Se llamaba Rosario, no Maricarmen , aunque tenía más o menos su edad, 86 años, cuando en 2004 fue obligada a abandonar la casa de la céntrica Plaza de la Encarnación de Sevilla donde vivía desde hacía casi tres décadas de alquiler. En su caso, por no haber abonado al propietario del edificio 39 euros por un error que ni siquiera fue suyo. «Yo no entiendo de euros y puse 39 de menos. Lo mismo los podía haber puesto de más. Ha pasado esto por ser analfabeta», decía casi entre lágrimas a este periódico Carmina , que conocía a la anciana desde que era niña y se había encargado de aquel pago incorrecto.Todo empezó por la ventana del cuarto de baño, según explicó a la periodista Gloria Gamito. Estaba en muy mal estado y la inquilina puso una nueva por su cuenta. Le costó 15.000 pesetas (90 euros), una cifra apreciable para una octogenaria que había servido en casas y trabajado en clínicas y contaba con una pensión de 336,57 euros. Durante unos trabajos de pintura en la casa, le partieron la ventana y Rosario Piudo reclamó al casero que se la arreglara, pero no obtuvo respuesta alguna. La anciana decidió entonces dejar de pagar el alquiler y la propiedad la llevó a juicio. Al abonar la deuda que debía por esos meses, faltaron esos 39 euros que motivaron la orden de desahucio. Tanto los familiares como los vecinos vieron mala fe en que la echaran por ese error. «En los recibos, de 142,83 euros mensuales, le cobran contribución, siendo una inquilina, y hasta mejoras, y no le arreglaron la ventana», decía Carmina Moncayo hace 22 años. Según su sobrina Natalia Montes, desde el primer juicio por la ventana el dueño «iba a por ella». Los vecinos de Rosario, que fueron quienes sacaron a la luz el caso, aseguraban que el propietario estaba intentando que el edificio se declarara en ruinas y había emprendido una campaña de abandono que amenazaba la seguridad del edificio . De los 20 inquilinos que tenía en 2001, tres años después solo quedaban cinco que vivían entre puntales. En caso de venta, el dueño tendría que pagar una indemnización a los inquilinos para que se marcharan y la de Rosario «con este desahucio injusto, se la ha ahorrado», decía el ABC de Sevilla . Rosario Piudo, el día qeu tuvo que abandonar su casa Millán HerceEl mismo día en que se ejecutó la orden del Juzgado, llegó al número 6 de la plaza de la Encarnación una señora de 70 años apoyándose con un bastón. Llevaba un sobre con 39 euros para Rosario, sin saber que ya la habían desalojado. Esa mañana, la anciana había tratado de mantener en todo momento la serenidad, pero al salir por el portal y ser aclamada por un numeroso grupo de vecinos y por las amigas con las que iba a misa todos los días, rompió a llorar . Se fue con su sobrina Natalia a Osuna, mientras sus familiares gestionaban su ingreso en las Hermanitas de los Pobres, como ella quería. Era muy religiosa. «Dios es muy grande y cuando se cierra una puerta se abre otra» , decía. Toda España se echó las manos a la cabeza al conocer el drama de esa señora que «desde la dureza de los años vividos y una envidiable educación, entre el estoicismo y la indefensión, siguió aferrada a la esperanza y a su fe, sin una mala voz, sin una mala palabra contra los que con tan mala baba la echaban a la calle», escribió J. Félix Machuca . No hubo acampadas entonces frente a la Junta de Andalucía que presidía el socialista Manuel Chaves, ni acuerdos con mediación municipal para que regresara a su casa, como Maricarmen , ni decretos exprés con dudosas expectativas de ser aprobados en el Congreso, aunque su caso motivó la creación de la desaparecida Otainsa, la oficina para atender a inquilinos en situaciones de abuso. El edificio donde vivía Rosario fue expropiado por el Ayuntamiento en 2007 para destinarlo a viviendas sociales, pero acabó puesto en venta. Hoy es un hotel. Se