Hasta yo vi la final del Mundial . Dicho así, es como si me sintiera especial por hacer lo mismo que el país entero, pero es que no veo nunca el fútbol, así que sí era un poco especial. Tampoco veo el tenis. Ni el tour. No veo ni las olimpiadas. El deporte en general no me interesa en absoluto. Y no lo digo orgullosa, sino resignada. Pero esta vez vi la final del mundial. Sin saber quién era ninguno de los chavales que salieron al campo y que me parecieron todos muy jóvenes. Hay un momento en la vida en que los jugadores de la selección española (como los médicos y los camareros que nos atienden) empiezan a ser más jóvenes que uno. Eso marca el punto de inflexión de una vida. Pero a lo que iba: vi el fútbol y lo vi por culpa de José Ignacio Wert , que dejó escrito que el mejor mundial de nuestras vidas es el que más cerca nos pilla de los 11 años de edad. Yo ya no tengo 11 años y, cuando los tenía, tampoco me gustaba el fútbol. Pero tengo cerca a un niño de doce (el más guapo, el más rubio y el más listo de todos los de 12 años), así que vi la final del mundial para que fuera el de mi vida por poderes y para no perderme el de la suya. Y valió la pena solo por ver su carita cuando Ferran Torres marcó el gol de la victoria. Durante todo el día nos habíamos cruzado por el pueblo con muchas camisetas de España (él mismo llevaba la suya puesta) y alguna de Argentina. Los bares habían sacado las teles a la calle y la gente se agolpaba desde bien pronto para ver el partido. En las tiendas que encontramos abiertas se habían agotado todos los colores rojo y amarillo de las pinturas para la cara. Solo quedaban sombreros (horribles) con la bandera española y algún banderín despistado. Se lanzaron fuegos artificiales para celebrar el triunfo. Todo el día, de la mañana a la noche, fue día de fiesta. Y, mientras el niño de 12 años sufría hasta el último momento y mordía, nervioso, el borde de una bandera de España, yo me venía arribísima al ver a Madonna con Ronaldo y Ronaldinho llegando al campo en ‘buggy’ como quien llega a la hora del desayuno a su hotel en Benidorm. Mientras él coreaba los nombres de los jugadores cada vez que tocaban el balón (Cucurella, Pedro Porro, Lamine Yamal, Cubarsí), yo lo hacía cuando aparecían famosos entre el público (Matt Damon, Mick Jagger, Adrien Brody, Timothée Chalamet). Se ve que la brecha generacional es esto. Me lo pasé bien, contra todo pronóstico, y sufrí cada patada de un argentino a un español como si fuera en la espinilla de un hijo propio. Hasta le grité algún improperio al árbitro (a la tele, en realidad) muy probablemente sin razón ninguna y a destiempo, de atender a mis conocimientos sobre fútbol. La alegría por la segunda estrella (ya he reservado la camiseta con ella para el de doce, no está disponible hasta agosto) unió a todo el mundo en un simulacro de concordia y fraternidad. Y digo simulacro porque poco tardaron los habituales en agitar el espantajo de la fractura porque sin polarización no son nada: que si alguien entre el público había sacado una bandera de Israel, que si solo se ganan mundiales si gobierna el PSOE, que si Ferran Torres acapara vivienda, que si cómo jode que Nico Williams le regalara la medalla a su madre… No se libraba ni un crío de tres años, el hermano de Lamine Yamal, que nos había robado el corazón a todos con su salero, porque algunos no son capaces de ver nada más allá del color de su piel y politizan hasta sus cucamonas. Al final, la brecha generacional era esta otra: que a los doce nadie le estropea una alegría ni él tiene la malicia de politizar la de otros. Hasta yo vi la final del Mundial . Dicho así, es como si me sintiera especial por hacer lo mismo que el país entero, pero es que no veo nunca el fútbol, así que sí era un poco especial. Tampoco veo el tenis. Ni el tour. No veo ni las olimpiadas. El deporte en general no me interesa en absoluto. Y no lo digo orgullosa, sino resignada. Pero esta vez vi la final del mundial. Sin saber quién era ninguno de los chavales que salieron al campo y que me parecieron todos muy jóvenes. Hay un momento en la vida en que los jugadores de la selección española (como los médicos y los camareros que nos atienden) empiezan a ser más jóvenes que uno. Eso marca el punto de inflexión de una vida. Pero a lo que iba: vi el fútbol y lo vi por culpa de José Ignacio Wert , que dejó escrito que el mejor mundial de nuestras vidas es el que más cerca nos pilla de los 11 años de edad. Yo ya no tengo 11 años y, cuando los tenía, tampoco me gustaba el fútbol. Pero tengo cerca a un niño de doce (el más guapo, el más rubio y el más listo de todos los de 12 años), así que vi la final del mundial para que fuera el de mi vida por poderes y para no perderme el de la suya. Y valió la pena solo por ver su carita cuando Ferran Torres marcó el gol de la victoria. Durante todo el día nos habíamos cruzado por el pueblo con muchas camisetas de España (él mismo llevaba la suya puesta) y alguna de Argentina. Los bares habían sacado las teles a la calle y la gente se agolpaba desde bien pronto para ver el partido. En las tiendas que encontramos abiertas se habían agotado todos los colores rojo y amarillo de las pinturas para la cara. Solo quedaban sombreros (horribles) con la bandera española y algún banderín despistado. Se lanzaron fuegos artificiales para celebrar el triunfo. Todo el día, de la mañana a la noche, fue día de fiesta. Y, mientras