Hay tardes que no caben en el reglamento. Ni en el palco. Ni siquiera en la lógica. La de hoy en la Real Maestranza fue una de ellas. Porque Morante de la Puebla firmó al cuarto toro de Álvaro Núñez una de esas obras que no se explican: se sienten, se gritan, se defienden. Y Sevilla, cuando siente de verdad, no pregunta. Actúa.Aquello empezó a romperse desde el capote. A una mano, pegado a tablas, como un desafío antiguo. Después, las verónicas: lentas, hondas, con ese temple que no se aprende. Sonó la música. Y ya no hubo vuelta atrás. Morante llevó al toro al caballo entre tijerillas inversas que parecían sacadas de otra época.Tomó los palos. Y la plaza se quedó en vilo. El último par, sentado en la silla que había solicitado desde el palco ganadero y que le cedió Marcos Núñez, con las piernas cruzadas, al quiebro, fue la frontera definitiva entre lo posible y lo imposible. Aquello no era de este tiempo. Era otra cosa. Y entonces, la muleta.También desde la silla comenzó, junto a la Puerta que debió abrirse. Ayudados por alto, asentado, dueño de la escena. Y luego, en pie, derechazos largos, profundos, de trazo infinito. Naturales de uno en uno, de los que se quedan flotando en el aire, ligados en redondo. La Maestranza se convirtió en un clamor. Un manicomio. Una locura colectiva. Aquello, más que una faena, fue una obra histórica de rabo. De las que no admiten discusión.Pinchó. La media estocada cayó desprendida. Necesitó el descabello. Y ahí llegó el desencuentro. Sevilla pidió la oreja. La pidió con fuerza. Con verdad. Pero el palco no la concedió.Morante dio dos vueltas al ruedo entre una ovación de época, de las que no se olvidan. Y la tarde siguió. Juan Ortega dejó una actuación de enorme poso y torería, y Víctor Hernández confirmó en Sevilla su sitio, cortando una oreja de ley tras una faena de pureza y valor.Y entonces, al final, lo que vino después. Cientos de jóvenes, encendidos, bajaron al ruedo con una idea clara: sacar a Morante por la Puerta del Príncipe. Como se hacía antes. Como pedía la tarde. Lo alzaron en volandas. Pero tampoco ahí hubo comprensión. La Policía Nacional impidió cualquier intento. Ni trofeo en el palco, ni gesto en la calle. Ni sensibilidad institucional ni autoridad gubernativa a la altura de lo vivido. Yéndose definitivamente en volandas por la de Cuadrillas. Porque la tarde no se había terminado en el ruedo. La había terminado el pueblo. O lo había intentado.Morante, mientras tanto, ya había hecho lo suyo: romper el tiempo.RevolerasFalta de sensibilidad: El palco, con la oreja, y la autoridad competente no supieron calibrar la dimensión de lo vivido. Faltó lectura de plaza en una tarde de carácter histórico. Porque hay días en los que el reglamento no basta. Las leyes del pueblo también cuentan. La juventud: La fiesta está viva. Más de lo que algunos quieren ver. La presencia de cientos de jóvenes al final de la corrida, bajando al ruedo y queriendo sacar a Morante por la Puerta del Príncipe, fue la mejor respuesta. El futuro también estaba allí. Ortega y Hernández: Qué difícil es torear en una tarde así, con la historia pasando por encima. Pero estuvieron a la altura. Juan Ortega dejó pasajes de enorme pureza y Víctor Hernández firmó un debut notable, premiado con una oreja, en el estreno en Sevilla de la ganadería de Álvaro Núñez. Hay tardes que no caben en el reglamento. Ni en el palco. Ni siquiera en la lógica. La de hoy en la Real Maestranza fue una de ellas. Porque Morante de la Puebla firmó al cuarto toro de Álvaro Núñez una de esas obras que no se explican: se sienten, se gritan, se defienden. Y Sevilla, cuando siente de verdad, no pregunta. Actúa.Aquello empezó a romperse desde el capote. A una mano, pegado a tablas, como un desafío antiguo. Después, las verónicas: lentas, hondas, con ese temple que no se aprende. Sonó la música. Y ya no hubo vuelta atrás. Morante llevó al toro al caballo entre tijerillas inversas que parecían sacadas de otra época.Tomó los palos. Y la plaza se quedó en vilo. El último par, sentado en la silla que había solicitado desde el palco ganadero y que le cedió Marcos Núñez, con las piernas cruzadas, al quiebro, fue la frontera definitiva entre lo posible y lo imposible. Aquello no era de este tiempo. Era otra cosa. Y entonces, la muleta.También desde la silla comenzó, junto a la Puerta que debió abrirse. Ayudados por alto, asentado, dueño de la escena. Y luego, en pie, derechazos largos, profundos, de trazo infinito. Naturales de uno en uno, de los que se quedan flotando en el aire, ligados en redondo. La Maestranza se convirtió en un clamor. Un manicomio. Una locura colectiva. Aquello, más que una faena, fue una obra histórica de rabo. De las que no admiten discusión.Pinchó. La media estocada cayó desprendida. Necesitó el descabello. Y ahí llegó el desencuentro. Sevilla pidió la oreja. La pidió con fuerza. Con verdad. Pero el palco no la concedió.Morante dio dos vueltas al ruedo entre una ovación de época, de las que no se olvidan. Y la tarde siguió. Juan