Septiembre se olvidó este sábado del otoño en Sevilla. El sol caía todavía con maneras de agosto sobre el Baratillo y la Maestranza, llena hasta la bandera, buscaba un poco de aire donde apenas lo había. Nadie sabía que después se detendría el tiempo. Lo paró Pablo Aguado . Vestido de azul Consolación de Nervión y oro, el sevillano levantó sobre el albero un monumento a la naturalidad. Tres orejas y una Puerta del Príncipe cuentan el resultado, pero no alcanzan a explicar la tarde. Aguado estuvo enorme, cumbre, sublime. Toreó tan despacio que en uno de sus muletazos daba tiempo a encenderse un cigarro y esperar todavía a que terminara de pasar el toro. Sin prisas ni aspavientos, como si lo imposible fuese fácil. Y Sevilla se volvió loca con él.La corrida de Jandilla , muy bien presentada, ofreció juego desigual. Fue bueno el primero, extraordinario el tercero; también sirvieron quinto y sexto. Emilio de Justo, vestido de verde esperanza y oro, abrió la tarde con un buen toro. Hubo firmeza, temple y mando para cortar la primera oreja. Roca Rey, de tabaco y oro, no encontró en el segundo las mismas posibilidades. Lo buscó, pero aquello no terminó de tomar vuelo.Emilio de Justo cortó una oreja al primero de la tarde Juan FloresY salió el tercero. Entonces cambió la tarde. Pablo Aguado no necesitó anunciarse. Toreó, que parece poco escrito así, pero es muchísimo cuando se hace como lo hizo el sevillano. Todo sucedía sin esfuerzo, con el cuerpo relajado y las muñecas mandando sin que pareciese hacerlo. La muleta iba despacio y el toro detrás. Llegaron derechazos larguísimos, naturales de mano baja, pases de pecho que parecían no acabarse, molinetes y trincherazos. Pero por encima de cualquier catálogo estuvo la forma. Aguado dejaba venir, esperaba, embarcaba y acompañaba, y cuando cualquiera habría terminado el muletazo, a Pablo todavía le quedaba medio pase. La Maestranza rugió : existe una velocidad que no aparece en los relojes, la del toreo bueno. No se puede torear más lento. La tarde había encontrado definitivamente un dueño y una forma de quedarse en la memoria. No por el ruido, sino por la medida; no por la prisa, sino por la pausa. Aguado hizo del temple una manera de decir Sevilla y de cada muletazo una espera. La plaza, puesta en pie, comprendió que estaba viendo una de esas obras que no necesitan explicación. Y ya. Las dos orejas pusieron número a una obra que ya había colocado la plaza boca abajo.Emilio de Justo volvió a intentarlo con el cuarto, pero no encontró las posibilidades del primero. El quinto permitió a Roca Rey regresar a la pelea. Antes, Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez firmaron un gran tercio de banderillas y se desmonteraron. Después apareció el peruano, se fue al toro y construyó una faena de intensidad creciente y mucho valor. Sevilla entró con él y terminó paseando una oreja.Roca Rey tuvo más suerte con su segundo Juan FloresQuedaba el sexto y quedaba una Puerta del Príncipe por abrir. Iván García saludó montera en mano después de banderillear y Aguado regresó sin intención de administrar las dos orejas que ya llevaba. Salió a torear. Y volvieron la naturalidad, el temple y aquella lentitud que parecía desafiar cualquier medida del tiempo. Pablo se abandonó con el toro y la Maestranza se abandonó con Pablo. Otra vez derechazos cosidos, naturales sin tirones y pases de pecho larguísimos. Hubo molinetes y pases de las flores sin perder el hilo del toreo. La plaza estaba desbordada, desbocada, rendida ante un torero que había encontrado la manera de poner de acuerdo a Sevilla. El «¡torero, torero!», bajó desde los tendidos. Era Sevilla reconociendo a uno de los suyos. Pablo Aguado, torero de Sevilla.Feria de San Miguel Real Maestranza de Sevilla Sábado, 26 de septiembre de 2026. 