‘Chac, chac’, el todoterreno avanza por la superficie de un glaciar aplastando su capa superficial como si fuera un mar de oblea blanca. Por la ladera de Langjökull -‘glaciar largo’- bajan riachuelos de agua deshelada, caldeada por un sol infrecuente. Es mi último día en Islandia y lo más inhóspito queda para el final.«El 70% u 80% de Islandia es inhabitable», dice Logi, el guía que conduce. Es un bigardo con barba roja, gorra plana y zapatillas Jordan. Un vikingo infusionado con hip hop. No lamenta la dificultad para vivir en su tierra. La celebra.Por la ventana del vehículo, los urbanitas miramos con nerviosismo los ‘molinos’, agujeros formados en el glaciar por el deshielo. Logi los esquiva con una mano en el volante mientras cuenta con socarronería historias de familias incrustadas en esas fisuras o se inventa la presencia de serpientes glaciares. Y asegura con orgullo cómo los islandeses atan a sus niños a trineos tirados por esos todoterrenos para que se hagan al lugar.Queda en él algo de esas fantasías que llegaban a los europeos sobre esta tierra de hielo y fuego, de glaciar y volcán. Historias de trolls y otros seres mitológicos , de islandeses que vivían entre 150 y 300 años, de cuervos con pico de hierro que atacan a los foráneos.También hay en Logi algo de ‘cowboy’ en el hielo. El estoicismo frente a la violencia de la naturaleza que le rodea. El acento sobre el individuo, forjado por generaciones que han sobrevivido a esas condiciones. Desconfía de los gobiernos: «Cuando intervienen, se estropea todo». Desconfía del cambio climático: recuerda que sus antepasados, los vikingos, se establecieron aquí en una época de calentamiento, con las praderas ahora peladas llenas de bosques. Desconfía de la gente que viene de fuera, aunque sean sus clientes. Y del ejército de jóvenes de toda Europa que vienen aquí a hacer dinero -sobre todo en el sector turístico- a cambio de pasar frío y ver poca luz. Durante el viaje nos encontramos a chicos de Eslovaquia, Alemania, Suiza, Italia, Rumanía o España haciendo su agosto. «Se está perdiendo pureza», lamenta Logi, en un día primaveral en el que Islandia no parece Islandia.Hemos aterrizado en Reikiavik diez días antes . Islandia sorprende desde que aparece por la ventanilla del avión. La primera impresión es un manto verde extraño, con nubes gaseosas que emanan de la tierra, entre los pliegues y arrugas de campos de lava.J. AnsorenaEn tierra, para cualquiera que haya llegado desde el sur de Europa o desde el caos de Nueva York, sacude el silencio escandinavo en el aeropuerto. Y el paisaje humano: una congregación global de excursionistas bien, una reunión de ‘scouts’ de alta gama y mediana edad, un desfile de chirucas de marca, pantalones de ‘trekking’ impolutos, cortavientos estrenados. Es la primera señal de algo que se hará evidente a cada paso: esto es muy caro. Las cervezas cuestan no menos de 13 o 14 euros , los bocadillos empiezan en 20 y una comida en restaurante y con vino es difícil que baje de los tres dígitos.La verdad es que todo eso me afecta poco. Tengo la fortuna enorme de viajar invitado por la familia de mi pareja. También es cierto que no es exactamente el viaje que yo elegiría hacer. No voy a comer ballena. No podré perderme en caminatas de seis o siete horas. No llegaré a cascadas remotas. El itinerario está organizado desde hace meses. La ventana para la improvisación es estrecha. Puedo restregarme en el luto del viaje que no haré esta vez. O puedo disfrutar de todo lo que se ponga en mi camino. Y si hay alguna pena, ahogarla por la noche con una Boli, la mejor ‘lager’ que he encontrado en el país. Pero todo lo que nos encontramos merece el viaje y no tengo que fingir mi agradecimiento. Todo lo contrario.Apenas bajados del avión vamos a Blue Lagoon , un complejo espectacular de aguas termales, muy cerca de Reikiavik, donde se reblandecen las carnes los turistas… Siento que el cuerpo no se merece tan buen tratamiento con tan poco desgaste.