El silencio, como todo lo humano, tiene una historia. Y esa historia solo puede escribirse con palabras. Esta paradoja es la que lleva a Lola Pons, filóloga y catedrática en la Universidad de Sevilla, a escribir y a pensar sobre lo que ocurre cuando dejamos de hablar. Si nos pusiéramos aristotélicos, casi podríamos afirmar que el ser humano no es solo un animal que habla, sino también un animal que calla. Entre ambos extremos, entre el decir y el no decir, se expresa algo más que una alternancia acústica: lo que se pone en juego son las infinitas formas en las que puede declinarse la humanidad, con sus oportunidades, grandezas, miserias y servidumbres. De algún modo, y esto también puede decirse con Aristóteles en la mano, no hay nada que exprese mejor el poder y la soberanía que administrar lo que puede y lo que no puede decirse.
El silencio, como todo lo humano, tiene una historia. Y esa historia solo puede escribirse con palabras. Esta paradoja es la que lleva a Lola Pons, filóloga y catedrática en la Universidad de Sevilla, a escribir y a pensar sobre lo que ocurre cuando dejamos de hablar. Si nos pusiéramos aristotélicos, casi podríamos afirmar que el ser humano no es solo un animal que habla, sino también un animal que calla. Entre ambos extremos, entre el decir y el no decir, se expresa algo más que una alternancia acústica: lo que se pone en juego son las infinitas formas en las que puede declinarse la humanidad, con sus oportunidades, grandezas, miserias y servidumbres. De algún modo, y esto también puede decirse con Aristóteles en la mano, no hay nada que exprese mejor el poder y la soberanía que administrar lo que puede y lo que no puede decirse. Seguir leyendo
El silencio, como todo lo humano, tiene una historia. Y esa historia solo puede escribirse con palabras. Esta paradoja es la que lleva a Lola Pons, filóloga y catedrática en la Universidad de Sevilla, a escribir y a pensar sobre lo que ocurre cuando dejamos de hablar. Si nos pusiéramos aristotélicos, casi podríamos afirmar que el ser humano no es solo un animal que habla, sino también un animal que calla. Entre ambos extremos, entre el decir y el no decir, se expresa algo más que una alternancia acústica: lo que se pone en juego son las infinitas formas en las que puede declinarse la humanidad, con sus oportunidades, grandezas, miserias y servidumbres. De algún modo, y esto también puede decirse con Aristóteles en la mano, no hay nada que exprese mejor el poder y la soberanía que administrar lo que puede y lo que no puede decirse.
La profesora Pons es historiadora de la lengua, pero su aproximación a las palabras, por fortuna, no es puramente teórica. Retomando una distinción de Wittgenstein, quien, por cierto, aparecerá referido en el texto, el libro muestra y hace aquello que dice. El punto de partida del ensayo es contraintuitivo, y quizá por eso resulta tan fascinante: cualquiera tendría la impresión de que el silencio es una ausencia, una nada metafísica, un vacío sobre el que poco o nada puede añadirse. Hablar o escribir sobre el silencio es tan paradójico como intentar iluminar la oscuridad, pero resulta interesante comprobar que una de sus exigencias es que siempre requiere ser nombrado. Dicho de otro modo: las formas en las que experimentamos el silencio están siempre cultural o lingüísticamente intervenidas, lo que nos permite rastrear su huella desde el origen de la lengua española hasta nuestros días. Es posible que nunca podamos conocer la realidad del todo, pero sí podemos examinar las distintas maneras en que la nombramos. Con eso ya le habremos ganado algo de terreno a nuestra ignorancia.

Del mismo modo que no puede existir ningún lenguaje privado, los significados que adquiere el silencio se forjan siempre en un contexto comunitario. Cada lengua impone una semántica propia, y cada cultura arbitra distintos métodos para mandar callar. Sobre todo, lo advierte con precisión la autora, a las mujeres. La palabra se suspende, se prohíbe, se oculta y se condena de formas diferentes, y en este ensayo descubrimos que no siempre hemos guardado silencio del mismo modo. Lola Pons, bien lo saben los lectores de sus columnas en este diario, es una erudita que sabe servirse de ejemplos pertinentes para desmontar, con sorpresa, algunas de nuestras certezas. Por eso resulta tan fácil recorrer de su mano la historia de nuestra lengua. La sucesión de esos ejemplos, testimonios históricos y referencias culturales sirve, además de para satisfacer la curiosidad del lector, para enmendar algunos prejuicios que creíamos asentados sobre el silencio.
El dedo en los labios nos recuerda cuáles fueron los nombres de los dioses que invocaban el silencio, y nos descubre por qué atribuimos a un ángel, a Hermes o a Mercurio, esos segundos sin palabras que se cuelan en nuestras conversaciones. También nos permite constatar que, en nuestra tradición, leímos con la boca cerrada, y nos hace tomar conciencia de que aprender a callar y callarse es también —o, sobre todo— aprender a elegir. Hubo un tiempo en el que el silencio no tuvo nombre, y pronto, al menos en su origen, quedó circunscrito al ámbito religioso. El silencio puede ser una terapia, un castigo o una bendición, y la ausencia de voz, en no pocas ocasiones, puede anunciar, y hasta denunciar, una forma de violencia.
El libro está escrito por una reputada experta, pero atañe a cualquier hablante con una sana curiosidad por las palabras. De hecho, de este libro puede predicarse la mejor de las virtudes: es un texto que no deja de enseñar. En sus páginas aprendemos cómo se llama el ruido que hacen los grillos con las alas, cuáles fueron las intenciones de John Cage al concebir su extravagante partitura sin sonidos, y cuál es la etimología de la omertà que imponen los mafiosos; incluso habrá tiempo para carcajearse —¡a voz en grito!— del absurdo idioma al que a veces traducimos las películas.
Este ensayo nos demuestra que no existe una forma natural de guardar silencio, y tal vez por eso siempre cabe interrogarse sobre su valor político, moral y cultural. Alain Corbin nos enseñó que hay muchos modos de acercarse a la historia del silencio. Pero Lola Pons ha escogido, en mi opinión, uno de los más bellos. A poco que a uno le interesen las palabras y su contrario, es fácil reconocer que El dedo en los labios es un libro lleno de gracia y rigor.

Lola Pons
Taurus, 2026
280 páginas. 20,90 euros
EL PAÍS
