Aseguraba Caruso que para interpretar «Il trovatore» se necesitaban los cuatro mejores cantantes del mundo. Exageraciones aparte, lo cierto es que es una de las óperas más exigentes y complicadas del repertorio mundial, la segunda de la conocida como «trilogía popular» de Giuseppe Verdi, compuesta entre «Rigoletto» y «La Traviata». Atraído por el universo histórico español, el compositor de Busetto se fijó en el dramón romántico de Antonio García Gutiérrez, «El trovador», estrenado en Madrid en 1836, que describía un peligroso triángulo amoroso en tiempos de guerra. Verdi intuía que ahí había ingredientes para una gran ópera, un amplio espectro de pasiones desbordadas donde se dan la mano la luz y las tinieblas, amores y odios de clanes, castigos y venganzas de trágico final. Encargó el libreto al napolitano Salvatore Cammarano.
«Querido Cammarano –le escribía Verdi–, el tema que me interesa en este momento y deseo prometerle es «El trovador», un drama español de Gutiérrez que se me antoja muy bello, rico en ideas y situaciones fuertes. Quisiera contar con dos papeles femeninos, el principal una gitana, una mujer de carácter especial». Pero el libretista aquejado por problemas de salud murió en julio de 1852 antes de terminar el tercer acto y Verdi confió su terminación al joven poeta Leone Emanuele Bardare, que bajo las precisas instrucciones del compositor, hizo algunos cambios. La ópera en cuatro actos se estrenó en el Teatro Apollo de Roma el 19 de enero de 1853 y su triunfo superó todas las expectativas.
Entre el lunes 29 de junio y el 20 de julio el Teatro Real ofrecerá 17 funciones de «Il trovatore», reposición de la coproducción con la Ópera de Montecarlo y la Royal Danish Opera, presentada en 2019, con puesta en escena de Francisco Negrín y dirigida por el maestro Nicola Luisotti, que contará con cuatro repartos –de 12 nacionalidades– donde destacan las sopranos Marina Rebeka, Saioa Hernández y Anna Netrebko (Leonora); los tenores Piotr Beczała, Vittorio Grigòlo, Celso Albelo y Yusif Eyvazov (Manrico) y los barítonos Artur Rucinski, Juan Jesús Rodríguez y George Petean (El conde de Luna) entre otros. La función del 10 de julio, será retransmitida en la pantalla instalada en la Plaza de Isabel II, dentro de la programación de la Semana de la Ópera.
Entre Vizcaya y Aragón
La trama se desarrolla entre Vizcaya y Aragón en el siglo XV. En el pasado, la gitana Azucena, para vengarse del viejo Conde de Luna por haber quemado viva a su madre, acusada de brujería, rapta y arroja a la misma hoguera al que cree que es uno de los dos hijos del conde, pero se confunde de niño y mata a su propio hijo. Ya adulto, el trovador Manrico, hijo adoptivo de la gitana, se enamora de Leonora, sin saber que es hermano de su archienemigo el conde Luna, también enamorado de ella, aunque ésta solo ama trovador. Manrico y Azucena acaban prisioneros del Conde y Leonora se ofrece a cambio de la vida de Manrico. El Conde acepta, pero ésta se suicida antes de caer en sus manos. Fuera de sí, Luna ordena matar a Manrico sin saber que ha ejecutado a su propio hermano. La terrible venganza de la gitana ha sido consumada, lo que convierte este título en uno de los más turbulentos y sangrientos de Verdi.
«Dicen que esta ópera es muy triste y hay demasiadas muertes. Pero, al fin y al cabo, todo en la vida está muerto. ¿Hay algo que perdure?», decía el autor sobre ella. Sin embargo, «fue su mayor éxito en vida y sigue siendo hoy una ópera increíble por la historia que cuenta», afirma Luisotti. Para el director musical, si hay «un “leitmotiv”, un tema musical dominante y recurrente en toda la ópera, es el fuego –asegura–, cada vez que llega se escucha “Stride la vampa” (Las llamas rugen), se crea una atmósfera en el público, Verdi utiliza el fuego como tema central para recordar un hecho terrible que hizo Azucena, quemar a su propio hijo».
Acción narrada
Para el director de escena Francisco Negrín, «la particularidad de esta ópera es que la mayoría de la acción es narrada. No vemos lo que ocurre, sino lo que nos lo cuentan. La acción es recordar. Mi idea es destacar el hecho de que los seres humanos son incapaces de vivir el presente porque siempre están atados al pasado. Azucena tiene obsesión con el fuego, por la hoguera donde murieron su madre y su hijo y quiere venganza, no olvida ese pasado representado en el fuego que le ha causado tanto dolor. Todos están atrapados por el pasado. Por tanto, –prosigue el director– la concepción de esta puesta en escena es hacer esto visible. En la escenografía tenemos elementos simbólicos del tiempo que pasa y de nuestro deseo de volver atrás, de resetear para cambiar las cosas».
Por eso, «el espacio escénico es un cubo vacío, abstracto, donde los personajes viven atados a los fantasmas del pasado y el fuego es la metáfora omnipresente: en la pira, en la hoguera del campamento, en el aspecto espectral de los rostros y los ropajes, y en la evocación de la venganza pendiente», escribe Joan Matabosch. Y concluye Negrín, «creo que el hecho de estar contando todo el tiempo se transforma en la acción misma y esto permite que el público pueda vincularse emocionalmente y vivir la ópera como el thriller negro que es y como metáfora del ser humano incapaz de vivir el presente».
