De cómicos va la cosa. Uno quiso ser Jackie Cooper; el otro, D’Artagnan. Y ambos terminaron en el olimpo de los actores. Dos señores al servicio de la palabra. La suya, la de Pepe, sigue sonando a los 88 años como ninguna otra pese a no hacer «nada especial», explica. «Simplemente procuro colocarla en territorios donde no se dañan las cuerdas». Tiene «la suerte» de haber nacido «con impostación natural», sonríe.
«El 28 de agosto de 1921, la cómica Carola F. G. dio a luz a un niño que, con el paso de los años, sería el cómico Fernando F. G., quien, con el paso de los años, escribiría la historia del cómico Carlos Galván, al que interpretaría en una película el cómico Pepe Sacristán». Así da inicio el texto con el que el último de los citados regresa al Bellas Artes de Madrid, donde teatraliza las memorias de Fernando Fernán Gómez, amigo, maestro y referencia permanente para Sacristán.
Y así, con ese vozarrón chinchonete, se acerca el actor al hombre que siempre le fascinó.
−¿Desde cuándo le ha obsesionado el «camino a Fernán Gómez»?
−Desde que vi las primeras películas suyas. Ese era el camino que había seguir, del que aprender.
−¿Qué le enseñó este hombre?
−Era bueno. Era el tipo que empezaba a manifestar una aproximación a la verdad que no veía en los demás. Veía un academicismo y un cierto engolamiento, el lastre de lo teatral en el peor sentido de la palabra. Luego más tarde lo vi en Alberto Closas.
«Si la situación actual del mundo dependiera de la cultura tendrían que fusilarnos a todos»
−¿Y como amigo?
−Fue un lujo disfrutar de su amistad. Era un hombre generoso y del cual siempre aprendías algo. Pero una forma de aprender que no venía de su condición de pedagogo, sino todo lo contrario, él odiaba la pedagogía; simplemente mirar y contemplar su manera de ser y de relacionarse con la vida.
−Sabiendo que Fernán Gómez era «bueno» y «referencia en todo», como usted mismo ha recalcado alguna vez, ¿por qué ha quedado su faceta más cascarrabias?
−Tendemos a simplificar. Es de las cosas más señalables por lo extraño. Por otra parte, no se preocupó nunca por eso. Lo que la gente pudiera pensar de él le tocaba los cojones.
−¿A día de hoy, contestaría a los «haters» por Twitter (X)?
−No, él solo era de sus amigos.
−Quiere transmitir al público la misma sensación que produce en usted una figura como la del aquí protagonista, pero ¿qué es eso que le convierte en especial?
−Él y la gente que lo rodeaba de niño, y la mirada sobre la España de su tiempo. Dar a conocer el despertar en la vida de este crío que nace en Lima, que lo llevan a Buenos Aires, que no tiene padre, que la madre se va de gira, la abuela, la guerra, Primo Rivera… En fin, toda la peripecia vital de este hombre contada por él, que, además, me parece que tiene algo de Galdós y de Baroja.
−¿Esa «peripecia vital» puede contar la historia de España, como hizo recientemente Ignacio Peyró con la biografía de Julio Iglesias?
−Me encanta cómo escribe Peyró… No, la pretensión de Fernando solo era la de hablar de sí mismo; a partir de ahí, por derivación o por añadidura, toca lo que tiene que ver con la España de su tiempo, pero el propósito de ‘El tiempo amarillo’ era contar en su propia peripecia.
−A la hora de encararlo, ¿esto es una obra al uso o es el «capricho» de un amigo y admirador del propio Fernán Gómez?
−Está más cerca de esto último. Quise rendir homenaje a alguien a quien admiré profundamente y también contar quién era ese crío.
−¿Y quién fue ese crío?
−Un chaval que trató de sobrevivir en la España de aquel tiempo, que fue cuidado y querido por su abuela, y que la madre andaba de un lado para otro; un niño que nació en los años 20 y que le tocó vivir lo mismo que a la gente de esa generación.
−De los doce personajes que interpreta sobre el escenario, siempre destaca dos: la madre y la abuela. ¿Por qué?
−Porque son fundamentales en su vida, sobre todo, la abuela. Y en la línea de su madre, le fascinaba la figura de su madre,
−Qué importante los abuelos siempre, ¿no? En la España reciente, que sustentaron a millones de familias en la crisis del 2008, y en la del pasado.
