A Gabriel García Márquez nunca le gustó que lo asociaran al “realismo mágico”. Cuando su nombre aparecía en letras grandes junto a esas dos palabras, encabezando una lista conformada por autores tan disímiles como María Luisa Bombal, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Laura Esquivel o Isabel Allende, el escritor colombiano esbozaba una mueca de amargura. Sentía que aquel concepto se había convertido en una etiqueta para encasillar su obra, una especie de muletilla superficial que despojaba a sus historias de las reflexiones políticas y culturales que él cifraba en torno a América Latina.
A un año del centenario de Gabriel García Márquez, el Festival Gabo recupera las críticas y reflexiones del escritor colombiano sobre el llamado realismo mágico y las debate con destacados narradores e intelectuales del siglo XXI
A Gabriel García Márquez nunca le gustó que lo asociaran al “realismo mágico”. Cuando su nombre aparecía en letras grandes junto a esas dos palabras, encabezando una lista conformada por autores tan disímiles como María Luisa Bombal, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Laura Esquivel o Isabel Allende, el escritor colombiano esbozaba una mueca de amargura. Sentía que aquel concepto se había convertido en una etiqueta para encasillar su obra, una especie de muletilla superficial que despojaba a sus historias de las reflexiones políticas y culturales que él cifraba en torno a América Latina.
“Dicen que yo he inventado el realismo mágico, pero solo soy el notario de la realidad”, afirmó en una entrevista concedida a EL PAÍSen diciembre de 1995. Durante décadas insistió en que la vida cotidiana dentro de Latinoamérica era tan interesante por sí misma que el gran reto de los escritores nacidos en el continente no era inventar, sino hacer más creíbles las cosas que les ocurrían todos los días. “Conozco gente del pueblo raso que ha leído Cien años de soledad con mucho gusto y con mucho cuidado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuento nada que no se parezca a la vida que ellos viven”, afirmó en El olor de la guayaba. Muy temprano por la mañana, cuando todavía no se sentaba a escribir, revisaba minuciosamente los periódicos para corroborar esta conjetura. Una vez se encontró con una noticia de Comodoro Rivadavia, en el extremo sur de Argentina, que relataba cómo los vientos del polo se habían llevado por los aires a un circo entero, de manera que al día siguiente los pescadores de la ciudad sacaron cadáveres de leones y jirafas en sus redes.
“El racionalismo de los lectores europeos les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos”, le dijo García Márquez en 1982 a Plinio Apuleyo Mendoza. Esa realidad que no se agota con René Descartes, él la llamó “pararrealidad”, y la imaginó compuesta por las interpretaciones del mundo que los latinoamericanos hacen a partir de sus mitos, leyendas, presagios y supersticiones.
Si dicha pararrealidad está incorporada al orden natural de las cosas, como creía Gabo, resulta inadecuado considerarla mágica. “Lo mío no es realismo mágico, sino realismo simple. Realismo puro y simple. Es copiado de la calle”, dijo el escritor a La Nación en mayo de 1984, defendiéndose de la etiqueta impuesta por los críticos. Y agregó, a raíz de los prodigios que abundan en sus textos, como las esteras voladoras y los pergaminos que profetizan el futuro: “Creo que a lo más que llego es a literaturalizarlo, no a caricaturizarlo. Es decir, le hago un añadido poético a la realidad y eso es absolutamente legítimo en literatura”.
El método científico de la poesía
El arte de añadir algo poético a la realidad tiene su ciencia. En García Márquez, la “literaturización” del mundo estaba motivada por el deseo del narrador de brindar a sus lectores “una lupa para interpretar mejor la realidad”. Por ejemplo, en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Gabo quería manifestar que Ulises estaba perdidamente enamorado de la protagonista.