El coliseo madrileño repone la ópera más popular de Verdi en vida, un thriller negro de odios, amores y venganzas
Aseguraba Caruso que para interpretar «Il trovatore» se necesitaban los cuatro mejores cantantes del mundo. Exageraciones aparte, lo cierto es que es una de las óperas más exigentes y complicadas del repertorio mundial, la segunda de la conocida como «trilogía popular» de Giuseppe Verdi, compuesta entre «Rigoletto» y «La Traviata». Atraído por el universo histórico español, el compositor de Busetto se fijó en el dramón romántico de Antonio García Gutiérrez, «El trovador», estrenado en Madrid en 1836, que describía un peligroso triángulo amoroso en tiempos de guerra. Verdi intuía que ahí había ingredientes para una gran ópera, un amplio espectro de pasiones desbordadas donde se dan la mano la luz y las tinieblas, amores y odios de clanes, castigos y venganzas de trágico final. Encargó el libreto al napolitano Salvatore Cammarano.
«Querido Cammarano –le escribía Verdi–, el tema que me interesa en este momento y deseo prometerle es «El trovador», un drama español de Gutiérrez que se me antoja muy bello, rico en ideas y situaciones fuertes. Quisiera contar con dos papeles femeninos, el principal una gitana, una mujer de carácter especial». Pero el libretista aquejado por problemas de salud murió en julio de 1852 antes de terminar el tercer acto y Verdi confió su terminación al joven poeta Leone Emanuele Bardare, que bajo las precisas instrucciones del compositor, hizo algunos cambios. La ópera en cuatro actos se estrenó en el Teatro Apollo de Roma el 19 de enero de 1853 y su triunfo superó todas las expectativas.
Entre hoy y el 20 de julio el Teatro Real ofrecerá 17 funciones de «Il trovatore», reposición de la coproducción con la Ópera de Montecarlo y la Royal Danish Opera, presentada en 2019, con puesta en escena de Francisco Negrín y dirigida por el maestro Nicola Luisotti, que contará con cuatro repartos –de 12 nacionalidades– donde destacan las sopranos Marina Rebeka, Saioa Hernández y Anna Netrebko (Leonora); los tenores Piotr Beczała, Vittorio Grigòlo, Celso Albelo y Yusif Eyvazov (Manrico) y los barítonos Artur Rucinski, Juan Jesús Rodríguez y George Petean (El conde de Luna) entre otros. La función del 10 de julio, será retransmitida en la pantalla instalada en la Plaza de Isabel II, dentro de la programación de la Semana de la Ópera.
Entre Vizcaya y Aragón
La trama se desarrolla entre Vizcaya y Aragón en el siglo XV. En el pasado, la gitana Azucena, para vengarse del viejo Conde de Luna por haber quemado viva a su madre, acusada de brujería, rapta y arroja a la misma hoguera al que cree que es uno de los dos hijos del conde, pero se confunde de niño y mata a su propio hijo. Ya adulto, el trovador Manrico, hijo adoptivo de la gitana, se enamora de Leonora, sin saber que es hermano de su archienemigo el conde Luna, también enamorado de ella, aunque ésta solo ama trovador. Manrico y Azucena acaban prisioneros del Conde y Leonora se ofrece a cambio de la vida de Manrico. El Conde acepta, pero ésta se suicida antes de caer en sus manos. Fuera de sí, Luna ordena matar a Manrico sin saber que ha ejecutado a su propio hermano. La terrible venganza de la gitana ha sido consumada, lo que convierte este título en uno de los más turbulentos y sangrientos de Verdi.
«Dicen que esta ópera es muy triste y hay demasiadas muertes. Pero, al fin y al cabo, todo en la vida está muerto. ¿Hay algo que perdure?», decía el autor sobre ella. Sin embargo, «fue su mayor éxito en vida y sigue siendo hoy una ópera increíble por la historia que cuenta», afirma Luisotti. Para el director musical, si hay «un “leitmotiv”, un tema musical dominante y recurrente en toda la ópera, es el fuego –asegura–, cada vez que llega se escucha “Stride la vampa” (Las llamas rugen), se crea una atmósfera en el público, Verdi utiliza el fuego como tema central para recordar un hecho terrible que hizo Azucena, quemar a su propio hijo».
Acción narrada
Para el director de escena Francisco Negrín, «la particularidad de esta ópera es que la mayoría de la acción es narrada. No vemos lo que ocurre, sino lo que nos lo cuentan. La acción es recordar. Mi idea es destacar el hecho de que los seres humanos son incapaces de vivir el presente porque siempre están atados al pasado. Azucena tiene obsesión con el fuego, por la hoguera donde murieron su madre y su hijo y quiere venganza, no olvida ese pasado representado en el fuego que le ha causado tanto dolor. Todos están atrapados por el pasado. Por tanto, –prosigue el director– la concepción de esta puesta en escena es hacer esto visible. En la escenografía tenemos elementos simbólicos del tiempo que pasa y de nuestro deseo de volver atrás, de resetear para cambiar las cosas».
Por eso, «el espacio escénico es un cubo vacío, abstracto, donde los personajes viven atados a los fantasmas del pasado y el fuego es la metáfora omnipresente: en la pira, en la hoguera del campamento, en el aspecto espectral de los rostros y los ropajes, y en la evocación de la venganza pendiente», escribe Joan Matabosch. Y concluye Negrín, «creo que el hecho de estar contando todo el tiempo se transforma en la acción misma y esto permite que el público pueda vincularse emocionalmente y vivir la ópera como el thriller negro que es y como metáfora del ser humano incapaz de vivir el presente».
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