Hay que ver la querencia que le tiene este país a la solemnidad cuando se tocan símbolos identitarios. Los comentarios del escritor Eduardo Mendoza sobre la Diada de Sant Jordi han levantado una polvareda digna de mejores causas. Con la que está cayendo en el mundo, y aquí ponemos la pasión en diatribas que lo único que hacen es distraernos de los debates importantes.
Hay tradiciones que vienen de muy lejos y si han sobrevivido tanto tiempo, es porque la gente quiere que perduren
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Hay tradiciones que vienen de muy lejos y si han sobrevivido tanto tiempo, es porque la gente quiere que perduren


Hay que ver la querencia que le tiene este país a la solemnidad cuando se tocan símbolos identitarios. Los comentarios del escritor Eduardo Mendoza sobre la Diada de Sant Jordi han levantado una polvareda digna de mejores causas. Con la que está cayendo en el mundo, y aquí ponemos la pasión en diatribas que lo único que hacen es distraernos de los debates importantes.
Ha molestado que cuestionara el carácter de la fiesta. Primero, por lo “agobiante” que se está volviendo a causa de la masificación. Y luego, por la propuesta de desvincularla de la figura de Sant Jordi, del que dijo que era “un maltratador de animales que seguramente no sabía leer”, para quedarnos solo con la celebración del Día del Libro.
En lo primero lleva bastante razón. El de Sant Jordi es un día luminoso, que nos devuelve una imagen muy grata de nosotros mismos: libros y rosas como símbolos de civilidad y las calles rebosantes de gente paseando feliz. Pero como todo lo que implica grandes masas, hay que ir con cuidado: también se puede morir de éxito.
Sobre la desvinculación de Sant Jordi del Día del Libro lo primero que deberíamos convenir es que Eduardo Mendoza es muy libre de considerar y proponer lo que crea conveniente, sin que eso afecte para nada ni a la estima que le tengamos ni a su valía como literato. Pero si lo que pretendiera el escritor es resignificar la Diada de Sant Jordi para quitarle la simbología identitaria que comporta el hecho de que el Día del Libro coincida con el patrón de Cataluña, hay que decirle que, en broma o en serio, es un intento vano, como lo sería pedir a los aragoneses que prescindan de la Virgen del Pilar en las fiestas de Zaragoza. Hay tradiciones que vienen de muy lejos y si han sobrevivido tanto tiempo, es porque la gente quiere que perduren.
Como se ha recordado estos días en diversos artículos, entre ellos uno excelente de Xavier Theros en el diario Ara, lo que tiene arraigo es la celebración de Sant Jordi. Es la base de la fiesta. El Día del Libro es el elemento sobrepuesto. Sant Jordi fue decretado patrón de Cataluña en 1456 y ya entonces se asoció al día de los enamorados. Pero la celebración de la fiesta de la rosa es de origen pagano y, por tanto, muy anterior. La leyenda del santo guerrero que salva a una princesa de morir devorada por un dragón prendió en el siglo XIII y se extendió por toda la cristiandad. Si ha atravesado tantos siglos es porque, como otros muchos símbolos medievales, se ha ido despojando de la significación que un día tuvo. Y, por cierto, el dragón nunca ha sido un animal.
El Día del Libro, en cambio, se instauró en 1931 y durante varios años se celebró el 7 de octubre con más pena que gloria. Fue al gremio de libreros el que tuvo la feliz idea de trasladarlo al 23 de abril y vincularlo a la Diada de Sant Jordi. Como se ha visto, fue una iniciativa muy acertada. Así que mejor no tocarlo. La simbiosis entre Sant Jordi, el dragón, el libro y la rosa funciona muy bien.
El independentismo ha reaccionado a la provocación de Eduardo Mendoza con grandes dosis de sobreactuación y cierta prensa de Madrid ha salido en defensa del último premio Principe de Asturias, presentándole como víctima de la “inquisición independentista”. ¡Cuánta exageración!
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