Detrás de cada chiste, hay una historia. A la sombra de los de Chiquito de la Calzada, que popularizó expresiones como ‘¡Fistro!’, ‘¡Por la gloria de mi madre!’ o ‘¿te dacue?’, estaba Pepita, su mujer, y su deseo de regalarle una casa. Ella fue el motor de ese mundo surrealista que alimentó las risas de la España de los noventa, que conectó con todos porque todos sintieron suyo ese arte de la tontería que el humorista reivindicaba y paseaba, encorvado y con un manoteo espasmódico, por los platós de Antena 3. Fue un creador de lenguaje, surrealista, a veces absurdo, con palabras que podían no significar nada pero se podían adaptar a cualquier circunstancia. Y el lenguaje perdura, como su figura. Chiquito de la Calzada consiguió la casa y un Mercedes, pero tras la muerte de su Pepita llegó la de él, su final. «Estuvo deprimido y prácticamente murió de pena», reconoce Juan Zavala, codirector junto a Javier Morales de ‘El otro Chiquito’, que estrena este jueves Movistar Plus+, sobre la parte de la historia del humorista malagueño quizás menos conocida, la del drama que supuso el juicio que lo enfrentó con su alter ego televisivo, Lucas Grijander, al que dio vida Florentino Fernández en el programa ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’, presentado por Pepe Navarro. En el documental, que parte de una idea de Diego San José, ambos recuperan uno de los peores momentos del cómico para radiografiar la España de antes y, quizás, un poco también los miedos de ahora, con debates de plena actualidad como los límites del plagio y la libertad de expresión, abordando cuestiones como la propiedad intelectual, tan amenazada por la inteligencia artificial. Coinciden los directores en que el caso que vertebra ‘El otro Chiquito’, una guerra por la propiedad de un fenómeno cultural y por la supervivencia de un hombre, «hasta entonces se había tratado siempre como una anécdota graciosa, pero fue motivo de mucho sufrimiento para Chiquito de la Calzada», que vio amenazada su fortuna y su legado. Uno que, reflexionan, se convirtió en un «refugio» para aquella España optimista que se vio, de repente, a la deriva, «con los gastos del 92, las Olimpiadas, la Expo… y una crisis económica muy profunda y una crisis política entre Felipe González y Aznar muy dura». «El gran valor de Chiquito de la Calzada yo creo que fue la chispa de su arte, la magia. Tenía un talento natural para transmitir alegría, gracias a un mundo surrealista y unas expresiones que conectaron con todos», reconoce Morales. Pero todo tembló cuando, en la cadena rival, apareció un personaje inquietantemente parecido a él. Tan parecido que pronto empezó a ocupar su lugar. Para Gregorio Sánchez, el hombre detrás del mito, aquello fue una pesadilla. Tras años de lucha para alcanzar la fama, veía cómo le arrebataban su identidad ante millones de espectadores. Así comenzó uno de los litigios más insólitos de la historia española. Y así comienza y termina ‘El otro Chiquito’, que ofrece además un análisis de la época y del cambio social que supuso el lanzamiento de los primeros canales privados de televisión en la España de aquellos años. Detrás de cada chiste, hay una historia. A la sombra de los de Chiquito de la Calzada, que popularizó expresiones como ‘¡Fistro!’, ‘¡Por la gloria de mi madre!’ o ‘¿te dacue?’, estaba Pepita, su mujer, y su deseo de regalarle una casa. Ella fue el motor de ese mundo surrealista que alimentó las risas de la España de los noventa, que conectó con todos porque todos sintieron suyo ese arte de la tontería que el humorista reivindicaba y paseaba, encorvado y con un manoteo espasmódico, por los platós de Antena 3. Fue un creador de lenguaje, surrealista, a veces absurdo, con palabras que podían no significar nada pero se podían adaptar a cualquier circunstancia. Y el lenguaje perdura, como su figura. Chiquito de la Calzada consiguió la casa y un Mercedes, pero tras la muerte de su Pepita llegó la de él, su final. «Estuvo deprimido y prácticamente murió de pena», reconoce Juan Zavala, codirector junto a Javier Morales de ‘El otro Chiquito’, que estrena este jueves Movistar Plus+, sobre la parte de la historia del humorista malagueño quizás menos conocida, la del drama que supuso el juicio que lo enfrentó con su alter ego televisivo, Lucas Grijander, al que dio vida Florentino Fernández en el programa ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’, presentado por Pepe Navarro. En el documental, que parte de una idea de Diego San José, ambos recuperan uno de los peores momentos del cómico para radiografiar la España de antes y, quizás, un poco también los miedos de ahora, con debates de plena actualidad como los límites del plagio y la libertad de expresión, abordando cuestiones como la propiedad