Al principio de ‘La Odisea’ de Nolan vemos el caballo de Troya semienterrado en la playa, camino a ser ruina, como la ciudad que le da nombre y fue testigo de la guerra que forjó la literatura misma. Pero las ruinas no son solo el testimonio de la barbarie, sino también la promesa de que el mundo fue un lugar mejor, no hoy, pero sí ayer… Es esa la energía que mueve la película, una nostalgia por un lugar y una vida que está más lejos todavía. Odiseo está volviendo a casa, pero no puede: los dioses no le dejan, hay tormentas, monstruos, hambre, cantos de sirena, Charlize Theron , pero todas esas fuerzas sobrenaturales no igualan la de su culpabilidad. Odiseo no llega a Ítaca porque no es capaz de ser el hombre que un día dejó su isla para luchar en Troya. Han pasado demasiadas muertes. Demasiada sangre. Demasiadas tretas. Es por eso que un viaje que podría haber durado unos días –no hay tantas millas entre Troya e Ítaca– se convierte en una odisea de diez años. Diez años: lo que tarda un hombre en perdonarse.Odiseo no es el mismo, pero tampoco su mundo, tampoco su isla . Mientras el héroe sobrevive con los suyos –mientras saquean, huyen y mueren–, empieza a correr un rumor en Grecia, una premonición: las gentes del mar están llegando, hay que prepararse para la barbarie. Lo dice Menelao en Esparta, antes de contarle a Telémaco, hijo de Odiseo, la gesta del caballo de Troya: la recreación que Nolan hace de la maniobra es sucia, violenta, oscura; vemos a los héroes sufrir, callar, temblar de miedo, salir, matar. Lo que Menelao relata con orgullo el cineasta nos lo muestra en su miseria, porque Nolan mira con los ojos de Odiseo, que intuye que allí no solo engañaron al enemigo, sino a sí mismos, a toda Grecia. Nolan no se ahorra aquí la violencia, que es una de las lenguas francas de la Historia: es eso lo que le ha ocurrido a los ojos de Odiseo, que han visto aquellos que otros solo cantan.Otra vez el caballo. Otra vez en la playa, semihundido. No cuesta ver ahí la estatua de la libertad de ‘El planeta de los simios’; como aquella, el caballo simboliza una decadencia: con esto ganamos la guerra, pero perdimos la civilización, nos dice, una y otra vez. Y después nos revela algo peor: los bárbaros somos nosotros, soy yo, que vuelvo a esta casa y vuelvo a matar. En un tiempo de chivos expiatorios, el mensaje resuena con la contundencia de un derrumbe. Nolan no ha adaptado ‘La Odisea’, ha conseguido que vuelva a suceder.Noticia relacionada general No No El inminente estreno de ‘La Odisea’ de Christopher Nolan desata una ola de críticas en Grecia Marta CañeteUna última cosa. El final de ‘La Odisea’, la de Homero, la de Nolan, la nuestra, es el final de un mundo, el comienzo de los siglos oscuros: cuatrocientos años sin escritura, y también sin centro; cuatrocientos años viendo arder Troya. No por nada Roberto Calasso definió a Odiseo como aquel que sabía salir del fuego, algo muy útil teniendo en cuenta que si algo vuelve con los hombres son los incendios. Siempre ha sido así.Lo escribió Salustio: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre». Al principio de ‘La Odisea’ de Nolan vemos el caballo de Troya semienterrado en la playa, camino a ser ruina, como la ciudad que le da nombre y fue testigo de la guerra que forjó la literatura misma. Pero las ruinas no son solo el testimonio de la barbarie, sino también la promesa de que el mundo fue un lugar mejor, no hoy, pero sí ayer… Es esa la energía que mueve la película, una nostalgia por un lugar y una vida que está más lejos todavía. Odiseo está volviendo a casa, pero no puede: los dioses no le dejan, hay tormentas, monstruos, hambre, cantos de sirena, Charlize Theron , pero todas esas fuerzas sobrenaturales no igualan la de su culpabilidad. Odiseo no llega a Ítaca porque no es capaz de ser el hombre que un día dejó su isla para luchar en Troya. Han pasado demasiadas muertes. Demasiada sangre. Demasiadas tretas. Es por eso que un viaje que podría haber durado unos días –no hay tantas millas entre Troya e Ítaca– se convierte en una odisea de diez años. Diez años: lo que tarda un hombre en perdonarse.Odiseo no es el mismo, pero tampoco su mundo, tampoco su isla . Mientras el héroe sobrevive con los suyos –mientras saquean, huyen y mueren–, empieza a correr un rumor en Grecia, una premonición: las gentes del mar están llegando, hay que prepararse para la barbarie. Lo dice Menelao en Esparta, antes de contarle a Telémaco, hijo de Odiseo, la gesta del caballo de Troya: la recreación que Nolan hace de la maniobra es sucia, violenta, oscura; vemos a los héroes sufrir, callar, temblar de miedo, salir, matar. Lo