−Y la mía también. De hecho, esa silla que ves ahí en el escenario era de mi abuela. Y el cofre de costura también era suyo.
Sacristán, siempre en tono amable, da un giro radical cuando se pasa de la ficción a la realidad. El salto del escenario a la actualidad hace resonar todavía más un chorro de voz que estremecería hasta al delegado más autoritario. «¡Ni puta idea tiene aquel que diga que en una dictadura se vivía mejor!», deja claro un hombre que todavía se enfada cuando piensa en los tiempos en los que hacía catorce funciones a la semana.
−¿Le preocupa la actualidad?
−Sí, por supuesto. Es terrible lo que está pasando con este energúmeno, el señor Trump, y también con el señor Netanyahu. E incluyendo en la lista al terrorista descerebrado de Hamás que decidió dar la orden de que se cometiese aquel atentado, porque todo empieza ahí. Si ya es jodido ser terrorista, ser gilipollas, además… Porque si tú formas parte de un brazo armado, tienes que saber cuál es el brazo armado que te va a responder. Y ya se sabía que en todos los conflictos que ha habido entre Israel y Palestina morían 10.000 palestinos y 13 de Israel. Esto sumado a la impunidad y a la Europa siniestra que calla… Que «ora y embiste cuando se digna a usar de la cabeza», como decía don Antonio Machado.
−¿Echa de menos a esa Europa «ideal», capaz de poner pie en pared y garante de los derechos?
−Sí, joder. De hecho, yo no soy votante del señor Sánchez, pero le aplaudo. Realmente está plantando cara desde el lado correcto de la historia. Y debo añadir que yo no digo todo esto desde la burbuja del ciudadano. No, no, no, estamos todos pringados de mierda hasta las orejas. Hay niveles de responsabilidad, pero lo que no hay es inocentes. ¡No jodamos! Esta gente no está ahí porque hayan asaltado nada. No. Todos estos han sido votados por el pueblo soberano; y el pueblo soberano vota a la extrema derecha. ¡Pues a joderse! Y la izquierda, mientras tanto, a hostia limpia entre ellos [dice en alusión al enfrentamiento entre Mónica García y Emilio Delgado].
−Tomando a Fernán Gómez como excusa: ¿la sociedad está inmersa en un ‘Viaje a ninguna parte’?
−Tal y como está en España, desde luego, sí. Por ejemplo, este muchacho, Rufián, que al principio era un imbécil de mucho cuidado, ¡pero un payaso! Ahora reconozco que es posiblemente de los pocos referentes de la izquierda que merece atención, pero no cuenta ni siquiera con el apoyo de su partido. Y la Montero es veneno para la taquilla; se ha cargado a Podemos. ¿A dónde coño va a ir?
−Usted ha sido diputado en la pantalla, ¿qué le aconsejaría a los parlamentarios?
−No, por favor, ya son mayores, que se apañen ellos solos. En fin, tener un contacto con la realidad. El otro día oí a Belarra… y la lectura es cojonuda, y mira que yo soy un tipo de izquierdas. Dice: «La culpa del auge de la extrema derecha la tiene el Gobierno por no hacer políticas progresistas. Los únicos que hacemos políticas progresistas somos nosotros». Entonces, ¿por qué la gente no os vota? Eso es tener capacidad crítica… Esto es lo que lo que Marx decía «el análisis concreto de la realidad concreta».
−¿Tiene un problema grande la izquierda, y no solo a nivel nacional?
−Monumental.
−¿El futuro próximo de la izquierda depende de que Trump siga «desatado»?
−No te sé decir… La verdad estoy hasta los huevos, ¡hasta los huevos! Esto es un esperpento valleinclanesco. El intento de asesinato de este payaso, las gilipolleces… es lamentable. Con tanto muerto de por medio. ¡Qué barbaridad!
−¿Tiene freno esta deriva?
−No tengo ni puta idea. Yo, de momento, voy a estar en aquí.
−¿El arte es resistencia?
−Hacemos lo que podemos (risas). Porque si la situación actual del mundo dependiera de la cultura tendrían que fusilarnos a todos. Es desesperante.
