“Al final, la voz es el alma. El sonido del alma. Por más técnica que estudies… Hay veces que estás en el escenario y se dan ciertas situaciones y hay algo que fluye. Es hasta místico”. A la soprano Sara Blanch (Tarragona, 37 años) no es que le cueste hablar del gran año que atraviesa, en el cual ha debutado en la Ópera de París (Un ballo in maschera, junto a la mismísima Anna Netrebko, en enero) y en el Teatro Real de Ópera de Londres (La hija del regimiento, junto al mismísimo Juan Diego Flórez, en julio) y regresado con grandes producciones a La Scala (Peleas y Melisande en mayo, dirigida por el mismísimo Romeo Castellucci) y al Liceu (Las bodas de Fígaro en junio). Logros mayúsculos en los coliseos más exigentes del mundo que confirman lo que tantos en este negocio piensan desde hace tiempo: que Blanch es un talento torrencial en la actual ópera española y que le espera, si no lo tiene ya, un gran hueco en la escena internacional. Sin embargo, son cosas tangibles, terrenales, y esta mujer de sonrisa dulce y tímida, al menos esta tarde en este salón del hotel Palace de Barcelona, se explaya más, parece más cómoda cuando se habla de algo más intangible: sí, está su voz, su gran voz de soprano lírica ligera, capaz de generar agudos coloridos y prodigiosos. Pero donde está su voz, está su alma.
“Al final, la voz es el alma. El sonido del alma. Por más técnica que estudies… Hay veces que estás en el escenario y se dan ciertas situaciones y hay algo que fluye. Es hasta místico”. A la soprano Sara Blanch (Tarragona, 37 años) no es que le cueste hablar del gran año que atraviesa, en el cual ha debutado en la Ópera de París (Un ballo in maschera, junto a la mismísima Anna Netrebko, en enero) y en el Teatro Real de Ópera de Londres (La hija del regimiento, junto al mismísimo Juan Diego Flórez, en julio) y regresado con grandes producciones a La Scala (Peleas y Melisande en mayo, dirigida por el mismísimo Romeo Castellucci) y al Liceu (Las bodas de Fígaro en junio). Logros mayúsculos en los coliseos más exigentes del mundo que confirman lo que tantos en este negocio piensan desde hace tiempo: que Blanch es un talento torrencial en la actual ópera española y que le espera, si no lo tiene ya, un gran hueco en la escena internacional. Sin embargo, son cosas tangibles, terrenales, y esta mujer de sonrisa dulce y tímida, al menos esta tarde en este salón del hotel Palace de Barcelona, se explaya más, parece más cómoda cuando se habla de algo más intangible: sí, está su voz, su gran voz de soprano lírica ligera, capaz de generar agudos coloridos y prodigiosos. Pero donde está su voz, está su alma. Seguir leyendo
“Al final, la voz es el alma. El sonido del alma. Por más técnica que estudies… Hay veces que estás en el escenario y se dan ciertas situaciones y hay algo que fluye. Es hasta místico”. A la soprano Sara Blanch (Tarragona, 37 años) no es que le cueste hablar del gran año que atraviesa, en el cual ha debutado en la Ópera de París (Un ballo in maschera, junto a la mismísima Anna Netrebko, en enero) y en el Teatro Real de Ópera de Londres (La hija del regimiento, junto al mismísimo Juan Diego Flórez, en julio) y regresado con grandes producciones a La Scala (Peleas y Melisande en mayo, dirigida por el mismísimo Romeo Castellucci) y al Liceu (Las bodas de Fígaro en junio). Logros mayúsculos en los coliseos más exigentes del mundo que confirman lo que tantos en este negocio piensan desde hace tiempo: que Blanch es un talento torrencial en la actual ópera española y que le espera, si no lo tiene ya, un gran hueco en la escena internacional. Sin embargo, son cosas tangibles, terrenales, y esta mujer de sonrisa dulce y tímida, al menos esta tarde en este salón del hotel Palace de Barcelona, se explaya más, parece más cómoda cuando se habla de algo más intangible: sí, está su voz, su gran voz de soprano lírica ligera, capaz de generar agudos coloridos y prodigiosos. Pero donde está su voz, está su alma.
De niña, Blanch cantaba en la coral de su pueblo, Darmós (96 habitantes), en Tarragona, que dirigía su padre. Su madre acompañaba al piano. Al poco, Blanch estaba haciendo los solos; al poco, su potencial quedó manifiesto más allá del Gloria y el Santo. “En el colegio, cuando tenía ocho años, me escucharon cantar [la canción popular La filadora] y una maestra me dijo: ‘A esta joven la tienen que escuchar’. Y me pasó de clase a clase a cantar”. Tenía ocho años. Quiso entrar, cómo no, en algún concurso televisivo (“cantar moderno”, lo llama a veces en la entrevista), pero sus padres la enfocaron a algo más serio. A los 14 años, decidió que se centraría en la ópera. Estudió en el conservatorio de Sabadell con Elisenda Cavero y en la Escuela Superior de Música de Cataluña con Enedina Lloris.

