Es un placer sentarse a conversar con el historiador galés Lloyd Llewellyn-Jones (Cardiff, 59 años) sobre Babilonia, probablemente la ciudad más vilipendiada del mundo después de Sodoma. Llewellyn-Jones, que ya nos deleitó con Los persas y Las Cleopatras, ha dedicado un monumental libro de seiscientas páginas a la urbe, denostada en la Biblia como “la gran ramera” (Babilonia, la biografía de una metrópolis, Ático de los Libros, 2027), una obra que se lee con verdadera pasión aunque a alguien le puedan amedrentar de entrada los nombres de Hammurabi, Nabucodonosor o Nabopolasar. El estudioso, catedrático de historia antigua de la universidad de Cardiff, admirador de la poesía de R. S. Thomas, evoca y reivindica Babilonia, “la madre de todas las ciudades”, y nos hace soñar con su majestuoso zigurat, sus monumentales puertas, como la de Ishtar, y sus murallas resplandecientes.
El estudioso galés dedica una monografía de seiscientas páginas a revivir y reivindicar la extraordinaria urbe de la antigüedad, denostada en la Biblia como “la gran ramera”
Es un placer sentarse a conversar con el historiador galés Lloyd Llewellyn-Jones (Cardiff, 59 años) sobre Babilonia, probablemente la ciudad más vilipendiada del mundo después de Sodoma. Llewellyn-Jones, que ya nos deleitó con Los persas y Las Cleopatras, ha dedicado un monumental libro de seiscientas páginas a la urbe, denostada en la Biblia como “la gran ramera” (Babilonia, la biografía de una metrópolis, Ático de los Libros, 2027), una obra que se lee con verdadera pasión aunque a alguien le puedan amedrentar de entrada los nombres de Hammurabi, Nabucodonosor o Nabopolasar. El estudioso, catedrático de historia antigua de la universidad de Cardiff, admirador de la poesía de R. S. Thomas, evoca y reivindica Babilonia, “la madre de todas las ciudades”, y nos hace soñar con su majestuoso zigurat, sus monumentales puertas, como la de Ishtar, y sus murallas resplandecientes.
Pregunta. ¿Qué es Babilonia, una ciudad, un Estado, una idea?
Respuesta. Es todo eso. Fue la ciudad más grande, rica y hermosa del mundo antes de Roma, fue un reino y el centro de un imperio, y es fundamentalmente una idea que ha sobrevivido a la ciudad histórica, y la ha trascendido.
P. Un lugar de mala fama.
R. Babilonia ha sido víctima de una retórica hostil. Eso empezó con el exilio judío en la ciudad. Los judíos, deportados allí por Nabucodonosor II, hicieron de Babilonia un icono de lugar malvado que Dios debía destruir. El mito bíblico de la torre de Babel, que se basa probablemente en la visión del gran zigurat Etemenanki de Babilonia, puede verse como un castigo divino al imperialismo babilónico, mientras que el profeta Jeremías determina que Babilonia ha pecado contra el Señor y por tanto será aniquilada. En realidad, la estancia en Babilonia impactó mucho en la cultura judía y se puede decir que el judaísmo como lo conocemos nació ahí. La teología y la literatura babilonias permean la Biblia, como lo prueban los mitos de la creación, el paraíso, el diluvio o la torre.

