El pianista Sviatoslav Richter nunca olvidó el estreno de la Quinta sinfonía de Serguéi Prokófiev, el 13 de enero de 1945 en Moscú, la última vez que el compositor dirigió en público. Lo vio desde la tercera o cuarta fila, erguido en el podio como un monumento, con la batuta en alto, a la espera de que cesaran las salvas de artillería que retumbaban a lo lejos. Era, escribió, como si aquel instante trazara una línea divisoria en la vida de todos los presentes.
El nuevo titular inaugura la temporada de Ibermúsica, en su primera gira europea al frente de la orquesta, con el Orfeó Català en una obra sobre el 11-S, el estreno en España de Zosha Di Castri y una sinfonía de guerra con más decibelios que tensión
El pianista Sviatoslav Richter nunca olvidó el estreno de la Quinta sinfonía de Serguéi Prokófiev, el 13 de enero de 1945 en Moscú, la última vez que el compositor dirigió en público. Lo vio desde la tercera o cuarta fila, erguido en el podio como un monumento, con la batuta en alto, a la espera de que cesaran las salvas de artillería que retumbaban a lo lejos. Era, escribió, como si aquel instante trazara una línea divisoria en la vida de todos los presentes.
Ochenta y un años después, Gustavo Dudamel (Barquisimeto, Venezuela, 45 años) ha elegido esa sinfonía para cerrar el programa con el que inaugura su primera gira como titular de la Filarmónica de Nueva York. Tres obras sobre la memoria de la violencia que, en Madrid, retrocedieron en el tiempo: de la Ucrania actual al 11-S y, de ahí, a 1944. Pero anoche, en el Auditorio Nacional, las salvas no llegaron de fuera, sino de una orquesta de solistas excepcionales a la que su nuevo director exigió más decibelios que tensión. Lo que de verdad trazó una línea divisoria en la sala sonó en medio.
La Filarmónica de Nueva York no visitaba Ibermúsica desde 2010, con Alan Gilbert, y regresa con un director que debutó al frente de la orquesta en 2007 precisamente con esta sinfonía. La concepción del programa es tan interesante como novedosa, aunque abrirlo con Invisible House, de Zosha Di Castri (Alberta, Canadá, 41 años), no fue la mejor elección. Cuesta entrar en esta partitura de 15 minutos, cuyas rarezas tímbricas (un gong invertido sobre el timbal, un tope de puerta montado sobre el piano, objetos de chatarra en la percusión) apenas destacan en la sala.
El título procede de un verso de Vivimos felices durante la guerra, el poema de Ilya Kaminsky que abre República sorda (Valparaíso). La compositora canadiense de ascendencia ucraniana se inspira también en las memorias de su bisabuelo, soldado en la Primera Guerra Mundial y emigrante a Canadá. Sin embargo, al final uno sale reconfortado. La clave de esa evolución se entiende mejor al leer otro poema de Kaminsky, Oración del autor, incluido en Bailando en Odesa (Libros del Aire), que habría sido ideal incorporar al programa de mano.
La obra arranca en un abismo repetitivo, ruidoso y percusivo, que evoca el acto de hablar por los muertos: dejar el cuerpo, escribir siempre el mismo poema, caminar al borde de uno mismo. Después desemboca en atractivas caídas jazzísticas de los metales. Un nocturno detiene el frenesí con un giro autoconsciente y vital que conduce a la danza y al canto popular ucraniano, acompañado incluso por las palmas de los percusionistas: quien habla está vivo, baila dormido. La partitura culmina en un oasis de ingravidez, rotulado Petition/Prayer, súplica y oración. Hacia él conduce la cuerda, junto al solo en armónicos del violonchelista Matthew Christakos: alabar, en una lengua que no es la propia, la música que nos despierta.

Ese orden convirtió On the Transmigration of Souls, de John Adams (Worcester, 79 años), en el corazón de la velada y en lo mejor de ella. Quizá no sea la mejor composición de su autor, que la escribió en seis meses por encargo de esta misma orquesta para el primer aniversario del 11-S y prefirió hablar de un “espacio de memoria” antes que de un réquiem. Pero la obra consigue su efecto, y anoche lo hizo en su estreno madrileño, en una ciudad golpeada también por el 11-M.
