«Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos», escribió Gimferrer . La mecánica del mar la aprecio yo ahora cerca, cuando el verano nos va a traer su antídoto de azules, su salud de resurrección. Otro poeta sostenía que el mar es la forma visible del infinito. Quizá existe una poesía del mar, aunque el mar ha sido más bien un telón nobilísimo, una tramoya celeste para que el poeta diga con una cosa otra cosa, que es de lo que se trata. El mar aparece mucho en la poesía, pero no siempre bajo majestad protagónica. Es a veces un espejo, a veces una amenaza, a veces una nostalgia con sal. Homero vio en él un escenario de errancias memorables, Baudelaire le reconoció una condición de alma turbulenta, mientras Kavafis se emocionó bajo esa melancolía de puerto donde siempre parece que alguien acaba de irse o está a punto de volver. Rafael Alberti entendió el mar no como asunto literario sino como patria respiratoria, aupando un vínculo de hijo expulsado, de criatura que lleva dentro una marea aunque duerma tan lejos de la costa. Naturalmente hay semejanzas entre el mar y la poesía, que empiezan en el ritmo, o ahí concluyen. Porque el mar repite, insiste, corrige, igual que el verso cuando encuentra su partitura. No hay poeta que no haya querido asomarse alguna vez a esa mecánica hipnótica, desde Neruda , que lo convirtió en materia casi corporal, hasta Saint-John Perse , que le dio solemnidad de himno. Pessoa entendió el océano como destino nacional y también como enfermedad del alma. El mar concede al poeta una grandilocuencia permitida, una forma áurea del exceso. Borges lo supo mirar con distancia metafísica. José Hierro , con una intimidad menos aparatosa. Uno puede escribir sobre una calle o una lámpara, naturalmente, pero el mar exige otro aliento, una respiración menos doméstica. Quiero decir que el mar vive en las antípodas del río, si probamos a buscarle parentesco literario. El río se deja contar como biografía. El mar, en cambio, comparece como destino. Uno recuerda ríos como quien recuerda conversaciones, pero el mar vuelve siempre como una conmoción antigua. Cantamos mucho el mar, pero el mar siempre está pendiente de ser cantado. Lo vemos siempre por vez primera. «Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos», escribió Gimferrer . La mecánica del mar la aprecio yo ahora cerca, cuando el verano nos va a traer su antídoto de azules, su salud de resurrección. Otro poeta sostenía que el mar es la forma visible del infinito. Quizá existe una poesía del mar, aunque el mar ha sido más bien un telón nobilísimo, una tramoya celeste para que el poeta diga con una cosa otra cosa, que es de lo que se trata. El mar aparece mucho en la poesía, pero no siempre bajo majestad protagónica. Es a veces un espejo, a veces una amenaza, a veces una nostalgia con sal. Homero vio en él un escenario de errancias memorables, Baudelaire le reconoció una condición de alma turbulenta, mientras Kavafis se emocionó bajo esa melancolía de puerto donde siempre parece que alguien acaba de irse o está a punto de volver. Rafael Alberti entendió el mar no como asunto literario sino como patria respiratoria, aupando un vínculo de hijo expulsado, de criatura que lleva dentro una marea aunque duerma tan lejos de la costa. Naturalmente hay semejanzas entre el mar y la poesía, que empiezan en el ritmo, o ahí concluyen. Porque el mar repite, insiste, corrige, igual que el verso cuando encuentra su partitura. No hay poeta que no haya querido asomarse alguna vez a esa mecánica hipnótica, desde Neruda , que lo convirtió en materia casi corporal, hasta Saint-John Perse , que le dio solemnidad de himno. Pessoa entendió el océano como destino nacional y también como enfermedad del alma. El mar concede al poeta una grandilocuencia permitida, una forma áurea del exceso. Borges lo supo mirar con distancia metafísica. José Hierro , con una intimidad menos aparatosa. Uno puede escribir sobre una calle o una lámpara, naturalmente, pero el mar exige otro aliento, una respiración menos doméstica. Quiero decir que el mar vive en las antípodas del río, si probamos a buscarle parentesco literario. El río se deja contar como biografía. El mar, en cambio, comparece como destino. Uno recuerda ríos como quien recuerda conversaciones, pero el mar vuelve siempre como una conmoción antigua. Cantamos mucho el mar, pero el mar siempre está pendiente de ser cantado. Lo vemos siempre por vez primera.
«Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos», escribió Gimferrer. La mecánica del mar la aprecio yo ahora cerca, cuando el verano nos va a traer su antídoto de azules, su salud de resurrección. Otro poeta sostenía que el mar es … la forma visible del infinito. Quizá existe una poesía del mar, aunque el mar ha sido más bien un telón nobilísimo, una tramoya celeste para que el poeta diga con una cosa otra cosa, que es de lo que se trata.
El mar aparece mucho en la poesía, pero no siempre bajo majestad protagónica. Es a veces un espejo, a veces una amenaza, a veces una nostalgia con sal. Homero vio en él un escenario de errancias memorables, Baudelaire le reconoció una condición de alma turbulenta, mientras Kavafis se emocionó bajo esa melancolía de puerto donde siempre parece que alguien acaba de irse o está a punto de volver.
Rafael Alberti entendió el mar no como asunto literario sino como patria respiratoria, aupando un vínculo de hijo expulsado, de criatura que lleva dentro una marea aunque duerma tan lejos de la costa. Naturalmente hay semejanzas entre el mar y la poesía, que empiezan en el ritmo, o ahí concluyen. Porque el mar repite, insiste, corrige, igual que el verso cuando encuentra su partitura. No hay poeta que no haya querido asomarse alguna vez a esa mecánica hipnótica, desde Neruda, que lo convirtió en materia casi corporal, hasta Saint-John Perse, que le dio solemnidad de himno.
Pessoa entendió el océano como destino nacional y también como enfermedad del alma. El mar concede al poeta una grandilocuencia permitida, una forma áurea del exceso. Borges lo supo mirar con distancia metafísica. José Hierro, con una intimidad menos aparatosa. Uno puede escribir sobre una calle o una lámpara, naturalmente, pero el mar exige otro aliento, una respiración menos doméstica. Quiero decir que el mar vive en las antípodas del río, si probamos a buscarle parentesco literario. El río se deja contar como biografía. El mar, en cambio, comparece como destino. Uno recuerda ríos como quien recuerda conversaciones, pero el mar vuelve siempre como una conmoción antigua. Cantamos mucho el mar, pero el mar siempre está pendiente de ser cantado. Lo vemos siempre por vez primera.
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