Autoría: Vicente Blasco Ibáñez (adaptación de Marta Torres). Dirección: Magüi Mira. Elenco: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Patricia Ross, Claudia Taboada… T. Fernán Gómez, Madrid. Hasta el 21 de junio.
Nunca he creído necesaria, sino más bien frívola, una justificación coyuntural relacionada con la actualidad para decidir llevar a escena tal o cual título. Los textos teatrales buenos, igual que los buenos poemas, los buenos relatos y las buenas novelas, hablan siempre del ayer y del mañana porque se concentran en lo irresoluble, lo inmutable, lo inexplicable y lo paradójico de nuestra existencia y nuestra convivencia. No hace falta establecer una correspondencia concreta y específica de los detalles de una ficción con la realidad del presente, porque esos detalles no son más que una eficaz y hermosa ejemplificación en clave artística -si el artista tiene talento- de una idea general que aspira a integrar, aunque fracase en su empeño, la infinita casuística. No hace falta recalcar todo el santo día en entrevistas, ruedas de prensa, presentaciones de programaciones… que tal o cual obra “es pertinente hoy”, porque no dejará nunca de serlo si de verdad es buena.
Y tampoco hace falta, por tanto, para justificar la puesta en escena de una novela como ‘La barraca’, que algún político xenófobo abra su bocaza, porque esa xenofobia no es sino la concreción de una intolerancia hacia el prójimo -por miedo, por desconfianza, por envidia…- que ha acompañado al ser humano en la evolución social desde el principio de los tiempos. Y de eso es de lo que habla Blasco Ibáñez, de esa intolerancia universalmente ejercida y ejemplificada con destreza en su novela dentro del contexto del campesinado valenciano sometido a los abusos de los terratenientes a finales del XIX. Eso es lo que cuenta ‘La barraca’, la tragedia del ser humano envilecido por un poder de cualquier tipo, aunque sea nimio, y enfrentado a su vecino en virtud de una absurda diferencia que en su cerrazón percibe amenazante. ¿Qué más justificación se necesita para montarla?
Sin embargo, parece que la empresa se hubiera acometido aquí con cierto pudor: hay un empeño tan exagerado por parte de Magüi Mira de huir del naturalismo en el que se inscribe la novela original, y que es un estilo que no está, ciertamente, muy de moda hoy entre los directores, que algunas escenas terminan echando a perder el dramatismo que las define. Todo está tan coreografiado -y conste que el movimiento escénico es muy bonito, aunque no esté del todo acomodado a la propia evolución de la acción-, y en todo se busca tal coralidad, que resulta difícil que los actores puedan brillar y dar organicidad a sus personajes. Algunos, no obstante, sacan verdadero petróleo cuando la ocasión lo permite, como ocurre con Antonio Hortelano -al que pocos habrán visto en un papel como este-, Jorge Mayor y Daniel Albaladejo.
Son pequeños escollos de una propuesta por otra parte muy sólida, con grandes profesionales en todos los ámbitos artísticos, que parte de una versión firmada por Marta Torres en la que, inevitablemente, ha habido que ceñirse mucho al desarrollo narrativo -sacrificando algunas cosas importantes en el plano emocional- para ajustarse a la hora y media de duración que exige el espectáculo.
- Lo mejor: Es una propuesta contundente, con buenos profesionales y con algunas ideas escénicas muy interesantes.
- Lo peor: Las coreografías, siendo tan bonitas como son, no siempre se solapan bien con la acción y se perciben a veces como innecesarios paréntesis.
Hay un empeño tan exagerado por parte de Magüi Mira de huir del naturalismo en el que se inscribe la novela original de Blasco Ibáñez
Autoría: Vicente Blasco Ibáñez (adaptación de Marta Torres). Dirección: Magüi Mira. Elenco: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Patricia Ross, Claudia Taboada… T. Fernán Gómez, Madrid. Hasta el 21 de junio.
Nunca he creído necesaria, sino más bien frívola, una justificación coyuntural relacionada con la actualidad para decidir llevar a escena tal o cual título. Los textos teatrales buenos, igual que los buenos poemas, los buenos relatos y las buenas novelas, hablan siempre del ayer y del mañana porque se concentran en lo irresoluble, lo inmutable, lo inexplicable y lo paradójico de nuestra existencia y nuestra convivencia. No hace falta establecer una correspondencia concreta y específica de los detalles de una ficción con la realidad del presente, porque esos detalles no son más que una eficaz y hermosa ejemplificación en clave artística -si el artista tiene talento- de una idea general que aspira a integrar, aunque fracase en su empeño, la infinita casuística. No hace falta recalcar todo el santo día en entrevistas, ruedas de prensa, presentaciones de programaciones… que tal o cual obra “es pertinente hoy”, porque no dejará nunca de serlo si de verdad es buena.
Y tampoco hace falta, por tanto, para justificar la puesta en escena de una novela como ‘La barraca’, que algún político xenófobo abra su bocaza, porque esa xenofobia no es sino la concreción de una intolerancia hacia el prójimo -por miedo, por desconfianza, por envidia…- que ha acompañado al ser humano en la evolución social desde el principio de los tiempos. Y de eso es de lo que habla Blasco Ibáñez, de esa intolerancia universalmente ejercida y ejemplificada con destreza en su novela dentro del contexto del campesinado valenciano sometido a los abusos de los terratenientes a finales del XIX. Eso es lo que cuenta ‘La barraca’, la tragedia del ser humano envilecido por un poder de cualquier tipo, aunque sea nimio, y enfrentado a su vecino en virtud de una absurda diferencia que en su cerrazón percibe amenazante. ¿Qué más justificación se necesita para montarla?
Sin embargo, parece que la empresa se hubiera acometido aquí con cierto pudor: hay un empeño tan exagerado por parte de Magüi Mira de huir del naturalismo en el que se inscribe la novela original, y que es un estilo que no está, ciertamente, muy de moda hoy entre los directores escénicos, que algunas escenas terminan echando a perder el dramatismo que las define. Todo está tan coreografiado -y conste que el movimiento escénico es muy bonito, aunque no esté del todo acomodado a la propia evolución de la acción-, y en todo se busca tal coralidad, que resulta difícil que los actores puedan brillar y dar organicidad a sus personajes. Algunos, no obstante, sacan verdadero petróleo cuando la ocasión lo permite, como ocurre con Antonio Hortelano -al que pocos habrán visto en papel como este-, Jorge Mayor y Daniel Albaladejo.
Son pequeños escollos de una propuesta por otra parte muy sólida, con grandes profesionales en todos los ámbitos artísticos, que parte de una versión firmada por Marta Torres en la que, inevitablemente, ha habido que ceñirse mucho al desarrollo narrativo -sacrificando algunas cosas importantes en el plano emocional- para ajustarse a la hora y media de duración que exige el espectáculo.
Lo mejor: Es una propuesta contundente, con buenos profesionales y con algunas ideas escénicas muy interesantes.
Lo peor: Las coreografías, siendo tan bonitas como son, no siempre se solapan bien en la acción y se perciben a veces como innecesarios paréntesis.
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