Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal.
Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal. Seguir leyendo
Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal.
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