24ª de abono. Tercera de la Feria de San Miguel. Lleno. Toros de Jandilla, muy bien presentados, de juego desigual. Bueno el 1º, gran toro el 3º y buenos 5º y 6º. Emilio de Justo, de verde esperanza y oro: estocada un poco trasera (oreja); estocada un dedo trasera (fuerte ovación). Roca Rey, de tabaco y oro: estocada desprendida (silencio); buena estocada (oreja). Pablo Aguado, de azul Consolación de Nervión y oro: estocada (dos orejas); estocada y tres descabellos (oreja). Incidencias: Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el 5º. Iván García se desmonteró en el 6º. Pablo Aguado salió por la Puerta del Príncipe.Mató bien al sexto, pero el toro se resistió a echarse. Llegó el descabello una vez, otra y hasta una tercera, y la Puerta del Príncipe pareció pender de aquello que ya estaba conquistado con la muleta. Pero la Maestranza no quiso saber de cuentas. Sevilla pidió la oreja y el presidente, Gabriel Fernández-Rey , tuvo la sensibilidad de interpretar lo ocurrido sobre el albero y atender el clamor de los tendidos. Era la tercera. Era la Puerta del Príncipe.Y entonces la tarde tuvo también su mirada al cielo. Apenas un día antes había muerto Antonio Rojas , alguien a quien quiso como a un segundo padre. La alegría llevaba cosida la puntada de una ausencia. Allí arriba estaría Antonio junto a Julio Aguado, el padre de Pablo, viendo cómo salía a hombros por la Puerta del Príncipe. Y como Pablo es rociero de Triana, seguro que entre Sevilla y el cielo hubo también un camino de arena y marismas por el que llevar aquellas tres orejas hasta las plantas de la Virgen del Rocío. Abajo rugía la Maestranza y arriba, quién sabe, Antonio Rojas y Julio Aguado ya estarían celebrando juntos la victoria. Septiembre seguía pareciendo agosto cuando se abrió la Puerta del Príncipe, pero el reloj del Baratillo hacía mucho que se había detenido. Lo había parado Pablo Aguado. Un monumento a la naturalidad. Pablo Aguado, torero de Sevilla.RevolerasDel Príncipe al Colón . La Puerta del Príncipe no terminó en el Paseo de Colón. Pablo Aguado ni siquiera entró en la furgoneta. Sevilla quiso seguir llevándolo a hombros hasta las mismas puertas del Hotel Colón. Del Baratillo al hotel, entre aficionados y gritos de «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!». Hay triunfos en Sevilla que necesitan un paseo más largo.Escuela sevillana . Pablo Aguado es el vivo retrato de la escuela sevillana. Técnica depurada escondida bajo una naturalidad que parece hacerlo todo sencillo. Temple, despaciosidad, muñecas y ninguna estridencia. Sevilla tiene una forma particular de emocionarse con el toreo. Aguado la conoce, la interpreta y, cuando se abandona, la borda.Plata de ley . La tarde también tuvo brillo en las cuadrillas. Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el quinto después de un gran tercio de banderillas. Iván García hizo lo propio en el sexto. Tres monteras en las manos y tres ovaciones de una Maestranza que también sabe reconocer cuando la plata reluce. Septiembre se olvidó este sábado del otoño en Sevilla. El sol caía todavía con maneras de agosto sobre el Baratillo y la Maestranza, llena hasta la bandera, buscaba un poco de aire donde apenas lo había. Nadie sabía que después se detendría el tiempo. Lo paró Pablo Aguado . Vestido de azul Consolación de Nervión y oro, el sevillano levantó sobre el albero un monumento a la naturalidad. Tres orejas y una Puerta del Príncipe cuentan el resultado, pero no alcanzan a explicar la tarde. Aguado estuvo enorme, cumbre, sublime. Toreó tan despacio que en uno de sus muletazos daba tiempo a encenderse un cigarro y esperar todavía a que terminara de pasar el toro. Sin prisas ni aspavientos, como si lo imposible fuese fácil. Y Sevilla se volvió loca con él.La corrida de Jandilla , muy bien presentada, ofreció juego desigual. Fue bueno el primero, extraordinario el tercero; también sirvieron quinto y sexto. Emilio de Justo, vestido de verde esperanza y oro, abrió la tarde con un buen toro. Hubo firmeza, temple y mando para cortar la primera oreja. Roca Rey, de tabaco y oro, no encontró en el segundo las mismas posibilidades. Lo buscó, pero aquello no terminó de tomar vuelo.Emilio de Justo cortó una oreja al primero de la tarde Juan FloresY salió el tercero. Entonces cambió la tarde. Pablo Aguado no necesitó anunciarse. Toreó, que parece poco escrito así, pero es muchísimo cuando se hace como lo hizo el