En la Feria del Toro no bastan el nombre ni el cartel; manda el toro. Y este año los sevillanos regresan sin una Puerta Grande que resuma su paso por San Fermín, pero con la sensación de haber dejado su personalidad en una de las plazas más exigentes del mundo. Ninguno terminó de redondear una tarde de triunfo rotundo, aunque todos encontraron algún instante para demostrar por qué Sevilla sigue teniendo un peso específico en la feria más torista del calendario.El primero en comparecer fue Daniel Luque, que abrió la presencia sevillana frente a la exigente corrida de Fuente Ymbro. El de Gerena volvió a mostrarse como uno de los toreros más firmes y capaces del escalafón, imponiendo su oficio y su seguridad en todo momento. Sin embargo, la tarde nunca terminó de romper y el sevillano se marchó con la sensación de haber vuelto a estar por encima de las circunstancias sin poder redondear una actuación que le permitiera tocar pelo.La gran jornada sevillana llegó el 10 de julio. Morante de la Puebla, Borja Jiménez y Pablo Aguado compartían cartel con los toros de Álvaro Núñez en una tarde que ya desde el apartado respiraba ambiente andaluz.Morante volvió a demostrar que el arte no siempre se mide en orejas. Le correspondió un lote nada propicio, pero el cigarrero fue capaz de extraer muletazos donde parecía imposible. Quedarán en la memoria las chicuelinas con las que deleitó al publico ante a su primero y una tanda de naturales cargados de temple y personalidad que volvieron a recordar por qué su concepto del toreo sigue siendo único. No hubo trofeos, pero sí una nueva lección de magisterio.Borja Jiménez tuvo delante uno de los lotes con más posibilidades de la tarde y de la feria. El de Espartinas volvió a dejar patente su ambición y su enorme capacidad, aunque por momentos apareció un punto acelerado en busca de un triunfo que parecía posible. Los aceros, una vez más, volvieron a cerrarle la puerta de un premio mayor, una historia demasiado repetida esta temporada.También Pablo Aguado rozó el premio. El sevillano cuajó una faena de gran gusto a su primer toro y, de no haberse levantado el animal en la puntilla tras una buena estocada, la oreja habría sido una opción muy seria. Con el segundo de su lote dejó de nuevo detalles de enorme pureza, aunque al toro le faltó un punto de transmisión para que la obra alcanzara el vuelo que todos esperaban.La doble representación hispalense llegó con la tradicional corrida sevillana de Miura , donde Manuel Escribano volvió a ofrecer una auténtica demostración de compromiso. El de Gerena se entregó sin reservas, se jugó la vida y firmó una actuación de las que engrandecen una carrera. Fue, probablemente, el sevillano que más reforzado sale de la feria. La negativa del palco a conceder la oreja de su segundo toro —que le habría abierto de par en par la Puerta Grande— dejó un poso de injusticia entre buena parte de la afición pamplonesa. Se llevó una oreja en el esportón, pero también la sensación de que, una vez más, un palco le negó el premio que se había ganado desde la misma portagayola, refrendado después con el capote, las banderillas, la muleta y la espada.La pureza llegó con el cierreJunto a él, Pepe Moral afrontó con la disposición de siempre el compromiso de los Miura. El de Los Palacios nunca dejó de buscar hacer faena y mantuvo en todo momento su actitud honrada y entregada, pero la tarde no terminó de tomar vuelo. Tampoco encontró el acierto con la espada y se marchó de Pamplona sin poder plasmar el concepto que atesora ante una corrida que no terminó de ver con claridad.El último sevillano en hacer el paseíllo fue Juan Ortega , que puso la pureza al cierre de la feria. El trianero volvió a regalar ese toreo lento, cadencioso y lleno de gusto que solo aparece cuando el tiempo parece detenerse. Una espada baja no impidió que paseara una oreja de mucho peso de su primero, mientras que en el segundo volvió a rozar el premio después de dejar pasajes de enorme calidad y personalidad.Lejos de los focos del ruedo, Sevilla volvió a encontrarse con Pamplona. Con el toro como punto de unión, pero también con el cariño hacia una tierra que cada julio abre sus brazos con la nobleza de su gente, su cultura y su mesa. Mientras tanto, la saga de veedores sevillanos de ‘Los Potra’ volvió a velar, desde el silencio, por la esencia de la Feria del Toro. No fue un San Fermín de grandes triunfos para los sevillanos, pero sí otro capítulo de esa hermosa hermandad entre Navarra y Sevilla, dos pueblos separados por los kilómetros y unidos para siempre por la verdad del toro. En