«Llevábamos tres semanas sin ver el sol », dice al día siguiente Arni, un guía urbano en Reikiavik. Parece casi disculparse ante un sol espléndido y 14 grados. Explotan las terrazas de la ciudad, con los locales en camiseta. Parece cualquier capital europea en verano.En un par de días en Reikiavik aprendemos a toda velocidad sobre la gastronomía local: la ‘kleina’, el donut islandés; su grandioso cordero; el salmón, la trucha y el bacalao en todas sus formas; y curiosidades como el tiburón fermentado o el frailecillo, un pájaro que se asemeja al pingüino y que sabe a hígado.No comemos ballenas, pero sí las vemos desde un barco . «El mar se va a mover», advierte en perfecto español Alessio, un italiano itinerante que trabaja en la excursión. El oleaje es un divertimento para algunos, una pesadilla para otros. Parecía un día espléndido en el puerto. Es difícil no pensar en los vikingos que venían con cascarones de madera hasta aquí. Y más allá, hasta América, mucho antes que nuestro Colón. Los cetáceos se hacen esperar, pero aparecen por fin, magníficos, ondeando presumidos su cola.Paisaje abrumadorJ. AnsorenaNos escapamos del grupo para visitas menos familiares. El Museo Fálico Islandés , una rareza indispensable; las instalaciones de Björk en la Galería Nacional de Islandia o la catedral moderna Hallgrimskirkja , cuya torre domina la capital de Islandia. Delante de su pórtico de hormigón basto hay una estatua de Leif Erikson , considerado el primer vikingo que llegó a Norteamérica. Fue el hijo de Erik el Rojo, primer colonizador de Groenlandia. Ahora las ambiciones de conquista navegan en la corriente contraria: Donald Trump quiere quedarse con Groenlandia. Y el presidente de EE.UU. habló de ambiciones sobre Islandia en su discurso en Davos el pasado febrero. Fue un lapso, pero eso les da igual a los islandeses. «Si se queda con Groenlandia, los próximos somos nosotros», dice Arni mientras compartimos un Brennivin, el orujo nacional. Este mes los islandeses votarán en referéndum sobre un impulso a la negociación para entrar en la UE, con el sí animado por la incomodidad con Trump.Todo el tiempo pasado en Reikiavik parece demasiado en cuanto la furgoneta pone tierra de por medio con la capital. Se comprende por qué el turismo se ha disparado en Islandia. Voy con la cara pegada a la ventana, embobado por la sucesión de paisajes en el llamado Círculo Dorado : volcanes cobrizos, sierras que podría haber esculpido Gaudí, campos de lava y todos los tonos posibles del verde. Llegamos al Parque Nacional de Þingvellir , de importancia histórica y geológica: aquí se juntaba el Alþingi cada año desde mediados del siglo X, una especie de parlamento de jefes vikingos; y se juntan las placas tectónicas de Eurasia y de Norteamérica. Aquí y en todo el país, el espectáculo de las cascadas es inacabable. Paramos en Gullfoss, un salto con una potencia abrumadora, una picadora para cualquier cosa que caiga dentro. Más adelante lo haremos en Skogafoss, Bruarfoss… Todas impresionan.Igual que impresiona la llegada en ferry a Vestmannaeyjar , un pequeño archipiélago al sur, moldeado por erupciones volcánicas. En un día de sol se mezclan el azul casi turquesa del mar, la lava todavía fresca, acantilados cubiertos de frailecillos y sierras sobre el mar tocadas con un verde eléctrico, fosforescente.Pasan los días y las playas de arena negra, las columnas hexagonales de basalto que deja la contracción de la lava al tocar el agua, los islotes desgajados de los glaciares, los campos pelados en un lugar donde sufren los árboles… Por todos lados campan las ovejas y los caballos islandeses, tan pequeños como celebrados. No se permite la importación de ningún equino fuera de la isla. Y el caballo que sale de Islandia, ya no puede volver. Todo para preservar la pureza, algo de lo que se habla mucho aquí: la pureza del agua, del idioma que sobrevive de aquel viejo nórdico, de la gente dura que todavía se definen, solo medio en broma, como vikingos.Tras los pasos de Julio VerneJ. AnsorenaNuestro excursionismo es de alfombra roja . Comemos como reyes y caminamos poco. Pero hay momentos que encogen el pecho. Como saltar a cuatro metros de altura a un río glaciar, con el agua a cuatro grados, durante una salida de rafting. «Saltamos en