A los 24, en 2013, todo empezó a acelerarse. Aquel año debutó en el festival rossiniano de Pésaro con Il viaggio a Reims. En 2014 ganó el Concurso Internacional Montserrat Caballé, un año después que la superestrella estadounidense Nadine Sierra. En 2016 ganó el Concurso Viñas y ese fue el punto de inflexión: para 2017, ya tenía la agenda llena. Debutó en el Liceu de Barcelona (Thais) y en el Teatro Real de Madrid (El gallo de oro). Empezó a curtirse en papeles de virtuosa secundaria (Marie en La hija del regimiento, de Donizetti; Eurídice en Orfeo y Eurídice, de Gluck; Zerlina en Don Juan, de Mozart). Pero también en roles de estrella: Amina en La sonámbula, de Bellini; Susanna en Las bodas de Fígaro, de Mozart; Gilda en Rigoletto, de Verdi; Lucía de Lammermoor, de Donizetti. Cada oportunidad se convertía en un nuevo triunfo. La demanda se agigantaba y ella la fue llenando como un líquido en un recipiente: cada rol era un nuevo éxito, cada oportunidad la antesala de más oportunidades.
Esta es la parte de la historia que cuentan otros. El mítico Laurent Pelly, que la dirigió en Il turco in Italia en 2023 y este año en Londres, dice: “Además de una voz deslumbrante, posee una gran inteligencia teatral y un encanto escénico excepcional”. Nicola Luisotti la dirigió en Un ballo in maschera en Madrid en 2020: “Me pareció una chica muy lista con un talento increíble. Estoy muy orgulloso de ella. Es una cantante extraordinaria. No estoy sorprendido para nada que tenga esta carrera”. Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real: “Para mí, no hay duda de que Sara Blanch es una de las mejores sopranos del mundo en este momento. Lo que hizo en el Teatro Real con el personaje de Aspasia de Mitridate, re di Ponto, de Mozart, en 2025, una de las partituras más tremendas que se han compuesto para la voz de soprano, fue sencillamente asombroso. Es una de las grandes en el ámbito internacional y una de las mejores cantantes españolas de la historia reciente”.

Donde hay talento debe haber esfuerzo. Blanch tiene una disciplina de trabajo granítica, más aún de la que pide de por sí la ópera, que obliga a afrontar lo más duro del teatro con lo más exigente de la música culta. “Y en la ópera lidera la música”, matiza Marta Pazos, quien ha dirigido a Blanch en Las bodas de Fígaro en el Liceu. “A veces como espectadora, no como directora, he visto grandes cantantes a los que les cuesta más la parte interpretativa. Pero Sara siempre tiene unos aportes al personaje. En los actores es habitual, pero en los intérpretes de lírica menos”.
Blanch empieza el proceso mucho antes de los ensayos, antes incluso de donde se suele empezar la preparación de un papel operístico. “Hay gente que, cuando debuta en un papel, contrata a un repertorista [pianista al que se paga por horas para preparar el papel de forma privada]”, explica en su característico tono, entre la dulzura y la solemnidad. “A mí me gusta, primero, trabajarlo yo sola para tener algunas ideas, porque si vas directamente con el pianista, como no sabes nada al principio, él o ella te va a dar todas las indicaciones. Prefiero haber aprendido el rol antes. Si me dan otras ideas, puedo contrastar y ver si me sirve lo que me dicen. Es importante interiorizar el rol”.

Solo entonces, Blanch se entrega a los ensayos. Hasta el punto de que, cuando la jornada acaba, ella la prolonga: “Para mí es importante el tiempo en casa para repasar lo que he hecho durante el día”, dice. “Así, cuando llegas al ensayo al día siguiente ya tienes algo más interiorizado. Cuando hay mucho ensayo, muchas horas cada día, es complicado encontrar ese espacio: también necesitas descansar. Prefiero hacer menos horas de ensayo, o que las junten y que quede una parte del día para dedicarlo al estudio”.
Quizá sea una desventaja dedicarle a un papel más tiempo que los demás. Sobre todo cuando uno tiene que saltar de un teatro extremadamente exigente a otro. Blanch ha aprendido a controlarlo. “Cuando empiezo una producción, al principio me centro mucho en ella, me olvido de todo lo demás. Cuando ya llevamos unos días de ensayo, tenemos más o menos la escena construida y musicalmente ya hay una dirección, entonces empiezo a coger otras obras y voy alternando”. El truco para ella, y lo asombroso para sus colaboradores, es que no para. Así, París, Milán, Barcelona y Londres en seis meses. Así, Verdi, Debussy, Mozart y Donizetti.
—¿Ha descubierto ya el máximo de producciones que puede abarcar en un año?
—Ni lo he calculado ni lo he pensado. Es sobre la marcha que voy aprendiendo. Nunca he pensado si soy capaz o no. Está ahí y tengo que hacerlo, sea como sea.