la Feria del Toro no bastan el nombre ni el cartel; manda el toro. Y este año los sevillanos regresan sin una Puerta Grande que resuma su paso por San Fermín, pero con la sensación de haber dejado su personalidad en una de las plazas más exigentes del mundo. Ninguno terminó de redondear una tarde de triunfo rotundo, aunque todos encontraron algún instante para demostrar por qué Sevilla sigue teniendo un peso específico en la feria más torista del calendario.El primero en comparecer fue Daniel Luque, que abrió la presencia sevillana frente a la exigente corrida de Fuente Ymbro. El de Gerena volvió a mostrarse como uno de los toreros más firmes y capaces del escalafón, imponiendo su oficio y su seguridad en todo momento. Sin embargo, la tarde nunca terminó de romper y el sevillano se marchó con la sensación de haber vuelto a estar por encima de las circunstancias sin poder redondear una actuación que le permitiera tocar pelo.La gran jornada sevillana llegó el 10 de julio. Morante de la Puebla, Borja Jiménez y Pablo Aguado compartían cartel con los toros de Álvaro Núñez en una tarde que ya desde el apartado respiraba ambiente andaluz.Morante volvió a demostrar que el arte no siempre se mide en orejas. Le correspondió un lote nada propicio, pero el cigarrero fue capaz de extraer muletazos donde parecía imposible. Quedarán en la memoria las chicuelinas con las que deleitó al publico ante a su primero y una tanda de naturales cargados de temple y personalidad que volvieron a recordar por qué su concepto del toreo sigue siendo único. No hubo trofeos, pero sí una nueva lección de magisterio.Borja Jiménez tuvo delante uno de los lotes con más posibilidades de la tarde y de la feria. El de Espartinas volvió a dejar patente su ambición y su enorme capacidad, aunque por momentos apareció un punto acelerado en busca de un triunfo que parecía posible. Los aceros, una vez más, volvieron a cerrarle la puerta de un premio mayor, una historia demasiado repetida esta temporada.También Pablo Aguado rozó el premio. El sevillano cuajó una faena de gran gusto a su primer toro y, de no haberse levantado el animal en la puntilla tras una buena estocada, la oreja habría sido una opción muy seria. Con el segundo de su lote dejó de nuevo detalles de enorme pureza, aunque al toro le faltó un punto de transmisión para que la obra alcanzara el vuelo que todos esperaban.La doble representación hispalense llegó con la tradicional corrida sevillana de Miura , donde Manuel Escribano volvió a ofrecer una auténtica demostración de compromiso. El de Gerena se entregó sin reservas, se jugó la vida y firmó una actuación de las que engrandecen una carrera. Fue, probablemente, el sevillano que más reforzado sale de la feria. La negativa del palco a conceder la oreja de su segundo toro —que le habría abierto de par en par la Puerta Grande— dejó un poso de injusticia entre buena parte de la afición pamplonesa. Se llevó una oreja en el esportón, pero también la sensación de que, una vez más, un palco le negó el premio que se había ganado desde la misma portagayola, refrendado después con el capote, las banderillas, la muleta y la espada.La pureza llegó con el cierreJunto a él, Pepe Moral afrontó con la disposición de siempre el compromiso de los Miura. El de Los Palacios nunca dejó de buscar hacer faena y mantuvo en todo momento su actitud honrada y entregada, pero la tarde no terminó de tomar vuelo. Tampoco encontró el acierto con la espada y se marchó de Pamplona sin poder plasmar el concepto que atesora ante una corrida que no terminó de ver con claridad.El último sevillano en hacer el paseíllo fue Juan Ortega , que puso la pureza al cierre de la feria. El trianero volvió a regalar ese toreo lento, cadencioso y lleno de gusto que solo aparece cuando el tiempo parece detenerse. Una espada baja no impidió que paseara una oreja de mucho peso de su primero, mientras que en el segundo volvió a rozar el premio después de dejar pasajes de enorme calidad y personalidad.Lejos de los focos del ruedo, Sevilla volvió a encontrarse con Pamplona. Con el toro como punto de unión, pero también con el cariño hacia una tierra que cada julio abre sus brazos con la nobleza de su gente, su cultura y su mesa. Mientras tanto, la saga de veedores sevillanos de ‘Los Potra’ volvió a velar, desde el silencio, por la esencia de la Feria del Toro. No fue un San Fermín de grandes triunfos para los sevillanos, pero sí otro capítulo de esa hermosa hermandad entre Navarra y Sevilla, dos pueblos separados por los kilómetros y unidos para siempre por la verdad del toro.