sevillano. Todo sucedía sin esfuerzo, con el cuerpo relajado y las muñecas mandando sin que pareciese hacerlo. La muleta iba despacio y el toro detrás. Llegaron derechazos larguísimos, naturales de mano baja, pases de pecho que parecían no acabarse, molinetes y trincherazos. Pero por encima de cualquier catálogo estuvo la forma. Aguado dejaba venir, esperaba, embarcaba y acompañaba, y cuando cualquiera habría terminado el muletazo, a Pablo todavía le quedaba medio pase. La Maestranza rugió : existe una velocidad que no aparece en los relojes, la del toreo bueno. No se puede torear más lento. La tarde había encontrado definitivamente un dueño y una forma de quedarse en la memoria. No por el ruido, sino por la medida; no por la prisa, sino por la pausa. Aguado hizo del temple una manera de decir Sevilla y de cada muletazo una espera. La plaza, puesta en pie, comprendió que estaba viendo una de esas obras que no necesitan explicación. Y ya. Las dos orejas pusieron número a una obra que ya había colocado la plaza boca abajo.Emilio de Justo volvió a intentarlo con el cuarto, pero no encontró las posibilidades del primero. El quinto permitió a Roca Rey regresar a la pelea. Antes, Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez firmaron un gran tercio de banderillas y se desmonteraron. Después apareció el peruano, se fue al toro y construyó una faena de intensidad creciente y mucho valor. Sevilla entró con él y terminó paseando una oreja.Roca Rey tuvo más suerte con su segundo Juan FloresQuedaba el sexto y quedaba una Puerta del Príncipe por abrir. Iván García saludó montera en mano después de banderillear y Aguado regresó sin intención de administrar las dos orejas que ya llevaba. Salió a torear. Y volvieron la naturalidad, el temple y aquella lentitud que parecía desafiar cualquier medida del tiempo. Pablo se abandonó con el toro y la Maestranza se abandonó con Pablo. Otra vez derechazos cosidos, naturales sin tirones y pases de pecho larguísimos. Hubo molinetes y pases de las flores sin perder el hilo del toreo. La plaza estaba desbordada, desbocada, rendida ante un torero que había encontrado la manera de poner de acuerdo a Sevilla. El «¡torero, torero!», bajó desde los tendidos. Era Sevilla reconociendo a uno de los suyos. Pablo Aguado, torero de Sevilla.Feria de San Miguel Real Maestranza de Sevilla Sábado, 26 de septiembre de 2026. 24ª de abono. Tercera de la Feria de San Miguel. Lleno. Toros de Jandilla, muy bien presentados, de juego desigual. Bueno el 1º, gran toro el 3º y buenos 5º y 6º. Emilio de Justo, de verde esperanza y oro: estocada un poco trasera (oreja); estocada un dedo trasera (fuerte ovación). Roca Rey, de tabaco y oro: estocada desprendida (silencio); buena estocada (oreja). Pablo Aguado, de azul Consolación de Nervión y oro: estocada (dos orejas); estocada y tres descabellos (oreja). Incidencias: Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el 5º. Iván García se desmonteró en el 6º. Pablo Aguado salió por la Puerta del Príncipe.Mató bien al sexto, pero el toro se resistió a echarse. Llegó el descabello una vez, otra y hasta una tercera, y la Puerta del Príncipe pareció pender de aquello que ya estaba conquistado con la muleta. Pero la Maestranza no quiso saber de cuentas. Sevilla pidió la oreja y el presidente, Gabriel Fernández-Rey , tuvo la sensibilidad de interpretar lo ocurrido sobre el albero y atender el clamor de los tendidos. Era la tercera. Era la Puerta del Príncipe.Y entonces la tarde tuvo también su mirada al cielo. Apenas un día antes había muerto Antonio Rojas , alguien a quien quiso como a un segundo padre. La alegría llevaba cosida la puntada de una ausencia. Allí arriba estaría Antonio junto a Julio Aguado, el padre de Pablo, viendo cómo salía a hombros por la Puerta del Príncipe. Y como Pablo es rociero de Triana, seguro que entre Sevilla y el cielo hubo también un camino de arena y marismas por el que llevar aquellas tres orejas hasta las plantas de la Virgen del Rocío. Abajo rugía la Maestranza y arriba, quién sabe, Antonio Rojas y Julio Aguado ya estarían celebrando juntos la