‘Las últimas’ es una de esas piezas que se van cociendo a fuego lento. Hace quince años, ni más ni menos, que comenzó este viaje. Lo recuerda Lucía Miranda, quien, tiempo después y junto a su compañía Cross Border, llegó a Filipinas como parte de un intercambio con otro grupo de teatro local, Peta –con los que había coincidido en París en un encuentro para jóvenes artistas en el origen de toda la aventura–.
Asegura la autora que, al poner un pie en Manila, se quedaron «fascinados» de lo poco que sabían de la que fuera colonia española durante más de tres siglos (de la llegada de Legazpi a la pérdida definitiva de los últimos territorios coloniales). «Es que no sabíamos nada: que la Preysler es de allí y que se perdió en 1898». Nada más. Su «ignorancia» provocó un sonrojo inicial. Pero el rubor fue «in crescendo» al comprobar que «ellos lo sabían todo. Conocían muy bien la historia común, pero también el presente. Culturalmente, España seguía muy vigente en su día a día», explica una Miranda que se sintió «blanca ignorante». Desarrolla: «Y nombro la palabra ‘blanca’ porque es importante en relación a los países a los que vas y cómo te relaciones con sus gentes. Aquí, como europeos y excolonizadores, existe una relación de privilegio».
Y fue desde este punto, desde esa sensación inesperada, desde el que Miranda comenzó a forjar a poquitos una pieza, ‘Las últimas’, en la que firma texto y dirección, y que ahora presenta en el Centro Dramático Nacional (Teatro Valle-Inclán) «para hablar de la herencia colonial y de por qué nosotros no sabemos tanto como ellos».
Verbatim + ficción
Si en ‘Fiesta, fiesta, fiesta’, a través de la educación pública, la compañía ya se interesó en cómo se construye la identidad de un país, en esta ocasión, vuelven a investigar en el tema con un reparto formado por Laurence Aliganga, Chris Angelous Manalo, Julia Enríquez, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri, Belén Ponce de León y Belén de Santiago. Mezcla así las formas de aquel montaje, una documentación más purista, con los mundos más fantásticos de ‘La cabeza del dragón’ y de ‘Caperucita en Manhattan’. Teatro «verbatim» con ficción. «Es algo muy loco porque parece que me he inventado todo y no, hay muy poco mío», asegura de un trabajo en el que se ha entrevistado a 40 personas para reforzar con testimonios la documentación previa.
Centrados en esa historia común entre España y Filipinas, Cross Border acude a cinco momentos históricos, o ejes, para desarrollar una pieza que habla de lenguaje, religión, batallas por el relato, conquista y clases sociales. Aunque advierte la directora de que «esto no es una obra histórica. No se cuentan los 300 años. Mezclamos pasado y presente. Hemos intentado plasmar cómo el colonialismo influye en la vida cotidiana de las personas de hoy».
Y es así como la acción se traslada a una estatua de los últimos de Filipinas inaugurada en 2020, en Madrid, que generó un acalorado debate; al encuentro de la primera dama Imelda Marcos con Carmen Polo en un ‘»cocktail» en El Pardo «para señalar cómo han pasado años y los herederos de aquellas familias son los que siguen teniendo el poder»; a una exposición «muy particular» en el Palacio de Cristal del Retiro, en 1887, en la que se presentaron en una suerte de «zoológico humano» a decenas de personas filipinas junto a otro tipo de productos llegados de ultramar; a la primera monja en crear un convento en Filipinas, Sor Jerónima de la Asunción; además de recrear la muerte de Magallanes a manos de Lapulapu: «¿O era Julio Iglesias?», se pregunta el dosier. «Bueno… sigue habiendo conquistadores de muchos tipos a lo largo de la historia –responde Miranda–. Lo vemos ahora con Palestina o Groenlandia con Trump. Estamos viviendo un momento de grandes conquistadores. Hay una cosa que se ve en esta función, en la que te preguntas si no hemos cambiado en 500 años. No hemos aprendido. Magallanes sigue existiendo. Se ha perpetuado el abuso para quedarnos con las tierras y las riquezas del otro».