verano o en invierno», dice Arwen, que comanda la embarcación. Él creció en las faldas indias del Himalaya pero ha adoptado el espíritu indómito islandés.El paisaje vuelve a asombrar en la península de Snæfellsnes : montañas como zigurats, campos de lava cubiertos por musgo amarillento, como el bigote quemado de un fumador. Desfiladeros, gargantas y lomas por las que corren cascadas incontables. Es el Lejano Oeste en el Norte.En el horizonte, siempre asoma algún glaciar-volcán. En esta zona está Snæfellsjökull , el que Julio Verne imaginó como puerta de entrada a su ‘Viaje al centro de la Tierra’. Y más allá el Langjökull , la última parada de este periplo. De la mano de Logi, llegamos casi hasta su cima. Allí nos acordamos de Verne y entramos en túneles dentro del glaciar, un truco turístico simpático. Pero al salir sigue la desolación. El hielo centenario, el polvo de lava milenario. Y las gentes endurecidas un territorio tan asombroso como severo. Un excepcionalismo forjado desde una dureza y desde un destierro altivo que empequeñecen a los visitantes.Rumbo de vuelta hacia el aeropuerto, en los campos de roca volcánica apenas crece una planta con flores púrpura, que parece lavanda a primera vista. Hace las delicias de los ‘instagramers’ en verano, pero Logi detesta esta especie invasora. «Es la planta más odiada en Islandia. Dificulta que crezcan las de aquí». ‘Chac, chac’, el todoterreno avanza por la superficie de un glaciar aplastando su capa superficial como si fuera un mar de oblea blanca. Por la ladera de Langjökull -‘glaciar largo’- bajan riachuelos de agua deshelada, caldeada por un sol infrecuente. Es mi último día en Islandia y lo más inhóspito queda para el final.«El 70% u 80% de Islandia es inhabitable», dice Logi, el guía que conduce. Es un bigardo con barba roja, gorra plana y zapatillas Jordan. Un vikingo infusionado con hip hop. No lamenta la dificultad para vivir en su tierra. La celebra.Por la ventana del vehículo, los urbanitas miramos con nerviosismo los ‘molinos’, agujeros formados en el glaciar por el deshielo. Logi los esquiva con una mano en el volante mientras cuenta con socarronería historias de familias incrustadas en esas fisuras o se inventa la presencia de serpientes glaciares. Y asegura con orgullo cómo los islandeses atan a sus niños a trineos tirados por esos todoterrenos para que se hagan al lugar.Queda en él algo de esas fantasías que llegaban a los europeos sobre esta tierra de hielo y fuego, de glaciar y volcán. Historias de trolls y otros seres mitológicos , de islandeses que vivían entre 150 y 300 años, de cuervos con pico de hierro que atacan a los foráneos.También hay en Logi algo de ‘cowboy’ en el hielo. El estoicismo frente a la violencia de la naturaleza que le rodea. El acento sobre el individuo, forjado por generaciones que han sobrevivido a esas condiciones. Desconfía de los gobiernos: «Cuando intervienen, se estropea todo». Desconfía del cambio climático: recuerda que sus antepasados, los vikingos, se establecieron aquí en una época de calentamiento, con las praderas ahora peladas llenas de bosques. Desconfía de la gente que viene de fuera, aunque sean sus clientes. Y del ejército de jóvenes de toda Europa que vienen aquí a hacer dinero -sobre todo en el sector turístico- a cambio de pasar frío y ver poca luz. Durante el viaje nos encontramos a chicos de Eslovaquia, Alemania, Suiza, Italia, Rumanía o España haciendo su agosto. «Se está perdiendo pureza», lamenta Logi, en un día primaveral en el que Islandia no parece Islandia.Hemos aterrizado en Reikiavik diez días antes . Islandia sorprende desde que aparece por la ventanilla del avión. La primera impresión es un manto verde extraño, con nubes gaseosas que emanan de la tierra, entre los pliegues y arrugas de campos de lava.J. AnsorenaEn tierra, para cualquiera que haya llegado desde el sur de Europa o desde el caos de Nueva York, sacude el silencio escandinavo en el aeropuerto. Y el paisaje humano: una congregación global de excursionistas bien, una reunión de ‘scouts’ de alta gama y mediana edad, un desfile de chirucas de marca, pantalones de ‘trekking’ impolutos, cortavientos estrenados. Es la primera señal de algo que se hará evidente a cada paso: esto es muy caro. Las cervezas cuestan no menos de 13 o 14 euros , los bocadillos empiezan en 20 y una comida en restaurante y con vino es difícil que baje de los tres dígitos.La verdad es que todo eso me afecta poco. Tengo la fortuna enorme de viajar invitado por la familia de mi pareja. También es cierto que no es exactamente el viaje que yo elegiría hacer. No voy a comer ballena. No podré perderme en caminatas de seis o siete horas. No llegaré a cascadas remotas. El itinerario está organizado desde hace meses. La ventana para la improvisación es estrecha. Puedo restregarme en el luto del viaje que no haré esta vez. O puedo disfrutar de todo lo que se ponga en mi camino. Y si hay alguna pena, ahogarla por la noche con una Boli, la mejor ‘lager’ que he encontrado en el país. Pero todo lo que nos encontramos merece el viaje y no tengo que fingir mi agradecimiento. Todo lo contrario.Apenas bajados del avión vamos a Blue Lagoon , un complejo espectacular de aguas termales, muy cerca de Reikiavik, donde se reblandecen las carnes los turistas… Siento que el cuerpo no se merece tan buen tratamiento con tan poco desgaste.«Llevábamos tres semanas sin ver el sol », dice al día siguiente Arni, un guía urbano en Reikiavik. Parece casi disculparse ante un sol espléndido y 14 grados. Explotan las terrazas de la ciudad, con los locales en camiseta. Parece cualquier capital europea en verano.En un par de días en Reikiavik aprendemos a toda velocidad sobre la gastronomía local: la ‘kleina’, el donut islandés; su grandioso cordero; el salmón, la trucha y el bacalao en todas sus formas; y curiosidades como el tiburón fermentado o el frailecillo, un pájaro que se asemeja al pingüino y que sabe a hígado.No comemos ballenas, pero sí las vemos desde un barco . «El mar se va a mover», advierte en perfecto español Alessio, un italiano itinerante que trabaja en la excursión. El oleaje es un divertimento para algunos, una pesadilla para otros. Parecía un día espléndido en el puerto. Es difícil no pensar en los vikingos que venían con cascarones de madera hasta aquí. Y más allá, hasta América, mucho antes que nuestro Colón. Los cetáceos se hacen esperar, pero aparecen por fin, magníficos, ondeando presumidos su cola.Paisaje abrumadorJ. AnsorenaNos escapamos del grupo para visitas menos familiares. El Museo Fálico Islandés , una rareza indispensable; las instalaciones de Björk en la Galería Nacional de Islandia o la catedral moderna Hallgrimskirkja , cuya torre domina la capital de Islandia. Delante de su pórtico de hormigón basto hay una estatua de Leif Erikson , considerado el primer vikingo que llegó a Norteamérica. Fue el hijo de Erik el Rojo, primer colonizador de Groenlandia. Ahora las ambiciones de conquista navegan en la corriente contraria: Donald Trump quiere quedarse con Groenlandia. Y el presidente de EE.UU. habló de ambiciones sobre Islandia en su discurso en Davos el pasado febrero. Fue un lapso, pero eso les da igual a los islandeses. «Si se queda con Groenlandia, los próximos somos nosotros», dice Arni mientras compartimos un Brennivin, el orujo nacional. Este mes los islandeses votarán en referéndum sobre un impulso a la negociación para entrar en la UE, con el sí animado por la incomodidad con Trump.Todo el tiempo pasado en Reikiavik parece demasiado en cuanto la furgoneta pone tierra de por medio con la capital. Se comprende por qué el turismo se ha disparado en Islandia. Voy con la cara pegada a la ventana, embobado por la sucesión de paisajes en el llamado Círculo Dorado : volcanes cobrizos, sierras que podría haber esculpido Gaudí, campos de lava y todos los tonos posibles del verde. Llegamos al Parque Nacional de Þingvellir , de importancia histórica y geológica: aquí se juntaba el Alþingi cada año desde mediados del siglo X, una especie de parlamento de jefes vikingos; y se juntan las placas tectónicas de Eurasia y de Norteamérica. Aquí y en todo el país, el espectáculo de las cascadas es inacabable. Paramos en Gullfoss, un salto con una potencia abrumadora, una