Hay un chaval de 14 años de Canterbury que canta y toca la guitarra que desde hace una semana ocupa casi toda mi carpeta de Instagram llamada “felicidad”. Cuando estoy triste, lo busco. Cuando estoy alegre, lo busco. Cuando quiero escuchar música, me pongo sus vídeos en bucle. El algoritmo me trajo a @axelpower_mp3 cantando Here, there and everywhere de los Beatles con su guitarra eléctrica y a los pocos minutos ya llevaba horas sumergida en su perfil. Tiene una versión de Everybody wants you de Jeff Buckley que ojalá durase toda la vida, aunque parezca impropio hablar de Internet y belleza.
Quizá el problema no sea Internet, sino haber dejado que nos llevara hacia los escombros
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Quizá el problema no esté en las redes, sino en haber dejado que nos arrastrara hacia los escombros
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Hay un chaval de 14 años de Canterbury que canta y toca la guitarra que desde hace una semana ocupa casi toda mi carpeta de Instagram llamada “felicidad”. Cuando estoy triste, lo busco. Cuando estoy alegre, lo busco. Cuando quiero escuchar música, me pongo sus vídeos en bucle. El algoritmo me trajo a @axelpower_mp3 cantando Here, there and everywhere de los Beatles con su guitarra eléctrica y a los pocos minutos ya llevaba horas sumergida en su perfil. Tiene una versión de Everybody wants you de Jeff Buckley que ojalá durase toda la vida, aunque parezca impropio hablar de Internet y belleza.
Cada vez nos duelen más sus males, la dictadura del algoritmo y su homogeneización del mundo. Pero cuando las redes dejan de insistir en que me gusten las recetas de cocina, las chicas haciendo deporte o los “divulgadores” que analizan las crisis humanitarias en un minuto, aparecen personas que celebro como si fueran hallazgos fortuitos. Es una ilusión, claro, detrás hay millones de cálculos y señores millonarios, pero, de vez en cuando, aparece alguien o algo que nunca habría sabido buscar. Y entonces Internet se parece más al asombro que al consumo. Hace poco vi un vídeo de un tipo que explicaba de dónde venía el lema “no hay más vencedor que Alá” de La Alhambra y pensé en si un algoritmo podía conmoverme, hacerme aprender, transformarme en quién soy gracias o por culpa de él.
Nunca pisé una tienda de discos —lo siento—. Mi canon cultural me lo dieron mi padre, la biblioteca Gloria Fuertes, algunas amigas y el mecanismo de YouTube, Twitter e Instagram. Fue allí donde me obsesioné con el concierto de los Beastie Boys en Glasgow en 1999 o con cualquier contenido relacionado con Genesis P-Orridge. Encontré mi amor por la filosofía, no en el instituto, donde jamás me hablaron de ella, sino en Twitter, cuando se hizo viral un fragmento de Tatuaje y sentí un flechazo por María Zambrano, por cómo hablaba de los ojos de una vaca, porque en toda la entrevista José-Miguel Ullán no paró de encenderle cigarrillos. Siento que lucho contra la máquina cuando me obligo a que permanezcan en mi memoria los instantes de los directos de El Museo del Prado en Instagram, el Coro Minero de Turón cantando En el pozo María Luisa o ese alumno del IES Rosario Acuña en Gijón que pide que no se elimine la asignatura Griego II.
“Lo más importante del mundo está en Internet. Y si no está, no nos importa”, decía la cabecera de Ciberlocutorio. Anna Pacheco y Andrea Gumes entendieron antes que muchos que Internet no era solo una herramienta, sino un lugar desde el que mirar el mundo y producir cultura, de entender sus lenguajes y sus conflictos. El cierre del podcast coincide con un momento en que la Red está cada vez más colonizada por la inteligencia artificial y publicaciones diseñadas para optimizar métricas. La teoría del internet muerto ya no es sólo una conspiración, somos conscientes de que navegamos entre simulacros y hemos decidido despreciar cualquier cosa que venga de Internet, como si Internet no siguiera formando parte de nuestra realidad.
Si hemos dejado de confiar en Internet es porque también hemos dejado de imaginar que pudiera servir para otra cosa. El filósofo Toni Navarro me habló una vez de la “xenofilia algorítmica” que nos permite salir de los filtros burbuja y nos empuja hacia lo extraño, hacia los descubrimientos improbables. Quizá el problema no sea que existan algoritmos, sino que hayamos renunciado a exigirles que nos contradigan, que nos descoloquen, que no nos dejen caer en los escombros.
Las horas invertidas en redes sociales no equivalen al número de descubrimientos que una hace en ellas. El problema no es que las redes me conozcan demasiado, sino que me conozcan para fines distintos a los que tengo. No quieren ampliar mi cultura y conocimiento (no son un librero), quieren prolongar mi atención y hacer que compre cosas. Todo es estéril, irónico, cutre, fatal en la cultura del reel. Pero entre el contenido replicado y la basurilla digital, hay un adolescente de Canterbury tocando a los Beatles al que observo, likeo y comparto con la idea de poder verlo alguna vez en directo sin que una pantalla medie entre su voz y mis oídos.
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