victoria. Septiembre seguía pareciendo agosto cuando se abrió la Puerta del Príncipe, pero el reloj del Baratillo hacía mucho que se había detenido. Lo había parado Pablo Aguado. Un monumento a la naturalidad. Pablo Aguado, torero de Sevilla.RevolerasDel Príncipe al Colón . La Puerta del Príncipe no terminó en el Paseo de Colón. Pablo Aguado ni siquiera entró en la furgoneta. Sevilla quiso seguir llevándolo a hombros hasta las mismas puertas del Hotel Colón. Del Baratillo al hotel, entre aficionados y gritos de «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!». Hay triunfos en Sevilla que necesitan un paseo más largo.Escuela sevillana . Pablo Aguado es el vivo retrato de la escuela sevillana. Técnica depurada escondida bajo una naturalidad que parece hacerlo todo sencillo. Temple, despaciosidad, muñecas y ninguna estridencia. Sevilla tiene una forma particular de emocionarse con el toreo. Aguado la conoce, la interpreta y, cuando se abandona, la borda.Plata de ley . La tarde también tuvo brillo en las cuadrillas. Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el quinto después de un gran tercio de banderillas. Iván García hizo lo propio en el sexto. Tres monteras en las manos y tres ovaciones de una Maestranza que también sabe reconocer cuando la plata reluce.
Septiembre se olvidó este sábado del otoño en Sevilla. El sol caía todavía con maneras de agosto sobre el Baratillo y la Maestranza, llena hasta la bandera, buscaba un poco de aire donde apenas lo había. Nadie sabía que después se detendría el tiempo. Lo … paró Pablo Aguado. Vestido de azul Consolación de Nervión y oro, el sevillano levantó sobre el albero un monumento a la naturalidad. Tres orejas y una Puerta del Príncipe cuentan el resultado, pero no alcanzan a explicar la tarde. Aguado estuvo enorme, cumbre, sublime. Toreó tan despacio que en uno de sus muletazos daba tiempo a encenderse un cigarro y esperar todavía a que terminara de pasar el toro. Sin prisas ni aspavientos, como si lo imposible fuese fácil. Y Sevilla se volvió loca con él.
La corrida de Jandilla, muy bien presentada, ofreció juego desigual. Fue bueno el primero, extraordinario el tercero; también sirvieron quinto y sexto. Emilio de Justo, vestido de verde esperanza y oro, abrió la tarde con un buen toro. Hubo firmeza, temple y mando para cortar la primera oreja. Roca Rey, de tabaco y oro, no encontró en el segundo las mismas posibilidades. Lo buscó, pero aquello no terminó de tomar vuelo.

(Juan Flores)
Y salió el tercero. Entonces cambió la tarde. Pablo Aguado no necesitó anunciarse. Toreó, que parece poco escrito así, pero es muchísimo cuando se hace como lo hizo el sevillano. Todo sucedía sin esfuerzo, con el cuerpo relajado y las muñecas mandando sin que pareciese hacerlo. La muleta iba despacio y el toro detrás. Llegaron derechazos larguísimos, naturales de mano baja, pases de pecho que parecían no acabarse, molinetes y trincherazos. Pero por encima de cualquier catálogo estuvo la forma. Aguado dejaba venir, esperaba, embarcaba y acompañaba, y cuando cualquiera habría terminado el muletazo, a Pablo todavía le quedaba medio pase. La Maestranza rugió: existe una velocidad que no aparece en los relojes, la del toreo bueno. No se puede torear más lento. La tarde había encontrado definitivamente un dueño y una forma de quedarse en la memoria. No por el ruido, sino por la medida; no por la prisa, sino por la pausa. Aguado hizo del temple una manera de decir Sevilla y de cada muletazo una espera. La plaza, puesta en pie, comprendió que estaba viendo una de esas obras que no necesitan explicación. Y ya. Las dos orejas pusieron número a una obra que ya había colocado la plaza boca abajo.
Emilio de Justo volvió a intentarlo con el cuarto, pero no encontró las posibilidades del primero. El quinto permitió a Roca Rey regresar a la pelea. Antes, Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez firmaron un gran tercio de banderillas y se desmonteraron. Después apareció el peruano, se fue al toro y construyó una faena de intensidad creciente y mucho valor. Sevilla entró con él y terminó paseando una oreja.