Para ello, contó que el joven poseía la virtud de cambiar el color de todos los cristales que tocaba. Cuando la madre del personaje se percató del milagro, le dijo: “Esas cosas sólo sucederían por amor”. “Eso, como es obvio, no resulta en absoluto verosímil. Pero tanto se ha dicho ya sobre el amor que intenté expresar de otro modo que ese muchacho estaba enamorado”, explicó el escritor en octubre de 1982 durante una entrevista con la revista Playboy. “Tengo derecho a decir de otra forma lo que ya se ha dicho siempre sobre el amor: cómo cambia nuestras vidas, cómo lo trastoca todo en nuestras vidas”.
En numerosas ocasiones, el añadido poético era la consecuencia final de un largo proceso de investigación. En Cien años de soledad, la ocurrencia de Aureliano Babilonia sobre el exterminio de las cucarachas mediante el deslumbramiento solar surgió de la documentación previa que García Márquez hizo en torno a los métodos medievales para matar a los blátidos. El informe forense de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada se basa en una necropsia imaginaria que el escritor le pidió a Danilo Bartulín, un médico de verdad. La frase inicial de El amor en los tiempos del cólera, que menciona la correspondencia entre el olor de las almendras amargas y el destino de los amores contrariados, respeta rigurosamente las descripciones de los tratados de toxicología sobre el aroma del ácido cianhídrico, la misma sustancia que el personaje Jeremiah de Saint-Amour utiliza para quitarse la vida.
García Márquez no era, por lo tanto, un artista que dejaba la carga poética de sus historias al arbitrio de sus intuiciones, como lo afirmó Mario Vargas Llosa en 2017 durante un curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid. Era todo lo contrario: cada símbolo y recurso narrativo extraordinario estaba ligado a un análisis enciclopédico del entorno. De modo que, al escritor, el canto de las musas lo pillaba siempre bien informado.
Estirpes que se resisten al estereotipo la magia
Desde la publicación de Cien años de soledad en 1967, la etiqueta de realismo mágico, con su énfasis en lo exótico y la fantasía, parece centrarse solo en los curas que levitan con tazas de chocolate caliente, las vírgenes que ascienden al cielo envueltas en sábanas blancas y las mariposas amarillas que persiguen a los amores imposibles, olvidando que todo aquello acontece en un universo narrativo condicionado por la soledad y el poder, y en donde se libran guerras suscitadas por las diferencias políticas, se masacran a líderes sindicales y un pueblo es borrado de la faz de la tierra por la falta de solidaridad y el efecto devastador de las invasiones extranjeras.
Es por eso que, a un año del centenario de Gabriel García Márquez, el Festival Gabo recupera las críticas y reflexiones del escritor colombiano sobre el llamado realismo mágico y las debate con destacados narradores e intelectuales del siglo XXI. La programación, que va del 24 al 26 de julio y se lleva a cabo en toda Bogotá, incluye charlas como “Las estirpes condenadas a cien años de magia”, en la que la editora Pilar Reyes (Colombia) y el periodista Héctor Feliciano (Puerto Rico) conversarán con las escritoras Piedad Bonnett (Colombia) e Yvonne Adhiambo Owuor (Kenia) acerca de las narrativas del sur global y su base de realidad histórica, económica y cultural más allá de los estereotipos.
El Festival Gabo, que este año llega a su decimocuarta edición, también explorará otros temas que atraviesan la obra de García Márquez como la memoria, la imaginación y el poder transformador de las historias. Para dialogar sobre esas relaciones, estarán los escritores Pol Guash (España), JS Tennant (Reino Unido), Marcos Giralt (España), las periodistas argentinas Leila Guerriero, Jordana Timerman y Juana Libedinsky, y el documentalista brasileño Caio Cavechini. En un 2026 lleno de tantos conflictos sociales y políticos, el legado de Gabriel García Márquez y su festival se resisten a los lugares comunes del periodismo, la literatura y la latinoamericanidad, y proponen una agenda para estimular el pensamiento crítico. Una nueva y arrasadora utopía donde importe más el realismo que la magia.
EL PAÍS