Ortega dejó una actuación de enorme poso y torería, y Víctor Hernández confirmó en Sevilla su sitio, cortando una oreja de ley tras una faena de pureza y valor.Y entonces, al final, lo que vino después. Cientos de jóvenes, encendidos, bajaron al ruedo con una idea clara: sacar a Morante por la Puerta del Príncipe. Como se hacía antes. Como pedía la tarde. Lo alzaron en volandas. Pero tampoco ahí hubo comprensión. La Policía Nacional impidió cualquier intento. Ni trofeo en el palco, ni gesto en la calle. Ni sensibilidad institucional ni autoridad gubernativa a la altura de lo vivido. Yéndose definitivamente en volandas por la de Cuadrillas. Porque la tarde no se había terminado en el ruedo. La había terminado el pueblo. O lo había intentado.Morante, mientras tanto, ya había hecho lo suyo: romper el tiempo.RevolerasFalta de sensibilidad: El palco, con la oreja, y la autoridad competente no supieron calibrar la dimensión de lo vivido. Faltó lectura de plaza en una tarde de carácter histórico. Porque hay días en los que el reglamento no basta. Las leyes del pueblo también cuentan. La juventud: La fiesta está viva. Más de lo que algunos quieren ver. La presencia de cientos de jóvenes al final de la corrida, bajando al ruedo y queriendo sacar a Morante por la Puerta del Príncipe, fue la mejor respuesta. El futuro también estaba allí. Ortega y Hernández: Qué difícil es torear en una tarde así, con la historia pasando por encima. Pero estuvieron a la altura. Juan Ortega dejó pasajes de enorme pureza y Víctor Hernández firmó un debut notable, premiado con una oreja, en el estreno en Sevilla de la ganadería de Álvaro Núñez.
Hay tardes que no caben en el reglamento. Ni en el palco. Ni siquiera en la lógica. La de hoy en la Real Maestranza fue una de ellas. Porque Morante de la Puebla firmó al cuarto toro de Álvaro Núñez una de esas obras que … no se explican: se sienten, se gritan, se defienden. Y Sevilla, cuando siente de verdad, no pregunta. Actúa.
Aquello empezó a romperse desde el capote. A una mano, pegado a tablas, como un desafío antiguo. Después, las verónicas: lentas, hondas, con ese temple que no se aprende. Sonó la música. Y ya no hubo vuelta atrás. Morante llevó al toro al caballo entre tijerillas inversas que parecían sacadas de otra época.
Tomó los palos. Y la plaza se quedó en vilo. El último par, sentado en la silla que había solicitado desde el palco ganadero y que le cedió Marcos Núñez, con las piernas cruzadas, al quiebro, fue la frontera definitiva entre lo posible y lo imposible. Aquello no era de este tiempo. Era otra cosa. Y entonces, la muleta.
También desde la silla comenzó, junto a la Puerta que debió abrirse. Ayudados por alto, asentado, dueño de la escena. Y luego, en pie, derechazos largos, profundos, de trazo infinito. Naturales de uno en uno, de los que se quedan flotando en el aire, ligados en redondo. La Maestranza se convirtió en un clamor. Un manicomio. Una locura colectiva. Aquello, más que una faena, fue una obra histórica de rabo. De las que no admiten discusión.
Pinchó. La media estocada cayó desprendida. Necesitó el descabello. Y ahí llegó el desencuentro. Sevilla pidió la oreja. La pidió con fuerza. Con verdad. Pero el palco no la concedió.
Morante dio dos vueltas al ruedo entre una ovación de época, de las que no se olvidan. Y la tarde siguió. Juan Ortega dejó una actuación de enorme poso y torería, y Víctor Hernández confirmó en Sevilla su sitio, cortando una oreja de ley tras una faena de pureza y valor.
Y entonces, al final, lo que vino después. Cientos de jóvenes, encendidos, bajaron al ruedo con una idea clara: sacar a Morante por la Puerta del Príncipe. Como se hacía antes. Como pedía la tarde. Lo alzaron en volandas. Pero tampoco ahí hubo comprensión. La Policía Nacional impidió cualquier intento. Ni trofeo en el palco, ni gesto en la calle. Ni sensibilidad institucional ni autoridad gubernativa a la altura de lo vivido. Yéndose definitivamente en volandas por la de Cuadrillas.
Porque la tarde no se había terminado en el ruedo. La había terminado el pueblo. O lo había intentado.
Morante, mientras tanto, ya había hecho lo suyo: romper el tiempo.
Revoleras
-
Falta de sensibilidad: El palco, con la oreja, y la autoridad competente no supieron calibrar la dimensión de lo vivido. Faltó lectura de plaza en una tarde de carácter histórico. Porque hay días en los que el reglamento no basta. Las leyes del pueblo también cuentan.
-
La juventud: La fiesta está viva. Más de lo que algunos quieren ver. La presencia de cientos de jóvenes al final de la corrida, bajando al ruedo y queriendo sacar a Morante por la Puerta del Príncipe, fue la mejor respuesta. El futuro también estaba allí.
-
Ortega y Hernández: Qué difícil es torear en una tarde así, con la historia pasando por encima. Pero estuvieron a la altura. Juan Ortega dejó pasajes de enorme pureza y Víctor Hernández firmó un debut notable, premiado con una oreja, en el estreno en Sevilla de la ganadería de Álvaro Núñez.
RSS de noticias de cultura