(Juan Flores)
Quedaba el sexto y quedaba una Puerta del Príncipe por abrir. Iván García saludó montera en mano después de banderillear y Aguado regresó sin intención de administrar las dos orejas que ya llevaba. Salió a torear. Y volvieron la naturalidad, el temple y aquella lentitud que parecía desafiar cualquier medida del tiempo. Pablo se abandonó con el toro y la Maestranza se abandonó con Pablo. Otra vez derechazos cosidos, naturales sin tirones y pases de pecho larguísimos. Hubo molinetes y pases de las flores sin perder el hilo del toreo. La plaza estaba desbordada, desbocada, rendida ante un torero que había encontrado la manera de poner de acuerdo a Sevilla. El «¡torero, torero!», bajó desde los tendidos. Era Sevilla reconociendo a uno de los suyos. Pablo Aguado, torero de Sevilla.
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Feria de San Miguel
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Real Maestranza de Sevilla
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Sábado, 26 de septiembre de 2026. 24ª de abono. Tercera de la Feria de San Miguel. Lleno. Toros de Jandilla, muy bien presentados, de juego desigual. Bueno el 1º, gran toro el 3º y buenos 5º y 6º.
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Emilio de Justo, de verde esperanza y oro: estocada un poco trasera (oreja); estocada un dedo trasera (fuerte ovación).
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Roca Rey, de tabaco y oro: estocada desprendida (silencio); buena estocada (oreja).
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Pablo Aguado, de azul Consolación de Nervión y oro: estocada (dos orejas); estocada y tres descabellos (oreja).
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Incidencias: Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el 5º. Iván García se desmonteró en el 6º. Pablo Aguado salió por la Puerta del Príncipe.
Mató bien al sexto, pero el toro se resistió a echarse. Llegó el descabello una vez, otra y hasta una tercera, y la Puerta del Príncipe pareció pender de aquello que ya estaba conquistado con la muleta. Pero la Maestranza no quiso saber de cuentas. Sevilla pidió la oreja y el presidente, Gabriel Fernández-Rey, tuvo la sensibilidad de interpretar lo ocurrido sobre el albero y atender el clamor de los tendidos. Era la tercera. Era la Puerta del Príncipe.
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Y entonces la tarde tuvo también su mirada al cielo. Apenas un día antes había muerto Antonio Rojas, alguien a quien quiso como a un segundo padre. La alegría llevaba cosida la puntada de una ausencia. Allí arriba estaría Antonio junto a Julio Aguado, el padre de Pablo, viendo cómo salía a hombros por la Puerta del Príncipe. Y como Pablo es rociero de Triana, seguro que entre Sevilla y el cielo hubo también un camino de arena y marismas por el que llevar aquellas tres orejas hasta las plantas de la Virgen del Rocío. Abajo rugía la Maestranza y arriba, quién sabe, Antonio Rojas y Julio Aguado ya estarían celebrando juntos la victoria. Septiembre seguía pareciendo agosto cuando se abrió la Puerta del Príncipe, pero el reloj del Baratillo hacía mucho que se había detenido. Lo había parado Pablo Aguado. Un monumento a la naturalidad. Pablo Aguado, torero de Sevilla.
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Del Príncipe al Colón. La Puerta del Príncipe no terminó en el Paseo de Colón. Pablo Aguado ni siquiera entró en la furgoneta. Sevilla quiso seguir llevándolo a hombros hasta las mismas puertas del Hotel Colón. Del Baratillo al hotel, entre aficionados y gritos de «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!». Hay triunfos en Sevilla que necesitan un paseo más largo.
Escuela sevillana. Pablo Aguado es el vivo retrato de la escuela sevillana. Técnica depurada escondida bajo una naturalidad que parece hacerlo todo sencillo. Temple, despaciosidad, muñecas y ninguna estridencia. Sevilla tiene una forma particular de emocionarse con el toreo. Aguado la conoce, la interpreta y, cuando se abandona, la borda.
Plata de ley. La tarde también tuvo brillo en las cuadrillas. Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron en el quinto después de un gran tercio de banderillas. Iván García hizo lo propio en el sexto. Tres monteras en las manos y tres ovaciones de una Maestranza que también sabe reconocer cuando la plata reluce.
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