intelectual, tan amenazada por la inteligencia artificial. Coinciden los directores en que el caso que vertebra ‘El otro Chiquito’, una guerra por la propiedad de un fenómeno cultural y por la supervivencia de un hombre, «hasta entonces se había tratado siempre como una anécdota graciosa, pero fue motivo de mucho sufrimiento para Chiquito de la Calzada», que vio amenazada su fortuna y su legado. Uno que, reflexionan, se convirtió en un «refugio» para aquella España optimista que se vio, de repente, a la deriva, «con los gastos del 92, las Olimpiadas, la Expo… y una crisis económica muy profunda y una crisis política entre Felipe González y Aznar muy dura». «El gran valor de Chiquito de la Calzada yo creo que fue la chispa de su arte, la magia. Tenía un talento natural para transmitir alegría, gracias a un mundo surrealista y unas expresiones que conectaron con todos», reconoce Morales. Pero todo tembló cuando, en la cadena rival, apareció un personaje inquietantemente parecido a él. Tan parecido que pronto empezó a ocupar su lugar. Para Gregorio Sánchez, el hombre detrás del mito, aquello fue una pesadilla. Tras años de lucha para alcanzar la fama, veía cómo le arrebataban su identidad ante millones de espectadores. Así comenzó uno de los litigios más insólitos de la historia española. Y así comienza y termina ‘El otro Chiquito’, que ofrece además un análisis de la época y del cambio social que supuso el lanzamiento de los primeros canales privados de televisión en la España de aquellos años.

Detrás de cada chiste, hay una historia. A la sombra de los de Chiquito de la Calzada, que popularizó expresiones como ‘¡Fistro!’, ‘¡Por la gloria de mi madre!’ o ‘¿te dacue?’, estaba Pepita, su mujer, y su deseo de regalarle una casa. Ella fue el motor de ese mundo surrealista que alimentó las risas de la España de los noventa, que conectó con todos porque todos sintieron suyo ese arte de la tontería que el humorista reivindicaba y paseaba, encorvado y con un manoteo espasmódico, por los platós de Antena 3. Fue un creador de lenguaje, surrealista, a veces absurdo, con palabras que podían no significar nada pero se podían adaptar a cualquier circunstancia. Y el lenguaje perdura, como su figura.
Chiquito de la Calzada consiguió la casa y un Mercedes, pero tras la muerte de su Pepita llegó la de él, su final. «Estuvo deprimido y prácticamente murió de pena», reconoce Juan Zavala, codirector junto a Javier Morales de ‘El otro Chiquito’, que estrena este jueves Movistar Plus+, sobre la parte de la historia del humorista malagueño quizás menos conocida, la del drama que supuso el juicio que lo enfrentó con su alter ego televisivo, Lucas Grijander, al que dio vida Florentino Fernández en el programa ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’, presentado por Pepe Navarro.
En el documental, que parte de una idea de Diego San José, ambos recuperan uno de los peores momentos del cómico para radiografiar la España de antes y, quizás, un poco también los miedos de ahora, con debates de plena actualidad como los límites del plagio y la libertad de expresión, abordando cuestiones como la propiedad intelectual, tan amenazada por la inteligencia artificial.
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Coinciden los directores en que el caso que vertebra ‘El otro Chiquito’, una guerra por la propiedad de un fenómeno cultural y por la supervivencia de un hombre, «hasta entonces se había tratado siempre como una anécdota graciosa, pero fue motivo de mucho sufrimiento para Chiquito de la Calzada», que vio amenazada su fortuna y su legado. Uno que, reflexionan, se convirtió en un «refugio» para aquella España optimista que se vio, de repente, a la deriva, «con los gastos del 92, las Olimpiadas, la Expo… y una crisis económica muy profunda y una crisis política entre Felipe González y Aznar muy dura».
«El gran valor de Chiquito de la Calzada yo creo que fue la chispa de su arte, la magia. Tenía un talento natural para transmitir alegría, gracias a un mundo surrealista y unas expresiones que conectaron con todos», reconoce Morales. Pero todo tembló cuando, en la cadena rival, apareció un personaje inquietantemente parecido a él. Tan parecido que pronto empezó a ocupar su lugar. Para Gregorio Sánchez, el hombre detrás del mito, aquello fue una pesadilla. Tras años de lucha para alcanzar la fama, veía cómo le arrebataban su identidad ante millones de espectadores. Así comenzó uno de los litigios más insólitos de la historia española. Y así comienza y termina ‘El otro Chiquito’, que ofrece además un análisis de la época y del cambio social que supuso el lanzamiento de los primeros canales privados de televisión en la España de aquellos años.
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