio constante en tablas y lo volteó con violencia en plena faena. Aguado se levantó sereno y volvió a la cara del toro con más verdad aún. Lo bajó la mano, lo templó por el derecho, lo persiguió cuando quería irse. Por el izquierdo costó más, pero insistió sin perder la forma ni el sitio.
Más que una faena de triunfo fue una demostración de momento. De madurez. De torero hecho en un concepto clásico, puro y sevillano, con un sentido del temple que enamora. Y lo mató como hay que matar.
No hubo oreja pese a la petición. Él no tuvo culpa de la falta de fortuna del puntillero. Hubo vuelta al ruedo. Y hubo una certeza: incluso bajo la sombra inmensa de Morante de la Puebla, Pablo Aguado encontró la manera de hacerse ver.
Revoleras
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La losa de Morante: Lo vivido el día anterior pesó durante toda la corrida. La Maestranza seguía mirando al jueves y, para colmo, el ganado no acompañó para cambiar el paso de la tarde.
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Banderillas: El maestro de plata Iván García se desmonteró tras parar excepcionalmente al tercero de la tarde. El madrileño cuenta casi por saludos desde el tercio sus últimas comparecencias en el coso del Baratillo.
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El valor y la pureza: Los conceptos de Andrés Roca Rey y Pablo Aguado le vienen que ni pintados a la Fiesta. Distintos caminos que conviven en los carteles y dejan poso al buen aficionado, al que siempre le caben todos los toreros.
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