Había ganas de toros en Palma y eso que solo hacía una semana del primer festejo estival, pero el cartel lo merecía. Tres cuartos de entrada en la plaza balear para recibir a tres de las máximas figuras del escalafón: José María Manzanares, Alejandro Talavante y Andrés Roca Rey, frente a toros de Núñez del Cuvillo. Pero antes incluso de que sonara el clarín, los verdaderos protagonistas de los tendidos ya habían hecho acto de presencia: cientos de abanicos de todos los colores agitados sin descanso para combatir una noche asfixiante, con treinta grados y una humedad cercana al ochenta por ciento. Entre el incesante vaivén de aire improvisado, una afición entendida aguardaba con paciencia el toreo de calidad. Y fue Alejandro Talavante quien terminó firmando la gran obra de la noche.José María Manzanares abrió plaza con una labor seria y bien planteada. El alicantino entendió pronto las condiciones del primero de la tarde, al que llevó con temple y buen gusto, aunque la faena nunca terminó de romper. Un pinchazo antes de la estocada dejó todo en silencio.Su recompensa llegó en el cuarto. Manzanares fue creciendo poco a poco hasta imponerse al toro con una faena técnica y de enorme solvencia. La ligazón apareció en el tramo final con una serie de derechazos de gran profundidad rematada por un magnífico cambio de mano que levantó al tendido. Después ejecutó una estocada recibiendo de impecable factura que provocó una petición mayoritaria de oreja, concedida por la presidencia.Pero la noche llevaba el nombre de Alejandro Talavante. Ya en su primero dejó claro que atraviesa un momento de inspiración extraordinario. Recibió al segundo con verónicas de mucho empaque y rubricó después un buen quite antes de construir una faena basada en el mando, el temple y la naturalidad. Al natural encontró los momentos de mayor belleza, enlazando tandas de gran profundidad con una zurda lenta y exquisita. Una buena estocada puso el broche a una actuación premiada con una oreja.Dos orejas en el quintoLejos de conformarse, el extremeño todavía elevaría el listón en el quinto. Con el toro apenas castigado en el caballo, decidió abrir la faena de muleta de rodillas, conectando de inmediato con unos tendidos completamente entregados. A partir de ahí cuajó la actuación más rotunda del festejo. Hubo mando, ligazón y una gran dimensión artística, especialmente sobre la mano izquierda, donde volvió a bordar el toreo al natural con una suavidad y un temple sobresalientes. La rúbrica llegó con una gran estocada que hizo rodar al de Núñez del Cuvillo y desató una atronadora petición de las dos orejas. La presidencia demoró unos instantes la decisión, mientras el público reclamaba insistentemente el doble trofeo, hasta que finalmente asomaron los dos pañuelos blancos. Talavante sellaba así una actuación de figura y se convertía, con tres orejas, en el indiscutible triunfador de la noche.Andrés Roca Rey tuvo que pelear con el lote menos agradecido. El tercero salió midiendo y desarrolló complicaciones, especialmente por el pitón izquierdo. El peruano tiró de firmeza y de ese valor seco que caracteriza su tauromaquia para ir sometiendo poco a poco a un toro protestón. No fue una faena de inspiración, sino de poder y dominio. Mató de estocada, necesitó el descabello y la presidencia dejó sin premio una fortísima petición de oreja, obligando al diestro a conformarse con una vuelta al ruedo de gran sabor.En el sexto volvió a dejar patente su disposición, sin embargo, el astado se rajó prácticamente desde el comienzo de la faena de muleta y buscó muy pronto el amparo de las tablas. El esfuerzo y la entrega del peruano encontraron, al menos, el reconocimiento de la plaza, que le despidió con una cálida ovación.Cuando el público abandonó lentamente los tendidos, los abanicos seguían moviéndose bajo la pesada noche mallorquina. Pero ya nadie hablaba del calor. Todas las conversaciones giraban en torno al nombre de Alejandro Talavante, que volvió a demostrar en Palma que el toreo, cuando nace despacio y con verdad, sigue teniendo la capacidad de poner a una plaza entera en