P. Lo de gran ramera es un adjetivo fuerte.
R. Es una aportación del Libro del Apocalipsis que reactiva el valor simbólico negativo de Babilonia para aplicarlo a Roma como imperio maligno y depravado en el marco de las persecuciones contra los cristianos de Nerón o Domiciano. Babilonia es Roma, se ha convertido en metáfora flexible de la maldad y la decadencia. Lutero vuelve a emplear la imagen y para él la Roma del papado es una nueva Babilonia. Luego se ha usado Babilonia para denostar cualquier ciudad: Babilonia-Berlín, Hollywood Babilonia…
P. Todo eso no ha sido justo con Babilonia.
R. Claro que no. Esa mala reputación no tiene nada que ver con lo que fue la Babilonia real. Es muy injusta. Babilonia fue una ciudad multicultural, de una sofisticación increíble, adelantada en la ciencia, el arte. Su historia abarca más de dos mil años, con varias caídas (destrucción por los hititas, por los asirios…) de las que se volvió a levantar en una sobrecogedora muestra de resilencia.
P. ¿Cuál fue su gran momento?
R. Es difícil de escoger. La época de Hammurabi, el gran legislador. O la del imperio mesobabilónico de los reyes casitas, cuando se codeó con los superpoderes del mundo, como Egipto, Asiria o Mittani y sus monarcas se escribían con Akenatón o Tutankamón. O la del imperio neobabilónico de Nabucodonosor, con el gran esplendor arquitectónico.
P. Escribe usted que los babilonios no le hacían ascos al sexo precisamente. No andaba tan descaminado el cuplé. “Ay, ba, ay babilonio”…
R. Tenían una actitud relajada en general hacia la sexualidad, libre de vergüenza y de juicios morales; ignoraban muchos de los tabúes nuestros. Había mucho arte erótico. No condenaban ninguna forma de actividad homosexual.
P. ¿Qué hay de la prostitución sagrada?; ha despertado mucho morbo.
R. Eso viene de la imaginación sobrecalentada de los griegos, empezando por Heródoto. Escribió que todas las mujeres babilonias se prostituían un día a fin de recaudar fondos para el culto. No hay ningún indicio. En realidad, el clero femenino de Babilonia eran como monjas.

P. ¿Y los jardines colgantes, esa maravilla?
R. Ah, otro mito griego. Se liaron con los de Nínive, donde sí los había. Otro malentendido babilónico.
P. ¿Por qué perdimos la conexión con la Babilonia histórica?
R. Porque la ciudad se desintegró, literalmente; a diferencia de Egipto o Grecia, los monumentos y ciudades de Babilonia estaban hechos de ladrillos y no de piedra. Babilonia fue disolviéndose en el polvo, volviendo al barro podría decirse. Eso —y nuestro eurocentrismo— alimentó dos mil años del mito de la decadencia por el pecado. Hasta que en la edad moderna la arqueología sacó Babilonia de debajo de la tierra. Hoy, los cientos de miles de tablillas cuneiformes hablan por los babilonios.
P. Y luego llegó Saddam Hussein.
R. Para crear otro mito, el suyo. Otra Babilonia falsa. Muchas sociedades antiguas han sufrido esa megalomanía de dictadores. Roma con Mussolini, Libia con Gadafi, Egipto con Mubarak. Obviamente Irán con el Sha. Han usado la historia para legitimar sus regímenes. Trump lo hace. La historia no está muerte. Vive y respira en todo lo que hacemos.
P. El cine y la novela también han hecho un flaco favor a Babilonia.
R. No tenemos un mundo bien recreado en la ficción como el de Egipto o Grecia. Ni el Nabucco de Verdi con su coro de esclavos judíos, ni la Intolerancia de Griffith, con ese orientalismo lleno de tópicos. Sin duda hay una película magnífica esperando sobre Hammurabi.

P. ¿Hay que recuperar la esencia real de Babilonia?
R. Si no lo hacemos, nos perdemos elementos muy importantes sobre el origen de las cosas, de la ciencia, por ejemplo: el concepto de cero es babilonio como lo es el inicio de la astronomía, y de una épica que antecedió a Homero.
P. Es sacerdote cristiano en la Iglesia en Gales, rama anglicana separada de la Iglesia de Inglaterra y que admite en sus filas personas gays como usted; ¿cómo se combina eso con el interés por Babilonia?
R. Me ordené hace cinco años. Ambas cosas no se contradicen en mi mente. Me atrae la Babilonia real, resucitar a sus gentes, sus vidas cotidianas, sus sentimientos, lo que los emocionaba o los ponía calientes.
P. ¡Cuidado!, el demonio de El exorcista era el babilonio Pazuzu, que por cierto sale en su libro.
R. No tengo miedo a los babilonios y a sus seres sobrenaturales, los conozco bien.
EL PAÍS