llamaba Rosario, no Maricarmen , aunque tenía más o menos su edad, 86 años, cuando en 2004 fue obligada a abandonar la casa de la céntrica Plaza de la Encarnación de Sevilla donde vivía desde hacía casi tres décadas de alquiler. En su caso, por no haber abonado al propietario del edificio 39 euros por un error que ni siquiera fue suyo. «Yo no entiendo de euros y puse 39 de menos. Lo mismo los podía haber puesto de más. Ha pasado esto por ser analfabeta», decía casi entre lágrimas a este periódico Carmina , que conocía a la anciana desde que era niña y se había encargado de aquel pago incorrecto.Todo empezó por la ventana del cuarto de baño, según explicó a la periodista Gloria Gamito. Estaba en muy mal estado y la inquilina puso una nueva por su cuenta. Le costó 15.000 pesetas (90 euros), una cifra apreciable para una octogenaria que había servido en casas y trabajado en clínicas y contaba con una pensión de 336,57 euros. Durante unos trabajos de pintura en la casa, le partieron la ventana y Rosario Piudo reclamó al casero que se la arreglara, pero no obtuvo respuesta alguna. La anciana decidió entonces dejar de pagar el alquiler y la propiedad la llevó a juicio. Al abonar la deuda que debía por esos meses, faltaron esos 39 euros que motivaron la orden de desahucio. Tanto los familiares como los vecinos vieron mala fe en que la echaran por ese error. «En los recibos, de 142,83 euros mensuales, le cobran contribución, siendo una inquilina, y hasta mejoras, y no le arreglaron la ventana», decía Carmina Moncayo hace 22 años. Según su sobrina Natalia Montes, desde el primer juicio por la ventana el dueño «iba a por ella». Los vecinos de Rosario, que fueron quienes sacaron a la luz el caso, aseguraban que el propietario estaba intentando que el edificio se declarara en ruinas y había emprendido una campaña de abandono que amenazaba la seguridad del edificio . De los 20 inquilinos que tenía en 2001, tres años después solo quedaban cinco que vivían entre puntales. En caso de venta, el dueño tendría que pagar una indemnización a los inquilinos para que se marcharan y la de Rosario «con este desahucio injusto, se la ha ahorrado», decía el ABC de Sevilla . Rosario Piudo, el día qeu tuvo que abandonar su casa Millán HerceEl mismo día en que se ejecutó la orden del Juzgado, llegó al número 6 de la plaza de la Encarnación una señora de 70 años apoyándose con un bastón. Llevaba un sobre con 39 euros para Rosario, sin saber que ya la habían desalojado. Esa mañana, la anciana había tratado de mantener en todo momento la serenidad, pero al salir por el portal y ser aclamada por un numeroso grupo de vecinos y por las amigas con las que iba a misa todos los días, rompió a llorar . Se fue con su sobrina Natalia a Osuna, mientras sus familiares gestionaban su ingreso en las Hermanitas de los Pobres, como ella quería. Era muy religiosa. «Dios es muy grande y cuando se cierra una puerta se abre otra» , decía. Toda España se echó las manos a la cabeza al conocer el drama de esa señora que «desde la dureza de los años vividos y una envidiable educación, entre el estoicismo y la indefensión, siguió aferrada a la esperanza y a su fe, sin una mala voz, sin una mala palabra contra los que con tan mala baba la echaban a la calle», escribió J. Félix Machuca . No hubo acampadas entonces frente a la Junta de Andalucía que presidía el socialista Manuel Chaves, ni acuerdos con mediación municipal para que regresara a su casa, como Maricarmen , ni decretos exprés con dudosas expectativas de ser aprobados en el Congreso, aunque su caso motivó la creación de la desaparecida Otainsa, la oficina para atender a inquilinos en situaciones de abuso. El edificio donde vivía Rosario fue expropiado por el Ayuntamiento en 2007 para destinarlo a viviendas sociales, pero acabó puesto en venta. Hoy es un hotel.