El actor entra en Madrid, en el Bellas Artes, con la versión teatral de las memorias de su amigo y maestro Fernán Gómez, ‘El tiempo amarillo’
De cómicos va la cosa. Uno quiso ser Jackie Cooper; el otro, D’Artagnan. Y ambos terminaron en el olimpo de los actores. Dos señores al servicio de la palabra. La suya, la de Pepe, sigue sonando a los 88 años como ninguna otra pese a no hacer «nada especial», explica. «Simplemente procuro colocarla en territorios donde no se dañan las cuerdas». Tiene «la suerte» de haber nacido «con impostación natural», sonríe.
«El 28 de agosto de 1921, la cómica Carola F. G. dio a luz a un niño que, con el paso de los años, sería el cómico Fernando F. G., quien, con el paso de los años, escribiría la historia del cómico Carlos Galván, al que interpretaría en una película el cómico Pepe Sacristán». Así da inicio el texto con el que el último de los citados regresa al Bellas Artes de Madrid, donde teatraliza las memorias de Fernando Fernán Gómez, amigo, maestro y referencia permanente para Sacristán.
Y así, con ese vozarrón chinchonete, se acerca el actor al hombre que siempre le fascinó.
−¿Desde cuándo le ha obsesionado el «camino a Fernán Gómez»?
−Desde que vi las primeras películas suyas. Ese era el camino que había seguir, del que aprender.
−¿Qué le enseñó este hombre?
−Era bueno. Era el tipo que empezaba a manifestar una aproximación a la verdad que no veía en los demás. Veía un academicismo y un cierto engolamiento, el lastre de lo teatral en el peor sentido de la palabra. Luego más tarde lo vi en Alberto Closas.
«Si la situación actual del mundo dependiera de la cultura tendrían que fusilarnos a todos»
−¿Y como amigo?
−Fue un lujo disfrutar de su amistad. Era un hombre generoso y del cual siempre aprendías algo. Pero una forma de aprender que no venía de su condición de pedagogo, sino todo lo contrario, él odiaba la pedagogía; simplemente mirar y contemplar su manera de ser y de relacionarse con la vida.
−Sabiendo que Fernán Gómez era «bueno» y «referencia en todo», como usted mismo ha recalcado alguna vez, ¿por qué ha quedado su faceta más cascarrabias?
−Tendemos a simplificar. Es de las cosas más señalables por lo extraño. Por otra parte, no se preocupó nunca por eso. Lo que la gente pudiera pensar de él le tocaba los cojones.
−¿A día de hoy, contestaría a los «haters» por Twitter (X)?
−No, él solo era de sus amigos.
−Quiere transmitir al público la misma sensación que produce en usted una figura como la del aquí protagonista, pero ¿qué es eso que le convierte en especial?
−Él y la gente que lo rodeaba de niño, y la mirada sobre la España de su tiempo. Dar a conocer el despertar en la vida de este crío que nace en Lima, que lo llevan a Buenos Aires, que no tiene padre, que la madre se va de gira, la abuela, la guerra, Primo Rivera… En fin, toda la peripecia vital de este hombre contada por él, que, además, me parece que tiene algo de Galdós y de Baroja.
−¿Esa «peripecia vital» puede contar la historia de España, como hizo recientemente Ignacio Peyró con la biografía de Julio Iglesias?
−Me encanta cómo escribe Peyró… No, la pretensión de Fernando solo era la de hablar de sí mismo; a partir de ahí, por derivación o por añadidura, toca lo que tiene que ver con la España de su tiempo, pero el propósito de ‘El tiempo amarillo’ era contar en su propia peripecia.
−A la hora de encararlo, ¿esto es una obra al uso o es el «capricho» de un amigo y admirador del propio Fernán Gómez?
−Está más cerca de esto último. Quise rendir homenaje a alguien a quien admiré profundamente y también contar quién era ese crío.
−¿Y quién fue ese crío?
−Un chaval que trató de sobrevivir en la España de aquel tiempo, que fue cuidado y querido por su abuela, y que la madre andaba de un lado para otro; un niño que nació en los años 20 y que le tocó vivir lo mismo que a la gente de esa generación.
−De los doce personajes que interpreta sobre el escenario, siempre destaca dos: la madre y la abuela. ¿Por qué?