Dudamel planteó una interpretación bien construida, capaz de mantener la tensión de principio a fin, y cuidó cada detalle: el sonido envolvente de las voces grabadas con recuerdos de las víctimas, difundidas por altavoces repartidos por la sala junto al sonido del tráfico y las sirenas de Nueva York; los sobretítulos; la ubicación del solo de trompeta de Christopher Martin, que citó The Unanswered Question, de Charles Ives, desde el fondo de la sala, como una improvisación, en consonancia con la idea de una trompeta lejana del compositor estadounidense; y la intervención del Orfeó Català, con el Cor de Noies y una decena de cantores del Cor Infantil, primero como textura y después como protagonista del tramo central, siempre con transparencia y equilibrio.
Impactó sobre todo el clímax, nacido de las palabras de una viuda que quería desenterrar a su marido, con la orquesta y el coro en su máxima tensión, y el posterior reflujo hacia la estática y conmovedora letanía final de nombres y mensajes de despedida. Al terminar, el público guardó treinta segundos de silencio. Durante la interpretación, una integrante del coro se mareó y recibió asistencia de dos personas del público y del personal de la sala. Dudamel se interesó por ella nada más concluir la obra.
La Quinta de Prokófiev, dirigida de memoria, tuvo destellos evidentes y una orquesta sobresaliente que se lució de principio a fin. Pero el planteamiento no funcionó en los movimientos primero y tercero, y el final resultó bastante ruidoso. El andante no fue lento, pese a que Dudamel se acercó como pocos al pausado metrónomo de Prokófiev, sino falto de tracción. Costó ponerlo en marcha, y eso que los solos del flautista Robert Langevin y del oboísta invitado Nathan Hughes, solista de la Orquesta de Minnesota, fueron de gran calidad. Después, el desarrollo y la reexposición se cargaron de subrayados disonantes y bombásticos. Lo evidenció el propio público, que aplaudió tras el estruendo final del movimiento como si la sinfonía hubiera concluido.

El allegro marcato fue admirable por su transparencia y la precisión de todas las secciones, con un brillante solo del clarinetista Anthony McGill y unos violines extraordinarios comandados por el concertino Frank Huang. Arrancó evocando el ambiente de Romeo y Julieta, de donde procede su material, pero Dudamel exageró el poco a poco accelerando y buscó el efecto en la repetición, en lugar de preservar el tinte siniestro con que Prokófiev marca la reaparición del scherzo.
El adagio tampoco encontró el lirismo necesario y quedó atrapado en esa sonoridad pesada y densa que impone el compositor, reforzada por la precisión y vehemencia del director. Otro ejemplo de una orquesta que impresiona más por sus medios que por sus resultados musicales.
El allegro giocoso llegó casi enlazado con el movimiento anterior y sin el aire contemplativo de su comienzo. Brillaron los violonchelos divididos y volvieron a hacerlo los solos de Langevin, McGill y Hughes, junto a una música de energía casi atlética, sobrada de decibelios y escasa de tensión. La coda, un torbellino frenético tocado de forma admirable, no provocó el estallido esperado, porque nada lo había preparado.
La verdadera salva se la guardó Dudamel para la propina: el vals del Divertimento de Leonard Bernstein, escrito solo para cuerda, una delicia con la sedosa y dúctil sección neoyorquina y el diálogo entre Christakos y Huang. Fue el momento en que la orquesta dejó de demostrar y se puso a cantar. Richter escribió que aquel estreno de 1945 marcó una línea divisoria en la vida de todos los presentes. La etapa que ahora empieza en Nueva York tiene ya la orquesta; le falta todavía la noche que marque un antes y un después. Hoy, en el mismo Auditorio Nacional, Dudamel dirige otra Quinta, la de Mahler, precedida del estreno en Madrid de Imágenes mestizas, de Tania León, antes de seguir gira hacia Berlín, Hamburgo y Viena.
IBERMÚSICA. SERIE ARRIAGA
Obras de Di Castri, Adams y Prokófiev.
Orfeó Català (dir. Xavier Puig); Cor de Noies de l’Orfeó Català (dir. Montserrat Meneses); Cor Infantil de l’Orfeó Català (dir. Glòria Coma i Pedrals); Filarmónica de Nueva York; Gustavo Dudamel, director.
Auditorio Nacional de Música, Madrid, 13 de octubre.
EL PAÍS