Hay talento y hay esfuerzo: por eso el primer término del viaje profesional de Blanch, esta ascensión hacia la cima, ha sido tan fructífero y estimulante. De no haber sido así, habría sido casi imposible afrontar el segundo término, ese al que uno llega solo cuando ha alcanzado lo inalcanzable y llega la pregunta de qué sentido tiene todo eso; tantos años fuera de casa, cambiando de gente y de maletas, tantos aplausos de desconocidos tan lejos de la familia. “Y para mí la familia es superimportante. Siempre busco días libres para venir al pueblo”, explica. Si donde está la voz está su alma, ¿qué efecto tiene todo esto para el alma?
Esta es la parte de la historia que cuenta ella.
Blanch empezó a pensar en el precio que tenía su currículo precisamente en una de las cimas de su carrera, a las puertas de su debut en La Scala de Milán, el gran templo de la ópera mundial, en septiembre de 2024, como Tibrino en L’Orontea, de Cesti. Aquí, el tono solemne y dulce se agrava sutilmente, se vuelve un poco confesional. “El primer día de ensayo… Me acuerdo de que el día antes —suelo llegar al apartamento que me dan el día antes de empezar a ensayar— hablé con mis padres y me dijeron: ‘Tu abuela no está muy bien’. Bueno, espero que aguante hasta que llegue a casa: después de La Scala me iba a casa para pasar unos días con ellos. Mi padre dijo: ‘No lo sé’. Me quedé como confiada. No sabes pero sí, ¿no? Al día siguiente, a las siete de la mañana de mi primer día de ensayo, me encuentro tres llamadas perdidas de mi padre. Y mi padre también es mucho de su trabajo y de sus cosas, para que él me llame… Ya vi que algo no iba bien. Pues mi abuela había fallecido. [Pausa larga] Eso me marcó mucho porque… Algo que tanto había esperado, ¿no? Vas a debutar en un teatro importante y pierdes a una de las personas más importantes de tu vida. Mi abuela a mí me crio, en mi pueblo cuando mis padres iban a trabajar, nosotras dos, mi hermana y yo, estábamos en casa de mis abuelos. Bueno. Tuve que ensayar aquel día, me cogí un avión por la tarde, un tren, fui al entierro y luego volví a ensayar».
—¿Deshaciendo el mismo camino?
—Al día siguiente. Soy bastante creyente, muy espiritual, y hubo una parte de mí que pensó: pues mi abuela quería estar en La Scala conmigo también. Y que de alguna forma ya me la llevaba conmigo en toda esa experiencia. [Pausa] Con estas cosas, quizá en el momento eres capaz de superar la situación, de seguir adelante. Pero después… El mismo año, unos meses antes, había perdido a mi padrino, bastante joven. Entonces por suerte estaba haciendo una producción en Barcelona y pude estar presente en todo el proceso. Pero luego te das cuenta de que estas cosas te las vas llevando. Me ha costado un par de años. En esto sí que te das cuenta de que estás solo. Quizá si estás allí, con toda la familia, vais tirando para adelante todos juntos, os vais viendo. Eso sería otra cosa. Pero cuando vas viajando tanto, cada mes y medio cambias de apartamento, de lugar, de gente, me pasaba que cada vez que llegaba a un sitio volvía a llorar. Como si pasar el duelo fuera cada vez, cada vez, cada vez. Hasta que hubo un momento que dejé de llorar. O, bueno, dices, esta vez he llorado menos. Como si eso me hubiera hecho darme cuenta de la complejidad. Porque si te pones a analizar lo de pasar tanto tiempo fuera, el coste, lo que quiero… Por más que te guste lo que haces, te pone un poco en duda.

—¿Llegó a alguna conclusión?
—Había momentos de: bueno, hago esto y luego ya paro. Pero vale, paras y ¿qué haces? Al final esto es mi vida. Quizás es encontrar el equilibrio. Ahora soy muy consciente de que estoy en este momento full. Es así. Ahí voy. He recuperado todas mis fuerzas. Pero sí se ha unido más esa parte más humana, más real, de vida, que ha hecho que lo que hago sea también más real.
—Si el coste es tan alto, ese algo debe tener valor.
—Si estoy aquí y no estoy allí, entonces tengo que darlo todo aquí. No lo hago a medias. No estamos para tonterías.
EL PAÍS
