Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche.
Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche. Seguir leyendo
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Pla dejó escrito cuanto hay de esfíngico en los gatos al afirmar que “todo en el gato es dogma, seriedad y forma eterna”


Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche.
Cuando un petimetre de Oxford le pidió consejo para iniciar su carrera literaria, Aldous Huxley no lo dudó: “Si usted quiere escribir, tenga gatos”. En el sur de Europa el gato es animal tiñoso de exteriores, y en España las clases pijas han aborrecido a los gatos, a saber si por preferir los toros. En otros países civilizados y lluviosos el gato era, sin embargo, un animal tan ornamental como su reproducción en porcelana. Gatófilo ejemplar, Paul Léautaud decía ser el escritor más libre de Francia por ser también el más pobre. En su casa llegó a acumular más de 300 gatos, recogidos aquí y allá por los arrabales de París. Los escritores han sido, en todo caso, siempre proyectivos y pretenciosos con los nombres: Colette llamó a una gata Kiki-la-Doucette y tuvo el acierto de llamar a otro Prr. Lilith se llamaba la gata de Mallarmé, lo que sin duda le pega a Mallarmé, y uno no sabe en qué pensaba el viejo Anatole France al imponer a su gato nada menos que el nombre de Amílcar, que es como llamar Gandhi a un rottweiler. Nunca hemos sabido el nombre del gato de Dante, pero del de Petrarca se sabe que el poeta le escribió un epitafio.
Pla dejó escrito cuanto hay de esfíngico en los gatos al afirmar que “todo en el gato es dogma, seriedad y forma eterna”. Como animal escrito, el gato tiene una prosapia de gran tono. Teófilo Gautier, Colette y Kipling le dedicaron novelitas, y Eliot les dedicó un libro de poemas. En todo caso, su vate de más fama será para siempre Baudelaire, que no tuvo el menor problema a la hora de rimar “magiques” con “mystiques” en su alabanza. Neruda lo llamó “mínimo tigre de salón” y ya no sé quién dijo aquello de que Dios había creado al gato para que pudiésemos acariciar a un tigre. Y, de gato escrito a gato pintado, una iconografía para aplaudir: el gato que captura ratones como imagen de Cristo en busca de las almas.
La política nos ha dejado felinos de interés como Larry, el ratonero de Downing Street, que va ya por su sexto primer ministro en Downing Street, con el pienso garantizado por el presupuesto público. Con todo, y sin salir de Londres, el gato más conocido de la historia también ha tenido más que ver con las letras que con las armas. Del gato Hodge sabemos lo que nos cuenta James Boswell: que el doctor Johnson se aliviaba sus melancolías de erudito, tan intensas, jugando con él, y que se ocupaba personalmente de comprarle la comida, no fuera que los sirvientes —decía el prohombre— le cogieran rabia a “la pobre criatura” si tenían que ir de mandados ellos. Viejo y sabio, el doctor Johnson conocía la impiedad de sus hermanos los hombres con lo que es más desnudo e indefenso.
Cuando Hodge ya estaba en la ronda de la muerte, el gran lexicógrafo tuvo que cumplir con un deber de piedad: comprarle la valeriana para aliviar su tránsito. Y cabe imaginar que aquel recado le resultaría penoso, toda vez que Boswell, que abominaba de los gatos, nos relata cómo Johnson dejaba que Hodge se paseara por su pecho, mientras el escritor “sonreía y silbaba entre dientes”, un solaz que no era sino un paréntesis de alegría pura de vivir, de afecto y desenfado para un sabio de carácter en ocasiones funéreo. Y no sé si Johnson era un animalista o si tan sólo sabía que la mirada de los animales nos devuelve nuestra propia humanidad, y que por eso hay que tratarlos con el respeto que merece toda la naturaleza que pena y sufre y muere, más aún cuando “la pobre criatura” le había dado tan gratuitamente ocasión de sonreír. Hoy a Hodge le honran una estatua en Londres, una cita al comienzo del Pálido fuego de Nabokov, y hasta nosotros, querido lector, que hemos engañado nuestras melancolías evocándolo.
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