Y el póster se descolgó de la pared y se plantó sobre el escenario. La figura sobria de siempre, su elegancia casi estática, trajeada en oscuro, echando la cabeza para atrás al acabar las frases, pelo cano bien peinado, gafas de concha, sempiterna Fender suspendida ante el cuerpo, voz que sólo se oyó para cantar. Era Eric Clapton, un trozo de historia que raras veces sale del disco, del DVD o de la pared para visitar a sus fieles en Barcelona. Lo había hecho hacía un par de décadas y pese al tiempo pasado lucía casi igual que siempre, como se mantienen las leyendas en el recuerdo, como preservamos la memoria de los mitos vivientes. Fue como un reencuentro con otros tiempos, otros modos, otros sonidos y lo fue feliz, sobrio, contenido y magistral. Los estilos musicales, pueden estar más o menos de moda, pero sus maestros lo son por alguna razón y logran darles sentido pese a los vaivenes de los tiempos.
Y el póster se descolgó de la pared y se plantó sobre el escenario. La figura sobria de siempre, su elegancia casi estática, trajeada en oscuro, echando la cabeza para atrás al acabar las frases, pelo cano bien peinado, gafas de concha, sempiterna Fender suspendida ante el cuerpo, voz que sólo se oyó para cantar. Era Eric Clapton, un trozo de historia que raras veces sale del disco, del DVD o de la pared para visitar a sus fieles en Barcelona. Lo había hecho hacía un par de décadas y pese al tiempo pasado lucía casi igual que siempre, como se mantienen las leyendas en el recuerdo, como preservamos la memoria de los mitos vivientes. Fue como un reencuentro con otros tiempos, otros modos, otros sonidos y lo fue feliz, sobrio, contenido y magistral. Los estilos musicales, pueden estar más o menos de moda, pero sus maestros lo son por alguna razón y logran darles sentido pese a los vaivenes de los tiempos. Seguir leyendo
Y el póster se descolgó de la pared y se plantó sobre el escenario. La figura sobria de siempre, su elegancia casi estática, trajeada en oscuro, echando la cabeza para atrás al acabar las frases, pelo cano bien peinado, gafas de concha, sempiterna Fender suspendida ante el cuerpo, voz que sólo se oyó para cantar. Era Eric Clapton, un trozo de historia que raras veces sale del disco, del DVD o de la pared para visitar a sus fieles en Barcelona. Lo había hecho hacía un par de décadas y pese al tiempo pasado lucía casi igual que siempre, como se mantienen las leyendas en el recuerdo, como preservamos la memoria de los mitos vivientes. Fue como un reencuentro con otros tiempos, otros modos, otros sonidos y lo fue feliz, sobrio, contenido y magistral. Los estilos musicales, pueden estar más o menos de moda, pero sus maestros lo son por alguna razón y logran darles sentido pese a los vaivenes de los tiempos.
Una banda impecable y un repertorio soberbio, podría resumirse. Datos fríos, hora y media para catorce canciones abiertas con Cream mediante Badge y esa fragorosa distorsión de guitarra que en más de uno sugirió un desajuste de sonido que no lo fue. Un fragmento de vitalidad ruidosa recordando los tiempos de melenas junto a Jack Bruce y Ginger Baker para dar paso al primer blues de la noche, evocando carreteras y mostrando fotos de coches en las pantallas posteriores. Poco espectáculo. Cuando Clapton era joven éste dependía sólo de la música, como en tiempos de Willie Dixon, autor del celebérrimo I’m Your Hoochie Coochie Man que sonó justo después, marcando la entrada de los coros femeninos que durante todo el concierto pondrían el acento góspel. Y para no aburrirse, el inicio de I Shot The Sheriff enmascaró la canción, manera de convertir algo consabido en sorpresa, de hacer de un reggae prestado por Marley algo que no te obligue a la rutina. En veinticinco minutos Clapton ya había impartido sus primeras cuatro lecciones de punteo fino, aireado y contenido al frente de una banda impecable. Clapton es Dios, como se dijo en su juventud. Clapton es hoy un dios tranquilo.
El segundo tramo del concierto fue maravilloso, acentuando la pausa en formato acústico, con la mano abierta sobre su guitarra Martin, sin púa, suavizando el ataque a las cuerdas en busca de una expresividad más matizada, de porche rural. Sentimiento y control de voz como regalo, voz madura que se mantiene sin por ello disimular la edad. Primero en el desnudo King Hearted Woman Blues de Robert Johnson, de cuando el reinado blanco era despótico en el sur, las carreteras polvorientas y el blues aún olía a algodón antes de su viaje a Chicago para descubrir la electricidad. Luego ya con banda contrabajo y batería con escobillas para un ritmo susurrado al silencio que acarició el recinto con una espléndida versión de Golden Ring, que dio paso a otra magnífica toma de Layla, reposada y cadenciosa, a la velocidad de la lava descendiendo por la ladera. El teclado sonó a armónica y el guitarrista rítmico la autografió en su final con un precioso lamento alargado con slide. El público, que quizás esperaba una toma más dinámica, hubo de recordar que artistas como Clapton, clásicos, no gustan de repetir las canciones en concierto tal y como suenan en los discos. Menos aún a los 81 años. Tears In Heaven cerró el tramo acústico con la batería percutiendo secamente el aro de los tambores y los platos atenuando el dolor de la pérdida de un hijo hecho canción. Casi sin reparar en ello, el recital había consumido 45 minutos.
La tercera parte, iniciada con otra balada con resonancias góspel, Holy Mother, para que la transición de nuevo a la electricidad no fuese brusca, remató un concierto espléndido con un Clapton fino sobre las cuerdas, dueño de una digitación segura y precisa. Si como en el caso no median limitaciones, el tiempo regala aún más pericia a los dedos de instrumentistas como él. Se activó el ritmo, sin llegar a Cream, con Cross Roads Blues, que se enlazó con otro tema de Robert Johnson, Little Queen Of Spades y sus diez minutos para dar pábulo a sus excelentes músicos y sus solos, especialmente aplaudido el de órgano a cargo de Tim Carmon. Otro parcial enmascaramiento inicial de Cocaine, reconocida con regocijo cuando sonó el riff de guitarra, cerró el cuerpo del concierto, Al minuto Clapton ya estaba de vuelta para un boogie final, trotón y dicharachero para despedir la noche. Sin artificios ni alharacas, sin prestidigitación ni pompa, con la sabiduría y contenida elegancia de un músico de otra época. Silencio en tiempos de estruendo, voz que no grita para dejarse oír. Eric Clapton.
EL PAÍS
