No hace mucho compré un libro de cuentos de Alejo Carpentier: Guerra del tiempo y otros relatos. Lo empecé a leer con ganas y cuando iba por la mitad me di cuenta de un pequeño detalle: ya lo había leído. Es más, ya lo tenía por casa. En mi descargo diré que era una edición diferente y la portada estaba en otro color, en lo que entiendo que fue una trampa que la editorial me tendió personalmente.
Olvidar las novelas y ensayos que leemos resulta habitual y, dependiendo del texto, hasta sano
No hace mucho compré un libro de cuentos de Alejo Carpentier: Guerra del tiempo y otros relatos. Lo empecé a leer con ganas y cuando iba por la mitad me di cuenta de un pequeño detalle: ya lo había leído. Es más, ya lo tenía por casa. En mi descargo diré que era una edición diferente y la portada estaba en otro color, en lo que entiendo que fue una trampa que la editorial me tendió personalmente.
Me he acordado al ver un tuit que escribió el pasado sábado @elenadesaa1999. Comparte una idea similar (con un considerable entusiasmo expresivo): “¿PODEMOS ??? NORMALIZAR ??? LEER UN LIBRO ??? Y NO RECORDAR ??? ABSOLUTAMENTE NADA ??? DE LO QUE PASÓ EN ÉL ???”.
El tuit suma centenares de respuestas (OBVIAMENTE!!!): algunas comentan el daño que han hecho las redes sociales a nuestra capacidad de atención; otras hablan de posibles problemas neurológicos si tomamos al pie de la letra el “absolutamente nada” y unas cuantas recuerdan que, pese al énfasis del tuit, eso de leer y olvidarse de lo leído no solo está normalizado, sino que resulta normal.
Tengo buena memoria (excepto para las caras), pero he comprado el mismo libro dos veces en más de una ocasión. También lo he sufrido con alguna película: he comenzado a verla convencido de que era la primera vez, hasta que al cabo de un buen rato me he dado cuenta de que no, de que era la segunda. Hay pequeños consuelos: una de esos filmes fue Dos buenos tipos,que quizás no sea memorable, al menos para mí, pero sí muy divertida (la volví a ver entera).
Es tan normal, dentro de lo que cabe, que ya escribí un artículo sobre este asunto en 2020. De hecho, he copiado ese titular, confiando en que nadie se acordaría. Para escribir aquel texto, hablé con el neurocientífico Ignacio Morgado, autor de El espejo de la imaginación, y con la profesora de Psicología en la UNED Raquel Rodríguez Fernández. Me contaron que en nuestros recuerdos influyen varios factores (aparte de si tenemos buena o mala memoria). De entrada, las emociones. No solo si el libro nos ha tocado, divertido o impactado, sino también si lo leímos durante un viaje o si nos lo regaló alguien querido. Recordamos más y mejor si leemos poco a poco y con pausas que si nos tragamos el volumen en un par de sentadas. Y si usamos esa información: por ejemplo, si es un libro que consultamos a menudo. El de Carpentier no me lo regaló nadie, es corto y se lee en nada, y no lo he consultado ni para este artículo. Normal que haya vuelto a olvidar todos los relatos.
Otro factor importante es nuestra atención. Y aquí tienen sentido los tuits que mencionan las trabas a la lectura y a la concentración que pueden suponer las redes sociales y el móvil. Dejar de leer cada tres líneas para echar un vistazo a una notificación o porque los vídeos de 15 segundos nos han frito el cerebro no es la mejor forma de seguir una novela. Para esto no existen soluciones fáciles, aparte de algunos parches como desactivar todas las notificaciones o (¿por qué no?) desinstalar las apps de redes sociales.
Pero, además de todo ello, necesitamos olvidar. Hay que podar detalles irrelevantes que nos paralizarían, como le ocurre a Funes el memoriosoen el cuento homónimo de Borges, que lo recuerda absolutamente todo: “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. Olvidar tiene incluso ventajas, aunque pueda resultar frustrante estar hablando con amigos de algún libro y no poder recordar de qué iba, aunque sí nos acordemos de la librería donde lo compramos y de la estantería en la que está guardado (me pasó el martes con Esto no está bien, de Irene Márquez, que compré hace unos años en La Llama, en Barcelona).
Otra ventaja de olvidar incluso las obras que nos han gustado es que así tenemos una excusa para releer y comprobar qué nos parece el mismo texto años más tarde. ¿Nos fijaremos en otras cosas? ¿Nos enfadaremos con nuestro yo del pasado por haber leído tan mal? ¿O, al revés, con nuestro yo del presente por ser incapaz de hacerlo tan bien como antes? Eso sí, en mi caso prefería que esta relectura tuviera lugar, en la medida de lo posible, sin tener que comprar otra vez el mismo libro.
EL PAÍS
