Qué placer da abrir la fantástica Todos mis pecados y la mitad de mi dolor y encontrarse con un dramatis personae que sitúa y relaciona a los más de cuarenta personajes que habitarán esta novela de 379 páginas. Más allá de cumplir con las expectativas narrativas de ese ambicioso esquema, la fórmula de apellidos compuestos usada en distintas dinastías —Guzmán Espinosa/ Sánchez Rueda / Sánchez López o Cabrera Sánchez, entre otros— podría llevar a cierta confusión primeriza por sobredosis de ramificaciones de Sánchez, pero al poco se entenderá que ese juego de identificaciones comunes pero con combinación distinta es otra maravillosa jugada en la segunda ficción de Elena Medel. Son más de 40 personas y objetos clave, sí, pero al finalizarla serán inolvidables.
Qué placer da abrir la fantástica Todos mis pecados y la mitad de mi dolor y encontrarse con un dramatis personae que sitúa y relaciona a los más de cuarenta personajes que habitarán esta novela de 379 páginas. Más allá de cumplir con las expectativas narrativas de ese ambicioso esquema, la fórmula de apellidos compuestos usada en distintas dinastías —Guzmán Espinosa/ Sánchez Rueda / Sánchez López o Cabrera Sánchez, entre otros— podría llevar a cierta confusión primeriza por sobredosis de ramificaciones de Sánchez, pero al poco se entenderá que ese juego de identificaciones comunes pero con combinación distinta es otra maravillosa jugada en la segunda ficción de Elena Medel. Son más de 40 personas y objetos clave, sí, pero al finalizarla serán inolvidables. Seguir leyendo
Qué placer da abrir la fantástica Todos mis pecados y la mitad de mi dolor y encontrarse con un dramatis personae que sitúa y relaciona a los más de cuarenta personajes que habitarán esta novela de 379 páginas. Más allá de cumplir con las expectativas narrativas de ese ambicioso esquema, la fórmula de apellidos compuestos usada en distintas dinastías —Guzmán Espinosa/ Sánchez Rueda / Sánchez López o Cabrera Sánchez, entre otros— podría llevar a cierta confusión primeriza por sobredosis de ramificaciones de Sánchez, pero al poco se entenderá que ese juego de identificaciones comunes pero con combinación distinta es otra maravillosa jugada en la segunda ficción de Elena Medel. Son más de 40 personas y objetos clave, sí, pero al finalizarla serán inolvidables.
Si en Las maravillas (Anagrama, 2020) la cordobesa se hizo con el premio Francisco Umbral y quince traducciones exponiendo el deformado espejismo de prosperidad que ofrece esa idea —tan geográfica como económica— de ‘capital’ en tres mujeres de clase trabajadora y genealogía andaluza, en Todos mis pecados y la mitad de mi dolor —gran título que se justificará en las últimas páginas—, Medel, ahora en Seix Barral, ha creado un finísimo retrato de una España decadente sin necesidad de pasar por Madrid. He aquí la gran novela de provincias contemporánea que necesitábamos, como si las radiografías de la podredumbre del poder de Rafael Chirbes y las postales de opresión femenina de Carmen Martín Gaite hubiesen tenido una hija listísima.
Con una prosa sutil pero cargada de dardos, estructurada en capítulos cortos y narrada casi en su totalidad por un personaje cuya (tremenda) historia personal descubriremos a mitad de la trama, la historia transcurre entre 2003 y 2004 en un campus de Filología Inglesa adscrito a la Ramón y Cajal en una localidad sin nombre y tan poco crucial que ni siquiera está en la capital de la región. Esa universidad construida en la Transición en la periferia de la periferia es el escenario en el que el heredero de una poderosa saga familiar, Don Jesús Guzman Espinosa, catedrático experto en literatura romántica y en la obra de Lord Byron, evitará a toda costa, y a pesar de que roza ya la setentena, asumir su jubilación. Es en esa urbe cuya endogamia nepótica ha llevado a sus vecinas a preguntarse por qué no está regida “por hombres y mujeres con sordera, labio leporino o dedos de más y menos” donde Medel convierte en gran literatura lo ordinario de un sitio en el que a simple vista nada se cuece.
Por estas páginas transitan, entre muchos otros, un hijo huevón que se cree escritor; diversos catedráticos y catedráticas hijos de otros catedráticos; protegidos e investigadores sin sueldo fijo de (¡sorpresa!) origen obrero que, animalitos, creyeron en la milonga meritocrática; una hermana que se metió a monja pero colgó el hábito para controlar las cenas de su sobrino, una perspicaz estudiante de 17 años de los bloques del extrarradio con el eyeliner demasiado grueso, el clásico vividor a costa del contribuyente y muchas administrativas que ordenan el cosmos de sus jefes inútiles pero viven en tierra de nadie. Nadie diría que ese entorno sin aparentes giros de guion, donde todo viene hecho, podría dar para calarnos tanto, pero Medel sabe que es en esa monótona ranciedad, en ese punto estancado del mapa al que nadie prestá atención, donde se erige la viva radiografía de lo que en la jerga de redes se apoda, acertadamente, como Españita.
Qué precisa resulta esta mirada contemporánea a una vida enfangada en el tedio de la rutina y en la hipervigilancia entre las familias de siempre, las que no son aristocracia pero se creen señorío pese a su Sánchez del DNI. Si Chirbes tomó el bum del ladrillo para narrar nuestra decadencia, Medel apunta a la institución más supuestamente inmaculada de todas, la que nadie cuestionó porque igualaría socialmente a los hijos de la democracia española. Nacida en el 85, y posiblemente con mucho conocimiento de causa, la también poeta y fundadora de La Bella Varsovia parte de esa supuesta burbuja de conocimiento en la que nos harían mejores sin importar la clase y la cuna para confirmarnos que ahí dentro, como en otros tantos sitios, todo funciona igual que afuera. No miente Bravo, uno de los personajes, cuando dice que un político de esa ciudad le advirtió de que se debe cuidar todo como se conoce para mantener el orden, para que nada cambie. Y todo transcurre contemplando el destino de una cadena trófica de hombres imbéciles, viles e idiotas. Mientras, a las mujeres que les orbitan, tan eficientes como hastiadas, solo les queda pensar acertadamente que “pocas cosas tan tristes como un tonto actuando como si fuera listo”.
Qué desasosiego da leerla, pero no se la pierdan, además de salir a librerías con ocho traducciones vendidas, es una de las grandes novelas del año.
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