Cinco ejes, cinco historias
A través de estos cinco puntos, Miranda trata de responder a por qué vivimos tan separados de un pueblo hermano y «culturalmente muy parecidos: son muy familiares, y tan fiesteros como nosotros. Incluso se van de cañas igual que lo podemos hacer en Madrid«, afirma. «Todo se mueve por intereses políticos o económicos. ¿Por qué de repente miramos a México o Venezuela? Porque pueden venir los ricos de allí a establecerse aquí y dejar pasta. Casi todo lo mueve el dinero», sentencia la autora.
También son esos poderes los que intentan imponer su versión, como comprobó de primera mano la compañía durante el trabajo de creación: «En España siempre hemos dicho que Filipinas se perdió, pero allí se habla de que los vendimos por 20 millones de dólares a Estados Unidos. Y es el mismo hecho contado de manera diferente».
Sobre todos estos elementos se mueve una pieza que Miranda califica como «la más personal» de toda su trayectoria, en parte, por su vinculación con su propia madre (y por extensión, con la de todos): «Tres días antes de coger mi vuelo a Filipinas para hacer la investigación de esta obra, mi madre me dijo que tenía cáncer. Al aterrizar y montarme en el coche de J-mee Katanyag , la directora de Peta, me eché a llorar: “A mí ahora el colonialismo me da igual, a mí ahora lo que me importa es mi madre”. Al día siguiente, J-mee me trajo ‘Noli me tangere’, el libro de José Rizal, base de la independencia de Filipinas de España. Y ahí estaba en el prólogo: el cáncer y la madre, la madre patria. En Filipinas la naturaleza lucha por salir entre el asfalto como las células cancerígenas de mi madre por reproducirse».
Lucía Miranda aborda la que denomina su «obra más personal» con una investigación sobre el pasado español y la relación actual con las que fueron nuestras colonias
‘Las últimas’ es una de esas piezas que se van cociendo a fuego lento. Hace quince años, ni más ni menos, que comenzó este viaje. Lo recuerda Lucía Miranda, quien, tiempo después y junto a su compañía Cross Border, llegó a Filipinas como parte de un intercambio con otro grupo de teatro local, Peta –con los que había coincidido en París en un encuentro para jóvenes artistas en el origen de toda la aventura–.
Asegura la autora que, al poner un pie en Manila, se quedaron «fascinados» de lo poco que sabían de la que fuera colonia española durante más de tres siglos (de la llegada de Legazpi a la pérdida definitiva de los últimos territorios coloniales). «Es que no sabíamos nada: que la Preysler es de allí y que se perdió en 1898». Nada más. Su «ignorancia» provocó un sonrojo inicial. Pero el rubor fue «in crescendo» al comprobar que «ellos lo sabían todo. Conocían muy bien la historia común, pero también el presente. Culturalmente, España seguía muy vigente en su día a día», explica una Miranda que se sintió «blanca ignorante». Desarrolla: «Y nombro la palabra ‘blanca’ porque es importante en relación a los países a los que vas y cómo te relaciones con sus gentes. Aquí, como europeos y excolonizadores, existe una relación de privilegio».
Y fue desde este punto, desde esa sensación inesperada, desde el que Miranda comenzó a forjar a poquitos una pieza, ‘Las últimas’, en la que firma texto y dirección, y que ahora presenta en el Centro Dramático Nacional (Teatro Valle-Inclán) «para hablar de la herencia colonial y de por qué nosotros no sabemos tanto como ellos».
