Toda una vida al caballo. Diría que ese fue su legado. En Álvaro Domecq Romero hallamos el mayor ejemplo del hombre dedicado a esa pasión salvaje que encierra un animal tan enigmático. Al caballo se le doma a base de sacrificio y constancia, sólo así se entiende que muchos alcancen ese nivel de finura y compás como esos que bailan en ‘Como Bailan los Caballos Andaluces’; ese espectáculo que un día soñó Álvaro y lo hizo realidad, porque ese espectáculo es él mismo. Lo recuerdo con frescura de rejoneador, con esa raza, ese no dejarse ganar la pelea cuando apretaba las espuelas y salía airoso de un par de banderillas de poder a poder ante el toro, siempre dándole el pecho, fiel a los dogmas clásicos heredados de su padre, el inolvidable don Álvaro Domecq y Díez. Siempre me fijé mucho en ese caer bien a caballo tan propio de esta saga, porque ese caer bien a caballo forma parte de las cosas donde uno no manda, y por eso mismo, son de lo mejor que uno tiene. Alvarito (como siempre se le llamó) caía bien a caballo porque éste ya parecía parte de su ser. En él, pensamiento y sentimiento del caballo iban enlazados para ser un solo trotar y torear. La elegancia de su trote era tan característica que bien sabías que era él quien montaba sólo escuchando los cascos de los tordos salir de las cuadras de los Alburejos. Caballos como Yute, Duende o la yegua Espléndida son clara muestra de esa alta escuela. Se entiende que fuese Yute, su último fiel amigo, el que presidiese esa comitiva fúnebre y ecuestre el día de su adiós en la catedral de Jerez. Caballero rejoneador, emblema de su estirpe, embajador de un Jerez por el mundo con su Real Escuela y ganadero de uno de los toros más bellos de la dehesa; en Álvaro Domecq se reunían todas esas hazañas y milagros, del hombre que amó al caballo, quizás como se ama a una mujer, como se ama a la vida, y al arte. Toda una vida al caballo. Diría que ese fue su legado. En Álvaro Domecq Romero hallamos el mayor ejemplo del hombre dedicado a esa pasión salvaje que encierra un animal tan enigmático. Al caballo se le doma a base de sacrificio y constancia, sólo así se entiende que muchos alcancen ese nivel de finura y compás como esos que bailan en ‘Como Bailan los Caballos Andaluces’; ese espectáculo que un día soñó Álvaro y lo hizo realidad, porque ese espectáculo es él mismo. Lo recuerdo con frescura de rejoneador, con esa raza, ese no dejarse ganar la pelea cuando apretaba las espuelas y salía airoso de un par de banderillas de poder a poder ante el toro, siempre dándole el pecho, fiel a los dogmas clásicos heredados de su padre, el inolvidable don Álvaro Domecq y Díez. Siempre me fijé mucho en ese caer bien a caballo tan propio de esta saga, porque ese caer bien a caballo forma parte de las cosas donde uno no manda, y por eso mismo, son de lo mejor que uno tiene. Alvarito (como siempre se le llamó) caía bien a caballo porque éste ya parecía parte de su ser. En él, pensamiento y sentimiento del caballo iban enlazados para ser un solo trotar y torear. La elegancia de su trote era tan característica que bien sabías que era él quien montaba sólo escuchando los cascos de los tordos salir de las cuadras de los Alburejos. Caballos como Yute, Duende o la yegua Espléndida son clara muestra de esa alta escuela. Se entiende que fuese Yute, su último fiel amigo, el que presidiese esa comitiva fúnebre y ecuestre el día de su adiós en la catedral de Jerez. Caballero rejoneador, emblema de su estirpe, embajador de un Jerez por el mundo con su Real Escuela y ganadero de uno de los toros más bellos de la dehesa; en Álvaro Domecq se reunían todas esas hazañas y milagros, del hombre que amó al caballo, quizás como se ama a una mujer, como se ama a la vida, y al arte.
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Jesús Soto de Paula
Toda una vida al caballo. Diría que ese fue su legado. En Álvaro Domecq Romero hallamos el mayor ejemplo del hombre dedicado a esa pasión salvaje que encierra un animal tan enigmático. Al caballo se le doma a base de sacrificio y constancia, sólo así … se entiende que muchos alcancen ese nivel de finura y compás como esos que bailan en ‘Como Bailan los Caballos Andaluces’; ese espectáculo que un día soñó Álvaro y lo hizo realidad, porque ese espectáculo es él mismo. Lo recuerdo con frescura de rejoneador, con esa raza, ese no dejarse ganar la pelea cuando apretaba las espuelas y salía airoso de un par de banderillas de poder a poder ante el toro, siempre dándole el pecho, fiel a los dogmas clásicos heredados de su padre, el inolvidable don Álvaro Domecq y Díez. Siempre me fijé mucho en ese caer bien a caballo tan propio de esta saga, porque ese caer bien a caballo forma parte de las cosas donde uno no manda, y por eso mismo, son de lo mejor que uno tiene. Alvarito (como siempre se le llamó) caía bien a caballo porque éste ya parecía parte de su ser. En él, pensamiento y sentimiento del caballo iban enlazados para ser un solo trotar y torear. La elegancia de su trote era tan característica que bien sabías que era él quien montaba sólo escuchando los cascos de los tordos salir de las cuadras de los Alburejos. Caballos como Yute, Duende o la yegua Espléndida son clara muestra de esa alta escuela. Se entiende que fuese Yute, su último fiel amigo, el que presidiese esa comitiva fúnebre y ecuestre el día de su adiós en la catedral de Jerez. Caballero rejoneador, emblema de su estirpe, embajador de un Jerez por el mundo con su Real Escuela y ganadero de uno de los toros más bellos de la dehesa; en Álvaro Domecq se reunían todas esas hazañas y milagros, del hombre que amó al caballo, quizás como se ama a una mujer, como se ama a la vida, y al arte.
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