el niño de 12 años sufría hasta el último momento y mordía, nervioso, el borde de una bandera de España, yo me venía arribísima al ver a Madonna con Ronaldo y Ronaldinho llegando al campo en ‘buggy’ como quien llega a la hora del desayuno a su hotel en Benidorm. Mientras él coreaba los nombres de los jugadores cada vez que tocaban el balón (Cucurella, Pedro Porro, Lamine Yamal, Cubarsí), yo lo hacía cuando aparecían famosos entre el público (Matt Damon, Mick Jagger, Adrien Brody, Timothée Chalamet). Se ve que la brecha generacional es esto. Me lo pasé bien, contra todo pronóstico, y sufrí cada patada de un argentino a un español como si fuera en la espinilla de un hijo propio. Hasta le grité algún improperio al árbitro (a la tele, en realidad) muy probablemente sin razón ninguna y a destiempo, de atender a mis conocimientos sobre fútbol. La alegría por la segunda estrella (ya he reservado la camiseta con ella para el de doce, no está disponible hasta agosto) unió a todo el mundo en un simulacro de concordia y fraternidad. Y digo simulacro porque poco tardaron los habituales en agitar el espantajo de la fractura porque sin polarización no son nada: que si alguien entre el público había sacado una bandera de Israel, que si solo se ganan mundiales si gobierna el PSOE, que si Ferran Torres acapara vivienda, que si cómo jode que Nico Williams le regalara la medalla a su madre… No se libraba ni un crío de tres años, el hermano de Lamine Yamal, que nos había robado el corazón a todos con su salero, porque algunos no son capaces de ver nada más allá del color de su piel y politizan hasta sus cucamonas. Al final, la brecha generacional era esta otra: que a los doce nadie le estropea una alegría ni él tiene la malicia de politizar la de otros.

Hasta yo vi la final del Mundial. Dicho así, es como si me sintiera especial por hacer lo mismo que el país entero, pero es que no veo nunca el fútbol, así que sí era un poco especial. Tampoco veo el tenis. Ni el … tour. No veo ni las olimpiadas. El deporte en general no me interesa en absoluto. Y no lo digo orgullosa, sino resignada. Pero esta vez vi la final del mundial. Sin saber quién era ninguno de los chavales que salieron al campo y que me parecieron todos muy jóvenes. Hay un momento en la vida en que los jugadores de la selección española (como los médicos y los camareros que nos atienden) empiezan a ser más jóvenes que uno. Eso marca el punto de inflexión de una vida. Pero a lo que iba: vi el fútbol y lo vi por culpa de José Ignacio Wert, que dejó escrito que el mejor mundial de nuestras vidas es el que más cerca nos pilla de los 11 años de edad. Yo ya no tengo 11 años y, cuando los tenía, tampoco me gustaba el fútbol. Pero tengo cerca a un niño de doce (el más guapo, el más rubio y el más listo de todos los de 12 años), así que vi la final del mundial para que fuera el de mi vida por poderes y para no perderme el de la suya. Y valió la pena solo por ver su carita cuando Ferran Torres marcó el gol de la victoria. Durante todo el día nos habíamos cruzado por el pueblo con muchas camisetas de España (él mismo llevaba la suya puesta) y alguna de Argentina. Los bares habían sacado las teles a la calle y la gente se agolpaba desde bien pronto para ver el partido. En las tiendas que encontramos abiertas se habían agotado todos los colores rojo y amarillo de las pinturas para la cara. Solo quedaban sombreros (horribles) con la bandera española y algún banderín despistado. Se lanzaron fuegos artificiales para celebrar el triunfo. Todo el día, de la mañana a la noche, fue día de fiesta. Y, mientras el niño de 12 años sufría hasta el último momento y mordía, nervioso, el borde de una bandera de España, yo me venía arribísima al ver a Madonna con Ronaldo y Ronaldinho llegando al campo en ‘buggy’ como quien llega a la hora del desayuno a su hotel en Benidorm. Mientras él coreaba los nombres de los jugadores cada vez que tocaban el balón (Cucurella, Pedro Porro, Lamine Yamal, Cubarsí), yo lo hacía cuando aparecían famosos entre el público (Matt Damon, Mick Jagger, Adrien Brody, Timothée Chalamet). Se ve que la brecha generacional es esto. Me lo pasé bien, contra todo pronóstico, y sufrí cada patada de un argentino a un español como si fuera en la espinilla de un hijo propio. Hasta le grité algún improperio al árbitro (a la tele, en realidad) muy probablemente sin razón ninguna y a destiempo, de atender a mis conocimientos sobre fútbol. La alegría por la segunda estrella (ya he reservado la camiseta con ella para el de doce, no está disponible hasta agosto) unió a todo el mundo en un simulacro de concordia y fraternidad. Y digo simulacro porque poco tardaron los habituales en agitar el espantajo de la fractura porque sin polarización no son nada: que si alguien entre el público había sacado una bandera de Israel, que si solo se ganan mundiales si gobierna el PSOE, que si Ferran Torres acapara vivienda, que si cómo jode que Nico Williams le regalara la medalla a su madre… No se libraba ni un crío de tres años, el hermano de Lamine Yamal, que nos había robado el corazón a todos con su salero, porque algunos no son capaces de ver nada más allá del color de su piel y politizan hasta sus cucamonas. Al final, la brecha generacional era esta otra: que a los doce nadie le estropea una alegría ni él tiene la malicia de politizar la de otros.
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