pie. Había ganas de toros en Palma y eso que solo hacía una semana del primer festejo estival, pero el cartel lo merecía. Tres cuartos de entrada en la plaza balear para recibir a tres de las máximas figuras del escalafón: José María Manzanares, Alejandro Talavante y Andrés Roca Rey, frente a toros de Núñez del Cuvillo. Pero antes incluso de que sonara el clarín, los verdaderos protagonistas de los tendidos ya habían hecho acto de presencia: cientos de abanicos de todos los colores agitados sin descanso para combatir una noche asfixiante, con treinta grados y una humedad cercana al ochenta por ciento. Entre el incesante vaivén de aire improvisado, una afición entendida aguardaba con paciencia el toreo de calidad. Y fue Alejandro Talavante quien terminó firmando la gran obra de la noche.José María Manzanares abrió plaza con una labor seria y bien planteada. El alicantino entendió pronto las condiciones del primero de la tarde, al que llevó con temple y buen gusto, aunque la faena nunca terminó de romper. Un pinchazo antes de la estocada dejó todo en silencio.Su recompensa llegó en el cuarto. Manzanares fue creciendo poco a poco hasta imponerse al toro con una faena técnica y de enorme solvencia. La ligazón apareció en el tramo final con una serie de derechazos de gran profundidad rematada por un magnífico cambio de mano que levantó al tendido. Después ejecutó una estocada recibiendo de impecable factura que provocó una petición mayoritaria de oreja, concedida por la presidencia.Pero la noche llevaba el nombre de Alejandro Talavante. Ya en su primero dejó claro que atraviesa un momento de inspiración extraordinario. Recibió al segundo con verónicas de mucho empaque y rubricó después un buen quite antes de construir una faena basada en el mando, el temple y la naturalidad. Al natural encontró los momentos de mayor belleza, enlazando tandas de gran profundidad con una zurda lenta y exquisita. Una buena estocada puso el broche a una actuación premiada con una oreja.Dos orejas en el quintoLejos de conformarse, el extremeño todavía elevaría el listón en el quinto. Con el toro apenas castigado en el caballo, decidió abrir la faena de muleta de rodillas, conectando de inmediato con unos tendidos completamente entregados. A partir de ahí cuajó la actuación más rotunda del festejo. Hubo mando, ligazón y una gran dimensión artística, especialmente sobre la mano izquierda, donde volvió a bordar el toreo al natural con una suavidad y un temple sobresalientes. La rúbrica llegó con una gran estocada que hizo rodar al de Núñez del Cuvillo y desató una atronadora petición de las dos orejas. La presidencia demoró unos instantes la decisión, mientras el público reclamaba insistentemente el doble trofeo, hasta que finalmente asomaron los dos pañuelos blancos. Talavante sellaba así una actuación de figura y se convertía, con tres orejas, en el indiscutible triunfador de la noche.Andrés Roca Rey tuvo que pelear con el lote menos agradecido. El tercero salió midiendo y desarrolló complicaciones, especialmente por el pitón izquierdo. El peruano tiró de firmeza y de ese valor seco que caracteriza su tauromaquia para ir sometiendo poco a poco a un toro protestón. No fue una faena de inspiración, sino de poder y dominio. Mató de estocada, necesitó el descabello y la presidencia dejó sin premio una fortísima petición de oreja, obligando al diestro a conformarse con una vuelta al ruedo de gran sabor.En el sexto volvió a dejar patente su disposición, sin embargo, el astado se rajó prácticamente desde el comienzo de la faena de muleta y buscó muy pronto el amparo de las tablas. El esfuerzo y la entrega del peruano encontraron, al menos, el reconocimiento de la plaza, que le despidió con una cálida ovación.Cuando el público abandonó lentamente los tendidos, los abanicos seguían moviéndose bajo la pesada noche mallorquina. Pero ya nadie hablaba del calor. Todas las conversaciones giraban en torno al nombre de Alejandro Talavante, que volvió a demostrar en Palma que el toreo, cuando nace despacio y con verdad, sigue teniendo la capacidad de poner a una plaza entera en pie.
