
El Mundial de Fútbol ha dejado algunos detalles que trascienden lo deportivo y dejan constancia de las imperfecciones humanas, incluso de algunas de sus actitudes patológicas.
El presidente de Estados Unidos no sabe nada de fútbol, pero no concibe un acto en el que intervenga y no sea el centro permanente de atención
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El presidente de Estados Unidos no sabe nada de fútbol, pero no concibe un acto en el que intervenga y no sea el centro permanente de atención


El Mundial de Fútbol ha dejado algunos detalles que trascienden lo deportivo y dejan constancia de las imperfecciones humanas, incluso de algunas de sus actitudes patológicas.
Entrega de las medallas y la Copa a la selección de España. Donald Trump, que previamente había reconocido públicamente que no sabía nada de fútbol, baja al césped acompañado por esa especie de lacayo adulador que es Gianni Infantino y otras autoridades como el Rey de España, la presidenta de México y el primer ministro de Canadá quienes, naturalmente, son ninguneados por la realización televisiva ya que nada puede interferir la presencia del presidente ignorante ni en su desmesurada egolatría. Entrega las medallas y la Copa y, como era previsible, no abandona la escena hasta que Rodri, el capitán de la selección española, le indica que se ponga a un lado. No sabe nada de fútbol, pero no concibe un acto en el que intervenga y no sea el centro permanente de atención. Es el problema de los narcisistas.
Mientras tanto los miembros de la selección argentina, con esa grandeza de saber perder que manifestó su entrenador Scaloni tras la derrota, decidieron dar la espalda a los vencedores mientras recibían las medallas y la copa. Una cosa es no ganar y otra muy distinta es ser educados y más cuando los otros se llevaron los premios del mejor jugador joven, del mejor portero y el Balón de Oro: ¡hasta ahí podíamos llegar cuando todo el mundo sabe que Lionel Messi es el mejor jugador joven, el mejor portero y el indiscutible Balón de Oro!
Y tras la egolatría de uno y la mala educación de otros llegamos a lo nuestro, a lo autóctono, con ese desparpajo habitual de Juan Carlos Rivero, comentarista oficial de TVE en el Mundial y siempre bordeando el injustificado chovinismo, que tuvo a bien recordar los nombres propios de algunas decenas de técnicos de la cadena para desconcierto de los espectadores y, suponemos, alegría en los hogares de los citados. Una reacción similar en la audiencia se provocó cuando otro de los comentaristas enumeró ampliamente las ciudades y pueblos españoles que, sin duda, estarían expectantes y ansiosos de contemplar la final de la Copa del Mundo, una expectación que se vio confirmada poco después con más de 16 millones de espectadores en La 1, Teledeporte y DAZN. No hay nada como ser profeta en su tierra o en la ajena.
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