Es uno de los grandes misterios de la música popular española: el aparentemente inagotable manantial de nuevas propuestas con remite granadino. Una abundancia que despierta explicaciones de todo jaez. Antonio Arias, al que conocimos con 091, asegura que tiene que ver con el agua que recibe la ciudad tras pasar por vetas que en otros tiempos acogían oro, plata y otros preciados metales.
Cuando el cantar de Granada, contradiciendo al gran Agustín Lara, no se vuelve gitano
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Cuando el cantar de Granada, contradiciendo al gran Agustín Lara, no se vuelve gitano


Es uno de los grandes misterios de la música popular española: el aparentemente inagotable manantial de nuevas propuestas con remite granadino. Una abundancia que despierta explicaciones de todo jaez. Antonio Arias, al que conocimos con 091, asegura que tiene que ver con el agua que recibe la ciudad tras pasar por vetas que en otros tiempos acogían oro, plata y otros preciados metales.
La teoría, digamos alquímica, está recogida en un tomo recién publicado por Lola Libros. Zapatos de piel de caimán es la obra monumental de Juan Jesús García, periodista de guardia en locales de ensayo y clubes de directo, empeñado en desentrañar el enigma de tanta fertilidad. Parte de la aparición de la primera guitarra eléctrica en Granada, allá por 1957, y examina las peculiaridades granaínas, con la antigua sensación de que aquello era el último rincón de un rincón olvidado llamado Andalucía. Con todo, en los sesenta brotaron el inoxidable Miguel Ríos o Gelu, chispeante vocalista que —eran otros tiempos— se retiró tras casarse. El gran grupo de aquella década fueron Los Ángeles, potentes en voces pero desbravados en el sello Hispavox por el productor Rafael Trabucchelli, que priorizó las versiones de temas foráneos sobre sus composiciones.
El punk tardó en llegar a Granada, a pesar de que la ciudad contaba con un apóstol del calibre de Joe Strummer, cabecilla de The Clash. A principios de los ochenta surgieron TNT y KGB, cuyas simples denominaciones ya revelaban voluntad belicosa, aunque el proyecto de mayor futuro fue Lagartija Nick, que se alejó de las raíces anglo iniciales (su nombre referenciaba una canción de Nick Cave) para protagonizar aproximaciones a figuras locales como Lorca o José Val del Omar.
No se prescindió de la vena pop, como demostró la juvenalia anhelante de La Guardia. Pero el gran fermento creador estaba donde siempre, en el cambiante contingente estudiantil. Juan Jesús García estima esa tropa en 50.000 personas, aunque otros cálculos hablan de la cuarta parte del censo actual de 240.000 pobladores, contabilizando a profesores y demás personal universitario.
El siguiente boom musical se estaba gestando en un universo paralelo, al que sus residentes tendían a negar tres o más veces: elindie. Una minoría exquisita y peleona, ejemplarizada por Los Planetas. Gente conocedora del actual underground y erudita en artistas de culto, muy crítica con la industria de la música, obsesionada por su idea de la autenticidad. Su carrera, abundante en mutaciones sonoras y renovaciones de personal, se mantiene como el patrón de oro en su particular subcultura; incluso sobrevivieron al bochorno de ser retratados como tarados en la película Segundo premio.
Zapatos de piel de caimán, que Juan Jesús firma a medias con el difunto diseñador Jokin Martín (¿he dicho que su aparato gráfico es apabullante?), llega hasta el año 2000 y se promete un segundo volumen. Consciente de que Granada no practica el monocultivo, García reserva páginas para el heavy metal, el folk, el jazz, los cantautores (está Carlos Cano, pero no Joaquín Sabina). También se destaca la abundancia de festivales al aire libre y la cantidad de concursos de talentos frescos. La principal zona de sombra es el flamenco, que seguramente necesitaría un libro aparte. Ocurre que Granada nunca se agota.
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