picadora para cualquier cosa que caiga dentro. Más adelante lo haremos en Skogafoss, Bruarfoss… Todas impresionan.Igual que impresiona la llegada en ferry a Vestmannaeyjar , un pequeño archipiélago al sur, moldeado por erupciones volcánicas. En un día de sol se mezclan el azul casi turquesa del mar, la lava todavía fresca, acantilados cubiertos de frailecillos y sierras sobre el mar tocadas con un verde eléctrico, fosforescente.Pasan los días y las playas de arena negra, las columnas hexagonales de basalto que deja la contracción de la lava al tocar el agua, los islotes desgajados de los glaciares, los campos pelados en un lugar donde sufren los árboles… Por todos lados campan las ovejas y los caballos islandeses, tan pequeños como celebrados. No se permite la importación de ningún equino fuera de la isla. Y el caballo que sale de Islandia, ya no puede volver. Todo para preservar la pureza, algo de lo que se habla mucho aquí: la pureza del agua, del idioma que sobrevive de aquel viejo nórdico, de la gente dura que todavía se definen, solo medio en broma, como vikingos.Tras los pasos de Julio VerneJ. AnsorenaNuestro excursionismo es de alfombra roja . Comemos como reyes y caminamos poco. Pero hay momentos que encogen el pecho. Como saltar a cuatro metros de altura a un río glaciar, con el agua a cuatro grados, durante una salida de rafting. «Saltamos en verano o en invierno», dice Arwen, que comanda la embarcación. Él creció en las faldas indias del Himalaya pero ha adoptado el espíritu indómito islandés.El paisaje vuelve a asombrar en la península de Snæfellsnes : montañas como zigurats, campos de lava cubiertos por musgo amarillento, como el bigote quemado de un fumador. Desfiladeros, gargantas y lomas por las que corren cascadas incontables. Es el Lejano Oeste en el Norte.En el horizonte, siempre asoma algún glaciar-volcán. En esta zona está Snæfellsjökull , el que Julio Verne imaginó como puerta de entrada a su ‘Viaje al centro de la Tierra’. Y más allá el Langjökull , la última parada de este periplo. De la mano de Logi, llegamos casi hasta su cima. Allí nos acordamos de Verne y entramos en túneles dentro del glaciar, un truco turístico simpático. Pero al salir sigue la desolación. El hielo centenario, el polvo de lava milenario. Y las gentes endurecidas un territorio tan asombroso como severo. Un excepcionalismo forjado desde una dureza y desde un destierro altivo que empequeñecen a los visitantes.Rumbo de vuelta hacia el aeropuerto, en los campos de roca volcánica apenas crece una planta con flores púrpura, que parece lavanda a primera vista. Hace las delicias de los ‘instagramers’ en verano, pero Logi detesta esta especie invasora. «Es la planta más odiada en Islandia. Dificulta que crezcan las de aquí».
‘Chac, chac’, el todoterreno avanza por la superficie de un glaciar aplastando su capa superficial como si fuera un mar de oblea blanca. Por la ladera de Langjökull -‘glaciar largo’- bajan riachuelos de agua deshelada, caldeada por un sol infrecuente. Es mi último … día en Islandia y lo más inhóspito queda para el final.
«El 70% u 80% de Islandia es inhabitable», dice Logi, el guía que conduce. Es un bigardo con barba roja, gorra plana y zapatillas Jordan. Un vikingo infusionado con hip hop. No lamenta la dificultad para vivir en su tierra. La celebra.
Por la ventana del vehículo, los urbanitas miramos con nerviosismo los ‘molinos’, agujeros formados en el glaciar por el deshielo. Logi los esquiva con una mano en el volante mientras cuenta con socarronería historias de familias incrustadas en esas fisuras o se inventa la presencia de serpientes glaciares. Y asegura con orgullo cómo los islandeses atan a sus niños a trineos tirados por esos todoterrenos para que se hagan al lugar.
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Mi paraíso en Italia
Javier Martínez-Brocal
Queda en él algo de esas fantasías que llegaban a los europeos sobre esta tierra de hielo y fuego, de glaciar y volcán. Historias de trolls y otros seres mitológicos, de islandeses que vivían entre 150 y 300 años, de cuervos con pico de hierro que atacan a los foráneos.