que Menelao relata con orgullo el cineasta nos lo muestra en su miseria, porque Nolan mira con los ojos de Odiseo, que intuye que allí no solo engañaron al enemigo, sino a sí mismos, a toda Grecia. Nolan no se ahorra aquí la violencia, que es una de las lenguas francas de la Historia: es eso lo que le ha ocurrido a los ojos de Odiseo, que han visto aquellos que otros solo cantan.Otra vez el caballo. Otra vez en la playa, semihundido. No cuesta ver ahí la estatua de la libertad de ‘El planeta de los simios’; como aquella, el caballo simboliza una decadencia: con esto ganamos la guerra, pero perdimos la civilización, nos dice, una y otra vez. Y después nos revela algo peor: los bárbaros somos nosotros, soy yo, que vuelvo a esta casa y vuelvo a matar. En un tiempo de chivos expiatorios, el mensaje resuena con la contundencia de un derrumbe. Nolan no ha adaptado ‘La Odisea’, ha conseguido que vuelva a suceder.Noticia relacionada general No No El inminente estreno de ‘La Odisea’ de Christopher Nolan desata una ola de críticas en Grecia Marta CañeteUna última cosa. El final de ‘La Odisea’, la de Homero, la de Nolan, la nuestra, es el final de un mundo, el comienzo de los siglos oscuros: cuatrocientos años sin escritura, y también sin centro; cuatrocientos años viendo arder Troya. No por nada Roberto Calasso definió a Odiseo como aquel que sabía salir del fuego, algo muy útil teniendo en cuenta que si algo vuelve con los hombres son los incendios. Siempre ha sido así.Lo escribió Salustio: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre».
Al principio de ‘La Odisea’ de Nolan vemos el caballo de Troya semienterrado en la playa, camino a ser ruina, como la ciudad que le da nombre y fue testigo de la guerra que forjó la literatura misma. Pero las ruinas no son solo … el testimonio de la barbarie, sino también la promesa de que el mundo fue un lugar mejor, no hoy, pero sí ayer… Es esa la energía que mueve la película, una nostalgia por un lugar y una vida que está más lejos todavía. Odiseo está volviendo a casa, pero no puede: los dioses no le dejan, hay tormentas, monstruos, hambre, cantos de sirena, Charlize Theron, pero todas esas fuerzas sobrenaturales no igualan la de su culpabilidad. Odiseo no llega a Ítaca porque no es capaz de ser el hombre que un día dejó su isla para luchar en Troya. Han pasado demasiadas muertes. Demasiada sangre. Demasiadas tretas. Es por eso que un viaje que podría haber durado unos días –no hay tantas millas entre Troya e Ítaca– se convierte en una odisea de diez años. Diez años: lo que tarda un hombre en perdonarse.
Odiseo no es el mismo, pero tampoco su mundo, tampoco su isla. Mientras el héroe sobrevive con los suyos –mientras saquean, huyen y mueren–, empieza a correr un rumor en Grecia, una premonición: las gentes del mar están llegando, hay que prepararse para la barbarie. Lo dice Menelao en Pilos, antes de contarle a Telémaco, hijo de Odiseo, la gesta del caballo de Troya: la recreación que Nolan hace de la maniobra es sucia, violenta, oscura; vemos a los héroes sufrir, callar, temblar de miedo, salir, matar. Lo que Menelao relata con orgullo el cineasta nos lo muestra en su miseria, porque Nolan mira con los ojos de Odiseo, que intuye que allí no solo engañaron al enemigo, sino a sí mismos, a toda Grecia. Nolan no se ahorra aquí la violencia, que es una de las lenguas francas de la Historia: es eso lo que le ha ocurrido a los ojos de Odiseo, que han visto aquellos que otros solo cantan.
Otra vez el caballo. Otra vez en la playa, semihundido. No cuesta ver ahí la estatua de la libertad de ‘El planeta de los simios’; como aquella, el caballo simboliza una decadencia: con esto ganamos la guerra, pero perdimos la civilización, nos dice, una y otra vez. Y después nos revela algo peor: los bárbaros somos nosotros, soy yo, que vuelvo a esta casa y vuelvo a matar. En un tiempo de chivos expiatorios, el mensaje resuena con la contundencia de un derrumbe. Nolan no ha adaptado ‘La Odisea’, ha conseguido que vuelva a suceder.
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Una última cosa. El final de ‘La Odisea’, la de Homero, la de Nolan, la nuestra, es el final de un mundo, el comienzo de los siglos oscuros: cuatrocientos años sin escritura, y también sin centro; cuatrocientos años viendo arder Troya. No por nada Roberto Calasso definió a Odiseo como aquel que sabía salir del fuego, algo muy útil teniendo en cuenta que si algo vuelve con los hombres son los incendios. Siempre ha sido así.
Lo escribió Salustio: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre».
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