Verbatim + ficción
Si en ‘Fiesta, fiesta, fiesta’, a través de la educación pública, la compañía ya se interesó en cómo se construye la identidad de un país, en esta ocasión, vuelven a investigar en el tema con un reparto formado por Laurence Aliganga, Chris Angelous Manalo, Julia Enríquez, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri, Belén Ponce de León y Belén de Santiago. Mezcla así las formas de aquel montaje, una documentación más purista, con los mundos más fantásticos de ‘La cabeza del dragón’ y de ‘Caperucita en Manhattan’. Teatro «verbatim» con ficción. «Es algo muy loco porque parece que me he inventado todo y no, hay muy poco mío», asegura de un trabajo en el que se ha entrevistado a 40 personas para reforzar con testimonios la documentación previa.
Centrados en esa historia común entre España y Filipinas, Cross Border acude a cinco momentos históricos, o ejes, para desarrollar una pieza que habla de lenguaje, religión, batallas por el relato, conquista y clases sociales. Aunque advierte la directora de que «esto no es una obra histórica. No se cuentan los 300 años. Mezclamos pasado y presente. Hemos intentado plasmar cómo el colonialismo influye en la vida cotidiana de las personas de hoy».
Y es así como la acción se traslada a una estatua de los últimos de Filipinas inaugurada en 2020, en Madrid, que generó un acalorado debate; al encuentro de la primera dama Imelda Marcos con Carmen Polo en un ‘»cocktail» en El Pardo «para señalar cómo han pasado años y los herederos de aquellas familias son los que siguen teniendo el poder»; a una exposición «muy particular» en el Palacio de Cristal del Retiro, en 1887, en la que se presentaron en una suerte de «zoológico humano» a decenas de personas filipinas junto a otro tipo de productos llegados de ultramar; a la primera monja en crear un convento en Filipinas, Sor Jerónima de la Asunción; además de recrear la muerte de Magallanes a manos de Lapulapu: «¿O era Julio Iglesias?», se pregunta el dosier. «Bueno… sigue habiendo conquistadores de muchos tipos a lo largo de la historia –responde Miranda–. Lo vemos ahora con Palestina o Groenlandia con Trump. Estamos viviendo un momento de grandes conquistadores. Hay una cosa que se ve en esta función, en la que te preguntas si no hemos cambiado en 500 años. No hemos aprendido. Magallanes sigue existiendo. Se ha perpetuado el abuso para quedarnos con las tierras y las riquezas del otro».
Cinco ejes, cinco historias
A través de estos cinco puntos, Miranda trata de responder a por qué vivimos tan separados de un pueblo hermano y «culturalmente muy parecidos: son muy familiares, y tan fiesteros como nosotros. Incluso se van de cañas igual que lo podemos hacer en Madrid«, afirma. «Todo se mueve por intereses políticos o económicos. ¿Por qué de repente miramos a México o Venezuela? Porque pueden venir los ricos de allí a establecerse aquí y dejar pasta. Casi todo lo mueve el dinero», sentencia la autora.
También son esos poderes los que intentan imponer su versión, como comprobó de primera mano la compañía durante el trabajo de creación: «En España siempre hemos dicho que Filipinas se perdió, pero allí se habla de que los vendimos por 20 millones de dólares a Estados Unidos. Y es el mismo hecho contado de manera diferente».
Sobre todos estos elementos se mueve una pieza que Miranda califica como «la más personal» de toda su trayectoria, en parte, por su vinculación con su propia madre (y por extensión, con la de todos): «Tres días antes de coger mi vuelo a Filipinas para hacer la investigación de esta obra, mi madre me dijo que tenía cáncer. Al aterrizar y montarme en el coche de J-mee Katanyag , la directora de Peta, me eché a llorar: “A mí ahora el colonialismo me da igual, a mí ahora lo que me importa es mi madre”. Al día siguiente, J-mee me trajo ‘Noli me tangere’, el libro de José Rizal, base de la independencia de Filipinas de España. Y ahí estaba en el prólogo: el cáncer y la madre, la madre patria. En Filipinas la naturaleza lucha por salir entre el asfalto como las células cancerígenas de mi madre por reproducirse».
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