En 2022, el fotógrafo británico-iraní Aria Shahrokhshahi (1996) participaba como voluntario en una operación de evacuación de civiles cerca de la línea del frente, en Ucrania, cuando un cohete de artillería explotó a pocos metros. “Fue un milagro que sobreviviésemos todos”, apunta el autor. “Llovía tanto que el terreno encharcado pudo haber absorbido el impacto”. De ahí surgió el título que da nombre a su primera publicación Wet Ground, metáfora de una tierra que no se mantiene firme, donde no es fácil fijar una identidad y la memoria se ve atravesada por el trauma y la destrucción, y, en la que, aun así, la gente intenta vivir, amar y recordar.
En 2022, el fotógrafo británico-iraní Aria Shahrokhshahi (1996) participaba como voluntario en una operación de evacuación de civiles cerca de la línea del frente, en Ucrania, cuando un cohete de artillería explotó a pocos metros. “Fue un milagro que sobreviviésemos todos”, apunta el autor. “Llovía tanto que el terreno encharcado pudo haber absorbido el impacto”. De ahí surgió el título que da nombre a su primera publicación Wet Ground, metáfora de una tierra que no se mantiene firme, donde no es fácil fijar una identidad y la memoria se ve atravesada por el trauma y la destrucción, y, en la que, aun así, la gente intenta vivir, amar y recordar. Seguir leyendo
En 2022, el fotógrafo británico-iraní Aria Shahrokhshahi (1996) participaba como voluntario en una operación de evacuación de civiles cerca de la línea del frente, en Ucrania, cuando un cohete de artillería explotó a pocos metros. “Fue un milagro que sobreviviésemos todos”, apunta el autor. “Llovía tanto que el terreno encharcado pudo haber absorbido el impacto”. De ahí surgió el título que da nombre a su primera publicación Wet Ground, metáfora deuna tierra que no se mantiene firme, donde no es fácil fijar una identidad y la memoria se ve atravesada por el trauma y la destrucción, y, en la que, aun así, la gente intenta vivir, amar y recordar.











En Wet Ground, las heridas de una guerra no ocupan un primer plano: se cuelan entre las grietas de lo cotidiano, entre plantas, en el columpio del jardín, en la ropa sucia de barro y en los desconchados de las paredes y convierten el propio acto de sobrevivir en una forma de resistencia. Anidan en las contradicciones que atraviesa la vida diaria en Ucrania, donde coexisten realidades muy dispares en un mismo día: la rutina y la violencia de la guerra, y se reflejan las contradicciones y complejidades del ser humano. Es en esos momentos familiares, que a veces rozan lo insólito y lo absurdo, donde Shahrokhshahi centra su mirada.
La publicación reúne una serie de imágenes realizadas a lo largo de los últimos siete años por el fotógrafo en Ucrania. Su primera visita tuvo lugar en 2019, atraído por ese momento de efervescencia cultural y búsqueda de identidad que trajo consigo la revolución del Maidán. Regresaría después de que Rusia invadiera el país en febrero de 2022, como voluntario de una ONG, y para mantener contacto con sus amistades. “Me parece algo tan hermoso que las personas, incluso en medio de circunstancias tan adversas, sean capaces de mantenerse firmes y dignos”, señala.

Las imágenes en blanco y negro se suceden unas a otras sin título ni otra referencia textual en consonancia con el carácter poético y enigmático de la publicación. Un poema de Charlotte Shevchenko Knight abre la secuencia. Habla del miedo como algo inevitable en la experiencia humana, que sin embargo no nos impide soñar. Se refiere a la persistencia de la imaginación y de la conciencia onírica, a cómo, en medio del caos, la violencia o la incertidumbre, la mente sigue creando imágenes para seguir creyendo en algo luminoso.
“La mejor manera de aburrir a alguien es contarle todo”, advierte Shahrokhshahi. “Una de las cosas que más me gusta de la fotografía es cómo una centésima de segundo puede encerrar tanto misterio y a suscitar tantas preguntas, llevando al espectador a aportar su experiencia vital al imaginar lo que está ocurriendo. Hay muchas situaciones que pueden ser absurdas en la guerra. Quería reflejar eso e invitar a la gente a implicarse en la obra, a preguntarse: ‘¿qué demonios está pasando?’, desde su propia lectura de las imágenes. No estoy tan interesado en la verdad o en los hechos, en el sentido en que lo haría el fotoperiodismo, sino en abrir un espacio de exploración e incertidumbre en torno a la imagen”.

Así, Wet Ground no es un libro sobre la guerra, sino sobre la identidad, sobre “qué significa ser quien eres cuando tu vida transcurre en medio de un conflicto bélico, cuando te sientes amenazado”, señala el autor. “Mi obra se centra en la identidad, en la masculinidad, en el absurdo y en la dualidad”.
El fotógrafo utiliza una cámara de gran formato. El blanco y negro le resulta más económico que el color al tiempo que simplifica la imagen. De igual forma, hace uso del flash para remitir a la fotografía de prensa y conferir a las imágenes una sensación de observación casi clínica. Evidence, de Larry Sultan y Mike Mandel, y Some Say Ice, de Alessandra Sanguinetti, han sido referencias para el autor. Ambas publicaciones entienden la fotografía como un lugar donde la realidad se vuelve inestable: no muestran simplemente “lo que pasó”, sino que obligan al espectador a habitar la duda, el misterio y la imaginación.
Busca escenas en las que lo cotidiano y lo contradictorio convivan dentro del contexto de la guerra. Una noche acudió a una discoteca de menores, a 30 km de la línea del frente. Allí consiguió una de las imágenes de las que se siente más orgulloso: el primer beso de una pareja de adolescentes, observado por un amigo resignado a hacer de carabina. La guerra sigue ahí como un ruido de fondo insoportable frente a una escena llena de ternura y también de cotidianeidad. El autor no intenta hacer de sus protagonistas unas víctimas, sino devolverles una humanidad cotidiana.

La secuenciación del libro fluye de manera que permite al lector establecer distintas conexiones y evita que este se acomode, sorprendiéndolo y desviándolo constantemente hacia nuevas expectativas. “Del mismo modo que la música y la poesía me llevan a un lugar donde puedo construir historias en mi cabeza y cuestionar las cosas, busco que la secuenciación funcione como un poema. Crear asombro, creo que sería la mejor manera de decirlo”.
Shahrokhshahi asegura que le interesan “los momentos intermedios”. Así, en Wet Ground, los finales y los comienzos se entrelazan constantemente: la guerra, la infancia, la noche, incluso un bebé recién nacido, funcionan como imágenes de tránsito, de algo que termina mientras otra cosa empieza. Frente al exterior marcado por el caos y la inestabilidad, predominan las imágenes del interior. Allí es donde el autor sitúa la salvación, en el interior de uno mismo. En palabras de Shevchenko Knight: “No sabíamos que seguíamos soñando todo el tiempo, una vida entera señalando al cielo diciendo: ¿todo sigue siendo plateado?”.
Wet Ground. Aria Shahrokhshahi. Loose Joints Publishing (2026). 144 páginas. 57 euros.
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