Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No está claro si la frase es de Fredric Jameson o Mark Fisher, pero parece una de las verdades más evidentes de nuestro tiempo porque refleja bien una sensación extendida: la ausencia de imaginación política. Todas las propuestas se mueven en torno al mismo sistema inevitable. Con diferente estilo, todo el mundo juega al mismo juego basado en la prevalencia de la propiedad privada individual y los mercados globales desregulados. ¿Cómo será el futuro? No lo sabemos, pero capitalista.
Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No está claro si la frase es de Fredric Jameson o Mark Fisher, pero parece una de las verdades más evidentes de nuestro tiempo porque refleja bien una sensación extendida: la ausencia de imaginación política. Todas las propuestas se mueven en torno al mismo sistema inevitable. Con diferente estilo, todo el mundo juega al mismo juego basado en la prevalencia de la propiedad privada individual y los mercados globales desregulados. ¿Cómo será el futuro? No lo sabemos, pero capitalista. Seguir leyendo
Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No está claro si la frase es de Fredric Jameson o Mark Fisher, pero parece una de las verdades más evidentes de nuestro tiempo porque refleja bien una sensación extendida: la ausencia de imaginación política. Todas las propuestas se mueven en torno al mismo sistema inevitable. Con diferente estilo, todo el mundo juega al mismo juego basado en la prevalencia de la propiedad privada individual y los mercados globales desregulados. ¿Cómo será el futuro? No lo sabemos, pero capitalista.
O no. En realidad, la frase no es cierta. En las últimas décadas, hemos narrado varias veces el fin del modelo y es probable que nuestra incapacidad para verlo sea una de las pruebas más evidentes de la penetración de esta ideología que, como anunciaron Marx o Polanyi, ha colonizado cualquier aspecto de nuestras vidas. Incluso, las creencias, las emociones o las relaciones personales, también basadas en la propiedad privada individual y los mercados globales desregulados. Los peces no se preguntan qué es el agua porque lo es todo. Si esta falta, ellos mueren. No se imaginan fuera de ese elemento y dan por hecho que, si están vivos, lo que los rodea es agua. Es lo que nos pasa con el capitalismo.
Pero sí hemos imaginado su fin. Las distopías apocalípticas, con o sin zombis, presentan un mundo poscapitalista, desde las películas de George A. Romero a Mad Max, The Walking Dead, The Last of Us o Fallout, pasando por la española En fin, con su maravilloso inicio: la orgía en la tienda de muebles suecos. También cabría citar Hombre, la obra maestra de Ortiz y Segura. Todas esas narraciones presentan un mundo en el que nuestro modelo económico ha desaparecido. Perviven el mercado y la propiedad porque son elementos previos y vinculados a nuestra identidad cultural, pero cambia su manera de concretarse. Son sociedades basadas en la desconfianza, la autoridad y, sobre todo, la fuerza, que es precisamente lo contrario al capitalismo, aunque no lo parezca por su historia de explotación y depredación. En esas narraciones, puedes poseer lo que puedes defender; por lo tanto, el modelo no puede extenderse ni conectar grupos. Hay guerra o trueque. Falta la infraestructura sin la que esa ideología no puede desarrollarse: el Estado.
La idea de que la vida es una lucha sin fin es una constante en esas narraciones y hemos asimilado ese discurso para nuestras vidas
La economía es una ficción. Se basa en una serie de elementos, moneda, títulos de propiedad, seguros, participaciones, etcétera, cuya garantía no es personal ni se vincula a un cargo o un linaje. El título de nobleza o la fe no garantizan un contrato y el deshonor o el infierno no resuelven un impago. Por eso, el capitalismo es, junto con la revolución científica, el primer atisbo de lo que conocemos como democracia occidental. Ante un experimento, Quijote y Sancho son iguales y su testimonio no vale por su linaje, sino según su método. En un mercado, la moneda del príncipe y la del pellejero son iguales. Al menos, eso dice la teoría. La práctica no es así, pero sostener eso hace cuatro siglos ya era profundamente woke.
Para extenderse, la palabra necesita una Iglesia, el Leviatán de Hobbes. El soporte último de todas esas ficciones capitalistas es el Estado. El imperio de la ley garantiza que la propiedad se respete más allá de la capacidad del titular para hacer cumplir su voluntad y que papeles firmados, como la moneda, las acciones o los seguros, sean lo que dicen ser. Si el Estado desaparece, como sucede en todas esas narraciones y como amenazan los anarcocapitalistas, la fuerza sustituye a la ley y, por tanto, la estructura económica no puede extenderse más allá de lo que cada comunidad pueda establecer para sí misma. En todas esas ficciones, hay mucha autarquía: la fantasía masculina de la invulnerabilidad.
Quizá, no somos capaces de ver el fin del capitalismo porque queda uno de sus principales motores: la competición. La idea de que la vida es una lucha sin fin porque todos los seres humanos tenemos que disputar unos recursos limitados es una constante en esas narraciones y hemos asimilado ese discurso para nuestras vidas: la colaboración, el altruismo o la empatía son obstáculos para esa pelea. Es lógico que estas sociedades poscapitalistas sean jerárquicas o autoritarias y la vida de los seres humanos no valga lo mismo: El cuento de la criada de los Maga o Los juegos del hambre neoliberales. Es la consecuencia de la competición y aquí sí que tenemos una crisis de alternativas. La principal propuesta frente a estos proyectos autoritarios y regresivos es ralentizarlos o atenuarlos, y nadie ofrece un camino que profundice en la democracia liberal; quizá, porque debería basarse en la redistribución del capital económico, social y cultural, y nadie quiere perder su ventaja.
No hay capitalismo sin Estado. Ya hemos imaginado el fin del primero. Lo que tenemos que hacer es desvincularlo de la desaparición del segundo y comenzar a pensar cómo podría ser ese mundo, que no será feliz ni perfecto porque esa no es la condición humana, pero tampoco tiene que ser necesariamente una lucha constante o un pozo de crueldad autoritaria como nos muestran todas esas narraciones. Ese es el desafío. Necesitamos imaginar una posibilidad para comenzar a caminar hacia ella. Da igual que parezca irrealizable o utópica. Nunca nos ha importado. Para que tengamos ganas de ir, el futuro debe ser incierto.
Jorge Dioni es periodista y escritor, autor de Pornocracia, El malestar de las ciudades y La España de las piscinas (todos en la editorial Arpa).
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