También hay en Logi algo de ‘cowboy’ en el hielo. El estoicismo frente a la violencia de la naturaleza que le rodea. El acento sobre el individuo, forjado por generaciones que han sobrevivido a esas condiciones. Desconfía de los gobiernos: «Cuando intervienen, se estropea todo». Desconfía del cambio climático: recuerda que sus antepasados, los vikingos, se establecieron aquí en una época de calentamiento, con las praderas ahora peladas llenas de bosques. Desconfía de la gente que viene de fuera, aunque sean sus clientes. Y del ejército de jóvenes de toda Europa que vienen aquí a hacer dinero -sobre todo en el sector turístico- a cambio de pasar frío y ver poca luz. Durante el viaje nos encontramos a chicos de Eslovaquia, Alemania, Suiza, Italia, Rumanía o España haciendo su agosto. «Se está perdiendo pureza», lamenta Logi, en un día primaveral en el que Islandia no parece Islandia.
Hemos aterrizado en Reikiavik diez días antes. Islandia sorprende desde que aparece por la ventanilla del avión. La primera impresión es un manto verde extraño, con nubes gaseosas que emanan de la tierra, entre los pliegues y arrugas de campos de lava.
En tierra, para cualquiera llegada desde el sur de Europa o desde el caos de Nueva York, lo primero que sacude es el silencio escandinavo en el aeropuerto. Y el paisaje humano: una congregación global de excursionistas bien, una reunión de ‘scouts’ de alta gama y mediana edad, un desfile de chirucas de marca, pantalones de ‘trekking’ impolutos, cortavientos estrenados. Es la primera señal de algo que se hará evidente a cada paso: esto es muy caro. Las cervezas cuestan no menos de 13 o 14 euros, los bocadillos empiezan en 20 y una comida en restaurante y con vino es difícil que baje de los tres dígitos.
La verdad es que todo eso me afecta poco. Tengo la fortuna enorme de viajar invitado por la familia de mi pareja. También es cierto que no es el viaje que yo elegiría hacer. No voy a comer ballena. No podré perderme en caminatas de seis o siete horas. No llegaré a cascadas remotas. El itinerario está organizado desde hace meses. La ventana para la improvisación y la aventura es estrecha. Puedo restregarme en el luto del viaje que no haré esta vez. O puedo disfrutar de todo lo que se ponga en mi camino. Y si hay alguna pena, ahogarla por la noche con una Boli, la mejor ‘lager’ que he encontrado en el país. Pero todo lo que nos encontramos merece el viaje y no tengo que fingir mi agradecimiento.
Apenas bajados del avión vamos a Blue Lagoon, un complejo espectacular de aguas termales, muy cerca de Reikiavik, donde se reblandecen las carnes los turistas… Siento que el cuerpo no se merece tan buen tratamiento con tan poco desgaste.
«Llevábamos tres semanas sin ver el sol», dice al día siguiente Arni, un guía urbano en Reikiavik. Parece casi disculparse ante un sol espléndido y 14 grados. Explotan las terrazas de la ciudad, con los locales en camiseta. Parece cualquier capital europea en verano.
En un par de días en Reikiavik aprendemos a toda velocidad sobre la gastronomía local: la ‘kleina’, el donut islandés; su grandioso cordero, el salmón, la trucha y el bacalao en todas sus formas; y curiosidades como el tiburón fermentado o el frailecillo, un pájaro que se asemeja al pingüino y que sabe a hígado.
No comemos ballenas, pero sí las vemos desde un barco. «El mar se va a mover», advierte en perfecto español Alessio, un italiano itinerante que trabaja en la excursión. El oleaje es un divertimento para algunos, una pesadilla para otros. Parecía un día espléndido en el puerto. Es difícil no pensar en los vikingos que venían con cascarones de madera hasta aquí. Y más allá, hasta América, mucho antes que nuestro Colón. Los cetáceos se hacen esperar, pero aparecen por fin, magníficos, ondeando presumidos su cola.