En la Feria del Toro no bastan el nombre ni el cartel; manda el toro. Y este año los sevillanos regresan sin una Puerta Grande que resuma su paso por San Fermín, pero con la sensación de haber dejado su personalidad en una … de las plazas más exigentes del mundo. Ninguno terminó de redondear una tarde de triunfo rotundo, aunque todos encontraron algún instante para demostrar por qué Sevilla sigue teniendo un peso específico en la feria más torista del calendario.
El primero en comparecer fue Daniel Luque, que abrió la presencia sevillana frente a la exigente corrida de Fuente Ymbro. El de Gerena volvió a mostrarse como uno de los toreros más firmes y capaces del escalafón, imponiendo su oficio y su seguridad en todo momento. Sin embargo, la tarde nunca terminó de romper y el sevillano se marchó con la sensación de haber vuelto a estar por encima de las circunstancias sin poder redondear una actuación que le permitiera tocar pelo.
La gran jornada sevillana llegó el 10 de julio. Morante de la Puebla, Borja Jiménez y Pablo Aguado compartían cartel con los toros de Álvaro Núñez en una tarde que ya desde el apartado respiraba ambiente andaluz.
Morante volvió a demostrar que el arte no siempre se mide en orejas. Le correspondió un lote nada propicio, pero el cigarrero fue capaz de extraer muletazos donde parecía imposible. Quedarán en la memoria las chicuelinas con las que deleitó al publico ante a su primero y una tanda de naturales cargados de temple y personalidad que volvieron a recordar por qué su concepto del toreo sigue siendo único. No hubo trofeos, pero sí una nueva lección de magisterio.
Borja Jiménez tuvo delante uno de los lotes con más posibilidades de la tarde y de la feria. El de Espartinas volvió a dejar patente su ambición y su enorme capacidad, aunque por momentos apareció un punto acelerado en busca de un triunfo que parecía posible. Los aceros, una vez más, volvieron a cerrarle la puerta de un premio mayor, una historia demasiado repetida esta temporada.
También Pablo Aguado rozó el premio. El sevillano cuajó una faena de gran gusto a su primer toro y, de no haberse levantado el animal en la puntilla tras una buena estocada, la oreja habría sido una opción muy seria. Con el segundo de su lote dejó de nuevo detalles de enorme pureza, aunque al toro le faltó un punto de transmisión para que la obra alcanzara el vuelo que todos esperaban.
La doble representación hispalense llegó con la tradicional corrida sevillana de Miura, donde Manuel Escribano volvió a ofrecer una auténtica demostración de compromiso. El de Gerena se entregó sin reservas, se jugó la vida y firmó una actuación de las que engrandecen una carrera. Fue, probablemente, el sevillano que más reforzado sale de la feria. La negativa del palco a conceder la oreja de su segundo toro —que le habría abierto de par en par la Puerta Grande— dejó un poso de injusticia entre buena parte de la afición pamplonesa. Se llevó una oreja en el esportón, pero también la sensación de que, una vez más, un palco le negó el premio que se había ganado desde la misma portagayola, refrendado después con el capote, las banderillas, la muleta y la espada.
La pureza llegó con el cierre
Junto a él, Pepe Moral afrontó con la disposición de siempre el compromiso de los Miura. El de Los Palacios nunca dejó de buscar hacer faena y mantuvo en todo momento su actitud honrada y entregada, pero la tarde no terminó de tomar vuelo. Tampoco encontró el acierto con la espada y se marchó de Pamplona sin poder plasmar el concepto que atesora ante una corrida que no terminó de ver con claridad.
El último sevillano en hacer el paseíllo fue Juan Ortega, que puso la pureza al cierre de la feria. El trianero volvió a regalar ese toreo lento, cadencioso y lleno de gusto que solo aparece cuando el tiempo parece detenerse. Una espada baja no impidió que paseara una oreja de mucho peso de su primero, mientras que en el segundo volvió a rozar el premio después de dejar pasajes de enorme calidad y personalidad.
Lejos de los focos del ruedo, Sevilla volvió a encontrarse con Pamplona. Con el toro como punto de unión, pero también con el cariño hacia una tierra que cada julio abre sus brazos con la nobleza de su gente, su cultura y su mesa. Mientras tanto, la saga de veedores sevillanos de ‘Los Potra’ volvió a velar, desde el silencio, por la esencia de la Feria del Toro. No fue un San Fermín de grandes triunfos para los sevillanos, pero sí otro capítulo de esa hermosa hermandad entre Navarra y Sevilla, dos pueblos separados por los kilómetros y unidos para siempre por la verdad del toro.
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