‘Exit 8’ (en Filmin) empieza como tu lunes, como el mío, como el de todos los afortunados que hacemos uso del transporte público para llegar al trabajo cada mañana. En el metro, el protagonista ve lo típico, la pantalla del móvil, un post, otro, otro más, y como es muy afortunado tiene unos auriculares con cancelación de ruido que le permiten no oír a ese niño que llora como si le fuera la vida en ello ni a ese señor que se queja porque el crío está llorando, en un bucle que anticipa la película y subraya la parte tonta de nuestra especie.Ha habido un antes y un después de los auriculares con cancelación de ruido, una revolución que hemos pasado por alto y que aquí se narra en cinco minutos que parecen un documental sobre el hombre aburbujado, que es otra especie… La cancelación de ruido, por cierto, es una solución fatigosamente contemporánea: no podemos eliminar el ruido, pero sí conseguir que lo ignores, así que todos felices. En España, además, nos sirve para fingir que los nuevos trenes de Renfe no son más ruidosos que los antiguos; es una pena que no pueda hacerse lo mismo con la democracia. A lo que iba. El protagonista está en su vagón ignorando a los demás, que a su vez lo están ignorando a él, en un pacto entre desgraciados que podría suceder en cualquier ciudad, en cualquier momento, ahora. Aquí el cine nos devuelve una imagen de la vida para que la veamos mejor, y lo que aparece es peor: es evidente que ninguno quiere estar ahí, y no solo eso, en la forma en que se ignoran hay un sentimiento de superioridad, un rechazo a la muchedumbre, con la que mantienen una distancia mental de seguridad; ‘scrollean’ con el móvil como si estuvieran esperando que un golpe de suerte los libre, al fin, del infierno de los otros y puedan empezar a viajar en coche, en taxi, en helicóptero, en avión privado. El metro los iguala, pero ellos se sienten diferentes. Todo esto pensé con la escena inicial.Después, el hombre quiere salir del metro y no puede. Sin darse cuenta (va pendiente del móvil, claro) entra en un bucle del que solo saldrá si consigue descubrir las anomalías del paisaje que ve a diario, y ahí lo tienes, recorriendo una y otra vez el mismo pasillo, mirando como un loco el suelo sucio, las baldosas de la pared, las rejillas de ventilación y los carteles de publicidad para comprobar si algo ha cambiado, aunque sea mínimo. Y como en las historias de bucles, como nada cambia acaba cambiando él, que empieza a ver las cosas claras. ‘Exit 8’ (en Filmin) empieza como tu lunes, como el mío, como el de todos los afortunados que hacemos uso del transporte público para llegar al trabajo cada mañana. En el metro, el protagonista ve lo típico, la pantalla del móvil, un post, otro, otro más, y como es muy afortunado tiene unos auriculares con cancelación de ruido que le permiten no oír a ese niño que llora como si le fuera la vida en ello ni a ese señor que se queja porque el crío está llorando, en un bucle que anticipa la película y subraya la parte tonta de nuestra especie.Ha habido un antes y un después de los auriculares con cancelación de ruido, una revolución que hemos pasado por alto y que aquí se narra en cinco minutos que parecen un documental sobre el hombre aburbujado, que es otra especie… La cancelación de ruido, por cierto, es una solución fatigosamente contemporánea: no podemos eliminar el ruido, pero sí conseguir que lo ignores, así que todos felices. En España, además, nos sirve para fingir que los nuevos trenes de Renfe no son más ruidosos que los antiguos; es una pena que no pueda hacerse lo mismo con la democracia. A lo que iba. El protagonista está en su vagón ignorando a los demás, que a su vez lo están ignorando a él, en un pacto entre desgraciados que podría suceder en cualquier ciudad, en cualquier momento, ahora. Aquí el cine nos devuelve una imagen de la vida para que la veamos mejor, y lo que aparece es peor: es evidente que ninguno quiere estar ahí, y no solo eso, en la forma en que se ignoran hay un sentimiento de superioridad, un rechazo a la muchedumbre, con la que mantienen una distancia mental de seguridad; ‘scrollean’ con el móvil como si estuvieran esperando que un golpe de suerte los libre, al fin, del infierno de los otros y puedan empezar a viajar en coche, en taxi, en helicóptero, en avión privado. El metro los iguala, pero ellos se sienten diferentes. Todo esto pensé con la escena inicial.Después, el hombre quiere salir del metro y no puede. Sin darse cuenta (va pendiente del móvil, claro) entra en un bucle del que solo saldrá si consigue descubrir las anomalías del paisaje que ve a diario, y ahí lo tienes, recorriendo una y otra vez el mismo pasillo, mirando como un loco el suelo sucio, las baldosas de la pared, las rejillas de ventilación y los carteles de publicidad para comprobar si algo ha cambiado, aunque sea mínimo. Y como en las historias de bucles, como nada cambia acaba cambiando él, que empieza a ver las cosas claras.

‘Exit 8’ (en Filmin) empieza como tu lunes, como el mío, como el de todos los afortunados que hacemos uso del transporte público para llegar al trabajo cada mañana. En el metro, el protagonista ve lo típico, la pantalla del móvil, un post, otro, otro más, y como es muy afortunado tiene unos auriculares con cancelación de ruido que le permiten no oír a ese niño que llora como si le fuera la vida en ello ni a ese señor que se queja porque el crío está llorando, en un bucle que anticipa la película y subraya la parte tonta de nuestra especie.
Ha habido un antes y un después de los auriculares con cancelación de ruido, una revolución que hemos pasado por alto y que aquí se narra en cinco minutos que parecen un documental sobre el hombre aburbujado, que es otra especie… La cancelación de ruido, por cierto, es una solución fatigosamente contemporánea: no podemos eliminar el ruido, pero sí conseguir que lo ignores, así que todos felices. En España, además, nos sirve para fingir que los nuevos trenes de Renfe no son más ruidosos que los antiguos; es una pena que no pueda hacerse lo mismo con la democracia.
A lo que iba. El protagonista está en su vagón ignorando a los demás, que a su vez lo están ignorando a él, en un pacto entre desgraciados que podría suceder en cualquier ciudad, en cualquier momento, ahora. Aquí el cine nos devuelve una imagen de la vida para que la veamos mejor, y lo que aparece es peor: es evidente que ninguno quiere estar ahí, y no solo eso, en la forma en que se ignoran hay un sentimiento de superioridad, un rechazo a la muchedumbre, con la que mantienen una distancia mental de seguridad; ‘scrollean’ con el móvil como si estuvieran esperando que un golpe de suerte los libre, al fin, del infierno de los otros y puedan empezar a viajar en coche, en taxi, en helicóptero, en avión privado. El metro los iguala, pero ellos se sienten diferentes. Todo esto pensé con la escena inicial.
Después, el hombre quiere salir del metro y no puede. Sin darse cuenta (va pendiente del móvil, claro) entra en un bucle del que solo saldrá si consigue descubrir las anomalías del paisaje que ve a diario, y ahí lo tienes, recorriendo una y otra vez el mismo pasillo, mirando como un loco el suelo sucio, las baldosas de la pared, las rejillas de ventilación y los carteles de publicidad para comprobar si algo ha cambiado, aunque sea mínimo. Y como en las historias de bucles, como nada cambia acaba cambiando él, que empieza a ver las cosas claras.
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