Paisaje abrumador
Nos escapamos del grupo para visitas menos familiares. El Museo Fálico Islandés, una rareza indispensable; las instalaciones de Björk en la Galería Nacional de Islandia o la catedral moderna Hallgrimskirkja, cuya torre domina la capital de Islandia. Delante de su pórtico de hormigón basto hay una estatua de Leif Erikson, considerado el primer vikingo que llegó a Norteamérica. Fue el hijo de Erik el Rojo, primer colonizador de Groenlandia. Ahora las ambiciones de conquista navegan en la corriente contraria: Donald Trump quiere quedarse con Groenlandia. Y el presidente de EE.UU. habló de ambiciones sobre Islandia en su discurso en Davos el pasado febrero. Fue un lapso, pero eso les da igual a los islandeses. «Si se queda con Groenlandia, los próximos somos nosotros», dice Arni mientras compartimos un Brennivin, el orujo nacional. Este mes los islandeses votarán en referéndum sobre un impulso a la negociación para entrar en la UE, con el sí animado por la incomodidad con Trump.
Todo el tiempo pasado en Reikiavik parece demasiado en cuanto la furgoneta pone tierra de por medio con la capital. se comprende por qué el turismo se ha disparado en Islandia. Voy con la cara pegada a la ventana, embobado por la sucesión de paisajes en el llamado Círculo Dorado: volcanes cobrizos, sierras que podría haber esculpido Gaudí, campos de lava y todos los tonos posibles del verde. Llegamos al Parque Nacional de Þingvellir, de importancia histórica y geológica: aquí se juntaba el Alþingi cada año desde mediados del siglo X, una especie de parlamento de jefes vikingos; y se juntan las placas tectónicas de Eurasia y de Norteamérica. Aquí y en todo el país, el espectáculo de las cascadas es inacabable. Paramos en Gullfoss, un salto con una potencia abrumadora, una picadora para cualquier cosa que caiga dentro. Más adelante lo haremos en Skogafoss, Bruarfoss… Todas impresionan.
Igual que impresiona la llegada en ferry a Vestmannaeyjar, un pequeño archipiélago al sur, moldeado por erupciones volcánicas. En un día de sol se mezclan el azul casi turquesa del mar, la lava todavía fresca, acantilados cubiertos de frailecillos y sierras sobre el mar tocadas con un verde eléctrico, fosforescente.
Pasan los días y las playas de arena negra, las columnas hexagonales de basalto que deja la contracción de la lava al tocar el agua, los islotes desgajados de los glaciares, los campos pelados en un lugar donde sufren los árboles… Por todos lados campan las ovejas y los caballos islandeses, tan pequeños como celebrados. No se permite la importación de ningún equino fuera de la isla. Y el caballo que sale de Islandia, ya no puede volver. Todo para preservar la pureza, algo de lo que se habla mucho aquí: la pureza del agua, del idioma que sobrevive de aquel viejo nórdico, de la gente dura que todavía se definen, solo medio en broma, como vikingos.
Tras los pasos de Julio Verne
Nuestro excursionismo es de alfombra roja. Comemos como reyes y caminamos poco. Pero hay momentos que encogen el pecho. Como saltar a cuatro metros de altura a un río glaciar, con el agua a cuatro grados, durante una salida de rafting. «Saltamos en verano o en invierno», dice Arwen, que comanda la embarcación. Él creció en las faldas indias del Himalaya pero ha adoptado el espíritu indómito islandés.
El paisaje vuelve a asombrar en la península de Snæfellsnes: montañas como zigurats, campos de lava cubiertos por musgo amarillento, como el bigote quemado de un fumador. Desfiladeros, gargantas y lomas por las que corren cascadas incontables. Es el Lejano Oeste en el Norte.
En el horizonte, siempre asoma algún glaciar-volcán. En esta zona está Snæfellsjökull, el que Julio Verne imaginó como puerta de entrada a su ‘Viaje al centro de la Tierra’. Y más allá el Langjökull, la última parada de este periplo. De la mano de Logi, llegamos casi hasta su cima. Allí nos acordamos de Verne y entramos en túneles dentro del glaciar, un truco turístico simpático. Pero al salir sigue la desolación. El hielo centenario, el polvo de lava milenario. Y las gentes endurecidas un territorio tan asombroso como severo. Un excepcionalismo forjado desde la dureza y desde un destierro altivo que empequeñecen a los visitantes.
Rumbo de vuelta hacia el aeropuerto, en los campos de roca volcánica apenas crece una planta con flores púrpura, que parece lavanda a primera vista. Hace las delicias de los ‘instagramers’ en verano, pero Logi detesta esta especie invasora. «Es la planta más odiada en Islandia. Dificulta que crezcan las de aquí».
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