Había ganas de toros en Palma y eso que solo hacía una semana del primer festejo estival, pero el cartel lo merecía. Tres cuartos de entrada en la plaza balear para recibir a tres de las máximas figuras del escalafón: José María Manzanares, Alejandro Talavante … y Andrés Roca Rey, frente a toros de Núñez del Cuvillo. Pero antes incluso de que sonara el clarín, los verdaderos protagonistas de los tendidos ya habían hecho acto de presencia: cientos de abanicos de todos los colores agitados sin descanso para combatir una noche asfixiante, con treinta grados y una humedad cercana al ochenta por ciento. Entre el incesante vaivén de aire improvisado, una afición entendida aguardaba con paciencia el toreo de calidad. Y fue Alejandro Talavante quien terminó firmando la gran obra de la noche.
José María Manzanares abrió plaza con una labor seria y bien planteada. El alicantino entendió pronto las condiciones del primero de la tarde, al que llevó con temple y buen gusto, aunque la faena nunca terminó de romper. Un pinchazo antes de la estocada dejó todo en silencio.
Su recompensa llegó en el cuarto. Manzanares fue creciendo poco a poco hasta imponerse al toro con una faena técnica y de enorme solvencia. La ligazón apareció en el tramo final con una serie de derechazos de gran profundidad rematada por un magnífico cambio de mano que levantó al tendido. Después ejecutó una estocada recibiendo de impecable factura que provocó una petición mayoritaria de oreja, concedida por la presidencia.
Pero la noche llevaba el nombre de Alejandro Talavante. Ya en su primero dejó claro que atraviesa un momento de inspiración extraordinario. Recibió al segundo con verónicas de mucho empaque y rubricó después un buen quite antes de construir una faena basada en el mando, el temple y la naturalidad. Al natural encontró los momentos de mayor belleza, enlazando tandas de gran profundidad con una zurda lenta y exquisita. Una buena estocada puso el broche a una actuación premiada con una oreja.
Dos orejas en el quinto
Lejos de conformarse, el extremeño todavía elevaría el listón en el quinto. Con el toro apenas castigado en el caballo, decidió abrir la faena de muleta de rodillas, conectando de inmediato con unos tendidos completamente entregados. A partir de ahí cuajó la actuación más rotunda del festejo. Hubo mando, ligazón y una gran dimensión artística, especialmente sobre la mano izquierda, donde volvió a bordar el toreo al natural con una suavidad y un temple sobresalientes. La rúbrica llegó con una gran estocada que hizo rodar al de Núñez del Cuvillo y desató una atronadora petición de las dos orejas. La presidencia demoró unos instantes la decisión, mientras el público reclamaba insistentemente el doble trofeo, hasta que finalmente asomaron los dos pañuelos blancos. Talavante sellaba así una actuación de figura y se convertía, con tres orejas, en el indiscutible triunfador de la noche.
Andrés Roca Rey tuvo que pelear con el lote menos agradecido. El tercero salió midiendo y desarrolló complicaciones, especialmente por el pitón izquierdo. El peruano tiró de firmeza y de ese valor seco que caracteriza su tauromaquia para ir sometiendo poco a poco a un toro protestón. No fue una faena de inspiración, sino de poder y dominio. Mató de estocada, necesitó el descabello y la presidencia dejó sin premio una fortísima petición de oreja, obligando al diestro a conformarse con una vuelta al ruedo de gran sabor.
En el sexto volvió a dejar patente su disposición, sin embargo, el astado se rajó prácticamente desde el comienzo de la faena de muleta y buscó muy pronto el amparo de las tablas. El esfuerzo y la entrega del peruano encontraron, al menos, el reconocimiento de la plaza, que le despidió con una cálida ovación.
Cuando el público abandonó lentamente los tendidos, los abanicos seguían moviéndose bajo la pesada noche mallorquina. Pero ya nadie hablaba del calor. Todas las conversaciones giraban en torno al nombre de Alejandro Talavante, que volvió a demostrar en Palma que el toreo, cuando nace despacio y con verdad, sigue teniendo la capacidad de poner a una plaza entera en pie.
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