Se llamaba Rosario, no Maricarmen, aunque tenía más o menos su edad, 86 años, cuando en 2004 fue obligada a abandonar la casa de la céntrica Plaza de la Encarnación de Sevilla donde vivía desde hacía casi tres décadas de alquiler. En su caso, … por no haber abonado al propietario del edificio 39 euros por un error que ni siquiera fue suyo. «Yo no entiendo de euros y puse 39 de menos. Lo mismo los podía haber puesto de más. Ha pasado esto por ser analfabeta», decía casi entre lágrimas a este periódico Carmina, que conocía a la anciana desde que era niña y se había encargado de aquel pago incorrecto.
Todo empezó por la ventana del cuarto de baño, según explicó a la periodista Gloria Gamito. Estaba en muy mal estado y la inquilina puso una nueva por su cuenta. Le costó 15.000 pesetas (90 euros), una cifra apreciable para una octogenaria que había servido en casas y trabajado en clínicas y contaba con una pensión de 336,57 euros. Durante unos trabajos de pintura en la casa, le partieron la ventana y Rosario Piudo reclamó al casero que se la arreglara, pero no obtuvo respuesta alguna. La anciana decidió entonces dejar de pagar el alquiler y la propiedad la llevó a juicio. Al abonar la deuda que debía por esos meses, faltaron esos 39 euros que motivaron la orden de desahucio.
Tanto los familiares como los vecinos vieron mala fe en que la echaran por ese error. «En los recibos, de 142,83 euros mensuales, le cobran contribución, siendo una inquilina, y hasta mejoras, y no le arreglaron la ventana», decía Carmina Moncayo hace 22 años. Según su sobrina Natalia Montes, desde el primer juicio por la ventana el dueño «iba a por ella».
Noticia relacionada
Los vecinos de Rosario, que fueron quienes sacaron a la luz el caso, aseguraban que el propietario estaba intentando que el edificio se declarara en ruinas y había emprendido una campaña de abandono que amenazaba la seguridad del edificio. De los 20 inquilinos que tenía en 2001, tres años después solo quedaban cinco que vivían entre puntales. En caso de venta, el dueño tendría que pagar una indemnización a los inquilinos para que se marcharan y la de Rosario «con este desahucio injusto, se la ha ahorrado», decía el ABC de Sevilla.
(Millán Herce)
El mismo día en que se ejecutó la orden del Juzgado, llegó al número 6 de la plaza de la Encarnación una señora de 70 años apoyándose con un bastón. Llevaba un sobre con 39 euros para Rosario, sin saber que ya la habían desalojado. Esa mañana, la anciana había tratado de mantener en todo momento la serenidad, pero al salir por el portal y ser aclamada por un numeroso grupo de vecinos y por las amigas con las que iba a misa todos los días, rompió a llorar. Se fue con su sobrina Natalia a Osuna, mientras sus familiares gestionaban su ingreso en las Hermanitas de los Pobres, como ella quería. Era muy religiosa. «Dios es muy grande y cuando se cierra una puerta se abre otra», decía.
Toda España se echó las manos a la cabeza al conocer el drama de esa señora que «desde la dureza de los años vividos y una envidiable educación, entre el estoicismo y la indefensión, siguió aferrada a la esperanza y a su fe, sin una mala voz, sin una mala palabra contra los que con tan mala baba la echaban a la calle», escribió J. Félix Machuca. No hubo acampadas entonces frente a la Junta de Andalucía que presidía el socialista Manuel Chaves, ni acuerdos con mediación municipal para que regresara a su casa, como Maricarmen, ni decretos exprés con dudosas expectativas de ser aprobados en el Congreso, aunque su caso motivó la creación de la desaparecida Otainsa, la oficina para atender a inquilinos en situaciones de abuso. El edificio donde vivía Rosario fue expropiado por el Ayuntamiento en 2007 para destinarlo a viviendas sociales, pero acabó puesto en venta. Hoy es un hotel.
RSS de noticias de cultura