−Porque son fundamentales en su vida, sobre todo, la abuela. Y en la línea de su madre, le fascinaba la figura de su madre,
−Qué importante los abuelos siempre, ¿no? En la España reciente, que sustentaron a millones de familias en la crisis del 2008, y en la del pasado.
−Y la mía también. De hecho, esa silla que ves ahí en el escenario era de mi abuela. Y el cofre de costura también era suyo.
Sacristán, siempre en tono amable, da un giro radical cuando se pasa de la ficción a la realidad. El salto del escenario a la actualidad hace resonar todavía más un chorro de voz que estremecería hasta al delegado más autoritario. «¡Ni puta idea tiene aquel que diga que en una dictadura se vivía mejor!», deja claro un hombre que todavía se enfada cuando piensa en los tiempos en los que hacía catorce funciones a la semana.
−¿Le preocupa la actualidad?
−Sí, por supuesto. Es terrible lo que está pasando con este energúmeno, el señor Trump, y también con el señor Netanyahu. E incluyendo en la lista al terrorista descerebrado de Hamás que decidió dar la orden de que se cometiese aquel atentado, porque todo empieza ahí. Si ya es jodido ser terrorista, ser gilipollas, además… Porque si tú formas parte de un brazo armado, tienes que saber cuál es el brazo armado que te va a responder. Y ya se sabía que en todos los conflictos que ha habido entre Israel y Palestina morían 10.000 palestinos y 13 de Israel. Esto sumado a la impunidad y a la Europa siniestra que calla… Que «ora y embiste cuando se digna a usar de la cabeza», como decía don Antonio Machado.
−¿Echa de menos a esa Europa «ideal», capaz de poner pie en pared y garante de los derechos?
−Sí, joder. De hecho, yo no soy votante del señor Sánchez, pero le aplaudo. Realmente está plantando cara desde el lado correcto de la historia. Y debo añadir que yo no digo todo esto desde la burbuja del ciudadano. No, no, no, estamos todos pringados de mierda hasta las orejas. Hay niveles de responsabilidad, pero lo que no hay es inocentes. ¡No jodamos! Esta gente no está ahí porque hayan asaltado nada. No. Todos estos han sido votados por el pueblo soberano; y el pueblo soberano vota a la extrema derecha. ¡Pues a joderse! Y la izquierda, mientras tanto, a hostia limpia entre ellos [dice en alusión al enfrentamiento entre Mónica García y Emilio Delgado].
−Tomando a Fernán Gómez como excusa: ¿la sociedad está inmersa en un ‘Viaje a ninguna parte’?
−Tal y como está en España, desde luego, sí. Por ejemplo, este muchacho, Rufián, que al principio era un imbécil de mucho cuidado, ¡pero un payaso! Ahora reconozco que es posiblemente de los pocos referentes de la izquierda que merece atención, pero no cuenta ni siquiera con el apoyo de su partido. Y la Montero es veneno para la taquilla; se ha cargado a Podemos. ¿A dónde coño va a ir?
−Usted ha sido diputado en la pantalla, ¿qué le aconsejaría a los parlamentarios?
−No, por favor, ya son mayores, que se apañen ellos solos. En fin, tener un contacto con la realidad. El otro día oí a Belarra… y la lectura es cojonuda, y mira que yo soy un tipo de izquierdas. Dice: «La culpa del auge de la extrema derecha la tiene el Gobierno por no hacer políticas progresistas. Los únicos que hacemos políticas progresistas somos nosotros». Entonces, ¿por qué la gente no os vota? Eso es tener capacidad crítica… Esto es lo que lo que Marx decía «el análisis concreto de la realidad concreta».
−¿Tiene un problema grande la izquierda, y no solo a nivel nacional?
−Monumental.
−¿El futuro próximo de la izquierda depende de que Trump siga «desatado»?
−No te sé decir… La verdad estoy hasta los huevos, ¡hasta los huevos! Esto es un esperpento valleinclanesco. El intento de asesinato de este payaso, las gilipolleces… es lamentable. Con tanto muerto de por medio. ¡Qué barbaridad!
−¿Tiene freno esta deriva?
−No tengo ni puta idea. Yo, de momento, voy a estar en aquí.
−¿El arte es resistencia?
−Hacemos lo que podemos (risas). Porque si la situación actual del mundo dependiera de la cultura tendrían que fusilarnos a todos. Es desesperante.
Teatro
